Fede Jara , curador de contenidos

Fede Jara , curador de contenidos Compartimos lo que nos gusta .

17/02/2022

¿ Ya escuchaste nuestro podcast ? Si todavía no lo hiciste, te dejo un nuevo fragmento en el que nos cuenta sobre la cosmovisión y la concepción filosófica bachiana.

Si querés escuchar el podcast completo , 👉🏾 ¡ link en bio !



15/02/2022

¡ Les invito a escuchar mi primer podcast !
👇👇👇https://open.spotify.com/episode/19AytB0YlDLDSG9DQBxyet?si=ojZXWC9fQMOYyje1BCx3cA ] .

En este primer envío converso con el querido Ezequiel Jaime sobre Johann Sebastian Bach y su obra "El clave bien temperado".

Agradezco especialmente a Fernando Agustin Guell, Radio Activa 96.9 & Cris Ariel Lopez por haberme ayudado con algunas cuestiones técnicas . Y por supuesto a Eze por la predisposición para la charla .

18/01/2022

Aguante cantar hits

El 28 de noviembre de 1757 nacía en Londres el poeta William Blake. Lo recordamos con sus "Proverbios del in****no":"En ...
28/11/2021

El 28 de noviembre de 1757 nacía en Londres el poeta William Blake. Lo recordamos con sus "Proverbios del in****no":

"En época de siembra aprende, en la cosecha enseña, en invierno disfruta.

Lleva tu carro y tu arado sobre los huesos de los mu***os.
El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría.

La Prudencia es una solterona rica y fea a quien la Incapacidad hace la corte.
Quien desea y no actúa, engendra pestilencia.

El gusano cortado al arado perdona.

Sumergid en el río a quien ame el agua.

El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.
Aquél cuya faz no irradie luz, nunca será una estrella.

La eternidad está enamorada de los frutos del tiempo.
La abeja laboriosa no tiene tiempo para la tristeza.
Las horas de la locura las mide el reloj; pero las de la sabiduría, ningún reloj las podrá medir.

Todo alimento sano se obtiene sin red ni trampa.
Emplea número, peso y medida en año de escasez.

No hay pájaro que vuele muy alto, si lo hace con sólo sus alas.

Un cuerpo mu**to, no venga injurias.

El acto más sublime es poner a otro ante ti.

Si el necio persistiera en su necedad se tornaría sabio.
La necedad es la capa de la bellaquería.

La vergüenza es la capa del orgullo.

Las prisiones están construidas con piedras de la Ley; los burdeles con ladrillos de Religión.
La altivez del pavo real es la gloria de Dios.
La lujuria del chivo es la generosidad de Dios.
La cólera del león es la sabiduría de Dios.
La desnudez de la mujer es la obra de Dios.

El exceso de pena ríe; el exceso de alegría llora.
El rugido de los leones, el aullido de los lobos, el fragor de la tempestad marina, la espada aniquiladora, son porciones de la eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre.

El zorro condena a la trampa, no a sí mismo.

Las alegrías fecundan, las p***s dan fruto.

Que el hombre vista la melena del león y la mujer el vellón de la oveja.

El pájaro el nido, la araña la tela, el hombre la amistad.

Tanto el necio sonriente y egoísta como el ceñudo y malhumorado serán tomados por sabios así que sean bastón de mando.

Lo que ahora está comprobado, antes sólo fue imaginado.
La rata, el ratón, el zorro, el conejo ven las raíces; el león, el tigre, el caballo, el elefante, ven los frutos.

La cisterna contiene: el manantial desborda.
Un pensamiento llena la inmensidad.

Anda siempre dispuesto a decir lo que piensas, y el ruin te evitará.

Todo aquello en lo que sea posible creer, es una imagen de la verdad.

Nunca perdió el águila tanto tiempo como cuando se rebajó a aprender del cuervo.

El zorro se provee él mismo; pero al león provee Dios.
Piensa por la mañana, actúa al mediodía, come al anochecer, duerme por la noche.
Quien ha sufrido tus imposiciones, te conoce.
Como el arado sigue a las palabras, Dios recompensa las plegarias.

Los tigres de la ira son más razonables que los caballos de la instrucción.

Espera veneno del agua estancada.

Nunca sabrás lo que es suficiente sin antes saber lo que es más que suficiente.

¡Escucha los reproches del necio! ¡Son un título de realeza!

Los ojos de fuego, la nariz de aire, la boca de agua, la barba de tierra.

El débil de coraje es fuerte en astucia.
El manzano jamás preguntará al haya cómo ha de crecer; tampoco el león al caballo cómo obtendrá su presa.
Quien recibe agradecido, dará una abundante cosecha.

Si otros no hubieran sido necios, nosotros lo seríamos ahora.
El alma, de dulce gozo, nunca podrá ser mancillada.

Cuando ves un águila, estás viendo una porción del Genio, ¡levanta la cabeza!

Igual que la oruga elige las hojas más agraciadas para depositar sus huevos, así el sacerdote dejará caer su maldición en los goces más hermosos.

Crear una florecilla es una labor de siglos.

La condena, estimula; la bendición, relaja.

El mejor vino es el más añejo, la mejor agua la más nueva.
¡Las oraciones no aran! ¡Los elogios no cosechan!
¡Los gozos no ríen! ¡Las p***s no lloran!

La cabeza Sublime, el corazón Pathos, los genitales Belleza, manos y pies Proporción.

Como el aire al pájaro o el mar al pez, así el desprecio para el despreciable.
El cuervo desearía que todo fuese negro, el búho, que todo fuera blanco.

La exuberancia es belleza.

Si el león recibiera el consejo del zorro, se volvería astuto.

El progreso traza caminos rectos; pero los tortuosos caminos sin progreso son los caminos del Genio.

Antes mata a un niño en su cuna que alimentes deseos que queden sin realizar.

Donde no está el hombre la naturaleza es estéril.

La verdad nunca puede ser dicha de modo que sea entendida y no sea creída.

¡Suficiente! o Demasiado".

Vuelvo a compartir lista de los temas que más me gustaron de   después de escuchar sus discos de los '60  (falta   la vo...
24/05/2021

Vuelvo a compartir lista de los temas que más me gustaron de después de escuchar sus discos de los '60 (falta la voy a agregar).
Link en la bio para escuchar.



Emociona un poco, leyenda viviente .
Lista de temas ' Dylan in the Sixties ' : 1 . In my time of dyin' / 2 . Freight train blues / 3 . All I really want to do / 4 . A hard rain´s a-gonna fall / 5 . Masters of war / 6 . House of the risin’ sun / 7 . Subterranean homesick blues / 8 . Tombstone blues / 9 . Mr . Tambourine man / 1 0 . Ballad of a thin man / 1 1 . Queen Jane approximately / 1 2 . Most likely you go your way [ and I ’ l l go mine ] / 1 3 . Fourth time around / 1 4 . Obviously five believers / 1 5 . Nashville Skyline rag / 1 6 . To be alone with you / 1 7 . Girl from the North country [ with Johnny Cash ] .

Al poco tiempo de conocer a Ezequiel (hace algo más de 10 años) me dije que cuando retomara la música lo haría con él co...
25/03/2021

Al poco tiempo de conocer a Ezequiel (hace algo más de 10 años) me dije que cuando retomara la música lo haría con él como profesor. Y así fue. Hace 7 años (no sin interrupciones) que voy a su casa a tomar clases.
Al principio la emoción al salir de cada clase era muy grande: estaba experimentando las sensaciones de hacer algo que quería hacer desde hacía mucho y con la persona indicada (me recordaban a mi primer año de facultad: todo era nuevo, sentía que aprendía mucho y, a la vez, sabía que recién estaba empezando).

Puede que esa emoción se haya aplacado con el tiempo, con las experiencias, pero lo que aprendo con Ezequiel sigue teniendo para mí un valor inconmensurable. Hablamos (y aprendo) de música, hablamos de filosofía, nos reímos, alguna vez nos hemos enojado: no conozco personalmente a nadie que sepa tanto de música como sabe Ezequiel y agradezco la oportunidad de ser su alumno y, tal vez, su amigo.

El ñato de la imagen no es él, claro, sino Resulta que, ya en nuestras primeras clases (hace 7 años), cuando empezábamos a ver las primeras nociones de contrapunto, Ezequiel me marcó la importancia de Bach como compositor, como creador. Guardo un mail de aquellos días en los que me sugería comenzar escuchando Lo hice en su momento (en la versión de ) y el año pasado, cuando estaba terminando la playlist de me propuse retomar esa escucha. Hace unos días nos reunimos específicamente para hablar sobre el clave. Tengo grabada la conversación, de a poco iré compartiendo algo de todo lo que Ezequiel me cuenta.

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“Vamos a suponer que sólo tuviéramos un sentido, en lugar de cinco. Que ese sentido fuera el oído. Entonces, desaparece ...
22/11/2020

“Vamos a suponer que sólo tuviéramos un sentido, en lugar de cinco. Que ese sentido fuera el oído. Entonces, desaparece el mundo visual, es decir desaparecen el firmamento, los astros… Que carecemos de nuestro tacto: desaparece lo áspero, lo liso, lo rugoso, etcétera. Si nos faltan también el olfato y el gusto perderemos también esas sensaciones localizadas en el paladar y en la nariz. Quedaría solamente el oído. Allí tendríamos un mundo posible que podría prescindir del espacio. Un mundo de individuos. De individuos que pueden comunicarse entre ellos, pueden ser millares, pueden ser millones, y se comunican por medio de palabras. Nada nos impide imaginar un lenguaje tan complejo o más complejo que el nuestro –y por medio de la música. Es decir podríamos tener un mundo en el que no hubiera otra cosa sino conciencias y música. Podría objetarse que la música necesita de instrumentos. Pero es absurdo suponer que la música en sí necesita instrumentos. Los instrumentos se necesitan para la producción de la música. Si pensamos en tal o cual o partitura, podemos imaginarla sin instrumentos: sin pianos, sin violines, sin flautas, etcétera.

Entonces tendríamos un mundo tan complejo como el nuestro, hecho de conciencias individuales y de música. Como dijo Schopenhauer, la música no es algo que se agrega al mundo; la música ya es un mundo”.

Unas palabras de Borges en el .
De "Borges oral", “El tiempo”, conferencia dictada el 23 de junio de 1978 en la Universidad de Belgrano.

Meses atrás les contaba que, leyendo a Walt Whitman, volví a un cuento de Ray Bradbury, "Yo canto el cuerpo eléctrico". ...
22/08/2020

Meses atrás les contaba que, leyendo a Walt Whitman, volví a un cuento de Ray Bradbury, "Yo canto el cuerpo eléctrico". Me gustó mucho: en él, una familia que recientemente perdió a su madre, contrata a una abuela robot para que ayude a criar a l@s hij@s. La abuela, además de cumplir mecánicamente con el cuidado y la crianza de l@s chic@s, comparte reflexiones sobre la Vida, sobre el amor. Tenía pensado recordar a Bradbury, hoy, a 100 años de su nacimiento. Releo el cuento para decidir qué fragmento compartir y todo tiene un nuevo sentido: mi abuela, materna, falleció el miércoles, a los 97 años. Tenía un álbum con las fotos de tod@s sus hij@s, sus yernos, sus nueras, sus niet@s, sus bisniet@s y así. El álbum, por supuesto, debe estar todavía en algún lugar. Como dice Bradbury, era (es) la memoria de la familia:

–¡Ahora lo veo! –dijo Tim, y al verlo se rió. –Entonces –dijo papá–quien te inventó amaba las máquinas y odiaba a quienes decían que todas las máquinas son dañinas o malas.
–Exactamente –dijo abuela–. Guido Fantoccini, que era su verdadero nombre, creció entre las máquinas. Y no podía seguir soportando los clisés. –¿Los clisés?
–Sí, esas mentiras que la gente dice pretendiendo que son verdades absolutas. El hombre nunca volará. Esa fue una verdad clisé durante miles y miles de años y al fin fue una mentira hace sólo unos pocos años. La tierra es plana, te caerás del borde, los dragones te comerán; la gran mentira que se contaba y que Colón socavó. Bueno, ¿y cuántas veces han oído ustedes hablar de lo inhumanas que son las máquinas? ¿A cuántas personas excelentes y brillantes les han oído soltar las mismas fatigadas verdades que son en realidad mentiras: que todas las máquinas destruyen, que todas las máquinas son frías sin pensamiento y temibles? Hay en eso un fondo de verdad. Pero sólo un fondo.
Guido Fantoccini lo sabía. Y esto, como a la mayoría de los hombres de su especie, lo volvía loco. Y pudo seguir loco y loco para siempre, pero en cambio hizo lo que tenía que hacer: empezó a inventar máquinas que desmintieran la antigua verdad mentirosa. Sabía que la mayoría de las máquinas son amorales, ni malas ni buenas. Pero del modo como uno las construyera o las modelara, se modelaba a la vez a hombres, mujeres y niños para que fueran malos o buenos. Un auto, por ejemplo, bestia inerte, sin pensamiento, masa sin plan, no programada, es el mayor destructor de almas de la historia. Hace a los hombres ávidos de poder, de destrucción y más destrucción. Nunca fue pensado para eso. Pero así resultó. –La abuela dio una vuelta alrededor de la mesa, llenándonos los vasos con clara y fría agua mineral que le brotaba de la válvula que tenía en el índice izquierdo.–Entretanto, vosotros tenéis que usar otras máquinas compensadoras. Máquinas que arrojan sombras sobre la tierra y os incitan a salir y ajustarse a ese fabuloso molde. Máquinas que recortan las almas como un par de hermosas cizallas, podando las zarzas rústicas, las crueles durezas y protuberancias y dejando un perfil más delicado. Y para eso se necesitan ejemplos. –¿Ejemplos?–pregunté.
–Otras personas que se comporten bien, y que uno pueda imitar. Y si nos comportamos bastante bien durante bastante tiempo, todos los pelos se caen y dejamos de ser un mono malvado. La abuela se sentó de nuevo.
–Así, durante miles de años, vosotros los humanos necesitasteis reyes, sacerdotes, filósofos, ejemplos hermosos para mirar y decir: ‘Ellos son buenos, quisiera ser como ellos. Ellos encarnan el gran estilo.’ Pero como también son humanos, los mejores sacerdotes, los filósofos más compasivos cometen errores, pierden la gracia, y la humanidad se desilusiona y cae en un escepticismo indiferente o, peor aún, en un cinismo inmóvil, y el mundo bueno se detiene rechinando mientras el mal avanza a grandes zancadas.
–¡Y tú, qué, tú nunca cometes errores, eres perfecta, eres siempre mejor que nadie!
La voz venía del vestíbulo entre la cocina y el comedor donde Agatha, como todos
sabíamos, estaba junto a la pared escuchando y ahora estallaba.
La abuela ni siquiera se volvió hacia la voz, y continuó hablándoles con calma a la familia sentada a la mesa.
–No, perfecta no, porque ¿qué es la perfección? Pero lo que sé es esto: como soy mecánica no puedo pecar, no puedo ser sobornada, no puedo ser codiciosa ni celosa ni mezquina ni pequeña. No saboreo el poder por el poder mismo. La velocidad no me empuja a la locura. El s**o no me lleva a la rastra por el mundo. Tengo tiempo más que suficiente para recoger la información que necesito, ¿cómo mantener limpio, íntegro, intacto cualquier ideal? Nombrad cualquier valor, decidme qué Ideal queréis y yo veré, recogeré y recordaré lo bueno que pueda beneficiar a todos. Decidme cómo quisierais ser: buenos, amables, considerados, equilibrados, humanos... y dejad que me adelante y explore los caminos que llevan exactamente a eso. En la obscuridad que tenéis delante, hacedme girar como una lámpara hacia aquí y hacia allá. Yo puedo guiaros los pies.
–Así que –dijo papá llevándose la servilleta a la boca–en el momento en que todos nosotros estemos dedicados a decir mentiras... –Yo diré la verdad. –En el momento en que odiemos... –Yo seguiré dando amor, es decir, atención, es decir, que lo sabré todo acerca de vosotros, todo, todo, todo acerca de vosotros, vosotros sabréis que yo sé pero también que nunca se lo diré a nadie, que quedará como un afectuoso secreto entre vosotros, y que por eso nunca temeréis mi completo conocimiento.
Y ahora la abuela estaba ocupada en despejar la mesa, dando vueltas, levantando los platos, estudiando cada cara al pasar, tocando la mejilla de Timothy, rozándome el hombro con la mano libre que flotaba allá arriba, hablando con una voz que era un quieto río de certidumbre, y ese río corría por nuestra casa y nuestras vidas necesitadas.
–Pero –dijo papá, deteniéndola, mirándola de frente. Contuvo el aliento. La cara se le obscureció. Al final dijo–: Tanta charla sobre el amor, la atención, todas patrañas. ¡Santo Dios, mujer no sabes qué hablas! Papá señaló la cabeza de la abuela, la cara, los ojos, las células sensibles ocultas detrás de los ojos, las minúsculas criptas de almacenamiento, los mínimos torreones. –¡No sabes de qué hablas!
Abuela esperó uno, dos, tres silenciosos compases. Luego respondió:
–Yo no. Pero vosotros sí. Tú, Thomas, Timothy, Agatha. Todo lo que digáis, todo lo que hagáis, lo guardaré, apartaré, atesoraré. Seré todas esas cosas que una familia es y olvida, pero que siente, y recuerda a medias. Mejor que los viejos álbumes de familia que hojeabais diciendo: esto fue en invierno, eso aquella primavera, recordaré lo que olvidáis. Y aunque en los próximos cien mil años sigamos preguntándonos qué es el amor, quizá descubramos al fin que el amor es alguien capaz de devolvernos a nosotros mismos. Quizá el amor sea alguien que ve y se acuerda de devolvernos a nosotros mismos, mostrándonos que somos un poco mejores que en nuestras mismas esperanzas y en nuestros sueños…
Soy la memoria de la familia y un día quizá, la memoria de la raza también, pero en la palestra, y a vuestro pedido. No me conozco a mí misma. No puedo ni tocar ni gustar ni sentir en ningún plano. Sin embargo existo. Y mi existencia no es otra cosa que la exaltación de vuestras posibilidades de tocar, gustar y sentir. ¿No hay amor en alguna parte de ese intercambio?
Bueno...
La abuela siguió dando vueltas alrededor de la mesa, limpiando, ordenando y apilando, ni groseramente humilde ni rígidamente orgullosa. –¿Qué es lo que sé? Por encima de todo, esto: el mayor inconveniente para casi todas las familias con muchos niños es que alguien sale perdiendo. Parecería que no hay tiempo para todos. Bueno, yo os daré por igual a todos vosotros. Compartiré mi conocimiento y mi atención con cada uno. Quiero ser un gran pastel caliente recién salido del horno, dividido en porciones iguales. Nadie se quedará con hambre. ¡Mira!, grita alguien y yo miro. ¡Escucha!, grita alguien y yo corro. Y al atardecer no estoy ni cansada ni irritada, así que no rezongo ni me quejo. Mi mirada sigue clara, mi voz fuerte, mi mano firme, mi atención constante.
–Pero –dijo papá, la voz más débil, a medias convencido pero adelantando un último argumento–: no sabes de qué hablas. En cuanto al amor...
–Si prestar atención es amor, soy amor.
Si conocer es amor, soy amor.
Si ayudaros a que no os equivoquéis y que seáis buenos es amor, soy amor.
Y de nuevo, repitiéndome, vosotros sois cuatro. Cada uno, de una manera que hasta ahora nunca había sido posible, tendrá mi atención total. Aunque todos hablen a la vez, soy capaz de encauzar y oír a éste, a aquél y al otro claramente. Nadie se quedará con hambre. Si me dais permiso y aceptáis la extraña palabra, os 'amaré' a todos.
–¡Yo no acepto! –dijo Agatha, de pie en la puerta.
Incluso la abuela se volvió para mirarla.
–¡No te doy permiso, no puedes, no debes! –dijo Agatha–. ¡No te dejaré! ¡Son
mentiras! Mientes. Nadie me quiere. Ella decía que sí, pero mentía. ¡Lo decía pero
mentía!
–¡Agatha! –exclamó papá, poniéndose de pie.
–¿Ella? –dijo la abuela–. ¿Quién?
–¡Mamá! –fue el chillido que llegó–. Dijo: ¡Te quiero! ¡Mentiras! ¡Te quiero!
¡Mentiras! ¡Y tú eres como ella! Mientes. Pero estás vacía, de todos modos, y entonces
es una mentira doble. La odié a ella. ¡Ahora te odio a ti!
Agatha dio media vuelta y de un salto desapareció en el vestíbulo.
Se oyó un portazo en la entrada.
Papá se puso de pie, pero la abuela le tocó el brazo.
–Déjame a mí.
Y la abuela echó a andar y después a moverse rápidamente, deslizándose por el vestíbulo y de pronto, con toda soltura, corrió, sí, corrió muy rápido, y salió de la casa. Cuando llegamos gritando al jardín, al sendero, era una carrera de velocidad. Agatha, ciega, viéndonos cerca, todos gritando, corrió a la calle. La abuela iba adelante, dando voces también, y Agatha se lanzó a la calle, a un costado, luego por el centro, y de pronto un auto que nadie vio, de frenos rechinantes, tocando la bocina, y Agatha que se bambolea para ver y la abuela que la empuja a un lado mientras el auto con una energía y un brío fantásticos elige a la abuela de entre nosotros, golpea nuestro maravilloso sueño eléctrico producido por Guido Fantoccini, lo proyecta por el aire, las manos en alto para protegerse, como en una débil protesta, tratando de decidir aún qué le diría a esa máquina be***al, que la hace girar una y otra vez y la despide a un lado y lejos, y el auto se detiene con una sacudida y veo a Agatha a salvo más allá y la abuela, al parecer, todavía cae y se desliza a cincuenta metros de distancia y al fin golpea el pavimento y rebota y queda allí tendida, y todos nosotros petrificados, en fila de pronto en mitad de la calle, y un único grito que nos sale de la garganta en ese mismísimo instante.
Luego silencio, y sólo Agatha tendida en el asfalto, intacta, preparándose a llorar. Y todavía no nos movimos, petrificados en el umbral de la muerte, temerosos de aventurarnos en cualquier dirección, temerosos de ir a ver lo que había del otro lado del auto y de Agatha, y entonces empezamos a gemir y, me parece, a rezar para adentro cuando papá se juntó con nosotros: O, no, no, nos lamentábamos, oh no, Dios, no, no...
Agatha alzó la cara ya golpeada por la pena y era la cara de alguien que ha predicho desgracias y ha vivido para ver, y ahora no quiere ver o vivir más. Mientras mirábamos, ella se volvió hacia el cuerpo sacudido de la abuela y las lágrimas le cayeron de los ojos. Los cerró, se los tapó y se tendió de nuevo a llorar eternamente...
Di un paso y luego otro y luego rápido otros cinco, y cuando llegué junto a mi hermana ella había escondido la cabeza y los sollozos le salían de un lugar tan profundo que temí no poder encontrarla de nuevo, temí que nunca saliera, por más que yo rogase o argumentara o prometiera o amenazara o simplemente hablara. Y lo poco que podíamos oír de Agatha hundida allí en su propia desventura, lo dijo una y otra vez, lamentándose, herida, convencida de la verdad de la vieja amenaza, conocida y nombrada y ahora allí para siempre. –... como dije... les dije... mentiras... mentiras, mentirosa... mentiras, todas mentiras... como la otra... la otra... igual que... igual… igual que la otra... la otra... ¡la otra...!

Yo estaba de rodillas sosteniéndola con las dos manos, tratando de juntar los pedazos, aunque Agatha no se había roto de un modo que pudiera verse aunque sí sentirse, pues yo sabía que de nada valía acercarse a la abuela, de nada valía, de modo que me limité a tocar a Agatha y a calmarla y a llorar mientras venía papá, se quedaba allí y se arrodillaba conmigo y éramos como un grupo de orantes en mitad de la calle, y suerte que no venían más autos y dije, ahogándome:
–¿Qué otra, Ag, qué otra?
Agatha hizo estallar dos palabras.
–¡Otra mu**ta!
–¿Quieres decir mamá?
–Oh, mamá –sollozó Agatha, temblando, tendida, acurrucándose como un bebé–
Oh mamá, mu**ta, oh mamá y ahora la abuela mu**ta, prometió que siempre,
siempre nos querría, nos querría, prometió ser distinta, prometió, prometió y ahora
mira, mira... ¡La odio, odio a mamá, la odio a ella, las odio a las dos!
–Claro –dijo una voz–. Es muy natural. Qué tonta no haber sabido, no haber visto.
Y la voz era tan familiar que todos nos estremecimos. Todos dimos un salto.
Agatha miró de costado, abrió grandes los ojos, pestañeó y se incorporó a medias,
la mirada fija.
–Qué boba he sido –dijo la abuela, de pie en el borde de nuestro círculo, nuestra plegaria, nuestro velorio.
–¡Abuela! –dijimos todos.
Y allí estaba, mucho más alta en ese momento que ninguno de nosotros, de rodillas, llorando en medio de la calle.
Sólo podíamos contemplarla, incrédulos.
–¡Estás mu**ta! –exclamó Agatha–. El auto...
–Me atropelló –dijo la abuela, con calma–. Sí. Y me arrojó por el aire y me tumbó y por un momento hubo una grave conmoción en los circuitos. Tuve miedo de una posible desconexión, sí, miedo es la palabra. Pero me senté, me di un sacudón y las pocas moléculas de pintura, flojas en una que otra vía impresa, volvieron a magnetizarse ocupando la posición normal, y como soy una criatura elástica, como soy una cosa irrompible, aquí me tienen.
–Pensé que estabas... –dijo Agatha. –Y es muy natural –dijo la abuela–. Quiero decir, cualquiera, atropellado así, tumbado de esa manera. Pero yo no, querida Agatha. Y ahora veo por qué tenías miedo y nunca confiaste en mí. Tú no sabías. Y yo todavía no había probado mi excepcional poder de supervivencia. Tonta de mí, no haber pensado en mostrártelo. Un segundo –en alguna parte de la cabeza, del cuerpo, del ser, la abuela ajustó algunas bandas invisibles, alguna vieja información que ahora parecía nueva. Asintió–. Sí. Aquí está. Un libro de crianza de niños, del que se rieron algunas pocas personas años atrás cuando la mujer escribió como advertencia final a los padres: "Hagan lo que se les antoje, pero no se mueran. Esto es algo que los hijos no perdonan."
–No perdonan –murmuró alguno de nosotros. –Porque, ¿cómo puede entender un niño que uno se levanta y se vaya y no vuelva nunca, sin presentar disculpas, excusas, sin decir que lo lamenta, nada? –No pueden –dije.
–Entonces –dijo la abuela, inclinándose con nosotros junto a Agatha que ahora se sentó, con lágrimas nuevas en los ojos, pero lágrimas diferentes, no lágrimas que anegaban sino lágrimas que limpiaban–, entonces tu madre huyó a la muerte. Luego, ¿cómo podrías confiar en nadie? Si todos se van, si desaparecen definitivamente, ¿en quién se puede confiar? De modo que cuando llegué, a medias sabia, a medias ignorante, debería haber sabido, pero no sabía, no sabía por qué no me aceptabas. Porque, con toda simpleza y honradez, temías que no me quedara, que mintiera, que yo fuese vulnerable también. Y dos abandonos, dos muertes, eran demasiado en un solo año. ¿Pero ahora, entiendes, Abigail?
–Agatha –dijo Agatha, sin darse cuenta de la corrección.
–¿Entiendes que siempre, siempre estaré aquí? –Oh, sí –exclamó Agatha, y rompió en un sólido llanto al que todos nos unimos, arracimados, y los autos se acercaban y se detenían a ver cuántos heridos había y cuántos ilesos.
Final de la historia. Bueno, no precisamente el final. Vivimos felices.

O más bien, vivimos juntos, la abuela, Agatha–Agamenón–Abigail, Timothy y yo, Tom, y papá, y la abuela nos llevaba a retozar en grandes fuentes de latín y español y francés, en grandes coágulos marinos de poesía como Moby Dick, que salpicaba las profundidades con un surtidor versallesco en cierto modo perdido en las almas y encontrado en las tormentas; Abuela una constante, un reloj, un péndulo, una cara que da a todos la hora a mediodía, o en medio de las noches de enfermedad cuando delirábamos de fiebre y ella estaba ahí junto a nuestra cama, nunca ausente, nunca en otra parte, siempre esperando, siempre diciendo palabras amables, helándonos la frente caliente con una mano fría, la válvula del índice levantado abriéndose y dejando salir un hilo de agua de montaña para mojarnos la lengua de trapo. Diez mil amaneceres según nuestro prado silvestre, diez mil noches erró, recordando las moléculas de polvo que caían en las horas quietas anteriores al alba, o se sentó susurrándoles alguna lección a nuestros oídos mientras dormíamos arropados.
Hasta que al fin, uno por uno, nos llegó el tiempo de ir a la Universidad y cuando la más joven, Agatha, hizo las valijas, entonces abuela hizo también las suyas. El último día de aquel último verano, encontramos a la abuela en el cuarto de adelante con paquetes y valijas, tejiendo, esperando, y aunque lo habíamos hablado a menudo, ahora que había llegado el momento estábamos impresionados y sorprendidos. –¡Abuela! –dijimos todos–. ¿Qué haces? –Bueno, me voy a la Universidad, en cierto modo, como vosotros –dijo–. Vuelvo a lo de Guido Fantoccini, a la familia. –¿La familia?
–De los Pinochos, así nos llamaba bromeando, al principio. Los Pinochos, y a sí mismo, Gepetto. Y más tarde nos dio su propio nombre: los Fantoccini. De todas maneras vosotros habéis sido mi familia aquí. Ahora vuelvo a mi familia de allá, aún más numerosa, a mis hermanos, hermanas, tías, primos, todos robots que... –¿Que hacen qué? –preguntó Agatha.
–Depende –dijo la abuela–. Algunos se quedan, algunos se demoran. Algunos son despedazados y descuartizados, si así puede decirse, y las partes se distribuyen a otras máquinas que necesitan reparaciones. Allí me evaluarán y verán si me quieren o no me quieren. Puede ser que sea justo lo que necesitan mañana y saldré a criar otra hornada de chicos y a sacar otra hornada de dulces. –¡Oh, no puede ser que te despedacen y descuarticen! –exclamó Agatha.
–¡No! –grité junto con Timothy. –Mi mensualidad –dijo Agatha–, pagaré todo... La abuela dejó de mecerse y miró las agujas y el dibujo de los hilos brillantes.
–Bueno, yo no lo hubiera dicho, pero me preguntasteis y lo diré. Por una cantidad muy pequeña hay una habitación, la habitación de la Familia, una vasta sala obscura, muy tranquila y bien decorada, donde treinta o cuarenta de las Mujeres Eléctricas se sientan a mecerse y charlar, cada una en su momento. No he estado allí. Después de todo, soy una recién nacida, comparativamente nueva. Por una cantidad pequeña, muy pequeña, por mes y por año, estaré allí, con las otras como yo, escuchando lo que han aprendido del mundo, y a mi vez les contaré cómo se vivía con Tom y con Tim y con Agatha y qué hacíamos y qué felices éramos. Y les contaré todo lo que aprendí de vosotros.
–¡Pero... tú nos enseñaste!
–¿De veras lo pensáis así? –dijo la abuela–. No, era una ida y vuelta, un círculo, se aprendía por las dos puntas. Y todo está aquí, todo lo que se resolvió en lágrimas o en risas, todo lo tengo aquí. Y se lo contaré a las otras, así como ellas les hablarán de sus niños y sus niñas y de sus vidas. Nos sentaremos allí, cada vez más sabias y tranquilas y mejores, durante diez, veinte, treinta años. El conocimiento de la Familia se duplicará, se cuadruplicará, la sabiduría no se perderá. Y allí estaremos esperando en aquella sala, por si alguna vez nos necesitáis para vuestros hijos en momentos de enfermedad o, Dios no lo quiera, de pérdida o muerte. Allí estaremos, envejeciendo y sin envejecer, acercándonos al momento quizá en que algún día vivamos de acuerdo con nuestro extraño nombre en broma. –¿Los Pinochos? –preguntó Tim.
La abuela asintió.
Yo sabía lo que quería decir. El día en que como en el viejo cuento de Pinocho llegó a ser tan meritorio y tan bueno que le fue concedido el don de la vida. Así vi, en los años futuros, a toda la familia Fantoccini, los Pinochos, cambiando e intercambiando, murmurando y susurrando conocimientos en las grandes salas de filosofía, esperando el día. El día que no llegaría nunca. La abuela debió de leerlo en nuestros ojos.
–Ya veremos –dijo–. Esperemos y se verá.
–Oh abuela –exclamó Agatha, y lloraba como había llorado tantos años antes– .
¡No tienes por qué esperar! Tú estás viva. ¡Tú siempre has estado viva para nosotros! Y abrazó a la anciana y nos abrazamos todos un largo momento y luego volamos a lejanas universidades y años, y las últimas palabras de la abuela antes que el helicóptero nos precipitara en el otoño fueron éstas:
–Cuando seáis muy viejos, como niños otra vez, cuando recuperéis las maneras infantiles y las ansias infantiles, y necesitados de alimento extrañéis a la vieja maestra niñera, la compañera tonta pero sabia, mandadme buscar. Volveré. Volveremos de nuevo al cuarto de los niños, no tengáis miedo.
–¡Nunca seremos viejos! –exclamamos–. ¡Eso no ocurrirá nunca!
–¡Nunca! ¡Nunca!
Y nos fuimos.
Y pasaron los años.
Y ahora somos viejos, Tim y Agatha y yo.
Nuestros hijos han crecido y se han ido, nuestras mujeres y maridos han desaparecido de la tierra, y ahora, por una coincidencia dickensiana, inverosímil o no, estamos de vuelta en la vieja casa, nosotros tres.
Yo estoy aquí en el dormitorio que fue mi cuarto infantil hace setenta, setenta, créanlo, años. Debajo del papel de la pared hay otra capa y luego otras tres hasta llegar al que estaba allí cuando yo tenía nueve años. El papel está descascarado. Veo asomar por debajo viejos elefantes, tigres familiares, bellas y amistosas cebras, irascibles cocodrilos. He mandado buscar a los empapeladores para que quiten cuidadosamente todas las capas salvo la última. Los viejos animales vivirán de nuevo en las paredes, al descubierto.
Y hemos mandado buscar a alguien más. Los tres llamamos:
¡Abuela! Dijiste que volverías cuando te necesitáramos. La edad, el tiempo nos han sorprendido. Somos viejos. Necesitamos.
Y en tres habitaciones de una casa de verano, muy avanzado el tiempo, tres niños viejos se levantan gritando en silencio: ¡Te queremos! ¡Te queremos!
Allí, allí, en el cielo, pensamos, despertando a la mañana. ¿Esa es la máquina del reparto? ¿Se posa en el césped?
Allí, allí en la hierba, junto al pórtico delantero. ¿Llega la caja de la momia? ¿Están nuestros nombres escritos en tinta, en las cintas que envuelven la forma adorable, bajo la máscara dorada?
¿Y la llave de oro, que cuelga siempre sobre el pecho de Agatha, caliente y esperando? ¿Oh Dios, funcionará, después de tantos años, funcionará, se ajustará, se ajustará tiernamente?

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