21/05/2018
Exabrupto N° 199: Hoy, por falta de pago, me cortaron los servicios de gas, electricidad, agua y telefonía; también el cable y la conexión a internet. Además, por debajo de la puerta entraron varios reclamos de deudas vencidas, de cuotas impagas de convenios, de acuerdos incumplidos, también avisos de cartas documento con amenazas de represalias. Papeles y más papeles con abundancia de sellos y logos de bancos enojones y estudios de abogados prepotentes, pretendidamente intimidantes. El matrimonio del sistema, estado e iniciativa privada, apretando sus pinzas al unísono.
Justo hoy, cuando se cumplen 20 años del día en que me despidieron de mi último trabajo y me dejaron, hasta hoy, sin ingreso fijo. Veinte años de correr la coneja electrónica muy por detrás de la jauría de galgos de carrera. Veinte años de ahorrar desde el vacío, de estirar, de posponer, de prometer sabiendo que no se podrá cumplir.
De la montaña de celulosa que crece sin cesar de hora en hora se me ocurre tomar un papel, sólo uno, y leerlo: es un “aviso importante” de una secretaría de regulación de mortalidad y sustentabilidad del sistema de procesamiento de restos cadavéricos en el que se me informa que por los próximos dos años se me prohíbe morir por “enfermedad, suicidio u otras causas naturales”. Se explica, amablemente, que la medida atiende a la saturación de los cementerios y la coincidente descomposición de los hornos incineratorios públicos.
Bueno, pensé, me quedan chances clásicas: que me parta un rayo, que me caiga una maceta en la cabeza o me pique una víbora muy venenosa estando solo y alejado de centros poblados.
Por suerte no tengo amigos, parientes ni allegados de ningún tipo que pudieran lamentar mi partida o mi quedada, es decir mi persistencia en vivir amparándome en la prohibición de la secretaría.
Sí, soy un tipo afortunado, no tengo algo que puedan quitarme. Nada de mi propiedad; ni mi vida, ni mi salud mental, porque los descentrados, los que padecen la alienación, son ellos. No yo.