29/03/2023
MESA DE TRABAJO // Hay muchos objetos en mi mesa de trabajo. Paso varias horas por día sentado a mi mesa de trabajo. A veces desearía que estuviera todo lo vacía posible, Pero con mayor frecuencia prefiero que esté atestada, casi hasta el exceso.
Ordeno a menudo mi mesa de trabajo. Ello consiste en poner todos los objetos en otra parte y en recolocarlos uno por uno. El problema consiste entonces en decidir si tal objeto debe estar o no en la mesa (luego será preciso hallarle su lugar, pero ello no suele ser difícil).
Este ordenamiento de mi territorio rara vez se realiza al azar. Coincide en general con el principio o la finalización de un trabajo determinado; se produce en medio
de esos días flotantes en que no sé si emprenderé una tarea precisa o me limitaré a actividades de repliegue: agrupar, clasificar, ordenar. En esos instantes sueño con
un plan de trabajo virgen, intacto: cada cosa en su lugar, nada superfluo, nada que sobresalga, todos los lápices bien afilados, todos los papeles apilados, o, mejor aun, ningún papel, sólo un cuaderno abierto en una página en blanco.
Más tarde, cuando mi trabajo avanza o se atasca, mi mesa de trabajo se llena de objetos a veces reunidos sólo por el azar (secador, metro plegable), o bien de necesidades efímeras (taza de café). Algunos permanecen varios minutos, otros permanecen varios días; otros, al parecer llegados de un modo bastante contingente, se instalan de manera permanente. No se trata exclusivamente de objetos relacionados con un trabajo de escritura (papel, artículos de papelería, libros) ; algunos se relacionan con prácticas cotidianas (fumar) o periódicas (dibujar, hacer solitarios, resolver rompecabezas), con manías tal vez supersticiosas (poner al día un pequeño calendario con botonera) o no asociadas con ninguna función en particular, sino tal vez con recuerdos, con placeres táctiles o visuales, o con el mero gusto por las chucherías (cajas, piedras, guijarros, florero). Georges Perec