24/05/2026
Danni observaba el horizonte de acero desde un ático en Manhattan, donde las luces de Times Square no lograban iluminar la oscuridad de sus pensamientos. El imperio neoyorquino exigía una frialdad que el aire del Hudson ya le había calado en los huesos; en esta ciudad, un soplo a la fiscalía del Distrito Sur era una sentencia de muerte inmediata.
El Encuentro en DUMBO
Bajo la sombra masiva del Puente de Brooklyn, el viento soplaba con una violencia que obligaba a levantar la voz. Benito esperaba junto a los viejos almacenes de ladrillo rojo, creyendo que se trataba de una entrega rutinaria.
Danni bajó de su sedán negro, el v***r de las alcantarillas rodeando sus pies como una niebla espectral.
—Viniste, Benito. Siempre fuiste puntual para los negocios... y para las traiciones —dijo Danni, su voz cortante como el hielo.
Benito intentó retroceder, pero la inmensidad de Nueva York lo hacía sentir pequeño, atrapado entre el río y el asfalto.
—Danni, no es lo que parece, los federales me presionaron en Queens...
La Resolución
Danni no permitió que el ruido del metro cruzando el puente apagara su determinación. Sabía que en la Gran Manzana, la debilidad se huele a kilómetros.
Danni entregó a Benito un billete de un solo sentido hacia Staten Island, una ironía final antes de que sus hombres salieran de las sombras.
El conflicto interno se disipó cuando Danni recordó que Nueva York no perdona a los traidores, ni a los jefes sentimentales.
Sin mediar más palabra, Danni subió al coche mientras el eco de un silenciador se perdía entre las sirenas lejanas de la ciudad que nunca duerme.