29/09/2023
LA MALDICIÓN DE DELOS
Y a veces,
una sombra de efebo intangible, fugaz,
roza la cima de tus montes.
Konstantino Kavafis
Un mediodía recio, ventoso, el turista arriba a la sagrada isla de Delos. El ferry que había zarpado esa mañana desde el puerto de El Pireo a tientas logra anclar entre el turbulento oleaje que se sacude contra la pequeña dársena. El mar es de un profundo azul veteado con puntas espumosas que lo asemejan a un tupido campo de algodón. Las olas en tanto agitan y menean fuertemente a la embarcación y los escasos pasajeros logran descender bajo las ráfagas de una feroz ventisca que amenaza con expulsarlos de la isla. Al turista no le sorprende. Tampoco parece llevar prisa.
En la travesía desde cubierta había observado las pequeñas islitas grises, montículos de rocas erosionadas por los irreverentes vientos del Egeo. El fulgurante contraste de luces rebotando desde las rocas hacia el mar le confería un brillo desolado a cada islote, insinuados en breves peñascos, en tacos prominentes de flotantes suelas rocosas. Pero la hilera de islitas se sucedía una tras otra interrumpiendo la visión de un permanente mar abierto. Apenas se dejaba una atrás comenzaba a aparecer la siguiente con alguna forma inesperada y sombríamente punzante. Así debió ocurrir -pensó el turista- la Odisea de Ulises, bordeando contorsionados muros de piedra, serpenteando riscos, agitada su embarcación por aquellos fuertes vientos capaces de quebrar los músculos de sus más bravos remeros.
El turista radiografiaba aquel paisaje platinado. La sal golpeando en sus ojos le tendía un velo brumoso que no empañaba sin embargo las imágenes recreadas en su mente, alimentadas de mitología y leyendas. Sintió que todo aquello lo conocía de antemano, que en una vida pasada su cuerpo había estado allí presente, acaso en forma de roca, de planta o mineral, daba lo mismo; ansiaba ser parte de aquel paisaje, subsumirse en cualquier partícula que lo corporizara y lo devolviera a su remoto origen, a la molécula más elemental de aquel microcosmos.
Los días previos al embarque disfrutó recreando imágenes extraídas de los libros de historia que resaltaban la grandeza de la Grecia antigua. A través de ellas pudo calcar en su retina las imágenes que mostraban las figuras del Partenón, del monte Lycabettus; recordaba incluso que desde su cima podían contemplarse la isla de Salamina y la cuenca entera del Ática. Pudo en un instante imaginar el humeante espectáculo de las naves persas incendiadas y embestidas por la furia de los trirrenos atenienses y a las tropas dispersas de Hipias en la llanura de Maratón, despedazadas por la carga de los hoplitas bajo el comando del valiente Milcíades.
Ahora la realidad volvía a situarlo en su viaje del día anterior a través del funicular, trepando el empinado trayecto para llegar al imponente Lycabettus. Estaba un tanto ansioso por embarcar al amanecer desde el Pireo, hasta no hacía mucho un lugar inhóspito, habitado por viejos astilleros, con su característico olor a pesca, desdeñado por las urgencias de una ciudad en vías de modernizarse. El espectáculo luminoso que podía observarse desde la cima del monte le pareció la cumbre del paraíso, la meseta central del mundo antiguo. Toda Atenas sucumbía ante esa vista majestuosa que desde siempre ha arrancado suspiros a turistas y visitantes. Hacia cualquier punto que dirigiera su mirada podía ver luces en profundidad que dimensionaban aquella ciudad que parecía detenida en el tiempo; y sin embargo, todo allí transcurría a una velocidad tal que tornaba imposible retener por mucho aquella magia, donde la luna repartía sus destellos entre los edificios más nuevos y las ruinas de un pasado que parecía aun estar vivo, atrapado entre moléculas de piedras y silencio.
Aquel mediodía sofocante el turista transitó por las calles zigzagueantes del barrio de Monastirakis. Sorteó ese sol plomizo esquivándolo bajo los toldos de tiendas y posadas, husmeando en los escaparates, pretextando comprar suvenires entre sonrisas amables que sustituían preguntas incontestables, que intentaban enhebrar un lenguaje gestual por toda comunicación. Tras promediar una hora de caminata trepó por una callejuela que lo condujo directamente hacia unas escalinatas y desde allí hasta un caserío que culminaba en un pequeño mirador. Desde ese lugar tuvo a su merced la amplia panorámica de la ciudad. En línea oblicua vio erigirse el Partenón así como sobresalido de una antigua postal. El sol le acentuaba ese gris reseco a cada piedra que aún yacía en pie, incólume ante la aridez del entorno, como si bordeara una enorme estatua erigida en oro y sal. Tras un breve reparo descendió por las mismas escalinatas y buscó una mesa que ofrecía un pequeño restorán en una vereda por demás estrecha. No tardaron en traerle pan, vino, aceitunas y una jarra con agua. Supo entonces que en Atenas, como anticipándose al deseo de cada sediento acostumbran darla sin necesidad de pedirla. Se quitó su ridículo sombrero -un bombín de mimbre surcado por una cinta negra algo pasado de moda- y lo colgó en la silla. Después se escurrió con una mano la transpiración de la frente. Al rato le trajeron musaka, pepinos frescos con eneldo y queso agrio para comerse todo con hambre furibunda y beberse de un saque el vaso entero de vino. Abrió la guía de viaje que llevaba en su bolso y buscó en el mapa callejero el punto exacto de su ubicación tomando por referencia la no muy distante plaza de Sintagma. El calor era agobiante. Buscó a continuación un mapa de las Cícladas donde tenía marcado el itinerario naviero programado: Tinos, Mykonos y la isla de Delos por destino final. Confió animado en que las primeras horas del día mitigarían aquel insoportable sol de junio.
No pasaron unos pocos minutos cuando un hombre encorvado, con barba hirsuta, ojeras pronunciadas y mirada ausente se sentó en una silla contigua. El hombre estiró el cuerpo contra el respaldo, extendió los brazos sobre la mesa y lentamente volvió a enderezarse. Parecía ensayar una maniobra gimnástica aunque tales movimientos en verdad eran realizados con dedicado sosiego, hasta con cierta premeditación. Parecía un felino desperezándose presto a iniciar una cacería tras un largo reposo. Finalmente apoyó los codos en la mesa y reposó el mentón entre los puños cerrados en una actitud pensante. Sus ojos apuntaban al vacío y esa pose acodada lo convertía en una suerte de alegoría del filósofo, la estatua de Sócrates, o bien Epicuro en una actitud circunspecta tallada en mármol o granito. Se dirigió imprevistamente hacia el turista mirándolo de soslayo en principio y luego pronunciando palabras extrañas seguidas de un ligero balbuceo, acaso advirtiendo la total falta de comprensión de su interlocutor. Después calló por unos instantes. Seguidamente torció el cuello y giró el cuerpo mirándolo directamente a los ojos. La mirada del hombre estaba cubierta por un velo de oscuridad, como si desde el fondo de una caverna proyectase fuego a través de dos antorchas a punto de extinguirse. El hombre sonrió brevemente y a continuación se contrajo en una mueca seria, se levantó de la silla y se paró frente al turista que comenzaba a observarlo con franca extrañeza. El hombre esta vez no habló pero apuntó directamente con su dedo índice hacia el mapa desplegado que tenía el turista en el punto exacto donde figuraban las Cícladas. Después, más precisamente, dio tres golpecitos breves sobre el minúsculo punto geográfico en el que se situaba la isla de Delos. El turista alzó la vista del mapa y miró hacia los ojos del extraño que ahora parecían vacíos. El hombre aparentaba haber cruzado todo límite de tiempo y edad, como si procediese directamente de otra época. Olía a una mezcla de mar y azufre, a vino rancio, avinagrado, a algas, a libro enmohecido, a madera de barco, a flores secas. Su rostro se mostraba impávido pero su índice seguía apretando aquel punto diminuto en el mar a modo -podía adivinar el turista- de una letal advertencia. Mantenía la boca entreabierta y balbuceaba palabras entrecortadas al tiempo que sus ojos comenzaban a agrandarse como si estuviesen frente a un peligro conocido e inminente. De repente quitó su mano del mapa, la retrajo hacia el pecho y la restregó junto a la otra como si intentase sanarla de un viejo dolor, como si desease purificarla de un profundo mal. En seguida su cuerpo comenzó a columpiar en pequeños giros como poseído por una extraña ebriedad y al salir de ese breve trance, al emerger de aquella rara hipnosis, se vio agitado y confuso; miró a su alrededor y se sorprendió al ver al turista sentado que lo observaba atónito sin saber cómo reaccionar. El hombre comenzó a alejarse al tiempo que su cuerpo se mostraba aún más envejecido y su andar se tornó lento, monótono, exánime.
El turista pagó la cuenta y cuando se levantó de la silla sintió también que su cuerpo le pesaba, como si aquel hombre le hubiese arrojado su pesada carga sobre sus espaldas.
El sol pegaba ahora en los tejados cercanos y bajaba por los balcones de las casas de alto sembrando un surco de sombra por la diminuta calle. Todo invitaba a una siesta. El turista fue directamente al hotel. En la recepción no estaba la encargada pero las llaves de su cuarto yacían sobre el mostrador. Las recogió sin prisa. Se detuvo unos instantes a ojear algunos libros que estaban en una vitrina continua; novelas editadas en lengua inglesa sobre todo, unas pocas guías de viaje y una colección de poemas en griego de Konstantino Kavafis. Escondido tras una hilera de libros inclinados extrajo uno que le llamó la atención. El libro, en francés, llevaba curiosamente por título: “La malédiction de Delos”.
Sin pensarlo lo retiró del estante, lo guardó en su bolso y se lo llevó al cuarto. Encendió el ventilador de techo para romper el vaho que impregnaba la habitación y se recostó a ojear el libro con viva curiosidad. La leyenda de Zeus, quien para complacer los celos de Hera apartó a su amada Leto a aquella diminuta tierra flotante, para que nacieran allí sus hijos Apolo y Artemisa, era ambientaba por la suave brisa de las aspas del ventilador que crujían en un monótono vaivén. El mecánico zumbido podía confundirse con el rugir del oleaje, con una ventisca en mar abierto surcando la cubierta del barco en momentos en que se encaminaba a aquella pequeña, sagrada isla de Delos, con su templo de Apolo erigido y sus Leones guardianes de los tesoros de lo que alguna vez fuera una confederación de aguerridas ciudades lideradas por la pujante Atenas.
Aquella mañana el barco había surcado aguas movedizas, inquietas, coloreadas del humor inestable que los vientos de la zona suelen encresparle al mar. Pocos pasajeros permanecían en cubierta ya que la mayoría había preferido la comodidad del interior del ferry desde donde se podía estar a resguardo del amenazante temporal. Así, uno a uno fueron ingresando a la sala de estar, a los mullidos asientos, a las mesas del comedor evitando caer presa de la sugestión del bamboleo constante de la embarcación. El turista desafió el vendaval cuanto pudo aferrado a la baranda lateral de la popa observando las paredes grises de los islotes arremetidos por la fuerza del oleaje. Allí sintió vibrar su ser que iba corporizando cada partícula salina, cada vestigio de roca que el viento le arrojaba contra el rostro, cada sonido del mar cuando despliega su furia orquestal de timbales y de trompas.
Cuando el ferry hizo su primera parada los auxiliares de la compañía en tierra se acercaron para tender la explanada y ayudar a descender a algunos pasajeros que llegaban a su destino final. Los que seguían en tránsito comentaban azorados lo dificultoso de la travesía y se hacían preguntas sobre la continuidad del viaje. Otros podría afirmarse que trataban de permanecer en calma a bordo con la esperanza de una mejora del clima, al menos un respiro ante los fuertes vientos que venían sacudiendo la embarcación.
El ferry retomó su itinerario, costeó un islote explanado y se pegó a tierra firme la mayor parte del nuevo trayecto. En Mykonos descendieron otros pasajeros. Hubo un rumor de posible cancelación del próximo destino pero pronto fue disipado por un nuevo parte meteorológico que pronosticaba una leve mejora. Empezó de a poco a notarse que amainaba el temporal y fue cuando el ferry decidió retomar el rumbo hacia la isla de Delos. El barco comenzó a deslizarse lentamente por las planchadas aguas del puerto pero pronto se vio corcoveando entre el oleaje, hundiendo su proa para inundar toda la cubierta en cada arremetida y luego drenar el excedente de agua por sus comisuras laterales. Había un tenso silencio entre el pasaje que se había atrincherado en los asientos, salvo unas pocas personas que preferían ocupar las mesas en torno al buffet comedor.
En la hora aproximada que duró el trayecto no cesó el oleaje pero un cielo diáfano comenzó a abrirse de a poco dando paso al sol del mediodía. Aunque los vientos seguían soplando con bastante intensidad, las aguas abandonaban su color plomizo para tornarse azul plateadas. Unas pocas aves señalaban la proximidad de tierra y cierto afán por llegar alistó a los pocos pasajeros que yacían aun a bordo en torno a las salidas hacia cubierta. El amarre a la dársena fue dificultoso y exigió un largo forcejeo para arrimar la nave y asegurarla mediante la gruesa soga de anclaje al muelle. Los pasajeros luego descendieron a prisa y corrieron hasta la primera casilla de refugio desde donde se inicia la visita a la isla. El sol comenzaba a irradiar con mayor fuerza y el viento insinuaba deslizarse hacia la parte más elevada de la isla para encajonarse entre los edificios en ruina y las instalaciones del museo.
El turista se apartó del contingente buscando atajos y trepando por la ladera opuesta al circuito guiado. Restos dispersos de antiguas construcciones halló a su paso, caracolas disecadas cual vestigio de implacables crecidas del mar, trozos de mármoles de remotos santuarios en las inmediaciones de lo que fuera el foro público. No había hecho más de cien metros cuando una diminuta culebra le salió al paso zigzagueante, parecía amigable y temerosa al punto que huyó rápidamente hacia una mata de pastos secos que cubrían un montículo de piedras acantonadas. Siguió otro trecho y en lo alto pasaron dos cuervos renegridos de gran porte emitiendo fuertes graznidos que le hicieron al turista encogerse de hombros y agachar su cabeza. Tras el vuelo rasante las aves fueron a reposar sobre una columna mitad en pie, mitad derruida, en tanto observaban expectantes al turista que sin embargo siguió trepando hacia las ruinas que posaban en la parte más alta de la isla. De repente, a su paso, comenzaron a aparecer cientos de flores amarillas desperdigadas entre las piedras que abrían sus pétalos ante el calor de un sol radiante. Pronto toda la ladera estaba poblada de estas flores. El turista creyó escuchar también una música, tenue, pastoril, sumamente armoniosa que le iba acompasando su marcha. La asoció con el sonido de una lira aunque jamás había escuchado este instrumento. También oyó acoplarse flautines y flautas dulces para componer una melodía bucólica nunca jamás escuchada. Luego advirtió un rebaño de cabras, y otro de ovejas, y pastores arriándolas, y olores a especias, a incienso, a flores silvestres, a madreselvas, a laurel, a sudor animal, a piedra mojada, a cántaros, a trigo sesgado, a vides, y vio una flecha tallada sobre un trozo de mármol que le indicaba continuar su ascenso hacia el monte; y pudo ver repentinamente un arco y un pórtico y un ser luminoso cuya piel era de oro brillante, con su musculatura contorneada y en franca desnudez, cubierto apenas por una breve capa luminosa, y en una mano portaba la lira que momentos antes se había hecho sentir, y la cabeza del hombre estaba coronada de laureles, y brillaba, brillaba como un candelabro, como oro líquido, como una parte escindida del sol mismo. El turista se sintió en plena armonía, ráfagas de intensidad creadora flotaban entre la luminosidad y sones y poemas y palabras como flechas brotaban y caían ladera abajo y los ojos no alcanzaban a ver y los oídos no bastaban para escuchar ni la piel para sentir ni la mente para almacenar tanta fuerza arrolladora, tanta furia profanada, tanto misterio develado ni tanta claridad repentina. Nada ni nadie podría allí estar vivo excepto los mu***os, los mortales osados, los testigos inequívocos, los saqueadores del sagrado y ancestral silencio reinante.
El contingente de turistas iba regresando al barco en la medida que caía la tarde. El viento febril había cesado y el mar había aquietado su arrogancia. El ferry zarpó dejando una estela verdosa tras de sí y entonces la isla volvió a quedar desolada.
Al día siguiente cuando amaneció las tiendas comenzaron a abrir y a llenar de mercadería sus escaparates en el barrio de Monastirakis. Los cafés y los restaurantes sacaban sus pizarras a la calle y los puestos de suvenires empezaban a recibir la mirada de paseantes y de curiosos. Llegó el mediodía y el servicio de limpieza del hotel en que se alojaba el turista llamó a su cuarto. Nadie contestó. La camarera insistió varias veces hasta que desistió. Por la tarde la mujer encargada de la conserjería se preocupó y decidió telefonear al interno de la habitación, pero tampoco hubo respuesta. Llamaron a la policía local. El agente policial golpeó a la puerta, llamó en voz alta para que le abrieran. Aun así, nadie contestó. Llegó el cerrajero que al cabo de unos minutos logró forzar la puerta. Todos ingresaron a la habitación. Las aspas del ventilador giraban suaves. Un agradable aroma a perfume impregnaba el ambiente. Sobre la cama tendida había flores amarillas dispersas y un libro abierto que llevaba por título “La malédiction de Delos”. El bolso del turista estaba apoyado a un costado de la mesa de luz, junto a la guía de viaje y una antigua foto del Partenón. Sobre la alfombra del cuarto el policía vio un papel caído. Al levantarlo comprobó que era un billete de viaje y que pertenecía a una antigua línea de ferry que hacía años había dejado de operar. Estaba fechado “catorce de junio de mil ochocientos noventa y cuatro”.
Carlos Ruiz Radice
Leo ofreció a Apolo darle su instrumento musical a cambio de una pequeña flor amarilla, el último ingrediente que necesitaba para preparar la “cura del médico”. Apolo recogió una y de inmediato se la obsequió sin antes advertirle que cuidara de ella, pues no en vano era llamada “la maldición de Delos”