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Soñé que Caminaba por un bulevar luminoso donde el día no simplemente amanecía: estaba naciendo. La luz tenía la fragili...
16/02/2026

Soñé que Caminaba por un bulevar luminoso donde el día no simplemente amanecía: estaba naciendo. La luz tenía la fragilidad de algo recién creado, como si el mundo acabara de ser pronunciado por primera vez. Los negocios a ambos lados abrían sus puertas en silencio, y cada vidriera no exhibía objetos, sino posibilidades. En el cristal se insinuaban escenas que no pertenecían a esta realidad: ciudades suspendidas, rostros que me observaban desde otros tiempos, caminos que bifurcaban mi destino en infinitas versiones de mí mismo.

Yo avanzaba con una misión clara: debía llegar a mi trabajo. Lo sabía con la certeza incuestionable que sólo existe en los sueños. Sin embargo, cada paso se sentía más como un rito que como una rutina. El bulevar era un corredor iniciático, y cada baldosa parecía susurrar: “Recuerda quién eres antes de obedecer.”

El edificio donde trabajaba emergía al final de la avenida, alto y geométrico, como un símbolo de orden impuesto. Allí me esperaba él.

Un hombre más alto que los demás, vestido con un traje gris impecable que parecía absorber la luz. La camisa blanca relucía como una superficie sin mácula, y el sombrero, perfectamente alineado, coronaba su figura con una autoridad antigua, casi arquetípica. No era sólo un jefe; era una encarnación de la Ley, del Mandato, del deber sin cuestionamiento. Su voz no necesitaba elevarse: cada palabra descendía como un veredicto. Sentí sus órdenes posarse sobre mis hombros como cadenas invisibles, suaves pero firmes.

Y entonces, como un relámpago interior, recordé que algo había quedado atrás.

No era simplemente un objeto. Era una clave. Una pieza esencial de mí mismo. Tal vez un recuerdo, tal vez un símbolo, tal vez la conciencia de que mi obediencia era una ilusión. La urgencia me atravesó el pecho. Si no lo recuperaba, algo en mí permanecería incompleto.

Pero ¿cómo salir sin ser visto? ¿Cómo abandonar el recinto sin provocar el castigo del Guardián?

Recorrí los pasillos con cautela. Las paredes parecían observarme. Cada puerta cerrada vibraba con la posibilidad de delatarme. Y sin embargo, en un rincón casi invisible, encontré una abertura estrecha, una salida que no figuraba en ningún plano. No era una puerta común: era un intersticio, una grieta en la estructura del control.

La atravesé.

Y al hacerlo, no escapé hacia lo desconocido: regresé al mismo bulevar luminoso. El sueño se plegaba sobre sí mismo como un laberinto consciente. Comprendí que la libertad no estaba en huir, sino en recordar.

Entonces lo supe.

Podía volar.

El impulso no fue un acto de rebeldía, sino de reconocimiento. Mis pies se despegaron del suelo con naturalidad, como si la gravedad hubiese sido siempre una sugerencia y no una ley. El aire me recibió con ternura. El viento acariciaba mi rostro, Podía inclinarme, girar, ascender en espiral o quedarme suspendido en quietud absoluta. No había esfuerzo; sólo intención.

La sensación era un vértigo dulce, expansivo. Cada metro ganado en altura disolvía una capa de miedo. Desde arriba, el edificio del hombre del traje gris se veía pequeño, casi irrelevante. Las cadenas invisibles no podían alcanzarme allí.

Y no estaba solo.

En el cielo, otras figuras surcaban el espacio con la misma naturalidad. No hablábamos, pero nos reconocíamos. Nos saludábamos con gestos leves, con sonrisas cómplices, como miembros de una hermandad antigua. Tal vez nos conocíamos de otros sueños. Tal vez compartíamos una memoria más vasta que esta vida. Éramos viajeros del aire, aprendices del infinito.

Comprendí entonces que no era la primera vez que volaba. Cada experiencia anterior había sido un entrenamiento silencioso. Cada noche, una iniciación. El dominio crecía en mí como una llama que aprende a sostenerse sin extinguirse. El cielo ya no era un escape: era mi territorio interior, el espacio donde la obediencia se transformaba en conciencia y el miedo en expansión.

Allí, suspendido entre el amanecer y lo eterno, entendí que el verdadero trabajo no estaba en el edificio, ni bajo la autoridad del hombre de gris.

El verdadero trabajo era recordar que siempre he tenido alas.

Soñé que habitaba el interior de un edificio inmenso, imposible de abarcar con la mirada.No era simplemente grande: era ...
11/02/2026

Soñé que habitaba el interior de un edificio inmenso, imposible de abarcar con la mirada.
No era simplemente grande: era interminable.
Las puertas se multiplicaban a ambos lados como si brotaran de las paredes. Los pasillos se extendían en líneas perfectas que desafiaban toda perspectiva, perdiéndose en una distancia que no era espacial sino mental. Todo estaba bañado por una luz suave y envolvente, una claridad viva que no provenía de lámparas ni de ventanas. No había sol, no había focos, no había sombras definidas… y sin embargo, cada superficie resplandecía con una serenidad casi sagrada.
Entré en una oficina.
El aire allí parecía más denso, cargado de memoria. Estantes interminables sostenían libros antiguos, carpetas, archivos ordenados con precisión ritual. No era un archivo común: era un archivo de algo más vasto.
Me detuve, sobrecogido.
—¿Cuánta información habrá aquí? —pensé, pero la pregunta no era intelectual; era existencial.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos extraños, signos que no reconocía con la mente pero que mi interior parecía comprender. Eran inscripciones de otro tiempo, de otro lenguaje, tal vez de otra dimensión del ser. Sentí que no estaban escritos sobre la pared… sino que la pared era el símbolo mismo.
Me acerqué a lo que parecía una ventana.
En el horizonte flotaba una ciudad suspendida, como si no estuviera apoyada en ningún suelo. No era una ciudad física; era más bien un recuerdo solidificado. Sus torres parecían vibrar suavemente, como si estuvieran hechas de pensamiento.
Miré hacia abajo.
El edificio no tenía fondo. Se abría a un vacío luminoso que no producía vértigo, sino una extraña paz.
Miré hacia arriba.
Tampoco había techo. Solo una continuidad vertical que ascendía hacia lo desconocido, como una columna infinita que respiraba. Comprendí entonces que no estaba dentro de un edificio… sino dentro de una estructura viva, consciente, vertical, como si fuese el eje de una realidad mayor.
Salí de la oficina.
El pasillo parecía más largo ahora, más silencioso. Y entonces lo vi.
Un hombre estaba de pie en el centro. Vestía de blanco. Su figura irradiaba una calma absoluta. Cabello negro, barba oscura, mirada profunda. No hablaba, pero su sola presencia alteró la densidad del sueño.
En ese instante mi lucidez se elevó a un nivel que jamás había experimentado. No era solo estar consciente de que soñaba; era sentir que estaba despierto dentro del sueño y que el sueño también lo sabía.
Una pregunta cruzó mi mente como un rayo:
—¿Es Jacobo Grinberg?
No era solo curiosidad. Era reconocimiento.
Comencé a correr hacia él.
Corría con decisión, con urgencia casi sagrada. Pero el pasillo respondía a mi movimiento extendiéndose. Cada paso que daba añadía metros invisibles entre nosotros. El espacio se dilataba como si tuviera voluntad propia. No era una distancia física: era una prueba.
Corría… y nunca llegaba.
Él no se movía.
Solo permanecía allí, sereno, como si supiera que el verdadero encuentro no ocurriría a través del movimiento, sino a través de la comprensión.
Y en ese instante entendí algo que aún no puedo explicar del todo:
quizás no debía alcanzarlo…
quizás debía convertirme en el punto donde él ya estaba.

El sueño que tuve con la mujer con vestido rojo leyendo un libro de color azul, me llevo a hacer una búsqueda en interne...
31/01/2026

El sueño que tuve con la mujer con vestido rojo leyendo un libro de color azul, me llevo a hacer una búsqueda en internet,grande mi sorpresa cuando ví que existe un libro llamado " lejos de todo,cerca de nada, escrito por Carlos Granadino Fernández.Mayor fué la sorpresa al ver la portada del libro ,es lo que soñé.Espero poder conseguir el libro en Argentina.

Soñé que caminaba por un sendero de montaña a esa hora rara en la que el día y la noche parecen haberse puesto de acuerd...
31/01/2026

Soñé que caminaba por un sendero de montaña a esa hora rara en la que el día y la noche parecen haberse puesto de acuerdo. No era del todo amanecer ni del todo atardecer: más bien un resplandor dorado, tibio, como si el tiempo hubiera decidido tomarse un descanso. El cielo parecía moverse despacio, líquido, suspendido entre lo que empieza y lo que se va. Bajo mis pies, las piedras crujían con un sonido viejo, casi confidencial, y el aire olía a tierra mojada, a algo que acababa de nacer… o de morir.

Entonces la vi. A lo lejos, junto a un roble imposible que parecía crecer al borde del vacío, estaba una mujer. No desentonaba con el paisaje, pero tampoco pertenecía del todo a él. Era nítida, demasiado real. Tenía el cabello negro, profundo, como la obsidiana, y llevaba un vestido rojo largo que se movía sin que soplara una sola ráfaga de viento. Entre las manos sostenía un libro azul. Lo leía con una concentración casi solemne, como si en esas páginas se estuviera decidiendo algo importante. Tal vez demasiado.

Cuando pasé a su lado, alzó la vista y me sonrió. No fue una sonrisa amable ni inquietante, sino algo más extraño: una sonrisa fuera del tiempo.
—¿Qué se siente estar lejos de todo y cerca de nada? —preguntó.
Su voz no venía del aire. Venía de dentro.

No supe qué decir. El silencio cayó de golpe, espeso, como si el mundo entero se hubiera detenido a esperar mi respuesta. No dije nada. Ella bajó la mirada y volvió al libro, como si mi desconcierto no tuviera la menor importancia.

Seguí caminando. Cada paso me alejaba de lo familiar y, al mismo tiempo, me acercaba a algo difícil de nombrar. No era miedo. Tampoco paz. Era otra cosa. Una especie de vacío sagrado.

Y entonces lo entendí: ese “nada” no era ausencia. Era origen.
El lugar donde todo empieza, justo antes de tener nombre.

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