02/08/2025
Desde la primera vez que lo vi, supe que algo en mí había cambiado.
No sé si fue por su manera de moverse entre los autos, con esos brazos marcados por el trabajo duro, o por esa mirada seria que apenas y se desviaba de su labor. Se llama Samuel. Tiene, si acaso, unos veintisiete años. Y yo… bueno, yo ya pasé los cuarenta.
Cada mañana paso por enfrente del taller donde trabaja. No es que tenga algo qué hacer por ahí, pero invento excusas: que voy a la tienda, que voy a dejar algo al correo, que simplemente me dio por caminar. Pero en realidad, todo lo que quiero es verlo a él.
Me arreglo más de lo necesario. Me pongo vestidos ceñidos, algo de labial rojo, tacones aunque sé que voy a andar varias cuadras. Me aseguro de que cada curva se note, de que el viento me juegue a favor con el cabello. Y siempre, justo al pasar frente al taller, finjo que busco algo en mi bolso, o que se me desató el zapato. Cualquier tontería para quedarme unos segundos más ahí.
Pero él nunca voltea.
A veces me dan ganas de gritarle: ”¡Hey, mírame! ¿No ves que me desvivo por una mirada tuya?” Pero no lo hago. Solo sigo caminando, con esa mezcla de orgullo herido y deseo atorado.
Una vez me atreví a entrar al taller. Le dije que mi carro hacía un ruido raro, aunque el coche estaba perfectamente bien. Me atendió serio, profesional, educado… pero ni una sonrisa, ni un coqueteo, nada. Revisó el motor, me explicó cosas que ni entendí, y me cobró barato. Y yo, que iba lista para que al menos me pidiera el número, salí de ahí sintiéndome invisible.
No entiendo qué me pasa. ¿Será que me obsesioné con él solo porque no me hace caso? ¿O será que en el fondo me niego a aceptar que los años ya pasaron, y que ya no provoco las miradas que antes me llovían sin pedirlas?
Pero ahí estoy, todas las semanas, caminando por la misma banqueta, dejando perfume en el aire, cruzando los dedos por una mínima señal… una mirada, una sonrisa, un simple “buenos días”.
Y aunque no llegue, yo sigo. Porque hay algo en él, en su silencio, en su juventud, que me hace sentir viva otra vez.
Hay días en que me convenzo de que lo he superado. Me levanto decidida a no pasar por el taller, a no buscarlo con la mirada, a ocupar mi cabeza en cualquier otra cosa. Pero basta con que escuche el sonido de un motor viejo encendiéndose, o que me llegue el olor a aceite quemado desde la esquina, para que mi cuerpo actúe solo. Sin pensarlo, ya estoy en la puerta, peinándome frente al espejo como una adolescente nerviosa.
Hoy pasé por ahí otra vez.
Llevaba un vestido negro, simple, pero ajustado. El escote medido, como para que se notara pero no pareciera obvio. Mis tacones hacían ese sonidito firme contra la acera, y yo caminaba derecha, segura, fingiendo que no me importaba si me miraba o no.
Y claro, ahí estaba él. De espaldas, con el torso apenas cubierto por una camiseta blanca manchada de grasa. Agachado sobre el motor de una camioneta. Las gotas de sudor le corrían por el cuello, y esa vena de su brazo se marcaba mientras sujetaba una llave inglesa con fuerza.
Yo pasé más lento de lo normal. Fingí que hablaba por teléfono, que reía, que estaba muy ocupada y muy feliz. Todo eso, solo para que él me viera y pensara, “Esa mujer tiene algo…” Pero no. Ni un vistazo. Ni una distracción. Nada.
Me mordí el labio, frustrada. Por dentro, me hervía algo entre rabia, deseo y tristeza. Me sentía ridícula. ¿Qué mujer adulta se deja afectar así por un hombre que ni siquiera sabe su nombre?
Volví a casa con los pies adoloridos, el maquillaje un poco corrido por el calor… y el corazón igual de vacío que ayer.
He intentado distraerme, mirar a otros hombres, incluso salir con uno que me invitó a cenar hace poco. Pero ninguno me despierta eso que me despierta Samuel. Esa mezcla de curiosidad, atracción y humillación. Porque sí, me siento humillada por mí misma. Como si me hubiera convertido en una sombra que ronda un taller, esperando migajas de atención.
A veces sueño con él. En mis sueños, me llama por mi nombre. Me sonríe. Me dice que siempre se fijó en mí, pero que no se atrevía porque pensaba que yo era demasiado mujer para él. Me besa con las manos sucias, y yo no me quejo.
Pero cuando despierto, no hay nadie. Solo el sonido lejano de un motor… y mi propia respiración, agitada, ansiosa, como si todavía esperara que un día, por fin, me mire.
Y me vea.
Me di vueltas en la cama, con el ventilador soplando tibio y la sábana enredada entre mis piernas. Cerraba los ojos y lo veía ahí, con su camiseta sucia, los dedos manchados de grasa, y esa mirada seria que nunca se posa en mí. Y entonces, sin quererlo, sin poder evitarlo, empecé a imaginar…
Estoy en el taller, pero ya no soy una simple mujer que pasa por ahí. Esta vez entro sin pretextos, sin mentiras. Lo miro a los ojos y le digo con voz firme:
—Quiero que me mires.
Él deja lo que tiene en las manos. Sus ojos por fin se encuentran con los míos. Se limpia el sudor con el dorso del brazo y da un paso hacia mí. Me sostiene la mirada como si de pronto me viera de verdad, por primera vez.
—Siempre te he visto —me dice—, pero pensaba que tú solo jugabas conmigo.
Y entonces me toma de la cintura. Sus manos son grandes, fuertes, algo ásperas… pero cuando tocan mi piel siento que se derriten en mí. Me empuja suavemente contra la pared del fondo del taller, donde nadie nos ve. Hay olor a gasolina, a fierro caliente… pero nada de eso importa.
Me besa. Y no es un beso dulce, no. Es un beso lleno de ganas contenidas, de todo lo que no dijimos, de los días que pasé caminando frente a él fingiendo que no me moría por esto. Su cuerpo se pega al mío, me sostiene con una fuerza que me desarma, me hace sentir pequeña, deseada, perdida.
—No sabes cuántas veces te soñé así —le susurro.
—Yo sí lo sé —me responde al oído—, porque yo también.
Me sube el vestido, sin apuro pero con hambre. Mis piernas tiemblan, mi respiración se entrecorta. Lo quiero, lo deseo, y en ese instante, en esa fantasía, él me pertenece. Soy suya y él es mío, por fin, sin miradas indiferentes, sin silencios hirientes.
Y justo cuando iba a entregarme a él por completo, la imagen se rompe.
Abro los ojos.
Estoy sola. Mi cama vacía. Mis piernas aún temblando, pero por la frustración de saber que todo eso solo está en mi cabeza.
Sus manos nunca me han tocado. Sus labios no conocen los míos. Él sigue allá afuera, arreglando autos, sin saber que aquí, en esta habitación, lo he amado en silencio, con cada paso que doy frente a su taller.
Y yo… yo me quedo con mi deseo, mordiéndome por dentro, esperando, como cada día, que algo cambie.
Aunque sé que probablemente nunca lo hará.