09/05/2026
Entre remesas y rutinas me encuentro confuso, sí. Un poco loco, también. Porque mi personalidad no se vende, choca. Se t**a de frente con un destino que yo no pedí y que igual me persigue.
Me encuentra con sus sonidos podridos, con lo nada positivo, con ese pasado hostil que va de pasada pero deja su peste.
Me la llevo pensando, me insiste en que olvide el callejón al que nos llevaron. Ese callejón lejos, muy lejos de donde yo aprendí a no rogar amor.
Que no se confunda.
No es que no mascaba el amor. Es que no lo había donde me lo estaban vendiendo. Era aroma a Roma, perfume barato para tapar lo inaceptable. Era la bruma de un pasado que se hacía el innegable, un pasado sin salida que se disfrazaba de destino.
Pues no.
Aquí se rompe. Aquí conspiro yo. No hay bruma que me tape el nuevo inicio, no hay remesa que compre mi paz, no hay pasado que me vuelva a encerrar en un lugar donde no se me valoró.
*Y aquí entra la dureza de la imposibilidad.*
Lo imposible no es que no se pueda. Lo imposible es que ya no me interesa intentarlo donde fue imposible.
Es duro aceptarlo: hay puertas que por más que golpees, no se abren porque no fueron hechas para ti. Hay amores que por más que riegues, no florecen porque la tierra estaba podrida. Hay caminos que por más que camines, no avanzan porque son un círculo.
La dureza no es rendirse. La dureza es tener los cojones de decir: esto es imposible aquí, y por eso me voy.
Me voy de lo imposible para construir lo inevitable.
Si va a ser hostil, que sea hostil hacia lo que me quería pequeño.
Mi felicidad no pide permiso. Se conspira. Se ejecuta.
Y ya empezó. Sin retorno
RosBas