28/08/2025
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Capítulo 3 – Lo que se queda cuando uno se va (continuación)
Mientras Narcisa se hundía en recuerdos que tenían filo, Lucian habitaba otro tipo de vacío.
Para él, la ausencia no se tejía con sangre ni venganzas heredadas, sino con una sensación constante de inacabado. Como si cada día fuera una página arrancada de un libro que nunca alcanzaba a leerse completo.
Ese domingo despertó con la costumbre de los silencios largos. Se preparó café negro y lo bebió junto a la ventana abierta de su departamento en el séptimo piso. El aire fresco entraba como un visitante tímido, pero Lucian apenas lo notaba.
No pensaba en Narcisa de manera obsesiva —todavía no—. Pero sí en la imagen que había dejado: aquella mujer con un aura tan inexplicable que parecía no pertenecer al mismo mundo.
Ella no se le aparecía como un recuerdo dulce, sino como una incógnita: una frase interrumpida que lo desafiaba a completarla.
—¿Qué se queda cuando uno se va? —repitió en voz baja, como si esa pregunta, escuchada de labios invisibles, se hubiera quedado flotando en su departamento.
La ciudad afuera seguía con su ruido mecánico: bocinas, pasos, niños gritando en la calle. Pero dentro, Lucian solo oía su respiración y el roce de las páginas de un libro que ni siquiera lograba leer.
No podía evitarlo: quería descifrarla.
Esa mujer había puesto en jaque su equilibrio sin tocarlo demasiado. Había algo en ella, algo en su mirada firme, en esa forma de sostener los silencios sin miedo.
La pensaba como se piensa en un poema incompleto: no para resolverlo, sino para soportar la incomodidad de su misterio.
Se preguntó si volvería a verla.
No era un deseo romántico todavía, sino una inquietud intelectual, una provocación emocional. Una línea que se queda en el borde de la lengua y no se deja olvidar.
La ciudad avanzaba, sí. El mundo giraba.
Pero dentro de ambos —Narcisa y Lucian— ya había comenzado un eco que los ataba sin permiso.
Uno con raíces en la herida.
El otro con raíces en la duda.
El destino, como un cazador paciente, solo esperaba el momento de volver a cruzarlos.