Sala Teatro Veteranos del 79

Sala Teatro Veteranos del 79 La Sala Veteranos del 79, patrimonio cultural de Iquique, fundada el 21 de mayo de 1905.

28/08/2026
El libro que me regaló el maestroHay regalos que uno recibe en la infancia y tarda toda una vida en comprender.         ...
27/08/2026

El libro que me regaló el maestro

Hay regalos que uno recibe en la infancia y tarda toda una vida en comprender.

Iván Vera-Pinto Soto
Cientista social, pedagogo, dramaturgo

Aquella mañana, el sol entraba por las ventanas de la Escuela N.º 3 y dibujaba rectángulos amarillos en el piso. Del patio llegaban los gritos, la polvareda y el ruido del mar. Todo se metía en la sala.

Estábamos en pleno Barrio El Morro. Conocía de memoria sus esquinas y a muchos de los que vivían allí. Al salir, me encontraba con los pescadores de la caleta, los vecinos conversando en las puertas y los carretones avanzando a paso de tortuga. Todo parecía ser parte de la misma vida.

En los recreos me gustaba detenerme antes de salir a jugar. Miraba los corredores, la reja, las huellas en la tierra y la campana que nos devolvía a clases. Frente al colegio estaba el Salón Veteranos del 79. En la entrada se sentaba un anciano que decía haber sido corneta en la guerra. Nos contaba historias y nosotros escuchábamos, aunque casi nada entendiéramos.

El profesor René Maldonado nos hacía preguntas que entonces nos parecían raras: qué habíamos visto camino a la escuela, quién vivía en tal casa o por qué nos acordábamos de uno y no de otro. Contestábamos como podíamos y enseguida salíamos a jugar. Sin saberlo, empezábamos a descubrir que las calles, las casas y las personas también tenían historias.

Rodolfo, el Pelusa Morrino, no podía quedarse quieto. Trepaba muros, escondía tizas y salía disparado antes de que alguien pudiera pillarlo.

En ese tiempo yo no sabía que todas esas cosas se me iban a quedar para siempre.

Era el último día de nuestro sexto año de preparatoria. Nos habían dicho que después de las vacaciones todo cambiaría: otros profesores, otras salas, otras clases. Para mí, las vacaciones eran solo días sin escuela.

Esa vez Rodolfo fue el primero en salir.

—¡Panchito, apúrate!

Yo todavía guardaba los lápices.

—Ya voy.

Caminé hacia la puerta de la sala. Cuando estaba por cruzarla, escuché:

—Panchito.
Me volví.

El profesor René Maldonado estaba junto a su escritorio.

Me fijé en él. Era moreno, bajo y robusto. Tenía unos grandes bigotes mexicanos que apenas se movían al hablar. Si alguno daba una respuesta disparatada, se los acomodaba con dos dedos para esconder la sonrisa.

—Ven.

Regresé.

El salón estaba vacío.

Me paré frente a él. Creí que había hecho algo malo. Bajé la vista. Traté de recordar qué había hecho. Nada.

Abrió un cajón. Apartó unos papeles. Sacó un libro. Limpió la tapa con la manga. Me miró. Miró el libro. Volvió a mirarme.

Dejó la mano sobre la tapa.

Finalmente, me lo entregó.

—¿Es para mí?

—Sí.

Esperé que me dijera por qué. Pero no dijo nada.

Solo:

—Léelo.

Lo primero que vi fue el título.

On Panta.

Debajo estaba el nombre: Mariano Latorre.

No conocía al autor. Tampoco sabía qué significaba On Panta.

Lo apreté contra el pecho.

—Muchas gracias.

El profesor sonrió y siguió con sus cosas.
Yo salí.

La campana colgaba inmóvil. Me detuve a mirarla y después crucé la reja hacia Vicente Zegers.

Rodolfo me esperaba más adelante.

—¿Qué quería el profe?

—Nada.

Se fijó en lo que llevaba entre las manos.

—¿Y eso?

—Me lo regaló.

Abrió los ojos.

—¿A ti?

Me encogí de hombros.

Silbó y salió corriendo.

Atravesé la calle y esquivé una carreta tirada por un b***o con pantalones de Chiricaco. Me dio risa y seguí corriendo.

Por San Martín, cerca de Aníbal Pinto, estaba mi casa. Conocía el camino. Al doblar, el olor del mar se mezclaba con el de la comida de Toyita. Antes de ver la puerta, ya sabía que había llegado.

Entré, le di un beso a mi mamá y dejé On Panta sobre la mesa. Ella lo tomó, lo abrió un momento y pasó algunas páginas.

—¿Qué es?

—Un libro.

—Ya veo.

Observó la portada.

—Mariano Latorre —leyó.

Paseó los dedos por la cubierta.

—¿Lo conoces?
Negué con la cabeza.

—Entonces tendrás que conocerlo.

Siguió preparando la once.

Para mí, Mariano Latorre era un señor que vivía ahí adentro.

Después de comer, lo abrí otra vez.

Busqué dónde comenzaba el relato.

El papel olía distinto. A viejo. A algo que había estado guardado mucho tiempo. Pasé los ojos por unas líneas. No entendí mucho. Volví atrás y las leí otra vez.

Durante días lo llevé conmigo. Lo leía en mi cama o en cualquier rincón donde nadie me molestara. A veces avanzaba varias páginas. Otras, me quedaba pegado en una sola.

Había lugares y personas que yo no conocía. El paisaje era distinto al mío. No estaba el mar de Iquique, ni las casas de El Morro, ni la caleta donde, al atardecer, volvían las lanchas cargadas de mar. Pero algo empezó a pasarme mientras seguía con aquellas páginas.

Después de cerrar el libro, algo cambió. Empecé a mirar de otro modo: los hombres en las esquinas, los pescadores con las redes mojadas, las casas antiguas, los patios, las voces de la calle. Hasta el abuelo de la corneta parecía esconder una historia. Detrás de cada cosa había algo que yo todavía no sabía ver.

Rodolfo llegaba a mi casa, tiraba del cordelillo y entraba como si fuera suya. Venía mordiendo un trozo de turrón de coco.

Apenas me veía con el libro, empezaba:

—¡Avísale!

—¡Avisándole!

—Ahí está el profesor Panchito.

Yo no contestaba.

Una mañana me encontró sentado en unas rocas de la Poza de los Calatos, donde los cabros chicos aprendíamos a nadar.

—¿Todavía con eso?

Levanté los hombros.

—¿Y qué dice?

—No sé.

Me miró.

—¡Bah! Sigues igual.

Salió como un rayo antes de que pudiera responderle.

Seguí leyendo.

El viento traía olor a mar.

Por un momento pensé que todos los lugares tenían historias que uno podía descubrir si se quedaba mirando un rato.

Los días fueron pasando. Una esquina del libro se dobló y algunas páginas se mancharon. Llegaron otras lecturas; unas se perdieron y otras quedaron atrás. Pero On Panta permaneció.

Iquique también fue cambiando.

En El Morro aparecieron nuevos negocios, otros ruidos y rostros. Algunas casas desaparecieron con sus patios, zaguanes y rincones de juego.

Entonces creía que las calles y las casas durarían para siempre.

No fue así.

Pero hay cosas que la ciudad borra y uno guarda para siempre.

Puede ser un mirador.

El nombre de un vecino.

Una campana.

Una voz.

También puede ser un libro.

Nunca comprendí qué tenía que ver On Panta con todo aquello. Solo sabía que seguía conmigo. Y bastaba.

Por mucho tiempo creí que el señor Maldonado me había hecho ese regalo porque era buen alumno. Nunca supe por qué me había llamado. Tampoco se lo pregunté.

Cuando ya era grande, volví a Vicente Zegers.

La calle seguía allí.

La Escuela N.º 3, no.

En su lugar había una reja metálica y un edificio que no reconocí.

Intenté reconocer la entrada, los corredores de madera, las ventanas y el patio donde jugábamos. Casi sin darme cuenta, busqué el lugar del escritorio del profesor Maldonado.

No encontré nada.

No reconocí el lugar, pero mi memoria sí.

Toqué el hierro.

Estaba caliente.

Cerré los ojos.

Y el patio regresó.

Una pelota.

Unos pasos.

El barrio.

La voz del veterano de la corneta.

La Escuela N.º 3.

La risa del Pelusa.

—¡Panchito!

Ahí estaba otra vez, corriendo como entonces, pequeño y rápido, buscando alguna travesura.
Abrí los ojos.

No había nadie.

Tal vez el Pelusa también guardaba algún rincón de aquel barrio, aunque ya no supiera dónde encontrarlo.

Esa noche busqué On Panta. Lo encontré guardado en un rincón. La tapa estaba gastada. La esquina seguía doblada. Parecía haber estado esperando.
Lo tomé con cuidado.

Lo abrí.

En la primera página estaba mi nombre.

Debajo, una fecha.

El último día de clases.

Seguí bajando la vista.

Reconocí la letra antes de alcanzar a leer las palabras.

Era la del profesor.

Había unas líneas que yo nunca había visto:

Para Panchito, como testimonio de afecto de su maestro, que te desea toda suerte y felicidades en unión de tu querida madre.

La leí una vez.

Luego otra.

Pasé lentamente el dedo por esas líneas, como si al rozarlas pudiera sentir también la mano que las había escrito.

Durante años había creído guardar aquel regalo. Tal vez había sido al revés: era él quien me había guardado a mí.

Y Toyita también estaba allí.

El maestro había escrito para ella.

Nunca llegó a descubrirlo.

Volvieron sus grandes bigotes, la manera de acomodarlos cuando quería esconder una sonrisa, su voz llamándome:

—Panchito.

Otra vez estaba en aquel salón.

Esperaba que me dijera por qué me lo había dado.

Nunca lo hizo.

El Pelusa volvió a mi mente. Quise encontrarlo, pero ya no sabía dónde. Hay personas que permanecen, aunque desaparezcan los lugares donde alguna vez las encontramos.

Cerré el libro.

La tarde regresó de golpe: el escritorio, el salón vacío, la mano del maestro sobre la tapa. Y, después de tantos años, todavía seguía allí.

A lo lejos sonó una campana.

Una sola vez.

No sabía si venía de la parroquia de Santa Teresita o de algún lugar del pasado.

Por un instante fui otra vez aquel niño, junto a la Escuela N.º 3, con el regalo apretado contra el pecho.

—Panchito.

Cerré los ojos.

Esta vez no volví.

Dejé la mano sobre el libro.

27/08/2026

HAN SIDO SUSPENDIDOS TEMPORALMENTE LOS EVENTOS EN LA SALA VETERANOS DEL 79, DEBIDO A DAÑOS PROVOCADOS POR LAS LLUVIAS

ALGO HUELE A PODRIDOIván Vera-Pinto S.Todos los niños derriban alguna vez a sus dioses.Yo también.De pequeño creía que m...
04/08/2026

ALGO HUELE A PODRIDO
Iván Vera-Pinto S.
Todos los niños derriban alguna vez a sus dioses.
Yo también.
De pequeño creía que mis padres eran perfectos. Eran mis primeros héroes y yo los miraba desde abajo con esa confianza absoluta que solo tienen los niños. Pensaba que sabían qué hacer, que tenían respuestas para todo y que nunca se equivocaban.
Después crecí y descubrí que eran humanos.
No fue una tragedia. Fue, más bien, el comienzo de una larga desilusión.
Con los años comprendí que algo parecido ocurría con los políticos, los sacerdotes, los profesores, los dirigentes, las instituciones y los héroes de turno. También ellos tenían pies de barro. Las leyes no siempre eran justas. La moral podía cambiar de acuerdo con las circunstancias. Y la ética, esa palabra que solemos pronunciar con tanta solemnidad, no siempre resistía la llegada de los intereses personales.
Uno aprende entonces que el mundo no es como se lo contaron.
Quizá por eso la adolescencia sea una edad tan incómoda. De pronto queremos cambiar el rayado de la cancha, derribar las reglas y discutir con todo aquel que tenga autoridad. Nos rebelamos contra los padres, los profesores, las instituciones y, si nos dan tiempo, contra el planeta entero.
Pero detrás de esa rebeldía hay un descubrimiento más profundo: empezamos a reconocer la injusticia.
Vemos la codicia.
El abuso.
La discriminación.
La hipocresía.
Y descubrimos que muchas veces existe una distancia enorme entre lo que las personas dicen defender y aquello que están dispuestas a hacer cuando aparece una oportunidad.
Ahí empieza el verdadero problema.
Porque, tarde o temprano, uno descubre que también puede encontrarse a sí mismo al otro lado del espejo.
El arte de caer siempre de pie
He visto cambiar gobiernos.
También he visto cambiar de opinión a algunas personas con una velocidad admirable.
Los recuerdo denunciando a ciertos personajes con una indignación capaz de incendiar una oficina. Golpeaban la mesa, hablaban de principios y parecían dispuestos a defender sus convicciones hasta las últimas consecuencias.
Después cambió el gobierno.
Y ellos también.
No cambiaron de profesión. Cambiaron de escritorio.
Los que ayer denunciaban al poder comenzaron a asesorarlo. Los que hablaban de transparencia encontraron una oficina en la administración que antes criticaban. Los antiguos adversarios terminaron compartiendo reuniones, cafés y documentos.
Algunos reaparecieron como asesores.
Otros como encargados de prensa.
Otros como relacionadores públicos.
Otros encontraron cargos cuyos nombres eran tan largos que resultaba difícil saber exactamente qué hacían.
Pero todos tenían una explicación.
“Hay que ser realistas.”
“Los tiempos cambian.”
“Uno debe contribuir desde donde pueda.”
Y, por supuesto:
“Lo importante es servir al país.”
Servidor público.
Dos palabras capaces de sonar nobles incluso en boca de quien acaba de cambiar de bando.
En Chile conocemos bien el viejo arte de “arrimarse a un buen palo para salir a flote”. Algunos lo han convertido en una profesión de tiempo completo.
No tienen color político.
Tienen color de oportunidad.
Cambian los gobiernos, cambian las oficinas, cambian los discursos. Lo único que permanece es la capacidad de caer siempre de pie.
Y siempre hay una explicación.
Los hijos necesitan estudiar. Hay que pagar el departamento. Mantener el automóvil. No perder el nivel de vida.
Todo parece razonable.
El problema comienza cuando uno descubre que, a fuerza de justificar las pequeñas renuncias, termina renunciando a todo.
Hay favores que no se cobran con dinero
El poder también tiene otras formas de seducir.
Hay quienes lo utilizan para conseguir contratos, prestigio, contactos o beneficios económicos. Y están aquellos que descubren que una posición de autoridad puede convertirse en una moneda de intercambio mucho más íntima.
El mecanismo suele comenzar con una frase aparentemente generosa:
“Yo puedo ayudarte.”
“Conozco a alguien.”
“Puedo mover tu proyecto.”
“Te consigo una reunión.”
“Después conversamos.”
La puerta se abre.
Pero a veces la ayuda tiene un precio que nadie menciona al principio.
Hay favores que no se cobran con dinero.
Se cobran con lealtad.
Con silencio.
Con compañía.
Con disponibilidad.
Y, en algunos casos, con el cuerpo de quien necesita la ayuda.
Aquí el problema ya no es la seducción. Es el poder.
Cuando alguien sabe que puede abrir una puerta que otro necesita desesperadamente, la relación deja de ser entre iguales. Y si esa ventaja se utiliza para obtener algo a cambio, la supuesta ayuda empieza a parecerse demasiado a un abuso.
No hay partido político que proteja contra esa tentación.
Ni izquierda ni derecha.
Ni creyentes ni ateos.
Ni revolucionarios ni conservadores.
El poder no pregunta por la ideología de quien lo utiliza.
Solo espera que alguien le abra la puerta.
La moral debajo de la ropa
También he aprendido a desconfiar de quienes se presentan como guardianes de la moral.
La sotana no elimina al hombre que hay debajo.
Tampoco la corbata elimina al ambicioso.
Ni el título universitario al soberbio.
Ni la bandera política al oportunista.
Desde pequeños nos enseñan a distinguir entre el bien y el mal. Nos hablan de solidaridad, honestidad, respeto y amor al prójimo.
Son palabras hermosas.
Lo difícil es vivir de acuerdo con ellas cuando nadie está mirando.
No hablo de todos los sacerdotes ni de todos los creyentes. Sería injusto. Hay hombres y mujeres que viven sus convicciones con una consecuencia que merece respeto.
Pero ninguna institución humana está libre de miserias.
La historia lo demuestra.
También lo demuestran los periódicos.
Y cuando la moral se convierte solamente en un discurso, puede esconderse debajo de cualquier uniforme: una sotana, una corbata, un cargo público, una bandera o un diploma.
La hipocresía no necesita una ideología.
Solo necesita una buena excusa.
El espejo también me alcanza
Hasta aquí sería muy fácil escribir sobre los demás.
Pero sería demasiado cómodo.
No escribo desde un pedestal.
Yo también he tenido mis miserias.
He cometido errores. Algunos pequeños. Otros no tanto. He sido orgulloso, contradictorio y, en ocasiones, cobarde. He defendido ideas que después tuve que revisar. También he callado cuando hablar me habría costado demasiado.
Y, como casi todos, alguna vez he encontrado una buena explicación para hacer algo que sabía que no estaba del todo bien.
Por eso no quiero repartir certificados de buena conducta.
He aprendido que la moral resulta muy sencilla cuando se aplica al vecino.
Lo difícil es aplicársela a uno mismo.
Es fácil denunciar el arribismo mientras esperamos una recomendación.
Es fácil condenar el tráfico de influencias mientras hacemos una llamada para que nos atiendan antes que al resto.
Es fácil escandalizarse por la corrupción ajena mientras buscamos una justificación cuando la pequeña ventaja cae de nuestro lado.
Ahí empieza la verdadera contradicción.
No siempre condenamos una conducta porque sea mala.
A veces la condenamos porque la comete otro.
Y esa diferencia debería preocuparnos.
Los colores de la conveniencia
Por eso ya no me impresionan demasiado las etiquetas.
He conocido izquierdistas honestos y también izquierdistas miserables.
Derechistas generosos y derechistas mezquinos.
Creyentes consecuentes y creyentes hipócritas.
Ateos decentes y ateos miserables.
He visto revolucionarios convertirse en burócratas y defensores del orden transformarse en oportunistas.
Las banderas pueden cambiar.
Los discursos también.
El ser humano, en cambio, suele llevar consigo sus mismas virtudes y miserias.
Por eso una bandera no convierte en virtuoso a quien la sostiene.
Una sotana no convierte en santo a quien la viste.
Y un discurso revolucionario tampoco convierte en justo a quien lo pronuncia.
El problema no está solamente en el poder.
Está en aquello que hacemos cuando el poder nos toca la puerta.
Algo huele a podrido
Después de tantos años, creo que la discusión más importante no es entre izquierda y derecha, creyentes y ateos, revolucionarios y conservadores.
La verdadera discusión ocurre entre lo que decimos y lo que hacemos cuando nadie nos está mirando.
Entre la convicción y la conveniencia.
Entre el principio y la excusa.
Entre quien entiende el poder como responsabilidad y quien lo descubre como una oportunidad.
Quizá por eso algo huele a podrido.
Tal vez venga de la política.
Tal vez de la religión.
Tal vez del mercado.
Tal vez de las instituciones.
O tal vez venga de nosotros.
Yo tampoco estoy fuera de ese olor.
He pasado demasiados años mirando el mundo como para creer que el problema siempre está en los otros.
Lo incómodo es que, cuando uno se mira detenidamente al espejo, descubre que también lleva algo de ese olor consigo.
Y entonces ya no basta con señalar.
Hay que preguntarse qué parte nos corresponde.
Algo huele a podrido.
Lo peor no es el olor.
Lo peor es que ya no abrimos las ventanas.

Dirección

Zegers #150
Iquique
1100000

Teléfono

+56982888921

Página web

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Sala Teatro Veteranos del 79 publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a Sala Teatro Veteranos del 79:

Atajos

Compartir