21/01/2017
El siguiente texto perteneciente a Yasunari Kawabata (1899-1972) fue publicado en el tomo sobre el Japón realizado por Adolfo Tamburello para la colección Grandes Civilizaciones editorida por Mas-Ivars Editores S.L. en el año 1971.
Hace las veces de breve introducción a la cultura japonesa y enumeración de sus preferencias artísticas, como por ejemplo la novela “Historia de los Genji” que Kawabata estudió en su exilio voluntario en Manchuría durante la Segunda Guerra Mundial. Más allá que de los lugares y los textos sólo podamos tener vagas referencias como en los de sus novelas o cuentos, el tono su prosa nos acerca a ellos mediante la contemplación que absorbe tanto a los personajes como a sus lectores.
Yasunari Kawabata, fue el primer escritor de origen japonés galardonado en 1968 con en Premio Nobel de literatura, da testimonio de su virtuosismo y sensibilidad. Nació el 11 de junio de 1899 en Osaka. Su carácter ensimismado y solitario se vio agravado por la muerte temprana de sus padres, su única hermana, y sus abuelos antes de que cumpliera los 15 años. Sin embargo pronto encontró en la literatura un medio adecuado para hacer frente a la realidad. A partir la 1920 y hasta 1924, estudió en la universidad imperial de Tokio. Fue uno de los fundadores de la publicación Bungei Jidai (literatura contemporánea), el medio de un nuevo movimiento en literatura japonesa moderna, denominado neosensacionalistas, que preferían el lirismo y el impresionismo al realismo imperante en esa época. Fue en la novela corta, La bailarina de Izu, publicada en 1927, cuando Kawabata encontró su estilo personal muy influido por el budismo y la literatura medieval japonesa, presente en todas sus obras posteriores. Después de varios trabajos distinguidos con la novela El país de la nieve (1948) se ubica entre los más destacados escritores japoneses. En 1959, recibe la Goethe-medalla en Francfort. Autor de novelas, cuentos y ensayos. Entre sus obras podemos señalar: Mil grúas(1949-1952), El sonido de la montaña(1949-1954), El lago(1955), La casa de las bella durmientes (1961), El viejo capital(1962), la existencia y el descubrimiento de la belleza(1969) Fue un claro representante de la intelectualidad que quería permanecer fiel a la tradición en un tono esteticista, lírico y sentimental. Se suicidó el 16 de abril de 1972.
por Yasunari Kawabata
A un italiano, que se hallaba en nuestro país para realizar estudios sobre la literatura japonesa, le pregunté una vez qué es lo que más le llamaba la atención del Japón. “La abundancia de lo verde”, me respondió inmediatamente. Ante esta respuesta reconsideré el verde de mi país, desde luego mucha más abundante que el italiano, y posiblemente más que el de cualquier otro país de Occidente. El verde japonés es menos luminoso, más acuoso y más pálido en comparación con el de Europa o de los países del Sur; pero, al contemplarlo más de cerca, nos damos cuenta de que un color tan rico en matices, tan delicado en sus infinitas tonalidades, es quizá único en el mundo. Podemos apreciarlo observando las hojas apenas nacidas en primavera, o las hojas que cambian de color en otoño. En efecto, el Japón es acaso el país, cuyas variedades de árboles y de flores son las más numerosas del mundo. La belleza de esta tierra no depende exclusivamente de la abundancia de árboles y flores, sino también de la amenidad de los paisajes montañosos, de la fascinación de los ríos y de los mares, y de la exquisita e insólita variación de sus estaciones. La sensibilidad japonesa ha estado siempre condicionada a este clima, a este sugestivo ambiente natural. De aquí nació el arte y las religiones de este país.
El mausoleo del emperador Nintoku (s. V), cuyas dimensiones superan las de las pirámides egipcias, es una colina rodeada de un foso, adornada con hermosas hileras de árboles y con bosques enteros. No hay una construcción arquitectónica; aquí todo lo expresan los árboles. Igualmente el grupo de las tumbas antiguas en la zona de Saitobaru, en la isla de Kayushu, es una aglomeración de colinas. El santuario de Ise (anterior al s. VIII), considerado como ejemplo típico del gusto de los japoneses por la pureza y la sencillez, y el templo de Toshogu de Nikko, construido en el 1636 (un triunfo de la habilidad artesana, con sus colores chillones), ambos se encuentran en la montaña, en el centro de una vasta extensión de bosques, en el seno de la naturaleza. El ilimitado espacio que rodea los templos representa el recinto sagrado: puede decirse así que el mismo paisaje es el templo. De hecho en el antiguo Japón, las montañas elevadas, los grandes bosques, las cascadas, las fuentes, las rocas, las piedras y hasta los árboles viejos, eran considerados como divinidades o imágenes de la divinidad. Esta creencia subsiste aún hoy en las tradiciones populares. Las rocas de Futamigaura en la bahía Ise, la cascada de Nachi en Kunamo son ejemplos de esto. El templo Itsukushima de Miyajima (s. XII), que parece flotar en el mar de Seto, y el de Hakari-do (1124), la llamada capilla “de las luces” por estar totalmente cubierta de oro, en Chusonji, son obras maestras de la arquitectura del período de transición desde la época del gobierno imperial de Heain (794-1194) hasta la del régimen militar de Kamakura (1192-1333), cuando el gusto por la elegancia propio de la capital Kyoto iba difundiéndose en las remotas regiones del Este y el Oeste. Estos dos tesoros de la arquitectura se elevan en lugares relacionados con el Heike Monogatari, el drama histórico del s. XIII amado con nostálgica ternura por el pueblo japonés, en el cual se narra la caída de la estirpe de los Taira (1185) y la muerte de Yosh*tsune Minamoto. El que visita estos templos recuerda inevitablemente los episodios que se describen en las composiciones épicas de la Historia de los Heike y de la Vida de Yosh*tsune (Gikei-Ki, s. XV).
Los lugares que recuerdan hechos históricos, leyendas o gestas legendarias, se llaman en el Japón uramakura, esto es, “referencias poéticas” , y se celebran con las diversas formas poéticas tradiciones, como el tanka y el haiku. Las peregrinaciones de los literatos a estos sitios son luego inmortalizadas en sus diarios de viajes. Hay ejemplos en que la literatura da vida a otros utamakura, como ha sucedido para los lugares descritos en la Historia de Ise (Ise Monogarati, s. XV) o en los Senderos del norte (Oku-no-Hosomichi, 1689) de Bashô.
El Japón tiene una pequeña superficie, lo cual ha contribuido a la rápida penetración de la civilización en todos los ángulos del país; así es como, por todas partes, se encuentran lugares unidos a hechos históricos, leyendas y obras de arte, inmersas todas en la naturaleza. El Palacio de los Congresos Internacionales, recientemente erigidos en Kyoto, está también rodeado de verdeantes colinas, a espaldas de la antigua capital, en un delicado paisaje de noble elegancia. Me parece que también aquí puede apreciarse una manifestación del espíritu japonés.
Más que la habilidad de los artistas consumados, que se manifiesta con incomparable primor y destreza en obras arquitectónicas, como la capilla dorada de Hiraizumi o el mausoleo de Toshogu de Nikko, algunos ha preferido contemplar la esencia vital de la naturaleza, leer los misterios de la vida humana y alcanzar el espíritu religioso en el jardín de piedras de Ryoanji (s. XV), o en los edificios y el jardín de la villa imperial de Katsura. Estos les ha sucedido a los occidentales amantes de la civilización de este país, y puede darse igualmente con los actuales japoneses; éste es su modo de interpretar nuestra tradición artística.
Preferir el teatro No Kabuki, la pintura con tinta negra a la de colores, las cerámicas de las tonalidades obtenidas por los hornos de Shino y de Karatsu a las porcelanas de brillantes colores y de superficie lisas como las de Nabeshima y las de Imari, la seda tsumugi, rústica y severa, a la mórbida yuzen con diseños y bordados multicolores, y declarar que ésta es la producción que más típicamente representa al Japón, es una tendencia que ya existía en tiempos antiguos en el corazón de este pueblo, no una invención reciente debida al budismo zen o al espíritu de la ceremonia del té. El gran poeta Bashô dice: “El mismo hálito vital anima la pintura de Sesshû (1420-1506), las poesías renga de Sôgi (1421-1502) y el rito del té introducido por Rakyû (1521-1591)”. Es cierto, pero esta comprobación me infunde pánico. Sesshû llevó a la perfección la pintura con tinta negra. Sôgi la poesía renga y Rikyû el rito del té, mientras que la poesía haiku llegó a su punto culminante en las obras de Bashô. La Historia de los Genji, novela escrita a comienzos del s. XI, aún hoy no tiene igual en toda la literatura japonesa. En el género waka, entre diversa formas poéticas, las mejores obras se encuentran en las antologías Manyôshû, del s. XIII, Kokinshû, del s. X, y Shin-Kokinshû, del s. XIII. La cumbre de la escritura de carácter sagrado se alcanzó en los períodos Asuka (552-707) y Tempyô (729-749), al paso que la pintura religiosa y la orfebrería conocieron su mayor gloria en el período Heian (785-1185). Las enseñanzas del budismo zen se perfeccionaron en la época de Kamakura (1185-1333), mientras que los productos más apreciados de la cerámica nacieron de las manos de los maestros de la época Monoyama (ss. XVI-XVII). El Hôry-ji (s. VII), la construcción de madera más antigua del mundo que ha quedado en pie hasta hoy, es una joya de la arquitectura sagrada.
A tiempos aún más lejanos se remontan vasos y figuras humanas de terracota llamadas haniwa, que exhalan el gentil perfume de inocencia y sencillez, que caracteriza el período Yayoi (s. III-II a.c. ss. II-III d.c.). Pero aún con anterioridad se habían producido vasos y figuras de una violenta plasticidad viril, acaso monstruosa, que supera toda imaginación de la escultura abstracta de la actualidad. La transición desde este período violento, llamado Jômon, al período siguiente, Yayoy, puede compararse a la transición desde el período viril Nara ala gentil y florida civilización del período Heian. El refinamiento aristocrático, el espíritu del mono-no-aware (esto es, la búsqueda de una armonía contemplativa ante la conciencia de la caducidad del mundo), son, efectivamente, un elemento constante en el filón de la estética japonesa; no obstante, ésta tendrá que pasar aún a través del vigor del período Kamakura, de la suavísima seriedad del período Muromachi y de las graciosas y alegres florituras del Momoyama y del Genroku (1688-1704) antes de llegar a nuestros tiempos, a cien años de la importación masiva de la civilización occidental.