01/11/2022
"Él ha puesto a hervir las hojas y el cogollo de la maldita hierba. (Sí, la maldita hierba: yo no sabía, hasta ahora, que él planeaba experimentarla en sí mismo; me arrepiento de haberlo ayudado.) Horas hirviendo. La habitación está penetrada de ese olor acre, nauseabundo. Me arrincono detrás de la cama y espero. No sé hacer otra cosa más que esperar y lloriquear. Si tuviera fuerzas para resistir a Ignacio, tiraría al diablo la vasija, el brebaje. Pero no puedo más que ceder, resignarme. Ignacio está junto al fogón y tiene los ojos clavados en el líquido, en la nube de v***r, como si ya se hallara hipnotizado por la hierba. Maldita hierba. Hierba infame, perversa. Hierba hideputa. Pero no me atrevo a decirlo. Para Ignacio es una hierba casi sagrada. Lo que le permitirá acceder al país de los sueños, como dicen los nativos. O al país sin tiempo, como conjetura él. Flotar o hundirse en un magma donde nada avanza, donde la vida está detenida, latiendo simplemente. Ahora Ignacio ha sacado la vasija del fuego y por primera vez me mira. Pone el líquido nauseabundo en una calabaza y la agita para enfriarlo. 'Salud' me dice enarbolando el recipiente como si fuera un vaso de vino. Yo lo atisbo como vengo atisbándolo hace rato pero no digo nada ni me río. Tampoco lloro ahora. Siento como si me hubiera secado por dentro, como si me hubiera comido todas las lágrimas."
📖 Inicio de "El pasajero del sueño", de María Angélica Scotti.