01/05/2026
El alcohol es un depresor del sistema nervioso central. Aunque al principio puede generar sensación de relajación o euforia, su efecto a mediano y largo plazo empeora el estado de ánimo.
En personas con depresión, el consumo de alcohol puede intensificar los síntomas: aumenta la tristeza, la ansiedad, la irritabilidad y la sensación de vacío. Además, interfiere con el sueño y la regulación emocional.
También puede reducir la efectividad de los tratamientos, especialmente si se combina con antidepresivos, y aumentar el riesgo de conductas impulsivas.
Se genera así un círculo difícil: se consume para aliviar el malestar, pero el alcohol termina profundizándolo.
Entender esta relación es clave para tomar decisiones más conscientes y buscar alternativas más saludables de afrontamiento.