08/03/2023
De mi libro que lleva el mismo título y con la esperanza de comprensión a que este cuento invita:
LAS QUE SANGRAN Y NO MUEREN
Sabían por experiencia que sangrar significaba muerte. Veían a las hembras sobrevivir a la sangre cada tanto y les atribuían poderes y lo que es más importante, inmortalidad. Aunque no la entendieran demasiado a la muerte. Cualquier golpe, una lucha, el ataque de una fiera era sangrar y morir y a ellas, podían verlas sangrar sin que nada les sucediera y eran siempre más.
Entretanto los hombres volvían cada vez menos de las incursiones de caza que duraban mucho, muchísimo tiempo; las mujeres sangrando o no, mantenían el fuego del hogar, se alimentaban a sí mismas, se defendían del ataque de animales y extraños. Parían las crías.
Casi siempre a su regreso, los que no habían quedado en el camino, encontraban a las mujeres con más pequeños. Sin comprender cómo hacían ellas esa magia, la sumaban a la sensación de temor que las que sangran y no mueren, les causaban.
Empezaron a tratar sobre eso cuando estaban de caza. Comenzaron a confiarse entre ellos sus temores, primero con trabas y gradualmente luego con abierta indignación, como siempre cuando se teme durante mucho tiempo de algo.
De los enojos nacidos de los miedos a lo desconocido y hasta, de lo a veces, circunstancial e inexplicable, han nacido casi todas las guerras y, por ese tiempo y de ese fiero miedo provocado por las que sangran y no mueren, surgió la más cruel de las guerras. La silenciosa, la guerra disfrazada de paz, que se oculta tras el amor, que no confiesa abiertamente su hostilidad y llega hasta a superar el sentido primero, lo olvida y sigue en pie.
Se sentaron rodeando el fuego que apenas sabían como encender y organizaron la estrategia. Tenían que lograr que ellas les temieran más que el enemigo de la otra selva, o el de la montaña arriba, o aquel de río abajo, que aún no conocían; y empezaron a inventar hazañas para contar a las hembras, para que supieran lo duro que es salir a buscar comida y luchar con los enemigos allí afuera.
Entretanto los hombres volvían cada vez menos de las incursiones de caza que duraban mucho, demasiado tiempo; las mujeres sangrando o no, mantenían el fuego del hogar, se alimentaban a sí mismas, se defendían del ataque de animales y extraños, parían en soledad las crías.
Los hombres volvían y contaban sus historias y las mujeres los alababan, pero sentían que en su ausencia sucedían cosas que no podían dominar, que los niños eran más y más y que ellos apenas traían al foco de atención alguna carne maloliente y el afrentoso relato de la baja de uno o más de los del grupo. Siempre moría uno allá lejos, o iba quedando en el camino de regreso.
Y las que sangran y no mueren sin querer contar cómo.
Antes que encender el primer fuego, habían podido contar. Siempre estuvo el poder de transmitirse lo que acababa de suceder, lo que estaba pasando cerca, lo que antes, lejos, había acontecido. Pero las que sangran y no mueren no querían decir cómo podían y entonces se quedaban con ese poder, ese sangrar sin morir y esa otra indescriptible magia de sacarse las cría de entre las piernas, del lugar exacto del misterio. A los gritos, furibundas, pero lo hacían, se arrancaban las crías y sangraban sin morir. Poco o nada les importaba el terrible trabajo de salir a cazar en el que cada macho, dejaría seguramente su vida.
Por eso la guerra, porque no deberían haber callado sobre ese omnímodo poder de su entrepierna, que atraía una y otra vez la inmanejable cosa colgante en sus cuerpos, que no sangraba; no, al menos del color y con la abundancia que confiriera inmortalidad.
Salían cada vez con más frecuencia a pesar del deseo individual y secreto de quedarse acunados en las cuevas y espiar a las hembras que sangrantes o no eran tan placenteras. Pero la guerra estaba, aunque no declarada, estaba, y las que sangran y no mueren empezaban a mostrar signos de conocerles el flanco débil: la indomable cosa entre las piernas que parecía obedecer a un llamado imposible de rechazar.
Se hizo menester salir, alejarse, agruparse para tener fuerza y dominar. No permitir que ellas tomaran el mando. Volver sólo cuando fuera imposible negarse a estar echados junto a ellas.
Entretanto los hombres volvían cada vez menos de las incursiones de caza que duraban mucho, todo el tiempo; las mujeres sangrando o no, a diario, mantenían el fuego del hogar, recogían alimentos de la espesura con utensilios y cuencos creados por la necesidad y para alimentar a sus crías; se defendían del ataque de animales y extraños, parían en soledad. De esa manera y con el tiempo, las que sangran y no mueren, empezaron a comprender que en los frutos estaba la semilla.