14/11/2016
Critica de Residencia en Remolino:
DESNUDECES
Es posible distanciarse de espacios inhóspitos, pero no lo es tanto sustraerse de los tiempos que nos tocan vivir. A no ser que hagamos valer nuestras individualidades, empresa que tiene algo de heroico, en momentos en los que el progreso, siempre material, las fagocita, masificándolas, uniformándolas. El personaje, que interpreta la actriz brasileña Karol Schittini, en “Residencia en remolino” –representada en la Teatrería de Ábrego, los días 11 y 12 de noviembre, programada para la II Muestra Internacional de Teatro MUJERES QUE CUENTAN-, huye de una tierra, la suya, seca, dura, desnuda, seguramente hermosa, pero que resulta no ser menos acogedora que los corazones duros, secos, no tan hermosos, de gentes de cualquier espacio, rural o urbano, productos tardíos de un progreso, que empezó con el descubrimiento del fuego, cuando una especie casi humana mantenía estrechas relaciones con la naturaleza, que el avance tecno-científico fue desnaturalizando, so pretexto de humanización. Tierras áridas dan poco fruto, como corazones cansados dan poco amor.
En un escenario desnudo, exento de todo elemento perturbador para la presencia de un cuerpo humano, y sin otra música que la de la palabra, dicha en español, pero con todas las características de la dicción portuguesa –pequeño inconveniente para este espectador, que pierde pequeñas partes del sin perjuicio para la inteligibilidad del mensaje- la actriz recorre con sus personajes, paisajes naturales y humanos con menos jugo comunicativo, que el de su perro, invocado desde la lejanía. Palabra que dice, a veces con humor, decepción y perplejidad, cuando no disgusto e incomprensión, y cuerpo que se expresa con diversos lenguajes distanciadores de un mundo civilizado, en el que el progreso material crece en proporción inversa al moral. Ese lenguaje de teatro físico, que en su desnudez denuncia el vacío ético del mundo, a la vez que lo dota de un sentido estético, incorpora la danza japonesa butoh, por la que el cuerpo indaga su ser y su estar en un mundo desmoralizado –sin pautas morales y sin animo-, por si pudiera infundirle un espíritu, limpio y libre, que lo redima.
Karol Schittini articula los lenguajes corporales, armoniosamente, a veces; otras veces, distorsionados, según lo que el lenguaje verbal, a los susurros del escritor brasileño Guimaraes Rosas, y del Neruda de “Residencia en la tierra”, dicen de bellezas o fealdades, o si dirige sus ruegos y reproches a Dios, ese interlocutor mudo, cuando ya no hay a quien dirigirlos (Cioran). La actriz transmite con su cuerpo, en el que pone toda su alma desnuda de maldad, y que por momentos la iluminación alumbra a flor de piel, un sentir que dormita en los corazones, que confunden cantidad de cosas con calidad de vida, esa calidad humana, a la que le bastan las leves notas de una armónica y la compañía amable y comprensiva de Rambo. Su perro.
(f.ll.)