09/02/2026
ASUNTO
Estoy aquí, Señor,
frente a tu silencio.
He venido a hablarte
aunque no respondas,
aunque tu voz se haya vuelto
una habitación cerrada
donde nadie contesta.
Te he rezado
con palabras,
con ruegos,
con lágrimas que no suenan.
Tres años, tal vez más,
de un silencio espeso
que me ahoga
como agua que no deja respirar.
No hay trabajo,
no hay rumbo,
no hay señal.
Y en esta orilla vacía
mi fe se desgasta
como una vela
que se consume sin viento.
¿Estoy perdido
o solamente detenido?
¿Me escuchas
o me he quedado solo
hablándole al cielo?
Me duele decirlo:
mi fe se apaga.
Me duele sentirlo:
me avergüenza dudar.
Quisiera creer
que hay un bien escondido
en todo esto,
que el tiempo con mis hijas
es tu respuesta secreta.
Pero a veces
parece solo consecuencia
de estar detenido,
de envejecer
sin avanzar.
Ya llevo más de cuatro décadas
y el peso de los días
ya no es metáfora.
Mi cuerpo lo sabe.
Mis ojos lo saben.
Mi espíritu lo sabe.
He trabajado en tu nombre,
en tus espacios,
enseñando a otros a creer,
mientras yo mismo
me quedo sin voz.
Doy catequesis
con el corazón agrietado.
Hablo de esperanza
mientras me desmorono.
¿Cómo enseñar luz
cuando el alma se oscurece?
Soy carga,
soy deuda,
soy expectativa rota.
Y sin embargo,
aquí sigo,
aferrado a ti
como quien se aferra
a una puerta que no abre.
Dime, Señor:
¿qué padre observa
el sufrimiento de sus hijos
sin hablar?
¿Es el dolor tu lenguaje?
¿Es el silencio tu respuesta?
No soy bueno.
No soy fuerte.
No soy ejemplo.
Soy ap***s un hombre cansado
que te sigue llamando
aunque ya no sepa
si alguien escucha.
Hoy me siento solo.
Hoy me siento vencido.
Hoy te confieso
que me estoy derrumbando.
Si aún estás ahí,
mírame.
Si aún me escuchas,
respóndeme de alguna forma:
con trabajo,
con fuerza,
con una señal mínima
que me permita seguir.
Porque todavía no puedo
salir de este lugar
sin ti.
Y aunque mi fe tiemble
y mi voz se quiebre,
sigo aquí,
frente a tu silencio,
esperando
que algún día
también sea
tu respuesta.