Del Escritor y sus avatares

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03/01/2026

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08/03/2023

De mi libro que lleva el mismo título y con la esperanza de comprensión a que este cuento invita:

LAS QUE SANGRAN Y NO MUEREN

Sabían por experiencia que sangrar significaba muerte. Veían a las hembras sobrevivir a la sangre cada tanto y les atribuían poderes y lo que es más importante, inmortalidad. Aunque no la entendieran demasiado a la muerte. Cualquier golpe, una lucha, el ataque de una fiera era sangrar y morir y a ellas, podían verlas sangrar sin que nada les sucediera y eran siempre más.
Entretanto los hombres volvían cada vez menos de las incursiones de caza que duraban mucho, muchísimo tiempo; las mujeres sangrando o no, mantenían el fuego del hogar, se alimentaban a sí mismas, se defendían del ataque de animales y extraños. Parían las crías.
Casi siempre a su regreso, los que no habían quedado en el camino, encontraban a las mujeres con más pequeños. Sin comprender cómo hacían ellas esa magia, la sumaban a la sensación de temor que las que sangran y no mueren, les causaban.
Empezaron a tratar sobre eso cuando estaban de caza. Comenzaron a confiarse entre ellos sus temores, primero con trabas y gradualmente luego con abierta indignación, como siempre cuando se teme durante mucho tiempo de algo.
De los enojos nacidos de los miedos a lo desconocido y hasta, de lo a veces, circunstancial e inexplicable, han nacido casi todas las guerras y, por ese tiempo y de ese fiero miedo provocado por las que sangran y no mueren, surgió la más cruel de las guerras. La silenciosa, la guerra disfrazada de paz, que se oculta tras el amor, que no confiesa abiertamente su hostilidad y llega hasta a superar el sentido primero, lo olvida y sigue en pie.
Se sentaron rodeando el fuego que apenas sabían como encender y organizaron la estrategia. Tenían que lograr que ellas les temieran más que el enemigo de la otra selva, o el de la montaña arriba, o aquel de río abajo, que aún no conocían; y empezaron a inventar hazañas para contar a las hembras, para que supieran lo duro que es salir a buscar comida y luchar con los enemigos allí afuera.
Entretanto los hombres volvían cada vez menos de las incursiones de caza que duraban mucho, demasiado tiempo; las mujeres sangrando o no, mantenían el fuego del hogar, se alimentaban a sí mismas, se defendían del ataque de animales y extraños, parían en soledad las crías.
Los hombres volvían y contaban sus historias y las mujeres los alababan, pero sentían que en su ausencia sucedían cosas que no podían dominar, que los niños eran más y más y que ellos apenas traían al foco de atención alguna carne maloliente y el afrentoso relato de la baja de uno o más de los del grupo. Siempre moría uno allá lejos, o iba quedando en el camino de regreso.
Y las que sangran y no mueren sin querer contar cómo.
Antes que encender el primer fuego, habían podido contar. Siempre estuvo el poder de transmitirse lo que acababa de suceder, lo que estaba pasando cerca, lo que antes, lejos, había acontecido. Pero las que sangran y no mueren no querían decir cómo podían y entonces se quedaban con ese poder, ese sangrar sin morir y esa otra indescriptible magia de sacarse las cría de entre las piernas, del lugar exacto del misterio. A los gritos, furibundas, pero lo hacían, se arrancaban las crías y sangraban sin morir. Poco o nada les importaba el terrible trabajo de salir a cazar en el que cada macho, dejaría seguramente su vida.
Por eso la guerra, porque no deberían haber callado sobre ese omnímodo poder de su entrepierna, que atraía una y otra vez la inmanejable cosa colgante en sus cuerpos, que no sangraba; no, al menos del color y con la abundancia que confiriera inmortalidad.
Salían cada vez con más frecuencia a pesar del deseo individual y secreto de quedarse acunados en las cuevas y espiar a las hembras que sangrantes o no eran tan placenteras. Pero la guerra estaba, aunque no declarada, estaba, y las que sangran y no mueren empezaban a mostrar signos de conocerles el flanco débil: la indomable cosa entre las piernas que parecía obedecer a un llamado imposible de rechazar.
Se hizo menester salir, alejarse, agruparse para tener fuerza y dominar. No permitir que ellas tomaran el mando. Volver sólo cuando fuera imposible negarse a estar echados junto a ellas.
Entretanto los hombres volvían cada vez menos de las incursiones de caza que duraban mucho, todo el tiempo; las mujeres sangrando o no, a diario, mantenían el fuego del hogar, recogían alimentos de la espesura con utensilios y cuencos creados por la necesidad y para alimentar a sus crías; se defendían del ataque de animales y extraños, parían en soledad. De esa manera y con el tiempo, las que sangran y no mueren, empezaron a comprender que en los frutos estaba la semilla.

08/03/2023
09/11/2022

Un texto inédito de Ernesto Sábato
En 1967 el escritor argentino fue invitado a Alemania a dar conferencias en diversas universidades. Escribió un diario del viaje que no fue incluido.

Fue su primer viaje a Alemania. No había ido antes por la guerra y, después, por un vago sentimiento de decepción o de rencor. Sábato había amado fervorosamente su cultura, a partir de aquellos años de su primera juventud en que se conmovía con los poetas del Romanticismo. Conocía muy poco del idioma alemán, apenas las nociones que le había transmitido una lejana profesora que intentó enseñarle la lengua en unos textos gramaticales de letra gótica.

Llegó al aeropuerto de Frankfurt, donde lo estaban esperando un representante del gobierno alemán y su editor en ese país. “Todo es perfecto, pero hasta ahora no veo Alemania: veo esa realidad abstracta que nuestra civilización técnica ha impuesto en todas partes, pero sobre todo en los aeropuertos y hoteles: una misma y única e insípida uniformidad hecha de follow me en el jeep que precede al avión, azafatas pertenecientes a una especie de raza internacional elaborada con 50% de material humano y 50% de material sintético”, decía el escritor.

La Alemania que Ernesto Sábato quería ver la encontraría más tarde y más lejos. No le interesaba la Alemania asociada al llamado “progreso”, que uniformiza a los países (hoy lo llamamos globalización). Y busca a esa Alemania verdadera en cada ciudad a la que es llevado. Aunque no dejó de admirar la organización minuciosa de ese país y el bienestar que parece generalizado. “Vamos por la autopista hacia Bonn. La ruta está sembrada de indicadores que hasta automovilistas miopes, mongólicos y velocísimos pueden advertir e interpretar correctamente. Solicitud: que nuestro Gobierno envíe becado por un mes al señor que se ocupa o debería ocupar de esa tarea en la Argentina para que aprenda cómo se hacen estos indicadores”, declaró. Pero no se dejaba hipnotizar por ese despliegue de eficientismo. “Frente al formidable resurgimiento material de Alemania, parece empequeñecida aquella vida humanística que constituyó lo mejor de esta nación antes del advenimiento de Hitler”. Como todo pensador, sobre todo él que tuvo una formación científica, se preguntaba por el porqué de lo que veía. Pero hay preguntas que no son de fácil respuesta. “Las guerras, me digo, suelen provocar una revitalización de los pueblos y es sabido que nunca se producen tantos nacimientos como a continuación de esas catástrofes”, explicaba.

En su afán de explicar la situación intelectual de las nuevas generaciones alemanes, surgió en él un involuntario nacionalismo y reafirmó su cruzada contra los sistemas totalitarios. Según él, el hitlerismo cortó completamente los vínculos con el mundo de la cultura extranjera, de modo que las generaciones de postguerra empezaron a nutrirse de la gran literatura mundial cuando los argentinos estábamos ya de vuelta. “Pero no solo el régimen detuvo esa interacción cultural que es indispensable incluso para elaborar la propia cultura (ya que no hay culturas aisladas ni puras y puesto que todo conocimiento de uno mismo se logra a través de los demás, sino en virtud de la inevitable condición exterminadora de los sistemas totalitarios), fue aniquilado cualquier intento de libertad, o sea de originalidad, de grandeza, de profundidad”, decía.

Fuente: Diario Hoy

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