22/07/2026
Era una tarde fría en el mercado.
Un niño de unos 9 años, flaco, con la ropa rota, pasó corriendo frente a la panadería. Tomó el primer pan que vio y corrió.
Don Efraín, el dueño, que ya estaba cansado de que le robaran, salió tras él gritando:
¡Oye, chamaco! ¡Devuelve eso!
El niño corría como podía, pero el pan era grande y se le resbalaba. Se metió por un callejón, luego por otro, hasta meterse debajo de un puente.
Don Efraín llegó jadeando, listo para regañarlo... y se detuvo.
Descubrió que el niño no se estaba comiendo el pan.
Lo estaba partiendo en tres pedazos pequeños. Uno se lo daba a su hermanita de 4 años que temblaba de frío, otro a un bebé envuelto en una manta sucia que lloraba, y el pedazo más chico se lo quedaba él.
Y mientras se lo comía, les decía: "Ya, ya, hoy sí vamos a dormir con pancita llena".
Don Efraín se quedó en silencio. Se agachó, le puso la mano en el hombro y le dijo:
"Si me hubieras dicho que tenías hambre, te habría dado toda la bandeja. Vamos, llévalos a la panadería. Hoy nadie duerme con frío".
Esa noche, por primera vez en meses, la panadería cerró tarde, porque había tres niños comiendo pan caliente adentro, y un panadero que por fin entendió para quién horneaba.
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