Yasunari Kawabata - HAIKU

Yasunari Kawabata - HAIKU Página sobre la vida y bibliografía de Yasunari Kawabata. Ensayos, pensamientos y talleres especializados. Estudio de Haiku tradicional, fundamento.

Sábado 8 junio 17 hs. Y 18.30 hs.III FESTIVAL KAWABATAEn Julián Álvarez 188617 hs.TERESA FERNÁNDEZPEDRO PARCETELIDA SANA...
06/06/2019

Sábado 8 junio
17 hs. Y 18.30 hs.
III FESTIVAL KAWABATA
En Julián Álvarez 1886
17 hs.
TERESA FERNÁNDEZ
PEDRO PARCET
ELIDA SAN
ALICIA MARTÍNEZ PORTO
STELLA MARIS GONCÁLVEZ
HAIKU: LUIS KYOSHI GUZMÁN

18.30 HS.
ELSA LEIBOVICH
ALICIA CARBANO
ELISA MONIN
KEIKO KURATSU
HAIKU: LUIS KYOSHI GUZMAN
ESCRITOR: MIGUEL SARDEGNA
Vení a esta fiesta de cuentos y cultura japonesa.
NARRACIÓN, HAIKU LIBROS Y MUCHO MÁS.
La alegria de encontrarnos con el escritor Miguel Sardegna. Especialista en cuentos japoneses.
Su libro "Hojas que caen sobre otras hojas" es brillante.
Escritor de la novela "Los años tristes de Kawabata".
Y director del proyecto editorial sobre la colección "Bosque de Bambú" de literatura japonesa que corresponde a "También el caracol" la bella editorial que dirije Mariana Alonso.
Vamos a tener libros para los interesados!
Absolutamente recomendados!

SE VIENE EL FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES!PROGRAMACIÓN 18 MAYOIII FESTIVAL KAWABATA. NARRACIÓN ORAL.17 HS.Narradores:Eli...
13/05/2019

SE VIENE EL FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES!

PROGRAMACIÓN 18 MAYO
III FESTIVAL KAWABATA. NARRACIÓN ORAL.
17 HS.
Narradores:
Elisa Monin
Alicia Martinez Porto
Nancy Diez
Élida San
Tanka. Poesía japonesa
Charla del Profesor
Rolando Paciente
Haiku Zen
A cargo del.Maestro Haijin
Luis "Kyoshi" Guzmán.
Coordina Pedro Parcet.
18.30 HS.
Narradores:
Keiko Kuratsu
Cármen Lema
Sara Rosenkranz
Teresa Fernandez.
Escritores:
Alejandra Kamiya
Poetas de haiku y tanka
Rolando Paciente
Luis "kyoshi Guzmán.
Coordina: Pedro Parcet.
En esta primera fecha nos visitan apasionados de la cultura japonesa.
Junto a nuestros narradores la reconocida y sensible escritora Alejandra Kamiya.
Y los poetas y profesores cultores del arte japonés. Luis "Kyoshi Guzmán y Rolando Paciente.

Los escritores y poetas traerán ejemplares de sus libros para ofrecer!

"Todo comenzó como un bello sueño. Como lo "Bello y lo Triste", ese hermoso libro de Yasunari Kawabata, mi escritor preferido.
De allí surgió la idea de organizar estos festivales de cuentos japoneses. Ya vamos por la tercera edición. Siempre abrimos la convocatoria para aquellos que quieran participar. Para incentivar a otros narradores a abrevar en esta honorable cultura.
La literatura lleva, en mi caso particular, a profundizar en otras áreas. Fueron maestros narrativos no sólo tremendos escritores contemporáneos de Kawabata como Ryunosake Akutagawa y Junichiro Tanizaki.
También Mishima, Abe y últimamente Murakami me apasionan con sus estilos.
O cultores de Haiku como Bashoo, Buzon, Issa, Kobayashi y otros...
La belleza de la observación y la sensibilidad.
También lo fueron actores como Yoshi Oida, De la escuadra de Peter Brook o cineastas como Kurozawa, artistas del teatro Noh, como el Onagata Bandó Tamasaburo y el increíble maestro de Butoh Kazuo Ohno. O el director de orquesta Seiji Ozawa, discípulo de Von Karajan y muchos otros... muchos.
ELLOS CUENTAN CON EL CUERPO.
Cuentan en tiempo rubato...
Cuentan flotando..
Hacen arte flotando..
Una estética suprema que los narradores occidentales en general no llegan a entender.
El minimalismo unido al cuerpo conciente... despojado de toda forma de ego. Tomando la forma de la naturaleza...
Los invitamos a nuestro Festival.
Es simplemente para compartir...
Para nosotros es una fiesta y las puertas están siempre abiertas.
Pedro Parcet.
(Y si pueden compartir nos hacen un favor)
Gracias!
RECUERDEN QUE ESTO HABÍA SIDO UNA CONVOCATORIA ABIERTA Y CUALQUIER NARRADOR CON REPERTORIA DE CUENTOS JAPONESES PODÍA PARTICIPAR.

(La próxima fecha sería el sábado 25 y a nuestra otra escuadra de narradores nos va a acompañar otro gran escritor. Miguel Sardegna Sardegna)
Quería agradecer a todos los compañeros de nuestra escuela por el apoyo.
ESSENNA..Escuela Sensible de Narración.
Si querés estudiar con nosotros:
1544773272 tel y whatsapp.
Pedro parcet.
Visita: https://talleresdenarracionoral.com

09/05/2019

III FESTIVAL KAWABATA
DE CUENTOS JAPONESES.
Tenemos el agrado de invitarlos
A todos!
Cuatro funciones para disfrutar.
Narradores con repertorio de cuentos japoneses y también nos visitan escritores de la Cultura japonesa y poetas de Haiku y Tanka.
Un encuentro para abrir puertas a esta honorable y hermosa cultura.
Sábado 18 mayo.
(Dos funciones con distinto repertorio)
17 hs. Y 18.30 hs.......
Sábado 25 de mayo.
17 hs. Y 18. 30 hs.
Sábado 25 de mayo.
(Dos funciones con distinto repertorio)
Entrada libre
Organiza:
ESSENNA.
Escuela Sensible de Narración.
NARRADORES! si tienen en su repertorio cuentos japoneses. Pueden comunicarse con Pedro Parcet al 1544773272

SÁBADO 17. 18 HS.JULIÁN ÁLVAREZ 1886 (VICENTE EL ABSURDO)SEGUIMOS CON EL II FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES.Luego de un pr...
16/03/2018

SÁBADO 17. 18 HS.
JULIÁN ÁLVAREZ 1886 (VICENTE EL ABSURDO)
SEGUIMOS CON EL II FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES.
Luego de un primer encuentro cargado de emociones y sensibilidad, presentamos esta segunda puesta.
Respeto, valores, anhelo por brindar.
la simpleza de dar.
Narran: Elisa Monín, Stella Maris Goncálves, Keiko Kuratsu, Alicia Martínez Porto, Nelly Magide.
CUENTOS + CULTURA.
"Un buen maestro te abre la puerta, pero tú debes cruzarla" palabras del Zen.
Entrada libre. Los esperamos!

En una ocasión, Yasunari Kawabata admitió que leer sus libros no era algo sencillo. Lo hizo en una de sus cartas a Yukio...
14/03/2018

En una ocasión, Yasunari Kawabata admitió que leer sus libros no era algo sencillo. Lo hizo en una de sus cartas a Yukio Mishima, en que la intentó reflexionar sobre la complejidad de sus obras pero, sobre todo, esa delicadeza que no sólo construye una visión casi onírica sobre lo que se cuenta, sino también una singular mirada nostálgica. El escritor, conocido por su discreción le aseguró a quien quizás fue su amigo más cercano que «ninguno de sus libros era una experiencia simple». Una frase en apariencia humilde que podría resumir, mejor que cualquier otra, su trabajo.

Porque leer a Kawabata es un asunto de concentración pero también de sensibilidad. Un trayecto sinuoso hacia un tipo de narración donde la belleza, lo conmovedor y, sobre todo, ese elemento desigual que hacen sus obras inolvidables, lo es todo. Expresivo y sugerente, el escritor nipón tiene la capacidad extraordinaria de construir historias a mitad de camino entre el miedo, el dolor y la expiación del sufrimiento a través del ideal. Una combinación que la mayoría de las veces, elabora una hipótesis existencialista sobre el hombre y su circunstancia. No hay nada sencillo sin duda en las historias de Kawabata, pero esa profundidad no resulta incomprensible. Hay mucho dolor humano, una belleza prístina del sufrimiento reconvertido en arte para que no sea por completo reconocible.

Y es que para Kawabata nada es ajeno. El amor, el erotismo y la soledad crean círculos concéntricos en su obra. Se entrelazan con una sutileza que asombra por su cuidadoso equilibrio. Hay una reflexión sobre la humanidad que alcanza una dimensión tan intuitiva que es imposible no cuestionarse sobre ese conocimiento esencial del escritor sobre la naturaleza humana. Kawabata asume la labor de contar historias emocionales pero a la vez, de trascender a ellas. De avanzar, con una poderosa capacidad de evocación, en algo más sensible que la mera enumeración de los sentimientos. Como escritor, sorprende su habilidad y buen hacer. Como hombre, la ternura infalible con que recorre derroteros desconocidos del espíritu humano. Entre ambas cosas, hay un espacio amplio y poco definido. Un asombro fortuito sobre la belleza —que en la obra de Kawabata está en todas partes— y también, esa insistencia en encontrar una manera de reflejarla a plenitud. No, no es sencilla la obra de un escritor obsesionado por el peso de lo emocional, por ese debate insistente entre la obra y la creación esencial. ¿Cómo podría serlo?

Quizás por ese motivo se suele insistir que cada obra de Kawabata es un verdadero acto de amor, con todas sus consecuencias y matices. Desde el desamor —esa nostalgia peregrina que el escritor construye a través de imágenes sugerentes y delicadísimas— hasta el desenfreno de la soledad del sentimiento no correspondido. Pero también hay amor —ferviente, sexual, implacable— en toda su capacidad para brindar a sus historias una corporeidad única. Una narración capaz de avanzar desde lo obvio hacia una plenitud que sorprende por su poder sensual. Una construcción maestra, que Kawabata elabora desde lo mínimo: sus narraciones están llenas de detalles en apariencia asombrosos, de extravagantes giros que miran hacia lo diminuto con una precisa atención. Y es allí, donde el escritor encuentra su mayor fortaleza: en esa necesidad de detener el ritmo y la estructura de sus narraciones para atenerse a lo circunstancial, lo frágil, lo preciado. Kawabata dibuja entonces un mapa de ruta hacia una imagen mucho más amplia de lo que la historia parece contar. Una meditada metáfora sobre cada elemento que sostiene lo que cuenta, pero, sobre todo, la forma en cómo lo cuenta. Esa frugalidad de los detalles, ese tejido artesanal y subsecuente que no sólo sostiene todas sus obras —paralelas, construidas a través de un hilo conductor invisible pero apreciable— sino además, les brinda un brillo nostálgico que conmueve por su sinceridad.

De la ternura al abismo: una mirada hacia el universo de Kawabata
Kawabata es un héroe trágico de su propia épica cotidiana. Nació sietemesino y con una salud muy frágil el 11 de junio de 1899, en un Japón todavía represivo y feudal al que tendría que enfrentarse por el resto de su vida. Huérfano desde muy temprana edad (su madre y padre mueren antes que Kawabata alcance los cinco años y en trágica sucesión perderá a sus abuelos y hermana) atraviesa la infancia en medio de una percepción de la soledad como una condición inevitable. Pero además de eso, asume su vida como una intrincada mirada hacia la tragedia y el misterio. Una mirada hacia la oscuridad que dota de una dimensión a esa perplejidad juvenil por el sufrimiento que le acompaña a todas partes. Kawabata, en el aislamiento absoluto de una juventud signada por ausencias, comienza a percibirse a sí mismo como una colección de matices del dolor. Una presencia permanente que construye sus obras como una elaborada estructura que se sostiene sobre ese dolor ciego y remoto que Kawabata asume como su mayor fuente de inspiración.

La oscuridad de Kawabata es subjetiva pero también, una meditada expresión del miedo. El niño huérfano y perdido encuentra en la escritura una forma de expresión —la palabra me salvó del desastre absoluto, diría en más de una ocasión— y también, un símbolo de esa ruptura emocional e intelectual que le produjo ese ostracismo inevitable de la orfandad. En Cartas a mis padres (obra escrita entre 1932-1935), Kawabata analiza una idea sobre si mismo a mitad de camino entre el drama íntimo y algo más amplio. Una percepción sobre la angustia a mitad de camino entre la amargura y la melancolía: «Padre y madre, que hicieron de mí el hijo de mi abuelo, ¿no me habrán transmitido una sangre demasiado pura? Nadie en el mundo más que ustedes me dio el don de sumergirme en el éxtasis de la nada […] Han mu**to sin haberle dejado a su único hijo ningún elemento para recordarlos». Para Kawabata, la memoria no es otra cosa que una amplísima reivindicación de la identidad. Un mito privado que se construye a trozos incompletos de historias que nunca encajan de la manera correcta. El escritor, asombrado por el abismo de su dolor pero también por esa búsqueda incesante de un símbolo que lo defina, encuentra en su talento narrativo el consuelo y más allá de eso, un planteamiento íntimo sobre su propio mitología.

Pero para Kawabata, la oscuridad no es sólo espiritual: el Japón de su época —represivo y obsesionado con lo tradicional— parece abarcar otro tipo de penumbra, tan inquietante y abrasiva como la interior. Un marco fantasmal que abarca y reconstruye el natural talento creativo de Kawabata en otra cosa. Este Japón en penumbras, que avanza entre las sombras de un dolor milenario para mirarse a través de sus pequeños dolores y achaques es una fuente inagotable de inspiración para Kawabata, que reflexiona sobre la paradoja de ambas visiones del sufrimiento en cada una de sus historias. Se trata de una percepción que compartió con su amigo Yukio Mishima y que este último resumió en una extraordinaria carta que elabora una teoría abrumadora sobre la belleza del dolor íntimo: «No se necesita el Elogio de la sombra de Tanizaki [otro gran escritor japonés] para saber que el Japón ha sido siempre, al pie del continente asiático, una llanura envuelta por al inmensidad de la noche […] No bien terminó su era, los dioses se replegaron en el corazón de la noche. Y nunca más improvisaron danzas exuberantes bajo el sol del mediodía». Una percepción sobre la tristeza nipona poética pero precisa y que Kawabata supo reflejar en sus noches de insomnio, plagadas de recuerdos y tristezas que reconstruyó como piezas de literatura de enorme valor emocional. Kawabata lo sabe y de hecho, lo asume como un elemento inevitable de su capacidad narrativa. Para el escritor narrar la oscuridad equivale a narrar la belleza, a construir una idea esencial sobre el asombro de la penuria y la angustia existencial inevitable: «Envidio cómo usted puede avanzar en su trabajo con tanta regularidad. A mí también me gustaría escribir cosas en las que pusiera toda mi energía, pero realmente no veo desde cuándo esto me será posible. En este momento estoy abatido por la melancolía», escribe a Mishima en el año 1945 y agrega: «Después de que haya terminado, bien o mal, un trabajo que es una verdadera tortura, y que me hace aumentar la desesperación, espero recobrarme pronto. […] Me gustaría encontrar algún modo de cambiar mi manera de trabajar».

Kawabata construiría todo un estilo literario a partir de esa noción de la soledad inevitable, la angustia ante la muerte, la búsqueda de la belleza y sobre todo —un elemento desconcertante para su época y su cultura— la atracción por la psicología femenino, punto culminante en la mayoría de sus obras. La mezcla de la percepción sobre el miedo, la tristeza y algo más sutil fueron temas a los cuales giraron sus libros Yukiguni (1948; País de nieve), Yama no oto (1949–1954; El clamor de la montaña) y Nemureru bijo (1961; Bellas adormecidas), obras de plenitud artística que lo hicieron merecedor, en 1968, del Premio Nobel de literatura. Pero Kawabata nunca pareció muy obsesionado con la fama y el reconocimiento: en realidad toda su perspectiva sobre la literatura parece basarse en realidad en una búsqueda consciente sobre un delirio doloroso. Un recorrido desigual a través una percepción muy clara sobre lo que anhela, lo que jamás obtendrá y perderá sin lugar a dudas como sacrificio ritual al momento de construir una construcción literaria consistente. Kawabata, escritor pero también reflejo de su época, parece avanzar entre una síntesis de los valores de una cultura opresiva y su propia claustrofóbica sobre sí mismo.

Esa oscuridad visible se encuentra en toda la obra de Kawabata, en una especie de vinculo entre las historias que muestra como espejos de una angustia interior inabarcable. Lo está en el despliegue de personajes de sus novelas y cuentos, que avanzan en desorden pero siempre con una gracia infinita hacia el desamor, la angustia existencial no resuelta y la aridez emocional. Se hace muy evidente y agudo en las corrientes eróticas que sostienen esa particular visión del escritor sobre la pérdida y la melancolía. Ese desamparo elemental que sus personajes heredan del escritor huérfano, de una historia personal que sostiene y distorsiona toda percepción sobre la bondad, la maldad y el miedo que subyace en el abandono. Kawabata, en la absoluta soledad de su historia personal, parece más consciente que nadie de esa pérdida fragmentada, se espacio en blanco que construye a partir del desarraigo. «Normalmente, para todo ser humano, los padres deben ser la fuente más rica y más preciosa de recuerdos, pero para mí no hay nada», dice el escritor en otra de sus cartas a Mishima y asombra el conocimiento profundo de su propia naturaleza ambigua. Esa necesidad de dotar de voz y forma las infinitas variaciones del desencanto y la angustia sobre las que el escritor reflexiona en su obra.

La última novela que el Kawabata publicó en vida se tituló Lo bello y lo triste, toda una declaración de intenciones sobre su necesidad obsesiva de asumir el dolor como parte de su percepción sobre lo misterioso y lo ambivalente. Para Kawabata nada es sencillo: la crueldad es parte de cada elemento engañoso en un paisaje emocional disperso. La belleza queda a mitad de camino entre lo que sugiere y la oscuridad perenne que elude toda explicación. Hay una mortificación insistente en esa búsqueda de lo hermoso —que jamás se cristaliza— y esa noción sobre la lenta caída en el desastre. Para Kawabata —melancólico, pesimista, hijo de una oscuridad sincera— esa belleza imprescindible, esa fina intuición sobre el desastre resulta imprescindible pero sobre todo, es una forma de arte en sí mismo. Una percepción más real que la realidad, un n**o entre la belleza y la tristeza que construye quizás el mayor legado del escritor: un vacío existencialista incapaz de ser redimido pero que aún así, continúa siendo seductor e inabarcable. Un signo de la desdicha, la tristeza y más allá de eso, una metáfora de la fragilidad del hombre perdido en su propia oscuridad.

AGLAIA BERLUTTI

Luciano Lahiteau visitó el museo-memorial de Kawabata, en Ibaraki, una ciudad anodina en las afueras de Osaka: es allí d...
14/03/2018

Luciano Lahiteau visitó el museo-memorial de Kawabata, en Ibaraki, una ciudad anodina en las afueras de Osaka: es allí donde se crió el primer Premio Nobel japonés, nacido el mismo año que Nabokov, Borges y Hemingway. A partir de ese recorrido, una reconstrucción de la vida del autor de País de nieve, que siempre regresaba a sus propios libros. Para reescribirlos.

Ph | Tadahiko Hayashi
Por Luciano Lahiteau.

La estación Ibaraki de la JR Kyoto Line no tiene nada de especial. Un techo de zinc, butacas plásticas, máquinas expendedoras de bebida y carteles que anuncian trenes a Senrioka, en dirección a Osaka, la segunda ciudad más grande de Japón; o hacia Settsu-Tonda, en dirección a Kioto, la vieja capital imperial, distante unos 50 kilómetros al noroeste. Nada que indique que cien años atrás, en esta localidad del conurbano más conflictivo de la isla oriental, Yasunari Kawabata empezaba a desprenderse de aquel joven de predestinada soledad y erotismo reservado de Diario íntimo de mi decimosexto aniversario, para regresar, con el tiempo, a través de los hilos de la melancolía.

Kawabata nació en el barrio osaqueño de Kita-ku, en el curso de 1899, el mismo año que Nabokov, Borges y Hemingway. Su casa estaba frente al santuario Tenmangu, en un edificio que ahora ocupa el restaurant Aioiro. Una placa conmemorativa recuerda que allí nació el primer japonés en obtener el Nobel de literatura. Y allí vivió hasta que la tuberculosis tomó la vida de sus padres (Eikichi, médico y poeta; Gen, ama de casa) dejando a Yasunari, de solo 3 años, a cargo de sus abuelos maternos. Los ancianos lo recibieron en su casona del suburbio de Toyokawa Oaza; que en 1948 fue refundado como Ibaraki, que significa “árboles silvestres” o “espinosos”. En esta ciudad Kawabata tiene una avenida con su nombre, un monumento de piedra que reza “hazte amigos a través de la literatura”, y un Hall Literario Municipal que conserva 400 objetos suyos y una réplica exacta de la sala de escritura que tenía en su solar de Kamakura. También en Ibaraki sobreviven dos de las librerías que Kawabata frecuentaba en su juventud: Toratani Seiseido, que dejó su local a la calle a una tienda de todo por 99-yen y se mudó al primer piso; y Horikokyokudo, cerca de su escuela secundaria.

Poco después de llegar a Ibaraki, Kawabata perdió a su abuela. Era 1906. Y a Yoshiko, su única hermana, en 1909. Ellas inspiraron sutilmente varios de los personajes femeninos de Historias en la palma de la mano, el complejo de relatos brevísimos que se editaron al final de su vida. Esos personajes tienen algo de intangibles, como si fueran fantasmas. Los siguientes ocho años los pasó con su abuelo, un anciano ciego que recitaba versos antológicos, escuchaba música tradicional y hacía de su nieto el habitante mudo de los recodos de su memoria, donde anclaba el pasado mestizo de la bahía de Osaka, el lugar por donde ingresaron a Japón las culturas china y coreana, el budismo y el sintoísmo. Es en este clima subtropical, de verano agobiante e invierno condescendiente, tan distinto al escenario blanco de País de nieve, donde Yasunari ejercitó su ojo de francotirador para la descripción y tiznó a sus escritos de “una suave melancolía”, como escribió su traductor argentino Alberto Silva. En Hogar (1928), uno de los relatos para el cuenco de la mano, un viejo que ha perdido la vista dice: “Un ciego conoce todos los escondrijos de su casa. Está tan familiarizado con ella como lo está con su propio cuerpo. Para un vidente, una casa es algo mu**to, pero para un ciego está viva. Tiene una pulsación”. Kawabata remedió la inexistencia de grandes historias con la significación de lo minúsculo y el uso de la sugerencia como reactivo del suspenso y la acción.

Ibaraki, ciudad gris y anodina, se convirtió en el lugar donde forjó su sensibilidad transparente y su onírica percepción de la belleza. Diario íntimo… es el reflejo del alumbramiento literario de Kawabata, que fue un estudiante destacado de la Primaria Toyokawa y uno sobresaliente en la Escuela Media de Ibaraki, donde era protegido del profesor de lenguas Ninichiro Kurasaki. Kurasaki sería otra pérdida importante para Kawabata. Mientras cursaba quinto año, el profesor falleció y él sintió que debía despedirlo con loas. Kawabata escribió un texto para el funeral, donde lo leyó. El obituario se convertirá en su primera publicación: el periódico local Danran lo incluyó en su edición de marzo de 1915 con un título que daba pistas sobre el carácter melancólico de su joven autor: “Llevando el cofre de mi difunto maestro sobre mis hombros” (Kuraki Sensei no Soshiki).

De pronto, y sin todavía haber cumplido los 18, Kawabata se había convertido en escritor. Enseguida aparecieron firmas suyas en diarios y revistas, los formatos que años más tarde serían soportes de las entregas de novelas como La pandilla de Asakusa o País de nieve. En Ibaraki, el diario Kehian Shimpo publicó poemas y narraciones cortas como “Noche de nieve ligera” (Awayuki no Yoru) o “Taza de té púrpura” (Murasaki no Chawan), de las que se conservan recortes en el Ibaraki Municipal Kawabata Literature Hall.

En el número 2-11-25 de Kamichujo, Ibaraki, el edificio se yergue con ladrillos a la vista al estilo británico y con placas en idioma japonés. Adentro, el director Terumi Takahashi se preocupa porque los visitantes pasen un tiempo agradable y aprovechen a ver el Templo Gobo, donde Kawabata pronunció el discurso de despedida para Kurasaki. La sala principal del Hall tiene ediciones en varios idiomas de El maestro de Go o Lo bello y lo triste. Hay fotos de un joven y delicado Yasunari Kawabata junto a sus compañeros de escuela, correspondencia y ejercicios de caligrafía con kanjis antiguos, además de primeros bocetos e ideas sueltas. Apenas retazos del célebre continuum creativo de Kawabata, que volvía constantemente sobre sus textos para reescribirlos.

Al rodear la sala aparecen un mapa de Ibaraki con los mojones del paso del escritor por la ciudad y una vitrina más, con la versión completa de su discurso de aceptación del Nobel, algunas fotos de aquellas noches en Estocolmo y otras en el Louvre de París con su esposa Hideko, una de ellas suscripta con una cita de Paul Cézanne, además de un volumen de Baudelaire firmado por el propio Kawabata. La última sala es un diario fotográfico del rodaje de la primera adaptación al cine de La bailarina de Izu, en la que Kawabata supervisó el guión. Y luego, en la pausa de un pasillo oscuro, la maqueta del solar que se hizo construir en Kamakura, la ciudad costera donde eligió vivir a partir de 1935, como preámbulo al recinto que imita la habitación donde Kawabata escribió todas las obras de su madurez. Allí los visitantes se sientan en posición de loto, miran frente a sí el ploteo de un jardín, e improvisan, sobre el escritorio bajo y con pluma, una frase de recuerdo para ellos mismos.

Kawabata se graduó en 1917 y partió de Ibaraki rumbo a Izu, un archipiélago de islas volcánicas. En ese viaje se inspira su primer libro, La bailarina de Izu, de 1926, y su relación con Kiyono, un amor platónico con quien estará en contacto por muchos años, como ha quedado constancia en Correspondencias (1945-1970), publicado en 2003. Kawabata le decía a Kiyono que la excitante y cada vez más occidentalizada capital se le antojaba un lugar donde “vivir una experiencia” y hallar “algo nuevo”.

Con el despertar de la década del ‘20, Yasunari se estableció en la capital y se puso en contacto con el grupo literario de Kikuchi Ken. La Escuela de la Nueva Sensibilidad (Shinkankaku Ha) anestesió la observación naturalista y atemporal del haiku y empujó a Kawabata a un nuevo compromiso con la realidad y al frenético ritmo de las urbes del siglo XX. Escribió crítica literaria y como los expresionistas europeos, puso en La pandilla de Asakusa toda la vibración sexual e irreverente de la juventud que vivía al ritmo del jazz.

Según Juan Forn, Yasunari leyó en aquellos años algunos libros europeos como La montaña mágica de Thomas Mann y el Ulises de James Joyce, al menos las partes traducidas en revistas locales. “Pero el fermento occidental que más lo influyó fueron sin duda las películas que veía en los cines del Sexto Distrito, las publicaciones radiales y gráficas que ensordecían a la ciudad, los modismos y costumbres que los compatriotas de su edad adoptaban como propios”.

Ya como estudiante de la Universidad Imperial de Tokio en lenguas japonesas (a las que abrazó luego de un primer intento con la literatura occidental), entró en contacto con Yokomitsu Riichi, Kishida Kunio y Nakagawa Yoichi, con quienes editó Bungei Jidai, una revista que buscaba capturar la idea de que la vida era dinámica e individual y debía ser traducida al papel en “impresiones sensibles inmediatas”.

Después del frenesí moderno de los ’20 y del espanto de la Segunda Guerra Kawabata dijo que de allí en más solo escribiría elegías y se fue de Tokio, a la que vio hundirse en las llamas y renacer. A pesar del halo zen de su obra, nunca vivió en Kioto ni pasó mucho tiempo allí. Vivió unos meses en Ueno, y como otros autores del movimiento moderno de las letras japonesas, se mudó a la villa costera de Kamakura, al sur de Yokohama, donde inició el camino de regreso a lo que la Academia Sueca llamó “maestría narrativa que expresa con sensibilidad la esencia de la mente japonesa” y que se asienta, más bien, en la revisión de elementos tradicionales como el misterio (yugen), el vacío (ku) y la pausa (ma).

Volvió a Ibaraki dos veces. La primera en 1965, cuando la Escuela Media cumplió 70 años. Y la segunda en 1969, un año después de recibir el Nobel y dos antes de suicidarse, como invitado de honor para la inauguración del Hall Literario que solo vende postales de uno de los ejercicios caligráficos preferidos de Kawabata. Es parte de un poemario antiquísimo cuyos kanjis, juntos, significan concentración de corazón y mente, cuerpo y alma en uno solo.

SEGUNDO FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES."KAWABATA"Nos agrada invitarlos al SEGUNDO FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES.LOS SÁBAD...
08/03/2018

SEGUNDO FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES.
"KAWABATA"
Nos agrada invitarlos al
SEGUNDO FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES.
LOS SÁBADOS 10, 17 Y 31 DE MARZO.
En nuestro espacio. Vicente el Absurdo. Julián Álvarez 1886
FECHA DEL 10 DE MARZO A LAS 18 HS. contarán:
Diana Araceli Otero Propato, José Jose Arruabarrena, Maria Ester Chiodi, Teresa Fernandez, Elsa Leibovich, Pedro Parcet
"Trabajamos en grupo, abrimos puertas a quienes quieran participar, tenemos el anhelo de aprender y compartir"
Los esperamos.
entrada libre.
Pueden visitar www.talleresdenarracionoral.com
Allí hay fotos, notas y muchos cuentos!

31/08/2017
ESSENNA PRESENTA:PRIMER FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES"KAWABATA"Encuentro de Cuentos de autores y tradición oral.8 DE JUL...
04/07/2017

ESSENNA PRESENTA:
PRIMER FESTIVAL DE CUENTOS JAPONESES
"KAWABATA"
Encuentro de Cuentos de autores y tradición oral.

8 DE JULIO 17.30 HS.
EN VICENTE EL ABSURDO
JULIÁN ÁLVAREZ 1886

KEIKO KURATSU
GRACIELA SÉNECA
ANABELLE CASTAÑO
ALEJANDRA SEGURA
Entrada libre

Un encuentro con cuentos japoneses y cultura.

"Lo que llamamos pasado no es propiedad de nadie. Pero si me presionaran a decir algo diría que tal vez sólo ejercemos propiedad sobre las palabras presentes que cuentan el pasado"
KAWABATA YASUNARI

Los esperamos!!!

Un cuento para compartir
https://talleresdenarracionoral.com/cuento-africano-mauritania/cuentos-de-autores/yasunari-kawabata-cuentos/yasunari-kawabata-canarios/

Proverbios japoneses para compartir
https://talleresdenarracionoral.com/fotos/1241-2/

El siguiente texto perteneciente a Yasunari Kawabata (1899-1972) fue publicado en el tomo sobre el Japón realizado por A...
21/01/2017

El siguiente texto perteneciente a Yasunari Kawabata (1899-1972) fue publicado en el tomo sobre el Japón realizado por Adolfo Tamburello para la colección Grandes Civilizaciones editorida por Mas-Ivars Editores S.L. en el año 1971.
Hace las veces de breve introducción a la cultura japonesa y enumeración de sus preferencias artísticas, como por ejemplo la novela “Historia de los Genji” que Kawabata estudió en su exilio voluntario en Manchuría durante la Segunda Guerra Mundial. Más allá que de los lugares y los textos sólo podamos tener vagas referencias como en los de sus novelas o cuentos, el tono su prosa nos acerca a ellos mediante la contemplación que absorbe tanto a los personajes como a sus lectores.
Yasunari Kawabata, fue el primer escritor de origen japonés galardonado en 1968 con en Premio Nobel de literatura, da testimonio de su virtuosismo y sensibilidad. Nació el 11 de junio de 1899 en Osaka. Su carácter ensimismado y solitario se vio agravado por la muerte temprana de sus padres, su única hermana, y sus abuelos antes de que cumpliera los 15 años. Sin embargo pronto encontró en la literatura un medio adecuado para hacer frente a la realidad. A partir la 1920 y hasta 1924, estudió en la universidad imperial de Tokio. Fue uno de los fundadores de la publicación Bungei Jidai (literatura contemporánea), el medio de un nuevo movimiento en literatura japonesa moderna, denominado neosensacionalistas, que preferían el lirismo y el impresionismo al realismo imperante en esa época. Fue en la novela corta, La bailarina de Izu, publicada en 1927, cuando Kawabata encontró su estilo personal muy influido por el budismo y la literatura medieval japonesa, presente en todas sus obras posteriores. Después de varios trabajos distinguidos con la novela El país de la nieve (1948) se ubica entre los más destacados escritores japoneses. En 1959, recibe la Goethe-medalla en Francfort. Autor de novelas, cuentos y ensayos. Entre sus obras podemos señalar: Mil grúas(1949-1952), El sonido de la montaña(1949-1954), El lago(1955), La casa de las bella durmientes (1961), El viejo capital(1962), la existencia y el descubrimiento de la belleza(1969) Fue un claro representante de la intelectualidad que quería permanecer fiel a la tradición en un tono esteticista, lírico y sentimental. Se suicidó el 16 de abril de 1972.

por Yasunari Kawabata

A un italiano, que se hallaba en nuestro país para realizar estudios sobre la literatura japonesa, le pregunté una vez qué es lo que más le llamaba la atención del Japón. “La abundancia de lo verde”, me respondió inmediatamente. Ante esta respuesta reconsideré el verde de mi país, desde luego mucha más abundante que el italiano, y posiblemente más que el de cualquier otro país de Occidente. El verde japonés es menos luminoso, más acuoso y más pálido en comparación con el de Europa o de los países del Sur; pero, al contemplarlo más de cerca, nos damos cuenta de que un color tan rico en matices, tan delicado en sus infinitas tonalidades, es quizá único en el mundo. Podemos apreciarlo observando las hojas apenas nacidas en primavera, o las hojas que cambian de color en otoño. En efecto, el Japón es acaso el país, cuyas variedades de árboles y de flores son las más numerosas del mundo. La belleza de esta tierra no depende exclusivamente de la abundancia de árboles y flores, sino también de la amenidad de los paisajes montañosos, de la fascinación de los ríos y de los mares, y de la exquisita e insólita variación de sus estaciones. La sensibilidad japonesa ha estado siempre condicionada a este clima, a este sugestivo ambiente natural. De aquí nació el arte y las religiones de este país.
El mausoleo del emperador Nintoku (s. V), cuyas dimensiones superan las de las pirámides egipcias, es una colina rodeada de un foso, adornada con hermosas hileras de árboles y con bosques enteros. No hay una construcción arquitectónica; aquí todo lo expresan los árboles. Igualmente el grupo de las tumbas antiguas en la zona de Saitobaru, en la isla de Kayushu, es una aglomeración de colinas. El santuario de Ise (anterior al s. VIII), considerado como ejemplo típico del gusto de los japoneses por la pureza y la sencillez, y el templo de Toshogu de Nikko, construido en el 1636 (un triunfo de la habilidad artesana, con sus colores chillones), ambos se encuentran en la montaña, en el centro de una vasta extensión de bosques, en el seno de la naturaleza. El ilimitado espacio que rodea los templos representa el recinto sagrado: puede decirse así que el mismo paisaje es el templo. De hecho en el antiguo Japón, las montañas elevadas, los grandes bosques, las cascadas, las fuentes, las rocas, las piedras y hasta los árboles viejos, eran considerados como divinidades o imágenes de la divinidad. Esta creencia subsiste aún hoy en las tradiciones populares. Las rocas de Futamigaura en la bahía Ise, la cascada de Nachi en Kunamo son ejemplos de esto. El templo Itsukushima de Miyajima (s. XII), que parece flotar en el mar de Seto, y el de Hakari-do (1124), la llamada capilla “de las luces” por estar totalmente cubierta de oro, en Chusonji, son obras maestras de la arquitectura del período de transición desde la época del gobierno imperial de Heain (794-1194) hasta la del régimen militar de Kamakura (1192-1333), cuando el gusto por la elegancia propio de la capital Kyoto iba difundiéndose en las remotas regiones del Este y el Oeste. Estos dos tesoros de la arquitectura se elevan en lugares relacionados con el Heike Monogatari, el drama histórico del s. XIII amado con nostálgica ternura por el pueblo japonés, en el cual se narra la caída de la estirpe de los Taira (1185) y la muerte de Yosh*tsune Minamoto. El que visita estos templos recuerda inevitablemente los episodios que se describen en las composiciones épicas de la Historia de los Heike y de la Vida de Yosh*tsune (Gikei-Ki, s. XV).
Los lugares que recuerdan hechos históricos, leyendas o gestas legendarias, se llaman en el Japón uramakura, esto es, “referencias poéticas” , y se celebran con las diversas formas poéticas tradiciones, como el tanka y el haiku. Las peregrinaciones de los literatos a estos sitios son luego inmortalizadas en sus diarios de viajes. Hay ejemplos en que la literatura da vida a otros utamakura, como ha sucedido para los lugares descritos en la Historia de Ise (Ise Monogarati, s. XV) o en los Senderos del norte (Oku-no-Hosomichi, 1689) de Bashô.
El Japón tiene una pequeña superficie, lo cual ha contribuido a la rápida penetración de la civilización en todos los ángulos del país; así es como, por todas partes, se encuentran lugares unidos a hechos históricos, leyendas y obras de arte, inmersas todas en la naturaleza. El Palacio de los Congresos Internacionales, recientemente erigidos en Kyoto, está también rodeado de verdeantes colinas, a espaldas de la antigua capital, en un delicado paisaje de noble elegancia. Me parece que también aquí puede apreciarse una manifestación del espíritu japonés.
Más que la habilidad de los artistas consumados, que se manifiesta con incomparable primor y destreza en obras arquitectónicas, como la capilla dorada de Hiraizumi o el mausoleo de Toshogu de Nikko, algunos ha preferido contemplar la esencia vital de la naturaleza, leer los misterios de la vida humana y alcanzar el espíritu religioso en el jardín de piedras de Ryoanji (s. XV), o en los edificios y el jardín de la villa imperial de Katsura. Estos les ha sucedido a los occidentales amantes de la civilización de este país, y puede darse igualmente con los actuales japoneses; éste es su modo de interpretar nuestra tradición artística.
Preferir el teatro No Kabuki, la pintura con tinta negra a la de colores, las cerámicas de las tonalidades obtenidas por los hornos de Shino y de Karatsu a las porcelanas de brillantes colores y de superficie lisas como las de Nabeshima y las de Imari, la seda tsumugi, rústica y severa, a la mórbida yuzen con diseños y bordados multicolores, y declarar que ésta es la producción que más típicamente representa al Japón, es una tendencia que ya existía en tiempos antiguos en el corazón de este pueblo, no una invención reciente debida al budismo zen o al espíritu de la ceremonia del té. El gran poeta Bashô dice: “El mismo hálito vital anima la pintura de Sesshû (1420-1506), las poesías renga de Sôgi (1421-1502) y el rito del té introducido por Rakyû (1521-1591)”. Es cierto, pero esta comprobación me infunde pánico. Sesshû llevó a la perfección la pintura con tinta negra. Sôgi la poesía renga y Rikyû el rito del té, mientras que la poesía haiku llegó a su punto culminante en las obras de Bashô. La Historia de los Genji, novela escrita a comienzos del s. XI, aún hoy no tiene igual en toda la literatura japonesa. En el género waka, entre diversa formas poéticas, las mejores obras se encuentran en las antologías Manyôshû, del s. XIII, Kokinshû, del s. X, y Shin-Kokinshû, del s. XIII. La cumbre de la escritura de carácter sagrado se alcanzó en los períodos Asuka (552-707) y Tempyô (729-749), al paso que la pintura religiosa y la orfebrería conocieron su mayor gloria en el período Heian (785-1185). Las enseñanzas del budismo zen se perfeccionaron en la época de Kamakura (1185-1333), mientras que los productos más apreciados de la cerámica nacieron de las manos de los maestros de la época Monoyama (ss. XVI-XVII). El Hôry-ji (s. VII), la construcción de madera más antigua del mundo que ha quedado en pie hasta hoy, es una joya de la arquitectura sagrada.
A tiempos aún más lejanos se remontan vasos y figuras humanas de terracota llamadas haniwa, que exhalan el gentil perfume de inocencia y sencillez, que caracteriza el período Yayoi (s. III-II a.c. ss. II-III d.c.). Pero aún con anterioridad se habían producido vasos y figuras de una violenta plasticidad viril, acaso monstruosa, que supera toda imaginación de la escultura abstracta de la actualidad. La transición desde este período violento, llamado Jômon, al período siguiente, Yayoy, puede compararse a la transición desde el período viril Nara ala gentil y florida civilización del período Heian. El refinamiento aristocrático, el espíritu del mono-no-aware (esto es, la búsqueda de una armonía contemplativa ante la conciencia de la caducidad del mundo), son, efectivamente, un elemento constante en el filón de la estética japonesa; no obstante, ésta tendrá que pasar aún a través del vigor del período Kamakura, de la suavísima seriedad del período Muromachi y de las graciosas y alegres florituras del Momoyama y del Genroku (1688-1704) antes de llegar a nuestros tiempos, a cien años de la importación masiva de la civilización occidental.

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