El rincón del tito

El rincón del tito 🖋️ Bienvenidos a El Rincón del Tito
No es biblioteca, no es taller literario y mucho menos terapia… aunque a veces, sin proponérselo, funcione como las tres.

Acá subo mis poemas. Esos que se me escapan entre el mate que se enfría, la lluvia que no avisa

24/05/2026

Las manos ya no corren, pero saben sostener.
Los ojos ya no buscan, pero reconocen la luz.
No es que el fuego se apague:
solo cambia de leña,
arde más lento, calienta más hondo.
Déjate ser lo que el calendario no borra:
la pausa después de la tormenta,
el libro cuyas páginas ya no se cuentan,
el jardín que no necesita florecer para ser hermoso.
Envejecer no es perderse.
Es regresar a ti,
con las maletas abiertas,
y decir: “Aquí estoy. Y basta.”

24/05/2026

No temas al espejo que muestra lo vivido,
ni a la plata que nace en la sien sin aviso.
Cada arruga es un mapa de risas y noches,
cada paso, un eco de lo que ya fuiste.
El cuerpo no se apaga, se vuelve refugio;
la voz no se quiebra, se hace más honda.
Quien envejece con gracia no busca volver,
solo aprende a habitar lo que el tiempo le da.

24/05/2026

Hay un silencio que no es ausencia,
sino espacio donde lo pendiente madura.
No fuerces la puerta, no empujes el río:
lo que nace con calma, no teme la noche.
Tú eres la pausa entre dos respiraciones,
el gesto que contiene sin apretar,
la raíz que se abre bajo tierra
mientras el mundo corre sin mirar.

24/05/2026

No pidas al reloj que se detenga,
ni al viento que recuerde su nombre.
Lo que es tuyo, llega sin prisa;
lo que debe irse, no deja huella.
Camina con los pies descalzos
sobre la tierra que aún no conoces,
pues el alma solo aprende a volar
cuando deja de medir el cielo.

24/05/2026

La semilla no consulta el almanaque,
solo guarda su secreto bajo la tierra húmeda.
Así camina quien aprende a esperar:
no detiene el río, pero le sigue el curso,
no apresura la aurora, pero la reconoce.
Porque todo lo urgente se desvanece,
y solo lo que se teje con calma
se vuelve raíz, no solo paso.

24/05/2026

El río no pregunta al cielo por qué avanza,
solo se entrega a la piedra y a la luz.
Así el alma que aprende a guardar silencio
descubre que la verdad se teje sin voz.

24/05/2026

No cuentes medallas, ni aplausos en la arena,
mide tu vida en manos que sostienen,
en miradas que calman, en gestos que contienen.
El árbol no se juzga por su copa altiva,
sino por la sombra que regala sin medida.

24/05/2026

No busques la perfección en el verso,
búscala en el temblor de quien lo lee.
Porque el poema no vive en la tinta,
sino en el silencio que deja al caer.

24/05/2026

Coronilla

No crece en jardines.
No pide tierra buena.

Nace donde el suelo se quiebra,
en la grieta del camino,
en la orilla que el río lame y abandona,
donde el barro aún guarda
el eco de una pisada perdida.

Es delgada, de ramas articuladas
como huesos de pájaro,
hojas estrechas que cortan el viento
sin hacer ruido.
Y cuando florece —si puede decirse que florece—,
lo hace con una espuma tímida,
blanca como el salitre,
como si esparciera ceniza de luna
sobre la tierra oscura.


La conocen los que caminan de madrugada:
el peón que va al campo antes que el sol,
la mujer que busca hierbas junto al arroyo,
el perro que olfatea el aire
y no ladra, porque sabe
que hay cosas que no deben perturbarse.

No tiene perfume.
O sí: uno seco, amargo,
olor a invierno temprano,
a pasto quemado por el frío,
a recuerdo que no sabe cuándo empezó.

Pero si te acercás,
si dejás que el silencio entre en tus oídos como agua,
sentirás que vibra.
No con sonido,
sino con presencia.
Como si fuera la antena del lugar,
la que escucha lo que el viento trae
desde más allá del horizonte:
los pasos de los que se fueron,
las palabras que no se dijeron,
el nombre antiguo de este suelo
antes de que alguien lo dividiera.

Coronilla:
no árbol grande, no sombra, no canto.
Sólo raíz tenaz,
verde ceniciento,
vida que insiste
donde otros dicen que no hay nada.

Y sin embargo,
cuando el mundo entero se calla,
es ella la primera en moverse.
Un leve temblor en las ramas.
Como un pulso.
Como si dijera:
*yo también estoy aquí*.
*y yo también soy América.

18/05/2026

Pela gaucho.

No era un almacén, ya se sabe. Era una estación de paso donde el tiempo hacía escala, o quizás una trampa de madera y vidrio donde uno entraba buscando un paquete de yerba y salía con los bolsillos llenos de infancia. Se llamaba Pela Gaucho, y estaba plantado al borde mismo de la ruta, como esos viejos que se quedan mirando el asfalto correr sin apuro, sabiendo que todo lo que apura termina por volverse polvo. Desde la vereda, entre el olor a escape y el viento que arrastraba hojas secas, se alcanzaba a ver el Club Rampla Juniors, con sus arcos de hierro y sus banderas quietas, como si el fútbol y el almacén fueran dos caras de la misma moneda: una para correr, otra para quedarse.
La puerta chirriaba su permiso de entrada y lo primero que te golpeaba no era el aire, sino el querosén. Un olor denso, terroso, de lámparas apagadas y tardes de lluvia, de frascos que guardaban algo más que miel o conservas. Félix atendía. No don Félix, ni señor, solo Félix, sin apellidos ni mal recuerdo, como esos nombres que se escriben solos en la memoria y se quedan ahí, sin pedir permiso. Detrás del mostrador de vidrio rayado por años de codos y monedas, movía las manos con una calma de río viejo, pesando azúcares, contando billetes arrugados, escuchando sin prisa la radio sintonizada en La Rural. La estática crujía, una voz entreverada con música de campo y pronósticos de cosecha, y de pronto, el sonido: crac. El papel de estraza rasgándose en el aire, seco y definitivo, como si el tiempo mismo se partiera en dos para envolver trescientos gramos de fideos, un kilo de sal, o ese pedazo de tarde que uno se llevaba a casa sin darse cuenta.
Yo entraba con mis quichuti, esos zapatos de lona y suela de goma que servían para todo: para el partido en la tierra, para cruzar la ruta con el corazón en la garganta, para estar en el almacén sin que pareciera que estabas perdiendo el tiempo. Eran zapatos sin destino fijo, como la infancia misma. Me sentaba en un cajón vacío que hacía de asiento improvisado, y miraba cómo Félix anotaba en un cuaderno de tapas azules que ya casi se deshacían en los lomos. No era un libro de cuentas, claro. Era un registro de presencias. Cada raya, cada número, era un fragmento de barrio, un “me fiás hasta el viernes”, un “traéle esto a tu vieja”, un gesto que se tejía solo, sin prisa, sin factura. Félix se nos fue, sí, como se van los que ya cumplieron su turno en el escenario, pero quedan sus recuerdos, pegados a las baldosas, flotando en el olor a querosén, repitiéndose en cada crujido de papel.
(¿No es curioso cómo un lugar que ya cambió de manos sigue siendo el único que realmente habitamos? Ahora hay otro almacén en esa misma esquina, con otros dueños, luces fluorescentes y un aire acondicionado que zumba sin alma. Pero yo sigo entrando. Sigo sintiendo el querosén en la nariz, sigo oyendo el crac del papel, sigo viendo a Félix sonreír con esa calma de quien sabe que el mundo no se arregla con prisas. La radio sigue en La Rural, aunque la frecuencia ya no exista. El tiempo, aquí, no se mide en años, sino en envoltorios. En zapatos que servían para todo. En miradas que no exigían explicaciones.)
Cuando salía, la campanilla de la puerta anunciaba el regreso al mundo de los mayores, pero mis quichuti ya habían absorbido el polvo de la ruta, el eco de la zamba, el olor a querosén que se pegaba a la manga como un sello invisible. Y Félix, desde atrás del mostrador, levantaba la mano sin decir nada. Un gesto que bastaba. Ahora, tantos años después, cuando la ciudad se ha vuelto otra y los barrios se renombran como si fueran calles de un mapa equivocado, vuelvo a Pela Gaucho con los ojos cerrados. Rasgo el papel en el aire. Escucho a Félix. Veo a lo lejos los arcos de Rampla. Y comprendo, con la tranquilidad de quien ya no necesita probarlo, que lo que desaparece no se va. Solo cambia de frecuencia. Sigue sonando. En La Rural. En el querosén. En el crac de un papel que ya no existe, pero que todavía envuelve lo que fuimos.

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