09/18/2026
Hay un ángel que, según la tradición rabínica, fracasó en la única misión para la que Dios lo había creado, porque el hombre al que debía matar se negó, sencillamente, a morir.
Ese ángel se llama Samael, y su nombre no aparece ni una sola vez en toda la Biblia hebrea.
Ninguno de los libros del Antiguo Testamento lo menciona. Su figura se desarrolló enteramente después, a través de siglos de literatura rabínica, textos apócrifos y, más tarde, de la tradición mística judía conocida como cábala, hasta convertirse en una de las entidades más ambiguas y más fascinantes de toda la angelología judía posterior.
Su nombre mismo ya sugiere, para quienes estudian su etimología, una dualidad inquietante: podría derivarse de las palabras hebreas "sam" (veneno) y "El" (Dios), sugiriendo algo así como "el veneno de Dios", una expresión que encapsula perfectamente el papel contradictorio que la tradición terminaría asignándole.
Porque Samael no es, en la literatura rabínica, un demonio cualquiera situado claramente del lado del mal, enfrentado sin matices contra la divinidad.
Es, ante todo, el Ángel de la Muerte.
Y en el judaísmo rabínico, el Ángel de la Muerte no es una figura equiparable a Satanás en el sentido cristiano posterior: cumple una función necesaria dentro del orden divino, actuando por encargo directo de Dios, aunque los propios textos rabínicos lo describen frecuentemente con un temor y una aprensión considerables, como una fuerza que, aunque autorizada, resulta profundamente temible para cualquier ser humano.
Pero la tradición judía no se conformó con asignarle únicamente esa función ejecutiva.
En textos como el "Pirke de Rabí Eliezer", una recopilación de exégesis rabínica compuesta probablemente hacia el siglo octavo de nuestra era, Samael aparece identificado, de manera explícita, con la serpiente del Jardín del Edén, o más precisamente, como el jinete invisible que cabalgaba sobre la serpiente, utilizándola como instrumento para tentar a Eva. Según esta tradición, Samael actuaba movido por los celos: había observado la gloria y el honor que Dios había concedido a Adán, el primer ser humano, y decidió, desde esa envidia, provocar su caída.
El propio texto bíblico del Génesis, cabe recordarlo, no menciona en absoluto a ningún ángel detrás de la serpiente. Describe simplemente a "la serpiente" como "el más astuto de todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho", sin ninguna referencia a una entidad angelical operando a través de ella. Fue la imaginación teológica judía posterior la que decidió que semejante astucia no podía provenir de un animal ordinario, y que detrás de aquella tentación debía de existir necesariamente una inteligencia angelical superior, capaz de comprender las consecuencias exactas de lo que estaba a punto de desencadenar.
Esta doble identidad —tentador original en el Edén, ejecutor final de la muerte a lo largo de toda la historia humana— convirtió a Samael en una figura casi arquitectónica dentro de la teología judía sobre el pecado y la mortalidad: la misma entidad que había introducido la tentación que llevó a la humanidad a perder la inmortalidad original resultaba ser, siglos de generaciones después, la misma que se presentaba, en el lecho de muerte de cada ser humano, para cobrar finalmente esa deuda.
Pero existe una leyenda rabínica, transmitida en varias fuentes del Midrash, que introduce una excepción tan extraordinaria a esta regla que merece contarse con detalle propio.
Cuando llegó el momento de la muerte de Moisés, el libertador de Israel, el más grande de todos los profetas según la propia tradición judía, Dios envió, según la costumbre establecida, a Samael para que recogiera su alma.
Moisés se negó a morir.
Según relata la leyenda, cuando Samael se presentó ante él, Moisés lo confrontó directamente, negándose a entregar su alma sin oponer resistencia, argumentando su propia justicia y sus méritos acumulados a lo largo de toda una vida de servicio fiel a Dios. En algunas versiones del relato, Moisés llega incluso a tomar el propio bastón sagrado que había usado para dividir el Mar Rojo y golpear con él al Ángel de la Muerte, hiriéndolo o cegándolo temporalmente, en una escena de una audacia que ningún otro relato bíblico o rabínico sobre un ser humano enfrentado a un ángel se atreve a igualar.
Samael, incapaz de completar su misión, regresa derrotado ante Dios, incapaz de arrebatarle el alma al profeta más santo que Israel había conocido jamás.
Es entonces cuando, según culmina esta hermosa y extraña leyenda, Dios decide intervenir personalmente, sin intermediarios angelicales de ningún tipo: es el propio Dios quien recoge el alma de Moisés, mediante lo que la tradición judía denomina "mitat neshiká", literalmente "la muerte por beso", considerada la forma más suave y más honorable de morir que existe, reservada únicamente para las almas más justas, que no necesitan la intervención de ningún ángel intermediario, ni siquiera del propio Ángel de la Muerte, para completar su tránsito final.
El Ángel de la Muerte, en esta leyenda, no logra ejecutar la muerte del hombre más justo que jamás había existido.
Solo Dios mismo resultó capaz de completar esa tarea, con la delicadeza que semejante alma merecía.
La tradición mística posterior, particularmente la desarrollada en el Zohar y en otros textos cabalísticos medievales, terminaría llevando la figura de Samael todavía más lejos, convirtiéndolo en el consorte demoníaco de Lilith y en gobernante de lo que la cábala denomina el "sitra achra", el "otro lado", la dimensión oscura y destructiva de la realidad opuesta a la santidad divina, aproximándolo cada vez más, en esta tradición tardía, a una figura prácticamente equivalente al Satanás cristiano.
Pero incluso en su forma más oscura y más elaborada, la figura de Samael conserva siempre esa dualidad original que ningún texto bíblico había establecido de manera explícita: tentador en el principio de la historia humana, ejecutor en el final de cada vida individual, y sin embargo, según demuestra la propia leyenda de Moisés, un ángel que, ante la justicia humana suficientemente grande, podía terminar derrotado, obligando al propio Dios a completar personalmente la tarea que su ángel había sido incapaz de llevar a término.
Fuentes: "Pirke de Rabí Eliezer" (siglo VIII), sobre la identificación de Samael con la serpiente del Edén; "Devarim Rabbah" (Midrash Deuteronomio) y otras fuentes midrásicas sobre la muerte de Moisés y el concepto de "mitat neshiká"; Gershom Scholem, "Kabbalah" (Keter Publishing, 1974), sobre el desarrollo de Samael en la literatura cabalística posterior.