28/02/2018
LA MOSCA BLANCA | Crítica de JAIME TARASOW - AM TRADICIÓN 1580.
El encuentro de dos seres presuntamente normales en una circunstancia fortuita, produce un acontecimiento que, a prima facie, no seria de importancia. ¿A quién le interesa o le puede preocupar la existencia de dos seres del montón en esta sociedad cada vez más contradictoria y en constante alza en la eliminación de los más mínimos valores o derechos a la subsistencia ?
Pero la riqueza del texto de Eduardo Rovner le da a este un sentido de actualidad en cuanto a la conducta de los seres humanos en una cada vez más degradada y expulsiva sociedad.
En varios momentos de La mosca blanca, uno la parangona con el clásico “Esperando a Godot”. Pero en la obra de Beckett los dos personajes son expulsados del sistema, están a la espera de alguien que les permitiría volver a insertarse, generando una esperanza de vida. En la temática de Rovner los dos personajes se autoexcluyen del sistema actualmente establecido, donde el monetarismo y mercantilismo degradante es la base del mismo a costa de la humanidad, y donde ellos en medio de esa sangría, no se pueden desarrollar y uno de ellos se siente absolutamente desidentificado.
En el fondo estos dos seres simpáticos pero divergentes entre sí, a quienes el autor los pinta con enorme ternura, no le encuentran sentido a la vida y uno de ellos con cierto nivel intelectual trata de convencer al otro de quitarse la vida.
Este encuentro ocurre en una plaza pública donde ambos discurren reflexionando, por momentos en una plática aggiornada con el absurdo sobre la inutilidad de la existencia, encontrando en el suicidio la única salida a una vida vacía y sin rumbo cierto.
Una tremenda y subliminal crítica a una sociedad dominada por religiones y creencias cada vez más perimidas manejadas, me animaría decir, por una caterva de retrógrados cavernarios, que enquistados en el manejo político del universo, están generando un mundo para pocos.
Un supuesto diálogo del personaje suicida con la mitológica Dafne, que cobra vida de una escultura, es fundamental para la comprensión de tales conductas humanas y de la misma mitología en su contexto histórico.
La actuación es de un nivel superlativo, generando momentos de intensa emoción y ello es sin duda, a la ya consabida y clásica dirección de Gaby Fiorito, sobre quien ya no alcanzan las palabras para elogiar su increscente talento. Genera escenas y momentos de una dinámica rítmica tal que le exige al intérprete un esfuerzo actoral inmenso y que el mismo se concreta a través de una conmovedora elaboración artística.
Una obra que nos hace pensar reflexionando sobre los distintos conflictos del diario vivir. Donde el desamor, la soledad, la violencia, el no reconocimiento del semejante y de este vagar sin rumbo a sabiendas que será difícil encontrar la felicidad tan anhelada para una vida digna, es la constante.
Temática dura que a través del constante humor, lleno asimismo de poesía, genera un análisis de un mundo que está transitando el mismo destino sin rumbo que estos personajes.
Un espectáculo de visión imprescindible y que no hace más que demostrar el enorme momento de nuestro mundialmente envidiado movimiento teatral.
JAIME TARASOW