26/03/2026
"Los dulces diecisèis" (cuento breve) de Pavel Marjan Strukelj
Cerrè el consultorio y lleguè a casa justo para ver a Elvira haciendo aùn esas artesanìas. Todavìa con el pincelito en la mano, y dos fotografìas o dibujos que soltò enseguida. Con una mirada furtiva hacia mì y un saludo apresurado y càlido:
-Hola,Pablo-me dice ahora, como si estuvièramos en una cinta de pelìcula vieja que se repite cada dìa en los mismos cuadros y que parece no avanzar. O como en la cinta de Moebius que tiene un solo plano, y uno patina sobre èste en una escena virtual, vièndose a sì mismo por debajo, y despuès por arriba, pero en los mismos lugares sinfîn, cual si no cambiara nunca.
-Hola, Ilvy- le digo, besàndola, y ella me muestra las dos fotografìas en blanco y negro sobre la mesa, apuntàndoles con el ìndice para dirigir mi mirada. No hacìa falta, las hubiera reconocido y redescubierto igual, porque eran mi recuerdo de cuando adolescentes nos trepàbamos los tres - Yanko, Elvira y yo - hasta la Roca del Osito en las afueras del campamento de casitas holandesas sobre el valle patagònico.
-Fotografiàbamos aquella vez...el ocaso,¿te acordàs?- y me parecìa estar allà, mirando los saltos de Ilvy (Elvira se pronunciaba Ilvira en portuguès) mostrando generosamente todo lo flexible de su cuerpo en la subida, la pollerita al viento con astuta inocencia adolescente, y cuando merendàbamos esperando la caìda del sol, el ocaso, para fotografiarlo, se sentaba frente a nosotros dos con la espalda curvada, ofrecièndonos su escote generoso, mostràndonos su dulce pechito femenino.
Quizà por estos juegos de seducciòn es que con Yanko nunca nos enamoramos de ella entonces, o fue para evitar el romper nuestra divertida amistad entre los tres, con celos.
-Pero yo no sè si es un amanecer o un atardecer, la una y la otra...mirà- me dice y, como siempre, lleva la razòn. Intentè discutir con ella, pero...para què si es verdad que Yanko se muriò tan joven y hace mucho, en ese avioncito Twin Other en el Valle Encantado, saliendo ya de Bariloche, junto a la piedra - yo vi los restos destrozados - esa que llaman El Dedo de Dios por su forma de puño cerrado en la base y el ìndice apuntando al cielo.
-No es lo mismo, y no me sirve- me insiste ella, que quiere saber cuàl es el amanecer y cuàl el atardecer. Yo no sè còmo justificarle mi convicciòn de que lo sabìa, que el Este y el Oeste,etc...y mi pensamiento màs bien se escapa hacia la noche actual, la que estoy mirando en los ojos de ella, y sintiendo que ¡ sabrè yo que estamos en el ocaso de la vida!, pero que cuando durmamos entrelazados, los cuerpos juntos, me va a invadir esa ternura otra vez y la delicia de sus dulces diecisèis. Y entonces callo.
© by Pavel Marjan Strukelj -