09/06/2021
Cada vez que veo un pan, recuerdo las calurosas tardes en Trujillo y a mi mamá amasando. Es su culpa mi amor y respeto por la comida. El pan es una de mis conexiones con el mundo. Del levado de la masa, aprendí la paciencia. Me recuerdo sentado en el piso frente al horno, mi madre fumando en la ventana, pidiéndome que me quitará del calor, que en la noche el sereno me haría daño. Después, el regalo. Un pedazo de pan recién horneado siendo remojado en una taza de café. La sonrisa de mi vieja depositada en mi primer bocado.
El pan siempre estuvo ahí: pan de jamón en navidad, rosca de reyes en enero, pan de guayaba cualquier sábado, acema carachera con panela y queso.
Incluso en mis días de hambre, el pan duro estuvo para refugiarme.
El último recuerdo que tengo de un pan en Venezuela es en una plaza en Mérida, sentado en banco al mediodía compartiendo a migajas, con un amigo de entonces, un pedazo de pan andino. En ese momento, que parece tan simple a la vista, está resumido mucho de lo que el pan significa en mi vida.
Les dejo este. De masa madre. 🍞