10/06/2020
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Efectivamente la copa menstrual es un invento maravilloso y de eso no cabe duda, un insumo para la gestión menstrual que ofrece ventajas a cierto grupo poblacional. Si, a cierto grupo. Y es que para empezar tendríamos que tener en cuenta que una copa de buena calidad no está al alcance de todas, pero supongamos que son gratis. Aun así tendríamos que revisar un par de detallitos: el primero es que en muchos contextos se carece de saneamiento básico y esto impactaría el adecuado uso de la copa, pero imaginemos que eso también está resuelto y que todas las mujeres tienen acceso al agua, entonces acá vendría el segundo detalle, el tabú que histórica, social y culturalmente nos ha atravesado, los inmensurables mandatos religiosos instalados sobre los cuerpos de las mujeres "no se toque, no se mire, no sienta" y es entonces cuando resulta grotesco pretender que la solución a la escasez de insumos para la gestión menstrual, el impacto ambiental y hasta el fin del tabú sea la copa menstrual. Es imprescindible la educación menstrual.
Cuando empezó la cuarentena una mujer de una fundación muy importante me contactó para que le ayudara a conseguir treinta mil copas menstruales que pretendían entregar en los mercados a las mujeres de las subregiones de Antioquia (pueblos, corregimientos y veredas); cuando le dije que era un pésima idea porque ese grupo poblacional, que a su vez son varios grupos poblacionales, requerirían de un proceso de educación y acompañamiento para la posible transición (cosa imposible de llevar a cabo en medio de una pandemia) me propuso que hiciera un folleto explicando el uso de la copa, mi respuesta fue tajante: basándome en mi experiencia haciendo educación menstrual en diversos territorios quiero que sepa que el 90% de esas copas se van a quedar sin usar y eso que estoy siendo optimista.
Y así llevo escuchando y leyendo un montón de sandeces “copas menstruales para las habitantes de la calle”, “copas menstruales para todas las niñas”, “copas…” todas esas romantizaciones clasistas ponen en evidencia la peligrosa falta de contexto, de empatía.
Carolina Ramírez