10/07/2018
VIDA DEL CHACHO. De José Hernández. Fragmento
No creemos necesario detenernos mucho para recordar a nuestros lectores, la resistencia heroica que el general Peñaloza hizo por el espacio de muchos meses al ejército que después de Pavón envió el general Mitre al interior, y que fue a ensangrentar el suelo de las provincias. Aún están vivos esos hechos en la memoria de todos, y todos saben que ante su prestigio, su actividad y su arrojo, únicos elementos de que podía disponer, fue a estrellarse todo el poder de las huestes invasoras; política de ese partido, cuya ambición es su único fin, el as*****to su único medio. Nuestros lectores no deben haber olvidado que el supuesto Gobierno Nacional, persuadido de su impotencia para triunfar del general Peñaloza, en esa lucha en que se esterilizaban sus inmensos sacrificios, y en que emplearon con igual ineficacia los medios más reprobados y criminales, Rivas, Sandes, Arredondo y demás, celebró entonces un tratado con él por medio de su comisionado el doctor D. Eusebio Bedoya, cuyo tratado fue firmado en la provincia de La Rioja, en el lugar llamado Las Banderitas. En ese sitio, y después de firmado dicho tratado, el general Peñaloza, dirigiéndose a los coroneles Sandes, Arredondo y Rivas dijo: “Es natural que habiendo terminado la lucha, por el convenio que acaba de firmarse, nos devolvamos recíprocamente los prisioneros tomados en los diferentes encuentros que hemos tenido; por mi parte, yo voy a llenar de inmediatamente este deber”. Los mencionados jefes de Mitre, enmudecieron ante estas palabras y sólo se dirigieron entre sí una mirada de asombro o de vergüenza. El general Peñaloza que, o no se apercibió de lo que ese silencio significaba, o que, por el contrario, ya contaba de antemano con la muda respuesta que se le daba, no se dio por entendido de lo que sucedía, y llamando inmediatamente a uno de sus ayudantes (de apellido Cofré), le ordenó que llevase al lugar de la conferencia a los prisioneros porteños -fueron sus palabras- para ser devueltos a sus jefes.
No tardaron mucho en presentarse y a su vista el general Peñaloza dijo: “Aquí tienen ustedes los prisioneros que yo les he tomado, ellos dirán si los he tratado bien, ya ven que ni siquiera les falta un botón del uniforme”. Un entusiasta viva, al general Pëñaloza, dado por los mismo prisioneros, fue la única pero la más elocuente respuesta que estas palabras recibieron.
El general Peñaloza, viendo el silencio de los jefes de Mitre, insistió en la devolución de los prisioneros que le habían tomado a él. “Y bien, dijo, ¿Dónde están los míos? ¿Por qué no me responden? ¡Qué! ¿Será cierto lo que se me ha dicho? ¿Será verdad que todos han sido fusilados? ¿Cómo es, entonces, que yo soy el bandido, el salteador, y ustedes los hombres de orden y principios?” El general Peñaloza continuó en este sentido dirigiendo una enérgica y sencilla reprobación a los jefes de Mitre, a tal extremo, que el doctor Bedoya se llevó el pañuelo a los ojos, y lloraba a sollozos, quizá conmovido por la patética escena que presenciaba, tal vez avergonzado de encontrarse allí, representando a los hombres que habían inmolado tantas víctimas, o acusado quizá por su conciencia de haber manchado su carácter de Sacerdote, aceptando el mandato de un partido de asesinos.
Entretanto, los jefes de Mitre, se mantenían en silencio, humillados ante las reconstrucciones de aquel héroe cuya altura de carácter, cua nobleza de sentimientos, tanto contrastaba con la humildad de su condición.
El general Peñaloza devolvía todos los prisioneros que había tomado, no faltaba uno solo, y no había uno solo entre ellos que pudiera alzar su voz para quejarse de violencias o malos tratamientos.
Y ¿dónde estaban los prisioneros que se habían tomado de él?
Habían sido fusilados sin piedad, como se persiguen y matan las fieras de los bosques.
Sandes había ensangrentado el Puerto Valdés, sacrificando a su rabia multitud de indefensos prisioneros.
Rivas había derramado también en El Gigante, la sangre de 35 prisioneros inermes, y entre las víctimas estaban los jefes y oficiales del general Pëñaloza: Rojas, Bilbao, Quiroga, Moliné, Vallejo, Lucero, Gutiérrez y Videla.
Las mujeres e hijos de sus soldados habían sido arrebatados por “los valientes soldados invasores”. Sus mejores servidores y sus compañeros más distinguidos había sido sacrificados.
El correspondía a todo eso con una acción generosa, que sus enemigos no habían ejecutado nunca.
Hemos hecho conocer ya al hombre que acaba de ser sacrificado a la saña implacable a la cobardía y a los instintos sanguinarios de un partido de asesinos.
Imágenes: Escultura de GarcíaGuzman