18/05/2026
Pela gaucho.
No era un almacén, ya se sabe. Era una estación de paso donde el tiempo hacía escala, o quizás una trampa de madera y vidrio donde uno entraba buscando un paquete de yerba y salía con los bolsillos llenos de infancia. Se llamaba Pela Gaucho, y estaba plantado al borde mismo de la ruta, como esos viejos que se quedan mirando el asfalto correr sin apuro, sabiendo que todo lo que apura termina por volverse polvo. Desde la vereda, entre el olor a escape y el viento que arrastraba hojas secas, se alcanzaba a ver el Club Rampla Juniors, con sus arcos de hierro y sus banderas quietas, como si el fútbol y el almacén fueran dos caras de la misma moneda: una para correr, otra para quedarse.
La puerta chirriaba su permiso de entrada y lo primero que te golpeaba no era el aire, sino el querosén. Un olor denso, terroso, de lámparas apagadas y tardes de lluvia, de frascos que guardaban algo más que miel o conservas. Félix atendía. No don Félix, ni señor, solo Félix, sin apellidos ni mal recuerdo, como esos nombres que se escriben solos en la memoria y se quedan ahí, sin pedir permiso. Detrás del mostrador de vidrio rayado por años de codos y monedas, movía las manos con una calma de río viejo, pesando azúcares, contando billetes arrugados, escuchando sin prisa la radio sintonizada en La Rural. La estática crujía, una voz entreverada con música de campo y pronósticos de cosecha, y de pronto, el sonido: crac. El papel de estraza rasgándose en el aire, seco y definitivo, como si el tiempo mismo se partiera en dos para envolver trescientos gramos de fideos, un kilo de sal, o ese pedazo de tarde que uno se llevaba a casa sin darse cuenta.
Yo entraba con mis quichuti, esos zapatos de lona y suela de goma que servían para todo: para el partido en la tierra, para cruzar la ruta con el corazón en la garganta, para estar en el almacén sin que pareciera que estabas perdiendo el tiempo. Eran zapatos sin destino fijo, como la infancia misma. Me sentaba en un cajón vacío que hacía de asiento improvisado, y miraba cómo Félix anotaba en un cuaderno de tapas azules que ya casi se deshacían en los lomos. No era un libro de cuentas, claro. Era un registro de presencias. Cada raya, cada número, era un fragmento de barrio, un “me fiás hasta el viernes”, un “traéle esto a tu vieja”, un gesto que se tejía solo, sin prisa, sin factura. Félix se nos fue, sí, como se van los que ya cumplieron su turno en el escenario, pero quedan sus recuerdos, pegados a las baldosas, flotando en el olor a querosén, repitiéndose en cada crujido de papel.
(¿No es curioso cómo un lugar que ya cambió de manos sigue siendo el único que realmente habitamos? Ahora hay otro almacén en esa misma esquina, con otros dueños, luces fluorescentes y un aire acondicionado que zumba sin alma. Pero yo sigo entrando. Sigo sintiendo el querosén en la nariz, sigo oyendo el crac del papel, sigo viendo a Félix sonreír con esa calma de quien sabe que el mundo no se arregla con prisas. La radio sigue en La Rural, aunque la frecuencia ya no exista. El tiempo, aquí, no se mide en años, sino en envoltorios. En zapatos que servían para todo. En miradas que no exigían explicaciones.)
Cuando salía, la campanilla de la puerta anunciaba el regreso al mundo de los mayores, pero mis quichuti ya habían absorbido el polvo de la ruta, el eco de la zamba, el olor a querosén que se pegaba a la manga como un sello invisible. Y Félix, desde atrás del mostrador, levantaba la mano sin decir nada. Un gesto que bastaba. Ahora, tantos años después, cuando la ciudad se ha vuelto otra y los barrios se renombran como si fueran calles de un mapa equivocado, vuelvo a Pela Gaucho con los ojos cerrados. Rasgo el papel en el aire. Escucho a Félix. Veo a lo lejos los arcos de Rampla. Y comprendo, con la tranquilidad de quien ya no necesita probarlo, que lo que desaparece no se va. Solo cambia de frecuencia. Sigue sonando. En La Rural. En el querosén. En el crac de un papel que ya no existe, pero que todavía envuelve lo que fuimos.