27/02/2026
Nora y las uvas
Salía yo de la radio a paso ligero y al atravesar la puerta de vidrio grueso entra al mismo tiempo, más ligero el paso, Nora Cárpena.
Nos saludamos como si fuéramos amigos y la veo acomodar su cartera y un táper en la mesa de entradas y sentarse en la butaca alta de recepcionista. Por lo visto trabajaba allí, aunque nunca nos cruzamos.
Quizá no coincidían nuestros horarios, o porque yo ya no tengo horarios fijos. Estaba hermosa. Su rostro rojizo, como exudado, pero no era rubor. Me acerqué y le pregunté cómo estaba, que la veía rara.
«Callate que estoy incubando una gripe parece», me dijo, mientras hurgaba en el táper unas uvas enormes, racimos con hojas, como recién cortados. Comió una, y otra. Me ofreció la tercera, moradísima.
Estaba hermosa, ya lo dije, creo. Abrí apenas mi boca y Nora, la Cárpena de mis años jóvenes, la de la tele aún en blanco y negro, la dejó caer sobre mi lengua.
Rozó mis labios al retirar sus dedos. Deliciosa ella.
«Es tu desayuno», pregunté. «Es para la gripe», me dijo, y abrió su boca como pidiendo que yo hiciera lo mismo. Lo hice. Se incorporó un poco desde la butaca alta y colgó una uva sobre mi lengua (para entonces ya muy sensible) y la exprimió. El jugo recorrió los surcos de mi boca como una lava dulzona.
«En la Grecia antigua este ritual ayudaba a detener las gripes», me dijo.
Poca gente entraba y salía del edificio y mis compañeros ojeaban la escena con desconcierto y asombro. Supe que me enamoré, y que ella me estaba seduciendo con sus mejores armas.
Las uvas no tienen edad, los despertares de un bello sueño tampoco.
Benito Del Puerto
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