24/05/2023
𝙄𝙣𝙩𝙚𝙜𝙧𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙤𝙧𝙜𝙖𝙣𝙞𝙘𝙖
Dentro de los procesos de los otros y de mis propios procesos creativos he observado el miedo a la multiplicidad artística. Cada vez que cambiamos de soporte, técnica, elemento hacemos fuerza para atarnos o mantenernos “coherentes” con lo que veníamos haciendo anteriormente. O aun usando el mismo soporte, la misma técnica, lo mismos materiales, aparece una necesidad vital y orgánica de usarlos de otro modo, de hacer las cosas de otra manera, y nos resistimos, atados a una imagen cristalizada de nosotros mismos.
En cada nueva apertura hay que permitirse la inocencia absoluta, olvidarse del “artista que uno es”, permitirse ser todos los artistas que uno necesite ser. Olvidarse por un rato de esa imagen que tengo de mí, y, tal vez, más difícil aun, olvidarse de la imagen que doy y que los demás tienen de mí.
Y claro, porque esa forma había gustado, había llegado, había “funcionado”. El “éxito” en el nivel o modo que sea, puede ser muy peligroso para este libre movimiento intuitivo, nos ata a un pasado que queremos perpetuar, porque nos costo mucho llegar hasta ahí, ¿y si lo nuevo “no funciona”?
Y si sucede adentro es porque sucede afuera. Claro que vivimos en un sistema que perpetua estos miedos, estas cristalizaciones; el “éxito” depende de cuan construida, firme y pulida este la imagen que damos, es fundamental “crear” una imagen para mostrar al público, y que esa “coherencia” o “integridad” este mas bien ligada a los conceptos básicos y lineales del marketing que a la realidad profunda y compleja de ser artista.
Así podemos llegar a sostener por demasiado tiempo formas que nos hacen encajar en esas estructuras pero que ya perdieron vitalidad. Y esa imagen de automonumento que construimos termina siendo nuestra propia cárcel creativa.
Una vida de libertad creativa implica estar siempre un poco listo para el dolor del rechazo. Pero lo más importante, lo vital, es no rechazarse a uno mismo, a ninguno de todos aquellos que nos habitan.