07/06/2026
El sumo sacerdote era la máxima autoridad espiritual de Israel y representaba al pueblo delante de Dios.
No era un cargo obtenido por ambición personal ni por votación popular. Dios mismo escogió a Aarón, hermano de Moisés, y estableció que sus descendientes ocuparan el cargo (Éxodo 28:1; Números 18:1). El sumo sacerdote debía provenir de la línea sacerdotal de Aarón y ser consagrado para un ministerio santo.
Sus vestiduras reflejaban la gloria y la santidad de su función. Llevaba un efod elaborado, un pectoral con doce piedras preciosas que representaban a las doce tribus de Israel, una túnica especial, una mitra y una lámina de oro sobre la frente con la inscripción: “Santidad a Jehová” (Éxodo 28). Cada detalle recordaba que estaba llamado a representar al pueblo ante un Dios santo.
Entre sus responsabilidades estaba supervisar el culto, consultar la voluntad de Dios y, especialmente, ministrar en el Día de la Expiación. Solo él podía entrar una vez al año al Lugar Santísimo para presentar sangre por sus pecados y por los del pueblo (Levítico 16). Sin embargo, su ministerio tenía una gran limitación: era un hombre pecador que necesitaba ofrecer sacrificios también por sí mismo.
El cargo normalmente pasaba de padre a hijo dentro de la familia de Aarón, asegurando la continuidad del sacerdocio (Números 20:25-28).
Pero todo esto apuntaba a algo mucho más grande. El libro de Hebreos declara que Jesucristo es nuestro gran Sumo Sacerdote. A diferencia de Aarón, Jesús no tuvo pecado. A diferencia de los sacerdotes terrenales, no necesitó ofrecer sacrificios por sí mismo. A diferencia de ellos, no entró en un santuario hecho por manos humanas, sino en la misma presencia de Dios. Y lo más glorioso: no ofreció sangre de animales, sino su propia sangre una vez y para siempre (Hebreos 9:11-12).
¡Qué privilegio tenemos! Israel dependía de un sacerdote humano e imperfecto. Nosotros tenemos a Cristo, el Hijo de Dios, eterno, santo y perfecto, que intercede continuamente por nosotros. No seguimos a un sacerdote que puede fallar; tenemos un Salvador que jamás dejará de representarnos delante del Padre.