10/10/2018
Los actores que a principios de los años setenta empezaron a utilizar la calle como lugar habitual de representaciones escénicas eran conscientes de que se encontraban ante un reto importante. Por un lado, porque invadían el terreno propio de los ciudadanos, su hábitat natural, más allá de sus casas y sus lugares de trabajo. Era un acto de reivindicación cultural y política. Se quería que la calle no se redujera a ser un lugar de tránsito entre la vivienda y la fábrica. Se intentaba mantener la calle como un lugar de socialización, tan propio de los países mediterráneos, y como espacio para difundir la cultura, tanto entre la gente formada como entre la más analfabeta. Por otra parte, eran conscientes de que la calle también aportaba unas normas con las que había que convivir. La climatología era incontrolable. Combatir las dificultades climatológicas era algo habitual entre aquellos pioneros de las Artes de Calle. Cuando se suspendía una función, era evidente que no se podía realizar. Tras actuar en condiciones adversas, los entusiastas aplausos que se obtenían eran un premio extra para los actores. Haber conseguido que la meteorología no impidiese una prestación artística era un orgullo para los propios artistas. Y ya por último, se daba por descontado que en la calle no se podían controlar los silencios, algo tan importante para los espectáculos de sala. En la calle siempre existía el motorista gracioso que hacía alarde de su moto, la televisión a toda pastilla de un vecino, el gracioso de turno que quería asumir el protagonismo o el señor que consideraba que no debía cambiar la trayectoria de su paseo aunque pasase por medio de una representación. Eran gajes del oficio callejero. A pesar de todos esos inconvenientes las ventajas eran enormes, ya que se conseguía llevar el arte y la cultura a millones de espectadores que nunca habían pisado una sala teatral, además de ofertar artes escénicas a los consumidores habituales. Se conseguía que la rentabilidad social de la prestación artística se multiplicase debido a las ingentes cantidades de espectadores que se conseguían.
La actual crisis económica también ha cuestionado aquellos principios fundamentales que compartían los artistas callejeros. Ante la tremenda reducción de la programación teatral en sala, grandes artistas han visto que la calle les podía aportar algunos ‘bolillos’ con los que seguir ganándose el pan, por lo que no han dudado en ofrecer sus espectáculos para los espacios callejeros. No obstante, algunos de estos artistas no han sido conscientes de los retos que la calle conlleva y menudean las quejas por no tener condiciones óptimas de trabajo. Esas condiciones que los organizadores no pueden garantizar, ya que la meteorología o el comportamiento cívico de los ciudadanos es imprevisible. Bienvenidos sean todos estos nuevos artistas que pueden enriquecer con su calidad las Artes de Calle pero deben asumir las dificultades de la calle para realmente aportar cosas nuevas. La danza, el teatro y el circo en sala o en carpa permiten hacer muchas cosas. La danza, el Teatro de Calle o el circo en espacios abiertos exigen que se hagan de otra manera. Un suelo mojado no debería ser motivo para suspender un espectáculo de calle, ni una brisa que no llega a ser viento, ni el ruido de unos vecinos, ni la imposibilidad de conseguir oscuro total. La calle tiene sus normas y las Artes de Calle deben seguirlas. Ahí radica la especificidad de este arte.
TAC de Valladolid, 15 años por todo lo alto
MANUEL VILANOVA