23/08/2024
D&D DRAGONLANCE, LA SOMBRA DE LA REINA DRAGÓN
SESIÓN 6
“DE GALLINAS Y MASCADAS”
Diario de Killian Malkovich, Caballero de Solamnia, Orden de la Espada, el Muele Quijadas, el que Vuela y Golpea, el Enano de la Barba en Llamas, el Revela Sicarios, el Quiebra Goblins.
Esta mañana, bajo el manto gris del amanecer, nos presentamos ante la imponente figura de la Mariscal Nestra Vendri. Sus ojos, como acero templado, evaluaron nuestras capacidades y, con una voz grave que resonó como el eco en una caverna profunda, nos reclutó para una tarea que, según ella, requería de manos hábiles y corazones valientes. Seremos su escuadrón para las misiones que escapan a las fuerzas ordinarias, aquellas que, sin duda, pondrán a prueba tanto nuestras habilidades como nuestras convicciones.
La Mariscal nos ofreció la armería de la base de Kalaman para equiparnos, pero mi búsqueda fue en vano. Los aceros que colgaban de las paredes no me decían nada; buscaba algo más que esta vieja armadura que llevo encima, algo que realmente me protegiera en la batalla, pero todo lo que hallé fue decepción. Iriad, en cambio, encontró unas dagas viejas que parecieron convencerla. Iriad, la muchacha… te he hablado de ella antes. Su espíritu ardiente me preocupa; se aleja cada vez más del camino que su deidad ha marcado para nosotros. Hay un fuego en ella que no logro apagar, y temo que un día sus llamas la consuman por completo. Insiste en llamarme maestro, pero sus acciones dicen lo contrario; es como si el viento llevara mis palabras lejos de su alcance.
Hablamos también con el joven Darrett, un muchacho con el corazón aún en su lugar, a pesar de las pruebas que la vida le ha impuesto. Nos agradeció por haberle salvado la vida y por haber desenmascarado a Gelle… y a mí, personalmente, por haberle entregado la armadura que Becklin me había legado. No pude evitar sentir una punzada de incomodidad; aceptar agradecimientos nunca ha sido algo que me agrade, menos aún cuando todo lo que hice fue cumplir con una orden de mi difunta superior. ¿Qué más podía hacer? nunca sé qué responder a los agradecimientos y es una de las pocas cosas que no están definidas en el capítulo de Interacciones de la Medida. Es curioso ver a Darret en esta renovada actitud, caminar por la ciudad con su pecho en alto, llevando los emblemas de la Caballería de Solamnia con un orgullo que, aunque juvenil, me resulta reconfortante. El chico es talentoso y logró impresionar a la Mariscal, ganándose un puesto como instructor de los soldados de Kalaman. También le han confiado la misión de ser nuestro intermediario entre los representantes de las fuerzas de Vogler y el ejército local. Me pregunto si en nuestro pueblo hablamos con modismos que aquí no comprenden, o si acaso soy yo quien no logra comunicarse como debiera. Trato de seguir el Método, de hablar con claridad y elocuencia, pero a veces temo que mis palabras se pierdan como el eco en las montañas, resonando sin hallar jamás un oyente.
Pensando en los modismos pueblerinos, fue que caí nuevamente en viejos recuerdos. Rememoro aquellos días en los que, de la mano, recorríamos los puertos bañados por la luz del sol, con las gaviotas volando en círculos sobre nuestras cabezas, su canto mezclándose con el sonido de las olas. En esos momentos, sentía que el mundo entero se contenía en tu sonrisa, en esos instantes en que éramos solo nosotros y el mar, eterno y vasto, reflejando el azul del cielo como un espejo. Y aunque no puedo permitir que la nostalgia me consuma, es en esos paseos que hallo consuelo, un recordatorio de que alguna vez, incluso en medio del caos, hubo paz.
…
Algo en nuestro relato sobre la máquina dragón captó la atención de la Mariscal, quien, sin perder tiempo, nos envió a hablar con Tatina Rookledust, una gnoma inventora de la que me había hablado el viejo Than en alguna ocasión. Tal vez sea talentosa, pero como todos los de su especie, también un poco majareta. Nos preparamos para partir, y algunos insinuaron que no sería capaz de subir a una montura, pero bien sabes cuánto disfruto cabalgar en monturas altas. ¿Recuerdas aquel paseo por la colina? Sí, me caí, pero la culpa fue de aquella rama traicionera, no del noble corcel ni del jinete que lo guiaba.
El camino a la casa de Tatina nos llevó hacia el sur. A poco andar, nos encontramos con un grupo de 8 hombres. Bandidos, aparentemente. Iban camino a la ciudad, pero pasamos de ellos, porque nuestra misión es otra y no haríamos bien en detenernos por prejuicios infundados. Al poco rato, en la distancia vimos una casa en llamas. No pude resistir el impulso de correr hacia allí, buscando salvar a cualquier alma en peligro. Gracias a Kiri-Jolith, la casa estaba vacía, aunque el interior hablaba de una huida apresurada: una mesa puesta para una comida que nunca se completó, platos aún con restos de comida. Snarf, con su curiosidad característica, comenzó a buscar huellas alrededor de la casa. A los pocos minutos comenzó a gritar que había encontrado huellas de tabaxis… luego gritaba algo de que se estaban multiplicando. Pensé en lo absurdo que eso sonaba, pero entendí todo cuando se unió Magor a la búsqueda y comenzaron a visualizar también huellas de conejos en el ahora ejército de criaturas peludas. Sin poder reunir entre sus dos cerebros lo necesario para comprender la situación, resultó que llevaban dando ya casi 30 vueltas en círculo a la casa y seguían sus propias huellas. Entre las fúrricas pisadas de felinos y leporinos, logré distinguir unas huellas dracónidas que se alejaban hacia la espesura. No las seguimos, pues nuestra misión volvía a ser nuestra prioridad.
Andora, la elfa de piel grisácea, parece estar atrapada en otro mundo. Susurra que está en otro planeta y no puedo más que respetar sus creencias, por extrañas que parezcan. Aunque, en el fondo, me pregunto si no es simplemente su manera de lidiar con la realidad. Tal vez un día pueda preguntarle si sus ojos alzados al cielo buscan la guía de algún dios, tal vez compartamos una fe común, o al menos una devoción que nos una en la oración. No me preocupa que su fe sea distinta; como están las cosas, cualquier fe es un ancla en este mar de caos y, con el tiempo, puede terminar entendiendo que Kiri-Jolith es el Dios verdadero.
En medio de estas reflexiones, apareció un mediano montado en una cabra, un ser pintoresco que se presentó como Saltatrampas. Con voz acelerada, nos preguntó si habíamos visto un dragón, y al recibir una negativa, se fue tan rápido como llegó. Una aparición fugaz que, aunque sin sentido aparente, dejó una huella en mi memoria, quizás por lo surrealista de la situación.
Finalmente, dimos con la torre de Tatina, una estructura que resonaba con gritos, explosiones, cacareos, castañeteo de dientes y el caos de un ejército de goblins y hobgoblins intentando, sin éxito, tomarla. La inventora había desplegado sus defensas, aunque parecía que estas tenían más vida propia que control alguno por parte de su creadora. Entre los artilugios que se lanzaban contra los invasores, vi una gallina metálica que disparaba huevos podridos y una mandíbula mecánica que se abalanzaba sobre quien se atreviera a cruzar su camino. Nos unimos a la refriega y, para nuestra sorpresa, derrotamos a los enemigos sin mucho esfuerzo. Tal vez nos estamos fortaleciendo como equipo, o tal vez estos seres no eran rivales dignos. Quedó uno en pie y habló algo con el conejo. Supuse que habían llegado a algún acuerdo, porque lo dejó ir. Me pareció extraña tanta misericordia por parte del orejudo… me imagino que algo bueno sacó, aparte de la información. Magot nos comentó lo que le había dicho el goblin: buscaban un arma de la gnoma.
Después de la batalla, intentamos hablar con Tatina, pero ella, muy altanera, aseguró que nuestra ayuda era innecesaria. Apliqué lo aprendido en el capítulo de la Medida sobre el trato con criaturas excéntricas, adulando sus habilidades y dejando en claro que estábamos de su lado, con la esperanza de que nos permitiera entrar en la torre y descansar. La cabalgata había dejado mis riñones y espalda baja adoloridos, y necesitaba un lugar donde sentarme.
Dentro de la torre, Tatina confesó que la dracomotora era su invención, una creación única que ahora creyó estaba en manos de los enemigos. Pero la sacamos de su equivocación al contarle que la habíamos lanzado al mar. Nos mostró algunos de sus inventos, incluyendo un "charlalejos", un dispositivo que, según ella, permitía hablar con alguien a kilómetros de distancia. Sus palabras, aunque fascinantes, me dejaron escéptico; soy un hombre de fe, no de artefactos.
Nos contó, además, que quienes la habían contactado y pagado por la dracomotora eran hombres con armaduras negras y el símbolo de Takhisis, y aunque aseguraba no conocer sus planes, el arrepentimiento en sus ojos era evidente. Le ofrecimos llevarla a Kalaman para protegerla. Accedió y partimos de vuelta. A unos pocos metros de viaje, una enorme explosión nos sobresaltó. Me tapé los oídos y me fue difícil volver a enfocar. Al parecer, Tatina había hecho explotar su torre y todo lo que había dentro, para no dejar ningún rastro de sus invenciones.
Ya en Kalaman, escoltamos a Tatina a encontrarse con Vendri. Mientras ellas conversaban, me dirigí al gremio de herreros, donde conocí a un anciano que me enseñó una técnica decorativa con ceras repelentes y ácidos suaves. Me hizo una demostración y luego me facilitó sus anotaciones respecto a la técnica de grabado para poder transcribirla en mis diarios. Una vez termine de escribirte, las pasaré para ir a devolvérselas mañana a primera hora.
Pasé el resto de la tarde grabando diseños en mi armadura, una obra que, aunque meramente estética, sé que Kiri-Jolith se agrada en los detalles, en la devoción que se refleja hasta en las pequeñas cosas. Quienes servimos debemos hacerlo con esmero, y la belleza en nuestros emblemas es también un acto de reverencia. Al llegar al edificio, mostré orgulloso mi trabajo a mis compañeros, pero pareció no importarles. Quizás no lo notaron, o tal vez no entendieron el significado detrás de esos grabados.
Ahora, mientras escribo estas líneas, contemplo mi armadura, correctamente montada, reposando en su soporte, pulida hasta reflejar las llamas vacilantes de las velas. El grabado de nuestras manos entrelazadas brilla con un fulgor que me llena de una calma profunda. Recibió la bendición y la oración de las armas, como cada luna nueva. Al terminar, me he quedado orando, no solo por mí, sino por estos nuevos compañeros que la vida ha puesto en mi camino y por las misiones que nos aguardan.
El día llega a su fin, como siempre, con mis memorias plasmadas en estas páginas. La sombra de la noche se cierne sobre mí, y aunque el cansancio amenaza con cerrarme los ojos, sé que debo mantenerme fuerte, por ti, por mí y por todos aquellos que dependen de nuestras acciones.