04/15/2026
Hace un par de años, durante un viaje a la costa, me desperté antes del amanecer para ver la salida del sol en una playa desierta. Mientras caminaba por la orilla, vi a un pescador sentado en una roca, con la caña apoyada sin prisa, la mirada perdida en la línea del horizonte.
🗣️ Me acerqué y, tras un silencio cómplice, le pregunté: «Lleva usted aquí mucho rato?».
🗣️ Sonrió sin mirarme. «Toda la vida», respondió.
🗣️ Un poco desconcertado, insistí: «¿Y ha picado algo?».
Negó con la cabeza. «Desde hace horas, nada. Quizá no haya nada ahí abajo. O quizá los peces estén durmiendo aún».
🗣️ Le pregunté entonces si no le frustraba esperar tanto para irse con las manos vacías.
🗣️ Entonces él se volvió y me señaló el cielo, que empezaba a teñirse de naranja y rosa. «Usted cree que yo vine a pescar peces?», me dijo. «Vine a pescar esto. El silencio antes del alba. El rumor del agua cuando nadie habla. El momento justo en que la noche se rinde y el día aún no exige nada. Los peces son solo una excusa».
🗣️ Me quedé en silencio, observando cómo la luz se derramaba sobre el mar. Al cabo de un rato, el pescador recogió la caña, guardó el cebo sin haberlo usado, y se levantó.
🗣️ «Ya está», dijo. «Ya pesqué lo que vine a pescar. Ahora me voy antes de que el tiempo se convierta en reloj».
🗣️ Y caminó playa arriba sin mirar atrás, mientras yo me quedé allí, entendiendo por primera vez que hay dos formas de vivir el tiempo: una es llenándolo de capturas; la otra, de presencias.
🗣️ Desde entonces, cada vez que siento prisa por llegar a algún sitio, recuerdo a aquel hombre que pasó horas frente al mar sin atrapar nada, y que fue el tipo más afortunado que he conocido.