Anfibia nos propone un viaje a través del imaginario y el recuerdo de una mujer que se sienta a escribir en escena. Al comienzo vemos una página en blanco que inquieta, pero que rápidamente es invadida por el aluvión de imágenes que surgen de la memoria y el pensamiento de la que intenta escribir. En su imaginación aparecerán otros lenguajes como la danza, la música e imágenes proyectadas en el espacio.
“La memoria se desborda y no tiene frenos” (S. Loza) retumba en la mente de esta mujer, de nombre Amanda que tiene una herida abierta. Desde su adultez intentará entender racionalmente, con recursos de la modernidad (internet, su teléfono celular, su computadora) y con las palabras del presente reconstruir la memoria. En su indagación, buscará explicarse aquello que los adultos no respondieron. Amanda en su imaginación traerá al presente a Victoria, una compañera de la escuela primaria perdida en una catástrofe, tal como la recuerda hoy: con esa mezcla de ficción y realidad con la que se relatan los recuerdos. En este acontecer, Amanda descubrirá una posibilidad, otra alternativa ante el dolor de las pérdidas. Podría decirse que lo que ocurre en la progresión de la obra es la escritura, la construcción de un duelo que; con elementos de la memoria, la imaginación, el amor y la fantasía invita a una salida posible ante el dolor por las ausencias. Un auto relato que propone una transformación desde dos territorios que parecen contradictorios: la tierra y el agua (razón y fantasía, para nosotros), pero que tal vez puedan convivir en un mundo posible, una verdad.