10/08/2026
Komodo
El tipo miraba al Doctor con respeto,con dientes apretados, con su mandíbula cuadrada firme, con sus ojos oscuros y sus dientes amarillos y desparejos esbozando algo que el Doctor entendió como una sonrisa.
– Hablemos –le dijo el tipo al Doctor para pasar el tiempo.
El Doctor hizo un gesto con el que pareció aceptar la propuesta.
– A mi me gusta ver documentales de animales –comenzó el tipo– ¿Y a usted?
El Doctor levantó los hombros, no tenía televisión en su casa por lo cual no supo qué contestar.
–¡Ah, son buenísimos! Puedo estar horas mirándolos. Sobre todo los de animales carnívoros.
– Mire Doctor –continuó el tipo– hay algunos carnívoros que son máquinas perfectas de matar. Será por eso que me gustan. Tiene que ver las técnicas de los felinos para atrapar a sus presas, el uso del olfato y la vista, el aprovechamiento de la vegetación del terreno para esconderse y acercarse sigilosamente, la elección de la presa más vulnerable, la corrida que calcula exactamente el punto de contacto con la presa, el zarpazo final, el apriete mortal de la yugular, el juego tranquilo con la presa que se convirtió en banquete delicioso, la meticulosa elección de las porciones más sabrosas, dejando las porciones marginales para hienas, cuervos y hormigas. ¡Qué belleza!
El Doctor abrió grandes sus ojos, más conmovido por el sufrimiento de la presa que por la poesía del ritual del felino.
–Me imagino lo que piensa, pero las presas no sufren mucho. Cuando corren lo hacen como una rutina, están acostumbrados a correr, yo lo veo en sus caras. Parece que hay una alegría de intentar la supervivencia, de tratar de burlar a su depredador, de pensar que pueden ser más rápidos y más inteligentes que su enemigo, y muchas veces logran escaparse , y siempre, ¡Siempre le juro! giran su cabeza para ver al enemigo rendido, cansado, resignado.
–¿Y vio las orcas en la costa patagónica? –preguntó el tipo con su entusiasmo creciente– Se asoman apenas en el mar cercano a la orilla, buscando los lobos marinos más solitarios en las colonias sobre la arena. y cuando ven la oportunidad se abalanzan sobre el lobo, lo atrapan con sus mandíbulas poderosas y contorneando su cuerpo realizan un movimiento marcha atrás para llevar a su presa al ambiente que dominan, el mar.
El Doctor pareció interesado, aunque era difícil adivinar qué pensaba.
– Lo que no me gusta es lo que hacen después. Antes de morfar al lobito, juegan con el pobrecito, haciendo malabares , haciéndolo volar por el aire y atajándolo. Realmente son muy habilidosos en eso, pero me parece un jueguito absolutamente innecesario. En el documental dijeron eso, que era innecesario, que lo hacían por diversión. Yo eso no lo hago. Si hay que cazar una presa se caza, pero sin hacerla sufrir más de lo necesario. Eso es humanidad. Y la carita de los lobos es de sorpresa, de incredulidad, no entienden qué está pasando. No comprenden el porqué de esos vuelos preliminares que le provocan las orcas. Las hacen sufrir al p**o.
El Doctor escuchó esto último con cierto alivio, creyendo que había en el tipo algún esbozo de compasión. Trató de acomodarse en su silla incómoda. Pero los últimos rayos de sol se colaban por la cortina apuntando a los ojos del Doctor. La noche se acercaba y con ella la hora de las definiciones.
– Pero el que más me gusta es el dragón de Komodo. ¿Lo vio?
El Doctor gesticuló un no desinteresado.
– Esa es la máquina perfecta de matar. Mire, anote.Uno. Tiene una mandíbula poderosa con doble fila de dientes. Dos. Su saliva tiene veneno que a las veinticuatro horas inmoviliza a la presa . Tres.Su cola es un arma pesada que pega unos mazazos mortales :Y por si fuera poco, cuatro, es veloz para correr, cinco, trepa a los árboles y seis, nada a la perfección.
El Doctor sonrió con tristeza, era imposible que anotara nada, pero parecía interesado por este animal del que no había oído hablar en su vida.
–Es terrible el dragón de Komodo. Su presa preferida son los ciervos. Las persigue y les muerde las patas. Después los acecha durante horas hasta que, por efecto del veneno, se le produce una parálisis que le impide caminar. Entonces cuando cae, se los come vivos. A otros animales más chicos como chanchos o ciervos cachorros se los traga enteros y no sufren tanto. Aunque en un documental se escucha a un chancho gritando desde el fondo de la panza del dragón. Terrible ¿No?
La noche ya era cerrada y el Doctor pensaba en pasar las últimas horas del día con su familia y con sus perros y no con ese energúmeno amante de los documentales.
–Vi un caso en que un dragón cazó una cierva embarazada. Como si supiera, el dragón primero le cortó la panza con sus uñas que son como puñales. Ahora que me acuerdo esa no se la dije. Anote. Siete. Pezuñas mortales como puñales.
El Doctor ya no prestaba atención. Afuera ladraban algunos perros y a lo lejos una sirena policial sonaba con una ronquera de bajo presupuesto.
–Parecía un ab**to. El dragón le extrajo el feto y se lo tragó entero. Una belleza y mire que yo estoy en contra del ab**to. Después empezó a vaciarle las tripas a la cierva. Todo con la cierva viva. No sabe los gritos de dolor que pegaba la pobre víctima. Y la cara de terror, es muy difícil de describir. No sé cómo decirle. Vio esos ojos de terror, esa mirada de incredulidad, pero no sé si me explico. Era una cara, unos ojos con una expresión muy…..
Sonó una melodía metálica de “El Padrino” . Era el celular del tipo que pedía su atención. El tipo le pidió perdón al Doctor y se alejó unos metros para atender el llamado.
–Sí, decime…¿No hay caso?… ¿No responden?… Y bueno, ya fue ... Yo me encargo ... .sí, sin ruidos, quedate tranquilo.
El tipo se acercó al Doctor, le tapó la boca y apuntó con el cuchillo al corazón del Doctor cuando miró su cara de terror.
–¡Esa! ¡Exactamente esa es la cara que puso la cierva!
Komodo
El tipo miraba al Doctor con respeto,con dientes apretados, con su mandíbula cuadrada firme, con sus ojos oscuros y sus dientes amarillos y desparejos esbozando algo que el Doctor entendió como una sonrisa.
– Hablemos –le dijo el tipo al Doctor para pasar el tiempo.
El Doctor hizo un gesto con el que pareció aceptar la propuesta.
– A mi me gusta ver documentales de animales –comenzó el tipo– ¿Y a usted?
El Doctor levantó los hombros, no tenía televisión en su casa por lo cual no supo qué contestar.
–¡Ah, son buenísimos! Puedo estar horas mirándolos. Sobre todo los de animales carnívoros.
– Mire Doctor –continuó el tipo– hay algunos carnívoros que son máquinas perfectas de matar. Será por eso que me gustan. Tiene que ver las técnicas de los felinos para atrapar a sus presas, el uso del olfato y la vista, el aprovechamiento de la vegetación del terreno para esconderse y acercarse sigilosamente, la elección de la presa más vulnerable, la corrida que calcula exactamente el punto de contacto con la presa, el zarpazo final, el apriete mortal de la yugular, el juego tranquilo con la presa que se convirtió en banquete delicioso, la meticulosa elección de las porciones más sabrosas, dejando las porciones marginales para hienas, cuervos y hormigas. ¡Qué belleza!
El Doctor abrió grandes sus ojos, más conmovido por el sufrimiento de la presa que por la poesía del ritual del felino.
–Me imagino lo que piensa, pero las presas no sufren mucho. Cuando corren lo hacen como una rutina, están acostumbrados a correr, yo lo veo en sus caras. Parece que hay una alegría de intentar la supervivencia, de tratar de burlar a su depredador, de pensar que pueden ser más rápidos y más inteligentes que su enemigo, y muchas veces logran escaparse , y siempre, ¡Siempre le juro! giran su cabeza para ver al enemigo rendido, cansado, resignado.
–¿Y vio las orcas en la costa patagónica? –preguntó el tipo con su entusiasmo creciente– Se asoman apenas en el mar cercano a la orilla, buscando los lobos marinos más solitarios en las colonias sobre la arena. y cuando ven la oportunidad se abalanzan sobre el lobo, lo atrapan con sus mandíbulas poderosas y contorneando su cuerpo realizan un movimiento marcha atrás para llevar a su presa al ambiente que dominan, el mar.
El Doctor pareció interesado, aunque era difícil adivinar qué pensaba.
– Lo que no me gusta es lo que hacen después. Antes de morfar al lobito, juegan con el pobrecito, haciendo malabares , haciéndolo volar por el aire y atajándolo. Realmente son muy habilidosos en eso, pero me parece un jueguito absolutamente innecesario. En el documental dijeron eso, que era innecesario, que lo hacían por diversión. Yo eso no lo hago. Si hay que cazar una presa se caza, pero sin hacerla sufrir más de lo necesario. Eso es humanidad. Y la carita de los lobos es de sorpresa, de incredulidad, no entienden qué está pasando. No comprenden el porqué de esos vuelos preliminares que le provocan las orcas. Las hacen sufrir al p**o.
El Doctor escuchó esto último con cierto alivio, creyendo que había en el tipo algún esbozo de compasión. Trató de acomodarse en su silla incómoda. Pero los últimos rayos de sol se colaban por la cortina apuntando a los ojos del Doctor. La noche se acercaba y con ella la hora de las definiciones.
– Pero el que más me gusta es el dragón de Komodo. ¿Lo vio?
El Doctor gesticuló un no desinteresado.
– Esa es la máquina perfecta de matar. Mire, anote.Uno. Tiene una mandíbula poderosa con doble fila de dientes. Dos. Su saliva tiene veneno que a las veinticuatro horas inmoviliza a la presa . Tres.Su cola es un arma pesada que pega unos mazazos mortales :Y por si fuera poco, cuatro, es veloz para correr, cinco, trepa a los árboles y seis, nada a la perfección.
El Doctor sonrió con tristeza, era imposible que anotara nada, pero parecía interesado por este animal del que no había oído hablar en su vida.
–Es terrible el dragón de Komodo. Su presa preferida son los ciervos. Las persigue y les muerde las patas. Después los acecha durante horas hasta que, por efecto del veneno, se le produce una parálisis que le impide caminar. Entonces cuando cae, se los come vivos. A otros animales más chicos como chanchos o ciervos cachorros se los traga enteros y no sufren tanto. Aunque en un documental se escucha a un chancho gritando desde el fondo de la panza del dragón. Terrible ¿No?
La noche ya era cerrada y el Doctor pensaba en pasar las últimas horas del día con su familia y con sus perros y no con ese energúmeno amante de los documentales.
–Vi un caso en que un dragón cazó una cierva embarazada. Como si supiera, el dragón primero le cortó la panza con sus uñas que son como puñales. Ahora que me acuerdo esa no se la dije. Anote. Siete. Pezuñas mortales como puñales.
El Doctor ya no prestaba atención. Afuera ladraban algunos perros y a lo lejos una sirena policial sonaba con una ronquera de bajo presupuesto.
–Parecía un ab**to. El dragón le extrajo el feto y se lo tragó entero. Una belleza y mire que yo estoy en contra del ab**to. Después empezó a vaciarle las tripas a la cierva. Todo con la cierva viva. No sabe los gritos de dolor que pegaba la pobre víctima. Y la cara de terror, es muy difícil de describir. No sé cómo decirle. Vio esos ojos de terror, esa mirada de incredulidad, pero no sé si me explico. Era una cara, unos ojos con una expresión muy…..
Sonó una melodía metálica de “El Padrino” . Era el celular del tipo que pedía su atención. El tipo le pidió perdón al Doctor y se alejó unos metros para atender el llamado.
–Sí, decime…¿No hay caso?… ¿No responden?… Y bueno, ya fue ... Yo me encargo ... .sí, sin ruidos, quedate tranquilo.
El tipo se acercó al Doctor, le tapó la boca y apuntó con el cuchillo al corazón del Doctor cuando miró su cara de terror.
–¡Esa! ¡Exactamente esa es la cara que puso la cierva!
Send a message to learn more