05/10/2026
Hay un momento en la vida para el que nadie te prepara de verdad: el momento en que dejás de ver a tu mamá solo como “mamá” y de repente, sin aviso, te das cuenta de que está envejeciendo.
De chico, era ella la que te decĂa que frenaras. Que no te apuraras. Que te quedaras chiquito un poco más. Y ahora, de alguna manera, todo se dio vuelta. Ahora sos vos el que está ahĂ sentado deseando que el tiempo la trate bien, deseando que los años simplemente paren.
Porque no importa cuánto crezcas, siempre hay una parte tuya que va a necesitar a su mamá. Su voz, su abrazo, su presencia, son cosas que nunca se superan. Al contrario, las sentĂs más a medida que la vida se va poniendo más pesada. Y eso es lo que te parte el alma.
Saber que algĂşn dĂa va a haber una Ăşltima conversaciĂłn, un Ăşltimo abrazo, una Ăşltima vez escuchándola decir tu nombre como solo ella sabe hacerlo.
Es una tristeza silenciosa, de esas que no siempre se dicen en voz alta. Solo esa conciencia profunda de que el tiempo no frena para nadie, ni siquiera para las personas a las que uno les desearĂa que frenara.
Entonces empezás a abrazar más fuerte. Escuchás más. Te quedás un ratito más. Tratás de grabarte las pequeñas cosas que antes pasabas por alto, porque ahora entendés que no van a estar siempre.
Ahora lo entiendo, mamá.
Por qué me mirabas como me mirabas, como si estuvieras tratando de congelar el tiempo.
Porque ahora soy yo el que te pide que no crezcas más.​​​​​​​​​​​​​​​​
Te quiero Mamucha, feliz dĂa :)