02/08/2026
Natalicio de Juan Sáez Burgos, poeta puertorriqueño del Grupo Guajana.
(2 de agosto 1943- 19 de septiembre 2006)
Por: Carmiña Cintrón
Al hablar de Juan Sáez Burgos, muchos resaltan su obra poética, vasta y excelente. Naturalmente, es poeta, hombre que encuentra en las palabras compañía. Otros resaltan a toda una generación y al grupo al cual pertenece, Guajana, como el corazón mismo de La Generación del sesenta. Esos poetas que además de escribir bellos poemas de amor, comprometieron su verbo con las causas justas, la denuncia político-social y la defensa de nuestra cultura ante el constante intento de trastocarla. Pero hay una parte importante de su ser que algunos desconocen: su espiritualidad, humildad y una inmensa calidad humana, que lo hacía hermanarse con los amigos que escogió, las mujeres que amó, la naturaleza que admiró y los detalles que sólo él captaba, pero que con todos compartía.
Cada mañana al despertarse, salía al patio a comulgar con los elementos que lo rodeaban y de los cuales se sabía parte integral. El canto de un ave madrugadora o el arrullo de un coquí trasnochado eran para él presagios de un día diferente, nuevo y esperanzador. Al observar en el charco que la lluvia dejó a su paso, paisajes fantásticos o formas familiares, pedía, como un niño asombrado, una cámara fotográfica para capturar el encanto que sólo él observaba. Hoy, cuando encuentro esas fotografías del cemento mojado, le pido al cosmos, que Juan tanto ansiaba, tener un ápice de su sensibilidad y poder ver las caras, los objetos y los cuadros que me describía.
Si una hoja del árbol que era su oficina le caía encima, esa hoja adquiría un encanto especial sólo porque lo tocó. Entonces la punta era una señal, y las celdas, caminos o banderas. Muchas de esas hojas que lo acariciaron aparecen acompañando algún poema o pasaje dentro de sus libros y papeles.
En las noches de luna llena, la marea se le subía descontrolada y era gato suave, afectuoso, ronronero, pero orgulloso y posesivo. Demandaba toda la atención a la puesta en escena del drama o comedia de la noche lunática. "El gato soy yo", menciona en uno de sus más hermosos poemas, reconociéndose en esa se*******ad de macho felino. Con agilidad comunicaba palabras, muchas palabras que alternaba con largos silencios seductores. Entonces saltaba sobre todo, fluía. No había paredes capaces de contenerlo, porque en su imaginación existían todos los aleros del mundo en donde ejecutar su salto de gato libre, hacedor de besos.
Cada vez que pasábamos de Ceiba a Naguabo, y eran muchas las veces, admiraba las tonalidades que el sol de la tarde o de la mañana le daba al Yunque y su imponente altura coronada de nubes, como si fuera la primera vez que lo descubría. Ese don de asombro nunca lo abandonó. El día de su transformación, de la llamada muerte, se asombraba de haber Ilegado a la edad de 63 años y de que cada día vivido fuera una sucesión de él. No cumplía años, cumplía días. Llegar, siempre llegar, era un acontecimiento importante para Juan, quien lo celebraba con inocente alegría. Se adhería a la vida, como la hormiga a la miga de pan que transporta. Por eso admiraba y amaba tanto a las hormigas, por el tesón y empeño que ponen en todo trabajo que hacen y por la soledad entre ellas mismas. Eso, decía, tenían en común él y las hormigas, el oficio solitario y repetido; el volver a comenzar cada vez que se le caía la pizca de alimento. "EI ser escritor, poeta, es el oficio más solitario del mundo," decía, "el parto que no puede ser asistido, pero que uno procura cada día." Esa era realmente su pasión, la poesía. Recuerdo haber leído a Miguel Hernández, Antonio Machado, César Vallejo muchas veces, pero nunca los había bebido. Una noche que trémulo de amor y pasión Juan leía a Miguel, juntamos las lágrimas en un elixir agridulce y tragamos su poesía saboreando en cada sorbo el alimento. Así era como Juan la sentía, como energía vital, como la vida misma. Uno de sus legados más provechosos, fue el enseñarnos a sentir y vivir la poesía de la misma forma como él la concebía. Ya no fuimos los mismos al contacto con el poeta. Fuimos diferentes, mejores, más completos. Algo de su esencia se nos pegó y ya comenzamos a verlo todo de manera distinta. Siempre estaremos agradecidos de sus enseñanzas, porque, como lo hacen los grandes maestros, compartió sus conocimientos de forma genuina. Ese conocimiento está latente, cada día cobra forma y salta de la memoria al corazón.
Desde muy pequeño estuvo en contacto con la poesía. Era una palabra que se escuchaba en su casa desde siempre. Su madre, Consuelo, era poeta, su tía Julia de Burgos, también. Sus padres eran pobres, pero su niñez fue rica en el contacto con ese mundo que lo llevó a ser el Juan que muchos conocimos y amamos.
Juan Sáez Burgos es un extraordinario poeta, profundo, sensible y esencial. Se podría decir que cuando abrió sus ojos a la vida, trajo en su equipaje la poesía como un pan debajo del brazo y lo repartió. La trajo en sus manos como el antídoto a la frustración, al dolor, al desamor, a la deshumanización. Creyó en la poesía como en la vida misma y la poesía lo creó a él.