Diana Guzmán

Diana Guzmán DIANA GUZMÁN: (La Rioja, Arg., 2 de Dic /1971) Artista Visual, educadora y gestora cultural. Prof. Sup. de Pintura y Lic. Mediación cultural, mediación educativa.

Artes visuales
Escritura de textos artísticos. Curaduría y diseño de montaje de muestras.

Un, dos y tres de La Guzmán 1. De la serie Interferencias- 2019Guache s/papel de 300 grs yAcrílico s/mdf  de 3 mm40 x 30...
22/04/2026

Un, dos y tres de La Guzmán

1. De la serie Interferencias- 2019
Guache s/papel de 300 grs y
Acrílico s/mdf de 3 mm
40 x 30 cm
2. De la serie infancias - 2019
Fotografía digital Impresión injek y falsa xilografía, s/ papel color de 115 grs, muñecos plásticos en caja de madera c/vidrio
30 x 40 cm
3. De la serie mal bicho- 2017/19
Acrílico, cerámica, lápices tinta s/ tela imprimada de 300 grs

John Cage - Solo for Piano, 1959
22/04/2026

John Cage - Solo for Piano, 1959

20/04/2026
“Una flor es relativamente pequeña. Todo el mundo tiene muchas asociaciones con una flor, con la idea de flores… Sin emb...
19/04/2026

“Una flor es relativamente pequeña. Todo el mundo tiene muchas asociaciones con una flor, con la idea de flores… Sin embargo, en cierto modo nadie ve de veras una flor. Es tan pequeña. No tenemos tiempo y ver requiere tiempo al igual que tener un amigo requiere tiempo. Si yo pudiera pintar la flor exactamente como la veo no la vería nadie, ya que la pintaría pequeña como pequeña es la flor. Así que me dije: pintaré lo que veo, lo que la flor es para mí, pero la pintaré grande y ellos se sorprenderán al tener que tomarse tiempo para mirarla”. Georgia O’Keeffe

Tres rosas 1898
Pablo Picasso (con 17 años de edad)

19/04/2026

"¿Qué es ser contemporáneo? "
por Giorgio Agamben.



Traducción de Cristina Sardoy. Clarín 21-03.09

¿Qué es ser contemporáneo? Esta fue la pregunta que guió el curso de filosofía que Giorgio Agamben dictó en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia. Es también el título de este ensayo, hasta hoy inédito en castellano, que publicamos con la crítica del primer análisis total de su obra.



# 1

La pregunta que desearía inscribir en el umbral de este seminario es: "¿De quiénes y de qué somos contemporáneos? Y, sobre todo, ¿qué significa ser contemporáneos?" (...) De Nietzsche nos viene una indicación inicial, provisoria, para orientar nuestra búsqueda de una respuesta. (...) En 1874, Friedrich Nietzsche, un joven filólogo que había trabajado hasta entonces en textos griegos y dos años antes había alcanzado una celebridad imprevista con El origen de la tragedia , publica las Consideraciones Intempestivas , con las cuales quiere ajustar cuentas con su tiempo, tomar posición respecto del presente. "Intempestiva esta consideración lo es", se lee al comienzo de la segunda Consideración "porque intenta entender como un mal, un inconveniente y un defecto algo de lo cual la época justamente se siente orgullosa, o sea, su cultura histórica, porque pienso que todos somos devorados por la fiebre de la historia y deberíamos, al menos, darnos cuenta". Nietzsche sitúa, por tanto, su pretensión de "actualidad", su "contemporaneidad" respecto del presente, en una desconexión y en un desfase. Pertenece realmente a su tiempo, es verdaderamente contemporáneo, aquel que no coincide perfectamente con éste ni se adecua a sus pretensiones y es por ende, en ese sentido, inactual; pero, justamente por eso, a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es más capaz que los otros de percibir y aprehender su tiempo.

Esta no-coincidencia no significa, naturalmente, que sea contemporáneo quien vive en otra era, un nostálgico que se siente más cómodo en la Atenas de Pericles o en el París de Robespierre y del Marqués de Sade que en la ciudad y el tiempo que le tocó vivir. Un hombre inteligente puede odiar su tiempo, pero sabe que pertenece irrevocablemente a él, sabe que no puede huir de su tiempo.

La contemporaneidad es, pues, una relación singular con el propio tiempo, que adhiere a éste y, a la vez, toma su distancia; más exactamente, es "esa relación con el tiempo que adhiere a éste a través de un desfase y un anacronismo". Los que coinciden de una manera excesivamente absoluta con la época, que concuerdan perfectamente con ella, no son contemporáneos porque, justamente por esa razón, no consiguen verla, no pueden mantener su mirada fija en ella.



# 2



En 1923, Osip Mandelstam escribe la poesía "El siglo" (la palabra rusa vek significa también "época"). Contiene no una reflexión sobre el siglo, sino sobre la relación entre el poeta y su tiempo, es decir, sobre la contemporaneidad. No el "siglo" sino, según el primer verso, "mi siglo" (vek moi):

Mi siglo, mi bestia, ¿hay alguien que pueda
escudriñar en tus ojos
y soldar con su sangre
las vértebras de dos siglos?

# 3

El poeta, que debía pagar su contemporaneidad con la vida, es quien debe mantener fija la mirada en los ojos de su siglo-bestia, soldar con su sangre la espalda quebrada del tiempo. El poeta -el contemporáneo- debe tener fija la mirada en su tiempo. ¿Pero qué ve quien ve su tiempo, la sonrisa demente de su siglo? Me gustaría aquí proponerles una segunda definición de la contemporaneidad: contemporáneo es aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo, para percibir no sus luces, sino sus sombras. Todos los tiempos son, para quien experimenta su contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es quien sabe ver esa sombra, quien está en condiciones de escribir humedeciendo la pluma en la tiniebla del presente. Mas ¿qué significa "ver una tiniebla", "percibir la sombra"?

Una primera respuesta nos es sugerida por la neurofisiología de la visión. ¿Qué sucede cuando nos encontramos en un ambiente sin luz, o cuando cerramos los ojos? ¿Qué es la sombra que vemos en ese momento? Los neurofisiólogos nos dicen que la ausencia de luz desinhibe una serie de células periféricas de la retina, llamadas, precisamente, off-cells, que entran en actividad y producen esa especie particular de visión que llamamos sombra. La sombra no es, por ende, un concepto privativo, la simple ausencia de luz, algo como una no visión, sino el resultado de la actividad de las off-cells , un producto de nuestra retina. Esto significa (...) que percibir esa sombra no es una forma de inercia o pasividad sino que implica una actividad y habilidad particulares, que, en nuestro caso, equivalen a neutralizar las luces que provienen de la época para descubrir su tiniebla, su sombra especial, que no es, de todos modos, separable de esas luces.

Puede llamarse contemporáneo solamente al que no se deja cegar por las luces del siglo y es capaz de distinguir en éstas la parte de la sombra, su íntima oscuridad. Con esto, todavía no hemos respondido a nuestra pregunta. ¿Por qué debería interesarnos poder percibir las tinieblas que provienen de la época? ¿Acaso la sombra no es una experiencia anónima y por definición impenetrable, algo que no está dirigido a nosotros y no puede, por lo tanto, incumbirnos? Al contrario, contemporáneo es aquel que percibe la sombra de su tiempo como algo que le incumbe y no cesa de interpelarlo, algo que, más que cualquier luz, se refiere directa y singularmente a él. Quien recibe en pleno rostro el haz de tiniebla que proviene de su tiempo.

# 4



En el firmamento que miramos de noche, las estrellas resplandecen rodeadas de una espesa tiniebla. Teniendo en cuenta que en el universo hay un número infinito de galaxias y de cuerpos luminosos, la sombra que vemos en el cielo es algo que, según los científicos, requiere una explicación. Me gustaría hablar ahora de la explicación que la astrofísica contemporánea da para esa sombra. En el universo en expansión las galaxias más remotas se alejan de nosotros a una velocidad tan grande que su luz no puede llegarnos. Lo que percibimos como la sombra del cielo es esa luz que viaja velocísima hacia nosotros y no obstante no puede alcanzarnos, porque las galaxias de las que proviene se alejan a una velocidad superior a la velocidad de la luz. Percibir en la oscuridad del presente esa luz que trata de alcanzarnos y no puede: eso significa ser contemporáneos. De ahí que ser contemporáneos sea, ante todo, una cuestión de coraje: porque significa ser capaces no sólo de mantener la mirada fija en la sombra de la época, sino también percibir en esa sombra una luz que, dirigida hacia nosotros, se aleja infinitamente de nosotros. Es decir: llegar puntuales a una cita a la que sólo es posible fallar.

Por eso el presente que la contemporaneidad percibe tiene las vértebras rotas. Nuestro tiempo, el presente, no es sólo lo más distante: no puede alcanzarnos de ninguna manera. Tiene la columna quebrada y nos hallamos exactamente en el punto de la fractura. Por eso somos, a pesar de todo, sus contemporáneos. La cita que está en cuestión en la contemporaneidad no tiene lugar simplemente en el tiempo cronológico: es, en el tiempo cronológico, algo que urge en su interior y lo transforma. Esa urgencia es lo intempestivo, el anacronismo que nos permite aprehender nuestro tiempo en la forma de un "demasiado temprano" que es, también, un "demasiado tarde", de un "ya" que es también un "todavía no". Y reconocer en la tiniebla del presente la luz que, aunque sin poder alcanzarnos nunca, está permanentemente en viaje hacia nosotros.



# 5



Un buen ejemplo de esta especial experiencia del tiempo que llamamos la contemporaneidad es la moda. Lo que define la moda es que introduce en el tiempo una discontinuidad, que lo divide según su actualidad o falta de actualidad, su estar y su no estar más a la moda (a la moda y no simplemente de moda, que alude sólo a las cosas). Pese a ser sutil, esta cesura es clara: quienes deben percibirla la perciben infaliblemente y de esa forma certifican su estar a la moda; pero si tratamos de objetivarla y fijarla en el tiempo cronológico, se revela inasible. Sobre todo el "ahora" de la moda, el instante en que comienza a ser, no es identificable por ningún cronómetro. ¿Ese "ahora" es el momento en que el estilista concibe el rasgo, el matiz que definirá la nueva forma de la prenda? ¿O en que la confía al dibujante y luego a la sastrería que confecciona el prototipo? ¿O, más bien, el momento del desfile, donde la prenda es llevada por las únicas personas que están siempre y solamente a la moda, las mannequins , que, no obstante, justamente por eso, nunca lo están realmente? Porque, en última instancia, el estar a la moda de la "forma" o la "manera" dependerá de que las personas en carne y hueso, distintas de las mannequins -víctimas sacrificiales de un dios sin rostro- la reconozcan como tal y la conviertan en su vestimenta.

El tiempo de la moda está, por ende, constitutivamente adelantado a sí mismo, y por eso también siempre retrasado, siempre tiene la forma de un umbral inasible entre un "todavía no" y un "ya no". Es probable que, como sugieren los teólogos, eso depende de que la moda, al menos en nuestra cultura, es una signatura teológica del vestido, que deriva de la circunstancia de que la primera prenda de vestir fue confeccionada por Adán y Eva después del pecado original, en la forma de un paño entrelazado con hojas de higuera. (Las prendas que nos ponemos derivan, no de ese paño vegetal, sino de las tunicae pelliceae, de los vestidos hechos con pieles de animales que Dios, según Gen. 3.21, hace vestir, como símbolo tangible del pecado y de la muerte, a nuestros progenitores en el momento en que los expulsa del paraíso.) En todo caso, más allá de cuál sea la razón, el "ahora", el kairos de la moda es inasible: la frase "estoy en este instante a la moda" es contradictoria, porque en el segundo que el sujeto la pronuncia, ya está fuera de moda.

Por eso, el estar a la moda, como la contemporaneidad, comporta cierta "soltura", cierto desfase, en que su actualidad incluye dentro de sí una pequeña parte de su afuera, un dejo de demodé. De una señora elegante se decía en París en el siglo XIX, en ese sentido: "Elle est contemporaine de tout le monde". Pero la temporalidad de la moda tiene otro carácter que la emparienta con la contemporaneidad. En el gesto mismo en que su presente divide el tiempo según un "ya no" y un "todavía no", ella crea con esos "otros tiempos" -ciertamente, con el pasado y, quizá, también con el futuro- una relación particular. Puede, vale decir, "citar" y, de esa manera, reactualizar cualquier momento del pasado (los años 20, los años 70, pero también la moda imperio o neoclásica). Puede, por ende, poner en relación lo que dividió inexorablemente, volver a llamar, re-evocar y revitalizar lo que había declarado mu**to.

# 6

Esta relación especial con el pasado tiene otro aspecto. La contemporaneidad se inscribe en el presente señalándolo sobre todo como arcaico y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los indicios y las signaturas de lo arcaico puede ser su contemporáneo. Arcaico significa: próximo al arché, o sea, al origen. Pero el origen no está situado sólo en un pasado cronológico: es contemporáneo al devenir histórico y no cesa de funcionar en éste, como el embrión continúa actuando en los tejidos del organismo maduro y el bebé en la vida psíquica del adulto. La distancia y a la vez la cercanía que definen a la contemporaneidad tienen su fundamento en esa proximidad con el origen, que en ningún punto late con tanta fuerza como en el presente.

(...)

Los historiadores de la literatura y el arte saben que entre lo arcaico y lo moderno hay una cita secreta, y no tanto en razón de que las formas más arcaicas parecen ejercer en el presente una fascinación particular, sino porque la clave de lo moderno está oculta en lo inmemorial y lo prehistórico. Así, el mundo antiguo en su final se vuelve, para reencontrarse, hacia los orígenes: la vanguardia, que se extravió en el tiempo, sigue a lo primitivo y lo arcaico. En ese sentido, justamente, se puede decir que la vía de acceso al presente tiene necesariamente la forma de una arqueología. Que no retrocede sin embargo a un pasado remoto, sino a lo que en el presente no podemos en ningún caso vivir y, al permanecer no vivido, es incesantemente reabsorbido hacia el origen, sin poder nunca alcanzarlo. Porque el presente no es otra cosa que la parte de no-vivido en cada vivido y lo que impide el acceso al presente es justamente la masa de lo que, por alguna razón (su carácter traumático, su cercanía excesiva) no logramos vivir en él. (...)

# 7

Quienes han tratado de pensar la contemporaneidad pudieron hacerlo sólo a costa de escindirla en más tiempos, en introducir en el tiempo una des-homogeneidad esencial. Quien puede decir: "mi tiempo", divide el tiempo, inscribe en él una cesura y una discontinuidad; y, sin embargo, justamente a través de esa cesura, esa interpolación del presente en la homogeneidad inerte del tiempo lineal, el contemporáneo instala una relación especial entre los tiempos. Si bien, como hemos visto, el contemporáneo es quien quebró las vértebras de su tiempo (o percibió la falla o el punto de ruptura), él hace de esa fractura el lugar de cita y de encuentro entre los tiempos y las generaciones. Nada más ejemplar, en ese sentido, que el gesto de Pablo de Tarso, en el punto que experimenta y anuncia a sus hermanos esa contemporaneidad por excelencia que es el tiempo mesiánico, el ser contemporáneos del mesías, que él llama el "tiempo de ahora" (ho nyn kairos). No sólo ese tiempo es cronológicamente indeterminado (...) sino que tiene la capacidad singular de relacionar consigo mismo cada instante del pasado, de hacer de cada momento o episodio del relato bíblico una profecía o una prefiguración (typos, figura, es el término preferido de Pablo) del presente (así Adán, a través de quien la humanidad recibió la muerte y el pecado, es "tipo" o figura del mesías, que trae a los hombres la redención y la vida).

Esto significa que el contemporáneo no es sólo quien, percibiendo la sombra del presente, aprehende su luz invendible; es también quien, dividiendo e interpolando el tiempo, está en condiciones de transformarlo y ponerlo en relación con los otros tiempos, leer en él de manera inédita la historia, "citarla" según una necesidad que no proviene en absoluto de su arbitrio, sino de una exigencia a la que él no puede dejar de responder. Es como si esa luz invisible que es la oscuridad del presente, proyectase su sombra sobre el pasado y éste, tocado por su haz de sombra, adquiriese la capacidad de responder a las tinieblas del ahora. Algo similar debía de tener en mente Michel Foucault cuando escribía que sus indagaciones históricas sobre el pasado son sólo la sombra proyectada por su interrogación teórica del presente. Y Walter Benjamin, cuando escribía que el signo histórico contenido en las imágenes del pasado muestra que éstas alcanzarán la legibilidad sólo en un determinado momento de su historia. De nuestra capacidad de prestar oídos a esa exigencia y a esa sombra, de ser contemporáneos no sólo de nuestro siglo y del "ahora", sino también de sus figuras en los textos y los documentos del pasado, dependerán el éxito o el fracaso de nuestro seminario.

12/04/2026

Rayuela (fragmento)
Julio Cortázar

"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. "

Relato corto de SAMANTA SCHWEBLINLA MEDIDA DE LAS COSASGracias Oscar Vicente Conde , de Claypole  De Enrique Duvel sabía...
12/04/2026

Relato corto de SAMANTA SCHWEBLIN

LA MEDIDA DE LAS COSAS

Gracias Oscar Vicente Conde , de Claypole


De Enrique Duvel sabía que era rico por herencia y que, aunque a veces se lo veía con alguna mujer, todavía vivía con la madre. Los domingos daba vueltas a la plaza en su auto descapotable, concentrado en sí mismo, sin mirar ni saludar a ningún vecino, y así desaparecía hasta el fin de semana siguiente. Yo tenía la juguetería que había heredado de mi padre, y un día lo sorprendí en la calle, mirando con recelo la vidriera de mi negocio. Se lo comenté a Mirta, mi mujer, que dijo que quizá yo lo había confundido con otra persona. Pero después ella misma lo vio. Se detenía algunas tardes frente a la juguetería y miraba la vidriera un rato. La primera vez que entró lo hizo sin la menor convicción, como avergonzado y no muy seguro de lo que buscaba. Se acercó hasta el mostrador y revisó desde ahí las estanterías. Esperé a que hablara. Jugó un momento con el llavero del auto y al fin pidió el modelo de un avión a escala para armar. Le pregunté si quería que se lo envolviera para regalo, pero dijo que no.
Regresó varios días después. Miró otro buen rato la vidriera y pidió el modelo que le seguía. Le pregunté si los coleccionaba, pero dijo que no.
En visitas sucesivas compró coches, barcos y trenes. Pasaba casi todas las semanas y siempre se llevaba algo. Una noche, cuando yo cerraba las persianas del negocio, lo encontré afuera, solo frente a la vidriera. Serían alrededor de las nueve y ya no había casi gente en la calle. Me costó reconocerlo, entender que ese hombre que temblaba, con la cara roja y los ojos llorosos, podía de todas formas ser Enrique Duvel. Parecía asustado. No vi su auto y por un momento pensé que quizá lo habían asaltado.
—¿Duvel? ¿Está bien?
Hizo un gesto confuso.
—Es mejor si me quedo acá —dijo.
—¿Acá? ¿Y su madre? —Me arrepentí de mi pregunta, temí haberlo ofendido.
—Se encerró en la casa con todas las llaves. Dice que no quiere volver a verme.
Nos miramos un momento, sin saber muy bien qué hacer el uno con el otro.
—Mejor si me quedo acá —repitió.
Pensé que Mirta no iba a estar de acuerdo, pero a esa altura le debía a Enrique Duvel casi el veinte por ciento de mis ganancias mensuales y no podía echarlo.
—Es que acá, Duvel… Acá no hay dónde dormir.
—Le pago la noche —dijo. Revisó sus bolsillos—. Acá no traigo plata… Pero puedo trabajar, seguro hay algo que yo pueda hacer.
Aunque sabía que no era una buena decisión, lo hice pasar. Entramos a oscuras. Cuando encendí las luces las vidrieras le iluminaron los ojos. Algo me decía que Duvel no dormiría en toda la noche y temí dejarlo solo. Vi entre las góndolas la gran pila de cajas de juguetes que no había llegado a ordenar e imaginé al rico y refinado Duvel del que a veces hablaban las amigas de Mirta, reponiendo en la noche mis estanterías vacías. Encargárselas podía ser un problema, pero lo mantendrían ocupado.
—¿Podría ordenar las cajas? —pregunté.
Asintió.
—Yo expongo todo mañana, solo hay que separar los artículos por rubro —me acerqué a la mercadería—, los rompecabezas con los rompecabezas, por ejemplo. Se fija dónde están y lo acomoda todo junto, ahí, en los estantes. Y si…
—Entiendo perfectamente —me interrumpió Duvel.
Se alejó mirando el piso, repitiendo algunas veces un gesto sutil con el dedo índice, como si intentara callar a alguien pero se sintiera demasiado humillado para hacerlo. Yo quería explicarle que para dormir no había más que un sillón viejo en el depósito, darle algunos consejos sobre la cadena del baño, pero no quise incomodarlo más. Lo dejé tranquilo y me fui sin despedirme.

Al día siguiente salí para la juguetería unos minutos antes. Me alivió ver que las persianas estaban levantadas, y apagadas las luces que ya no hacían falta. Solo cuando estuve adentro me di cuenta de que la decisión de dejar a Duvel solo había sido un tremendo error. Nada estaba en su lugar. Si en ese mismo instante un cliente entraba y pedía el muñeco de un superhéroe determinado, no me hubiera alcanzado la mañana para encontrar el pedido. Me acuerdo de que pensé en Mirta, en cómo se lo explicaría, y también del cansancio repentino cuando calculé los días que me llevaría reorganizar todo. Después me di cuenta de algo más, algo tan insólito que, por un momento, tardé en asimilarlo: Duvel había reordenado la juguetería cromáticamente. Modeladores de plastilina, juegos de cartas, bebés gateadores, carritos con pedales, todo estaba mezclado. Sobre las vidrieras, en las góndolas, en las repisas: los matices de colores se extendían de un extremo a otro del negocio. Todavía recuerdo esa imagen como el principio del desastre. Tiene que irse, pensé, tengo que sacar a este hombre de la juguetería ahora mismo. Duvel me miraba. Estaba serio y de pie frente a mí, con su gran arcoíris detrás. Yo estaba buscando cómo decir lo que quería decir cuando sus ojos se detuvieron un momento en algo más. Giré hacia la calle para ver. Detrás del vidrio una mujer y sus dos hijos miraban el interior del local. Tenían las manos pegadas como viseras contra el vidrio y comentaban fascinados lo que veían, como si dentro algo maravilloso estuviera moviéndose entre las góndolas. Era el horario de entrada escolar. A esa hora la cuadra se llenaba de chicos y padres y, sin poder evitar detenerse frente a la vidriera, muchos se fueron sumando. Antes del mediodía el local estaba lleno: nunca se vendió tanto como esa mañana. Era difícil localizar los pedidos, pero pronto descubrí que bastaba con que yo nombrara un artículo para que Duvel asintiera y corriera en su búsqueda. Los encontraba con una naturalidad tan eficiente que me desconcertaba.
—Llámeme por mi nombre —me dijo al final de ese largo día de trabajo—, si le parece…
Los colores, ordenados por su gama, destacaban artículos que antes no llamaban la atención. Las patas de rana, verdes, seguían por ejemplo a los sapos con silbato que ocupaban las últimas filas del turquesa, mientras los rompecabezas de glaciares, que venían del marrón por la base de tierra de sus paisajes, cerraban el círculo uniendo sus picos de nieve con pelotas de vóley entre peluches de leones albinos.
Ni ese día, ni ningún otro por ese entonces, se cerró el local a la hora de la siesta, y el momento del cierre comenzó a retrasarse un poco más. Enrique durmió en el local también esa noche y otras tantas noches que le siguieron. Mirta estuvo de acuerdo en armar para él un espacio en el depósito. Los primeros días tuvo que conformarse con un colchón tirado en el piso, pero al poco tiempo conseguimos una cama. Una o dos veces por semana, durante la noche, Enrique reorganizaba la juguetería. Armaba escenarios utilizando las formas de los ladrillos gigantes; modificaba, moviendo los juguetes apilados contra el vidrio, la luz del interior del local; construía castillos que recorrían las góndolas. Fue inútil insistir en un sueldo, no le interesaba.
—Es mejor si me quedo acá —decía—, mejor que el sueldo.
No salía del negocio, al menos yo nunca lo vi salir. Comía lo que Mirta le mandaba por las noches: viandas que empezaron siendo algunas rodajas de pan con fiambre y terminaron en elaborados platos para las dos comidas del día.
Enrique nunca tocó esos modelos para armar que antes habían llamado tanto su atención. Ocupaban las estanterías más altas del local y ahí permanecieron siempre. Fue lo único que conservó su lugar. Prefirió en cambio los rompecabezas y los juegos de mesa. En las mañanas, si yo llegaba antes de hora, encontraba a Enrique sentado a la mesa con su vaso de leche, jugando con los dos colores de las damas chinas o encastrando las últimas piezas de un gran paisaje otoñal. Se había vuelto silencioso, pero sin dejar de ser atento con los clientes. Se tomó la costumbre de armar su cama por las mañanas, de limpiar la mesa y barrer el piso después de comer. Al terminar, se acercaba hasta mí o hasta Mirta —que por el exceso de trabajo había empezado a atender el mostrador— y decía: «Ya armé la cama» o «Acabo de terminar de barrer» o incluso «Ya terminé con lo que había que terminar» y era el modo —obsecuente, decía Mirta— lo que de alguna manera empezaba a preocuparnos.
Una mañana descubrí que había recreado sobre la mesa —con muñecos articulados, animales de granja y ladrillos para armar— un pequeño zoológico. Tomaba de su vaso de leche mientras abría la verja de los caballos y los hacía galopar, uno por uno, hasta un pulóver oscuro que hacía de montaña. Lo saludé y volví al mostrador para empezar el trabajo. Cuando se acercó parecía avergonzado.
—Está bien —dije—. Quiero decir, no importa si se arma o no la cama. Es tu cuarto, Enrique.
Pensé que nos estábamos entendiendo pero miró hacia el piso, aún más avergonzado, y dijo:
—Perdón, no vuelve a pasar. Gracias.
Enrique dejó de reordenar también los juegos de mesa. Colocó las cajas en los estantes superiores, junto a las réplicas para armar, y solo subía por ellas si algún cliente reclamaba específicamente ese artículo.
—Hay que hablar con él —decía Mirta—, la gente va a creer que no trabajamos más rompecabezas. Que él ya no los use no significa que no estén a la venta.
Pero no le dije nada. Las cosas iban muy bien en el negocio y no quería lastimarlo.
Con el tiempo empezó a rechazar algunas comidas. Se encaprichó con la carne, el puré y las pastas con salsas simples. Si le llevábamos otra cosa, no comía, así que Mirta empezó a cocinar lo que a él le gustaba.
Alguna que otra vez los clientes le dejaban monedas, y cuando juntó lo suficiente compró en la juguetería un tazón de plástico azul que traía en el frente un auto descapotable en relieve. Lo usaba para desayunar, y a la mañana, al reportar el estado de la cama y el cuarto empezó a agregar:
—También lavé mi taza.
Mirta me contó con preocupación que una tarde en que lo estaba mirando jugar con un chico, Enrique se aferró de pronto a un superhéroe miniatura y se negó a compartirlo. Cuando el chico se echó a llorar Enrique se alejó enojado y se encerró en el depósito.
—Sabés cuánto cariño le tengo —dijo esa noche mi mujer—, pero esas son cosas que no deberíamos permitirle.
Aunque mantenía su ingenio a la hora de reorganizar la mercadería, al tiempo también dejó de jugar con los muñequitos articulados y los ladrillos y los había archivado junto con los juegos de mesa y las réplicas para armar, en las ya atiborradas estanterías superiores. Los juguetes que aún se reordenaban y estaban al alcance de los clientes conformaban entonces una franja demasiado pequeña y monótona que apenas atraía a los chicos de menor edad.
—Por qué ponés esas cosas tan altas, Enrique.
Miró los estantes desconsolado, como sí, efectivamente, ya estuvieran demasiado altos también para él. No contestaba, estaba cada vez más callado.
Poco a poco, las ventas volvieron a bajar. Sus arcoíris, sus vidrieras y sus castillos perdieron el esplendor de esos primeros días en que todos los artículos participaban de remodelaciones radicales. Ahora todo sucedía de las rodillas para abajo. Enrique estaba casi siempre encorvado, o arrodillado frente a algún nuevo pilón de juguetes cada vez más petiso y amorfo, y el local había empezado a vaciarse de clientes. Pronto no hizo falta la ayuda de Mirta, que dejó de atender el mostrador y, otra vez, él y yo estábamos solos.
Recuerdo la última tarde que vi a Enrique. No había querido almorzar y caminaba entre las góndolas. Lo vi triste y solo. Yo sentía que, a pesar de todo, con Mirta le debíamos mucho. Quise animarlo, así que trepé la escalera corrediza —que no usaba desde que él me ayudaba en el negocio— y subí hasta las estanterías más altas. Elegí para él una locomotora antigua, importada. Era la mejor réplica en miniatura que teníamos y costaba una fortuna. Pero Enrique se lo merecía y yo quería dársela. Bajé con el regalo y lo llamé desde el mostrador. Él regresaba de las estanterías del fondo, un felpudo violeta —creo que un conejo— le colgaba de la mano derecha. Cabizbajo, se detuvo para mirarme. Se lo veía pequeño entre las góndolas. Lo llamé para que se acercara pero se agachó de pronto, como asustado, y ahí se quedó. Fue un movimiento extraño que no entendí. Dejé la caja y me acerqué despacio, a ver si le había pasado algo.
Lloraba abrazándose las piernas. El conejo había quedado a un lado, boca abajo sobre el piso.
—Enrique, quiero darte…
—No quiero que nadie vuelva a pegarme —dijo.
Me pregunté si habría pasado algo que yo no había visto. Si algún cliente habría discutido con él o habría peleado otra vez con algún nene.
—Pero Enrique, nadie…
Me arrodillé cerca. Quería tener la caja ahí mismo, estaba seguro de que sería algo especial y me dolía verlo angustiado. Mirta hubiera sabido qué hacer, cómo calmarlo. Entonces la puerta de calle se abrió. Se abrió con violencia, casi como un golpe, y los dos nos quedamos inmóviles. Desde el suelo vimos, por debajo de las góndolas, dos tacones altos avanzar entre los pasillos.
—¡Enrique..! —era una voz fuerte, autoritaria.
Los tacones se detuvieron y Enrique me miró asustado. Parecía querer decirme algo, me agarró del brazo.
—¡Enrique!
Los tacones volvieron a moverse, esta vez directo hacia nosotros, y una mujer nos encontró a la vuelta de la góndola.
—¡Enrique! —se acercó furiosa—. Todo este tiempo buscándote —gritó y se detuvo muy cerca de él—. ¿Dónde mi**da estabas?
Le dio una cachetada tan fuerte que hizo que Enrique perdiera el equilibrio. Lo agarró de la mano y lo levantó de un tirón. La mujer me insultó, pateó el conejo y se llevó a Enrique casi a rastras. Los seguí unos pasos. Pasaron el mostrador, hacia la salida. Ya casi frente a la puerta Enrique tropezó y se cayó al piso. De rodillas, se volvió para mirarme. Después hizo una mueca, como si otra vez fuera a echarse a llorar. Ella lo agarró de la mano para intentar levantarlo, volvió a gritarle.
—Enrique, ¡arriba!
Me quedé donde estaba, mirando sin hacer nada. Todavía recuerdo su último gesto antes de que la puerta se cerrara: sus dedos pequeños intentando desprenderse de los de la madre que, furiosa, se inclinaba para alzarlo.

(De: Pájaros en la boca y otros cuentos, Random House, 2017).

Fuente: Narrativa Breve (Web)

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una escritora argentina. Considerada una de las escritoras más destacadas de la literatura argentina y latinoamericana contemporáneas, ha sido traducida a más de cuarenta idiomas y recibido numerosos premios internacionales. Desde 2012, reside en Berlín, donde escribe y dicta talleres literarios.
Fuente: Wikipedia

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