La Casa

La Casa Arquitectura / Interiorismo / Diseño

Estudio de interiorismo y arquitectura que diseña y produce el mobiliario, la blanquería y los objetos de decoración para crear espacios únicos para el estilo de vida de cada cliente.

12 57 y 58 #1214 - Planta Alta

29/04/2023

Próximamente abrimos local en 11 -1131 entre 56 y dg 73

☀️Acompañando a VGDI en la 7ma presentación de IDEAR🍀Nuevo evento de interiorismo, decoración y paisajismo en Cantera Ur...
07/10/2022

☀️Acompañando a VGDI en la 7ma presentación de IDEAR🍀

Nuevo evento de interiorismo, decoración y paisajismo en Cantera Urbana .

Muebles más chicos presenta deco y moviliario para una habitación infantil junto a la diseñadora Valeria Gattini

IDEAR Cantera Urbana -133 y 493 Gorina

Cuna funcional y cómoda de la línea Combinada💛⭐ Mucho espacio de guardado⭐ Calidad herrajes y terminaciones⭐ Diseño hast...
01/09/2022

Cuna funcional y cómoda de la línea Combinada💛

⭐ Mucho espacio de guardado

⭐ Calidad herrajes y terminaciones

⭐ Diseño hasta en detalles

⭐ Costo accesible para muebles que acompañaran siempre, aún siendo adolescentes.
👶

19/08/2022

Para un estilo muy personal, una cuna funcional con la cálida curva de un abrazo en madera natural.
Sencilla, segura, auténtica....simplemente bella!

17/08/2022
El juego y la deco yendo de la mano.💫🦁🦌🚀🛸🐼🌌Animalitos o astronautas acompañando nuestro dormir...La imaginación vuela, s...
05/06/2022

El juego y la deco yendo de la mano.

💫🦁🦌🚀🛸🐼🌌
Animalitos o astronautas acompañando nuestro dormir...
La imaginación vuela, se tejen los cuentos y el color titila en las horas nocturnas..... Finalmente llega el sueño .

Mañana estarán todos ahí y seguirá el juego !!!!!!☀️

# mueblesmaschicoslaplata

Hermosa navaja de marfilpor ANA WAJSZCZUK15 de enero de 2019 - MATERNIDADYo que no creía en las hormonas, que por los be...
03/03/2022

Hermosa navaja de marfil

por ANA WAJSZCZUK
15 de enero de 2019 - MATERNIDAD

Yo que no creía en las hormonas, que por los bebés sentía indiferencia, a la menor queja hoy me despierto como una valquiria en pie de guerra.
Un mes
Quise un parto natural y sin intervenciones obligadas, pero mi hija nació por cesárea porque no quiso o no pudo darse vuelta para nacer por vía vaginal. Quise amamantar y que mi leche fluyera abundante, salimos de la clínica asustados y con indicación de complementar con leche de fórmula porque su peso no aumentaba lo que el protocolo médico estándar exige. Quise unos primeros días de tranquilidad entre el padre, ella y yo; y el padre y yo tuvimos discusiones horrorosas porque ella seguía sin aumentar de peso y yo quería cambiar de pediatra y de vida. “Todo me salió mal”, pensé acurrucada en la cama a las cinco de una madrugada en la cual ella lloraba a gritos, un llanto que no podíamos decodificar, un llanto que me dejaba sin aire.
Mi hija. Mi hija que cumplió un mes, y es hermosa y sana y tan deseada que me parece un milagro. Pero llevo la culpa como un grillete en el tobillo porque me aburro con este animalito todavía no atravesado por la cultura, que no quiere nada más que lo que conoce: la teta. Un desasosiego pesado, como una nube de plomo, se me instala en la boca del estómago cuando regresamos a casa después de visitar amigos o familia, la sensación de estar sola con la intensidad de mis emociones, con ese pozo negro asentándose dentro mío a pesar de estar con ella, de estar con su padre. Y me siento un ama de casa de los años cincuenta por estar todo el día en casa sin hacer, aparentemente, “nada”. Hace falta la tribu entera para criar a un niño, dice un proverbio africano. La depresión postparto es culpa del capitalismo, pensaré tiempo después, cuando pueda volver a pensar.

Dos meses
Qué estoy haciendo mal
En el día largo que termina rápido y vuelve a empezar
En una noche oscura iluminada solo por el resplandor de una lámpara de sal
Ella duerme me cabecea se enoja grita llora grita llora
Qué estoy haciendo mal
Ella se ríe.
Sus venas haciendo camino en la piel translúcida, sus pestañas como hilos de oro
Mi reflejo en sus ojos, su reflejo en los míos
Qué estoy haciendo bien
No sé quién soy lejos de ella
No sé quién era antes
O lo sé pero como si escuchara un rumor lejano, una marea que se retira
Y deja al descubierto las rocas y la arena
El sustrato geológico, descarnado
El puerperio como la marea
No soy más feliz desde que ella está
Pero no puedo armar ninguna imagen feliz sin ella
Qué estoy haciendo bien
Qué estoy haciendo mal
Algo tiene de monstruoso crear un hijo.

Tres meses
Mi hija protesta en la teta. Llora llora llora. Se empezó a despertar una, dos, cien veces por noche. Miro compulsivamente el reloj en el celular. Si son las 4 am, soy feliz. Si es la 1, o las 2, o peor, las 00.30, sé que nos espera a los tres una noche larga. El padre me ha encontrado llorando de frustración a la madrugada con la bebita pateando y manoteando mientras agarra y suelta la teta con una sincronización desquiciante. De noche - en esa vida paralela que vivimos- peleamos, hacemos mamaderas, cogemos, leemos, nos desvelamos mientras ella duerme, nos morimos de sueño mientras ella berrea. Y como todo se ve peor en la boca oscura de la noche, por la mañana solo queda un recuerdo desdibujado y la sonrisa de nuestra hija, sus ojitos de terciopelo cuando se despierta. Es raro, pero a pesar de todo creo que no añoro nada de mi vida antes, o lo que añoro –desvanecerme en una siesta, salir una noche sin cargar un bebé en brazos, la levedad despreocupada de cuando nadie dependía de mí, los planes imprevistos que aceptaba sin pensar en nadie más, la sensación de que mi cuerpo tenía una frontera delimitada- sé que antes de ella ya no me causaba el placer con el que hoy mi memoria elige recordarlo.
Y si me preguntan si quiero tener un segundo hijo, digo sí quiero.

Tres meses y medio
Necesito una niñera. Me da culpa: mi hija apenas pasa los tres meses y yo, trabajadora freelance, además de que necesito volver a ganar dinero, me doy cuenta que no puedo ser la madre-full-time-sólo-dedicada-a-ella que quería ser por algún tiempo. No quiero dejarla en una guardería con extraños. La necesito cerca y la quiero lejos, un movimiento vaivén. Una dependencia física -ella sobre mí, yo sobre ella- que nunca experimenté en ninguna relación antes: somos lo que los expertos llaman la díada y lo que mis amigas llaman “Ana y su apéndice”.
Paso muchísimas horas sola con un bebé donde todo -la teta, el cambio de pañal, el juego, el paseo- le dura diez minutos. ( “¿Qué voy a hacer con un hijo lo que queda del día?” escribe Fernanda Nicolini en uno de los poemas de El cuerpo de la batalla) Todo el tiempo que cabe en un minuto es una dimensión nueva, elástica, interminable. Y por el lado más prosaico de la vida, los ahorros para este momento se esfuman antes de lo que esperaba. Y además, quiero volver a trabajar.
Empiezo a preguntar por niñeras.
-¿Sabes de alguien que pueda venir a mi casa a cuidar a mi beba? – le pregunto a la asistente de mi profesora de yoga, con la esperanza de que ella siga haciendo ese trabajo.
-Yo ya no trabajo de niñera, pero conozco una chica divina, tiene toda la onda con los chicos…
-¿Ah, sí? ¿Tiene experiencia cuidando bebés?-me empiezo a entusiasmar.
-Sí, es lo más, muy dulce, te paso el contacto, es una chica trans que…
Y ya no puedo escuchar más que a mi propia cabeza. Una niñera trans. Si alguna de mis amigas me lo hubiera contado, yo habría contestado que por supuesto, que por qué no. Pero la verdad es que estoy tan abrumada por la maternidad que no puedo, además, forzarme a ser tan desestructurada como pensaba que era. La verdad es que quiero a alguien convencional.
Acepto el teléfono porque me da vergüenza decirle que no. Pero no llamaré a la niñera trans. Hola, prejuicios. Si algo me muestra mi hija –todo el tiempo- es que ahora casi nunca soy la que antes creía que era.

Cuatro meses
Es de noche. Leo Contra los hijos, el ensayo de la escritora chilena Lina Meruane, con mi hija en la teta. Mucho de lo que Meruane sostiene –la “tiranía” y la “prepotencia” del hijo, el regreso de la teta a libre demanda, la crianza con apego y el parto sin intervenciones como un avance de la “madre-total”, una encerrona del patriarcado para poner de nuevo a la mujer en el lugar que le corresponde por esencia: el ámbito doméstico- yo lo sostenía antes de tener a mi hija. Ahora no. El trasfondo político del libro, con eso sí estoy de acuerdo. Subrayo: “Este sistema (el del capitalismo salvaje) le ha adosado a la familia, pero, como siempre, sobre todo a la mujer, la responsabilidad por todo lo que el Estado ya no le ofrece a su ciudadanía”.
Por supuesto que es imprescindible seguir peleando por condiciones más justas –en lo doméstico, pero también afuera- para todas las mujeres, sean o no madres. Pero ahora no puedo sino mirar las cosas desde una nueva perspectiva, y me queda clarísimo que un ensayo en “contra” sólo lo puede escribir quien no tiene hijos. Ahora –ahora que soy madre- veo en mucho de lo que Meruane deplora a una sociedad adultocéntrica que ve a los chicos como muñecos del demonio -el bebé de Rosemary, Demian- que siguen sin tener voz ni voto, como en el siglo XIX, cuando debían, según el refrán popular, “ser vistos pero no escuchados”. O como si fueran cosas que uno puede manipular: “Pero si no se va acordar de nada”, me dijo el traumatólogo –que se ve que cien años de psicoanálisis no hicieron mella en él- cuando a mi hija le confirmaron una displasia de cadera, ante el arnés que tendrá que usar por tiempo indeterminado y que parece un instrumento de tortura medieval pero con dibujitos impresos.

Cuatro meses y medio
Unas semanas antes de parir, vi por Netflix una serie que muchos a mi alrededor recomendaban como la serie que hablaba del lado B de la maternidad. Ya el título no presagiaba nada bueno: The Let Down, algo así como “la decepción”. Pareja no tan joven tiene bebé –que casi nunca se muestra, siempre llevado en cochecito o huevito o moisés o algún otro adminículo que se nos incita a consumir como imprescindible pero que los bebés odian. Ella está hecha un desastre de ojeras y pelo revuelto, él es básicamente un inútil. El conflicto es la falta de s**o, los amigos sin hijos que siguen su vida, cómo hacer dormir a un bebé que –por supuesto- no quiere dormir lejos de sus padres. Me irritó una vez más ver retratados a esos bebés que los adultos también fuimos una vez como amenazas, nacidos para molestar. Cuando en realidad –en eso coincido con Meruane- lo que hace falta es un Estado que facilite a los padres (a ambos) licencias, apoyos económicos y establecimientos educativos acordes para que en los primeros tiempos de la crianza, tan demandantes, todo sea más llevadero para todos.
Y por otro lado, está ese mundo bebé donde no queda otra más que sumergirse y dejarse llevar, donde todo fluye a borbotones: a la vida que se abre paso no le importa lo que a una le pase. Leo en la cama Madre soltera, de la poeta Marina Yuszczuk: “Es difícil cuidar a un bebé porque va contra toda costumbre y aceleración, contra las ganas de que todo el tiempo pase algo, o de tener algo para contar”. S**o foto con el celular y lo mando al grupo de whatsapp de mi nueva tribu: el grupo de madres. Una vez por mes nos reunimos en un departamento de Parque Chas donde los bebés duermen o juegan o lloran y nosotras comemos y charlamos y los arrullamos sentadas en el piso de madera. Y mientras nos miro a todas –ahora que estamos juntas- conversar sobre llantos y ayudas, sobre frustraciones y lactancia, sobre amor y ganas de tirarse por la ventana, sobre el puro presente que nuestros hijos nos hacen recordar, sobre el puerperio como experiencia lisérgica, nosotras que no nos conocemos, unidas por la energía común de la experiencia de maternar, pienso que criar es también un acto político. Y criar con apego, respetando lo que un bebé necesita, y no tratándolo como un ser incompleto e inferior, no es hacer mística de la maternidad, sino nuestro modesto empujón como madres flamantes para tirar montaña abajo al patriarcado.

Cinco meses
No me acordaba que esta calle, la calle de mi infancia, era tan ruidosa a la noche. O así me lo parece ahora, que intento hacer dormir a mi hija de madrugada caminando descalza por la alfombra marrón de la que era la habitación de mi hermano, donde está el aparador de la vieja casa de mi abuela, donde mi papá ocupó el placard con su ropa y donde yo duermo con mi hija en la cama doble: la familia como una promiscuidad de tiempos y espacios superpuestos. Aquí en el conurbano los vecinos enrejan puertas y ventanas, electrifican medianeras y ponen falsos anuncios de alarmas en sus puertas para protegerse. Dentro, donde nos vinimos a alojar por unos días con mi hija mientras su padre está de viaje, la familia nos protege de otra manera, la única protección verdadera y posible: que los que queremos acudan a nuestro llamado. Llamo a mi mamá a las dos de la mañana porque mi hija tiene fiebre, descanso a la mañana porque ella, remedando a su propia madre, como un hilo tendido desde el pasado, la cuida por mí. Siento alivio cuando sonríe en sus brazos o ante los silbidos de mi papá. Esta es su familia, y lo sabe, pienso. Y está contenta. El mundo empieza a ser, para ella, muy de a poco, un lugar más allá de mí y de su padre. Bienvenida, hija, el futuro te está esperando.

Seis meses
Miro hacia atrás. Yo que no creía en las hormonas y lagrimeaba cuando, recién llegada a casa de la clínica, sonaba Serú Girán en la publicidad de un celular, que no podía parar de hipar en el consultorio de la nueva pediatra. Yo, que desconfiaba del instinto (o lo que sea que te pasa cuando un ser humano sale de adentro tuyo) a lo Elisabeth Badinter y otras feministas que creen que “el bebé es el tirano de su madre”, me despertaba –me despierto-, alerta como una valquiria en pie de guerra, apenas una queja leve de mi hija superaba el umbral de silencio nocturno. Yo, que no creía en el puerperio, y me angustiaba los días nublados. Yo, que por los bebés sólo sentía indiferencia en el mejor de los casos, ni loca dejaba –ni dejo- llorar a mi hija “para que no me tome el tiempo” o sola en la cuna “para que no se acostumbre a estar en brazos”.
Y un día retomé yoga, y alguna salida con amigas, y la llevamos a cenas tardías y la pasamos bomba y empieza a tirarle los brazos con confianza a la niñera -finalmente no tan convencional, alguien que también cree que criar con apego es un acto político- y una noche la cuida la abuela y vamos a un recital y le empiezan a salir dos dientes como minúsculos terrones de azúcar blanca y empieza a rolar y viaja en avión lo más pancha y saluda y se sonríe con todo el mundo.
Y cada vez duerme más entrecortado y un día vuelve a protestar en la teta y patea y manotea de madrugada, y grita con furia y me muerde con sus dos dientes como minúsculas navajas de marfil y se acerca la crisis del octavo mes y sólo quiere estar conmigo y con el mal dormir vuelve otra vez la sensación de angustia. Y tenemos momentos memorables con el padre y momentos en que lo veo como a través de un vidrio y lo extraño como si no estuviera, como si nos extrañara a ambos, juntos, antes de ella.
Y volvemos a empezar. Vivir en estado de madre o padre, pienso, es un loop donde las cosas que parecen avanzar retroceden, las que parecen retroceder avanzan, lo que promete ser una pesadilla vira a disfrutable, lo que disfrutamos siempre está a cinco segundos de transformarse en un in****no. Y los hijos, en el medio, se transforman en ellos mismos, separados de nosotros, vidas nuevas donde todo vuelve a ser prometedor, portadores del puro presente que evitamos porque es tan carnal que abruma, porque es la verdadera desestructuración, porque fuera del presente no hay nada más. Nada es mejor, nada es igual, el tiempo es amigo si estás donde estás, dice un tema de La Portuaria que vuelvo a escuchar después de años.
Y acá es donde estoy hoy.

03/02/2022
08/12/2021

Ternura y todo el amor envuelto en tela 💗

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