24/09/2024
El látex del amor
En la ventana, una golondrina aparecía sola golpeando el vidrio que daba hacia los eucaliptos. Adentro sobre la cama el reflejo de un lago quieto, sin ninguna ola que el viento quisiera mover, sin
perturbaciones más que el sueño de respirar lento como respiran las ballenas cuando duermen verticales apuntando hacia el universo.
Ahí, en la habitación tibia por la entrada del sol, ahí en el silencio
límite del enero austero la imagen de nuestros cuerpos desnudos nos hacían llover la risa acuosa y viva.
Tus dedos ahogados en mi garganta vomitaban palabras
inentendibles, palabras eufóricas que trataban de descifrar el
horario de la mañana.
En los caminos hacia la cocina me imaginaba caminos largos de
tierra de futuros viajes, entre rutas de tierra rodeadas por empresas
petroleras, todo seco, desérticos camiones viajando a ciudades
gigantes.
La hornalla encendida, el agua caliente lista para un té, el pan
cortado y el queso pegajoso. A la cama el desayuno se perdía entre
las sabanas, las bocas que comían con el mismo placer que el s**o
oral, hacía de los gustos salinas grandes, donde hombres trabajaban cargando camiones de sal para llevarla a los pueblos cercanos.
En el calor de la habitación se formaban las tormentas eléctricas que nos oscurecían por la tarde, lluvias necesarias en tiempos de calor, rayos y truenos con el nombre de nuestros viajes y ridículos sueños.
Nos hacíamos pequeños a la hora del atardecer en la habitación del calor.
Por la calle los camiones pasaban levantando la tierra como una
niebla temprana, toda la tierra pegada a los muebles a las plantas a la transpiración de la piel, ese barro profundo que agitaba humedales lejanos, nos metimos entre medio de totorales, nos acercamos a canales llenos de cañaverales que ardían por el calor y el fuego intrépido que se desmadraba por accidente inoportuno de algún vecino descuidado. Salimos del agua perseguidos por el humo y corrimos desnudos por calles de tierra sin saber a dónde íbamos, entre pastizales altos nos acostamos, nos escondimos de todo el fuego, protegidos por los pájaros que también escapaban del fuego, nuestros cuerpos desnudos se hicieron fuego deshaciéndose entre la maleza. Rojos de sol y de amor nos subimos al auto y volvimos a merendar bananas y rodajas de manzana con miel y mate.
Difícil se nos hacía salir de la casa las veces que no íbamos al canal a sacarnos el calor. Ahí dentro de la casa nos mirábamos por horas sin dejar escapar ningún gesto, lejos nos sentíamos del mundo, tan lejos que los días no existían con facilidad ni se reconocían entre ellos, se confundían, se mezclaban, se hacían un entrevero que había que prender los teléfonos para saber si había pasado mucho o poco tiempo de la última vez que salimos a la ciudad. Administramos bastante bien la mercadería, eso hacía más llevadero el sin tiempo que tanto nos complacía.
Hasta que llegaba el día en que había que salir a rebuscarse la vida, a vender lo que nuestras manos podían hacer, lo que las bocas podían decir, lo que los cuerpos podían mostrar.
En algún lugar de nuestros cuerpos se sostenía una soledad
impresionante, por mucho amor rojo verde amarillo, había en
nuestros días una aterradora carga de soledad, podíamos jugar con
eso, podíamos hablarle a nuestros interiores, soslayar el dolor de
seguir siendo dos personas que buscaban distintas cosas en la vida,
distintos caminos polvorientos. No hay porque siempre buscar las
mismas cosas, pero es un imán el querer unir los párrafos de un
escrito para que no quede con ese páramo angustioso. Sólo letras
que se oscurecen en la tarde de un lugar lleno de viento entre
montañas marrones, distantes territorios que claman por un
sacrificio de animales perseguidos, sensación del miedo a caer en el abismo de no ver nunca más a una persona, de no sentir más su voz en vivo y buscar en los dispositivos electrónicos viejas grabaciones para retroceder en el tiempo y desenterrar el hilo del recuerdo, traer agua al presente, traer plantas al verde jardín del ahora. Un espejismo entre tantas realidades posibles entre tantas verdades artificiales. Se siente el amor cuando se condena a un sólo lugar preciso del pasado, en ese entierro donde palabras hechos y sombras se atraviesan nuevamente en el imaginario de una tarde peligrosa, que trae como toda tarde peligrosa, la incomodidad de no dejar dormir por el resto de la noche, rogando que las horas pasen afortunadas por los sonidos azarosos de los árboles y los bichos.
No he recordado tanto algo desde que fui un niño asustado, los
cortaderales y los caminos de tierra siempre me llevan a lugares
extraños a lugares que a veces quisiera borrarlos como borrar un
dibujo en la tierra.
Dos animales que se aman sin entender que el amor es un viaje del
que nunca se vuelve y del que nunca se puede permitir el sueño
perezoso de los cuerpos sin entrega.
Los árboles tapan la humedad de la imagen de tu llegada por el
bosque frente a la casa, paso a paso pisando las hojas atravesando el sonido quieto de la siesta. La imagen es un tesoro que se guarda en la memoria de los sentidos, queda atrapada ahí como guardada en una tarjeta de memoria. La puerta se abría, la estufa se prendía, la música sonaba entre las paredes sin revocar y el crepitar de la leña facilitaba la vida, entregaba el espeso placer de estar ahí sin importar nuevamente el tiempo, las horas, los días del fatídico tiempo.
Sentado miraba tu imagen sin escuchar tus palabras, sólo el
movimiento de los labios con un fondo de música. Comíamos,
tomábamos vino, nos acordábamos de vidas anteriores y huíamos
por la risa entre praderas verdes saltando alambrados, cruzando
ríos.
Sencilla las razones para entender lo que nos sucedía. Las pupilas
dilatadas cercanas como para ver un sistema solar a punto de
colapsar en una lágrima supernova. Sin ningún sentido la noche se
hacía propensa a no dormirla, pensar en un cigarro en la reposera
mirando las estrellas pensando en el principio de un mundo que nos llevaría a lugares desconocidos, como los puentes y los bosques donde dormir cerca del mar, en arenales que se levantan en una distancia parecida a la que siempre se sueña, esa lejanía de perder el sentido de los días encerrados en una casa, como la de viajar lejos y dormir en la arena de Neptunia con una luna descomunal. Sencillas las razones para entender lo que sucedía.
Entre idas y vueltas nuestros monstruos se volvían a su cueva
individual, se encerraban bajando las palpitaciones, dormían como
osos. De a poco nos cansamos de todo, dejamos que sea cierto el
hartazgo, que se inunden las ventanas con agua, que entre por la
puerta el sol, que alumbre la oscuridad. En la casa el agua entre las
sillas mojando los pies descalzos. Cocinando con el agua hasta la
cintura, las papas y las lechugas flotando entre las camas, las ollas
navegando por las habitaciones chocando contra los muebles de
aquí para allá.
No nos mirábamos, sólo señalábamos donde estaba el secador para sacar el agua, los gatos de la casa se habían mudado a la casa de los vecinos porque siempre nos olvidamos de darles de comer, una desgracia, sólo andaban los perros que se comían las gallinas y otros bichos que andaban por ahí. Cómo pasó? de tan verdes días a tan oscuros bosques. Nunca se entendería ese pegajoso amor de ida y vuelta.
Vivimos tratando de estirar el amor como un látex que no se rompe
pero se adhiere cada vez más a nuestras pieles, un amor chicloso con olor a cereza y a humo de salamandra. En el fondo de todo en ese lugar profundo de nuestras vidas algo de petróleo hay, lo sintético estaba presente, resistiéndose a caer en lo que ni siquiera sabíamos bien qué era, un amor real o un paso del tiempo, una primavera nublada.
Ahora que entre distancias navegamos por mares negros, lejos de lo lejos, asustados de naranjas en el piso, de tierra en el aire, todo lo que se dice se transforma en un aire que recorre grandes distancias para llegar a lugares que nunca visitaremos o que tal vez en otras vidas podamos reconocer en forma de déjà vu. Sin entender que este amor elástico nunca se rompería nunca se saldría de su curso, de su río primordial, de su órbita natural. Tantas cosas como cansancio de la piel avejentada. Nube que nos trae otra vez al sentido de la lluvia, a mostrarnos la tierra seca, la montaña nevada.
Sin saber, siempre la llama del presente ardía gracias a un
combustible extraído del fondo de la tierra, de las profundidades del mundo. Lo único seguro es que entre nosotros entre el medio de nuestros cuerpos hay petróleo, considerable combustible para
encender antorchas en una noche sin rumbo, en una noche sin
estrellas que nos guíen.
Buscamos en la oscuridad nuestros gestos, acariciando con las
manos esa superficie de plástico liso y frío. Una risa quieta dónde
nos veíamos brillantes y transparentes como moluscos en el fondo
del mar, o como muñecos en una vidriera de alguna juguetería
berreta de un pueblo petrolero de la Patagonia.
No ha pasado mucho tiempo, quiero llamarte y mi voz no sale de mi garganta, me siento mudo en medio de un torbellino de tierra, veo que estás ahí como siempre, sentada mirando el cielo, esperando la tarde roja que siempre acompaña, estoy aquí detrás de tu espalda jugando con tus alas de tormenta, amando el viento para tu vuelo.
Texto del libro BAJO SUR editado por LADO B ediciones Septiembre 2024.