Relatos Prohibidos

Relatos Prohibidos Los sentimientos salen de lo más profundo del corazón, que nos dicen que nunca estamos solos.

Porque hay alguien en algún lugar del mundo, que nos tiene en sus corazones, y en sus pensamientos...!!!

Desperto  mis fantasias .......Soy  una mujer de casa  ya madura pero trato de areglarme  y verme  bonita , en mi  traba...
01/09/2025

Desperto mis fantasias .......

Soy una mujer de casa ya madura pero trato de areglarme y verme bonita , en mi trabajo de oficina me toca salir de comision a otras ciudades y en ocaciones hasta cruzar a islas y fue ese el caso que una vez en un barco vi a un conocido al cual salude y entablamos una conversacion y el me dijo que estaba fijo en dicho lugar mientras que yo le informe que solo viajaba de vez en cuando se nos hizo corto el viaje y al termino del mismo intercambiamos numero ademas de que yo le dije que iria a una feria a ver a una artista y el me dijo que a lo mejor se animaba a ir y yo en forma coqueta le dije me avisas y disfrutamos del show al.mismo tiempo que le dije qie sin decirle a nadienya que ambos somos casados y no me gustaban los problemas.....

En pleno show me escribio diciendome que ya estaba en el evento y lo vi en los wc , dialogamos y nos tomamos unos tragos y mis amigas me estaban marque y marque y le dije que iria un rato con ellas y que queria salir con el a otro lado y me dijo que si y asi le hice y me fui con el al malecon donde estuvimos como novios adolecentes hasta que mi compañera de cuarto me marco y dijo que estaba en el hotel con unos tragos y al decirle que estaba con un amigo me dijo que.lo llevara y fuimos y estuvimos tomando los 3 pero mi amiga se sintio mal y se durmio y yo me quede Un rato mas charlando con mi amigo a quien besaba cada que se me antojaba y estaba mas que humeda de todos lados y le pedi que me hiciera el amor despacio y sin hacer ruido en una sala de la hanitacion y dimos rienda suelta a nuestro antojo yo estaba algo tomada y le pedi cosas mas atrevidas que nunca habia hecho y me derritia todaaaa y en un momento voltee a la cama de mi amiga y vi que ella nos miraba discretamente con su mano en su entrepierna , yo no dije nada y segui gozando hasta que terminamos y mi amigo se fue , yo me dormi profundamente y al dia siguiente trabajamos normal y mi amiga no me comento nada hasta despues de una semana que me invito a su casa a una cena romantica diciendome que invitata a mi amigo y acepte y paso lo mismo cuando ya estabamos tomados ella nos dijo que se iria a dormir porque estaba cansada y que nos.podiamos quedar a convivir o a dormir en su sala grandisima y fue que me di cuenta que a mi amiga le gusta vernos en el acto ya que son muchas veces las que nos invita a su casa y le propuse que se uniera al trio y me dijo que nooo que ella estaba super bien asi viendo y que la pasaba de lo mejor ..........
Historia anónima relatos prohibidos

Nunca pensé que me atrevería a contar esto, pero lo tengo guardado en mi pecho y siento que me consume. Fue en un viaje ...
01/09/2025

Nunca pensé que me atrevería a contar esto, pero lo tengo guardado en mi pecho y siento que me consume. Fue en un viaje familiar, uno de esos donde todos parecíamos felices, aunque yo por dentro cargaba con una mezcla de insatisfacción y dudas.

Mi esposo estaba ocupado atendiendo a sus padres y organizando las actividades con los niños. Yo me sentía invisible, como si mi presencia no importara demasiado. Fue entonces que su hermano, mi cuñado, se acercó a mí con esa mirada que siempre me había incomodado y, al mismo tiempo, me hacía sentir viva.

Me preguntó si quería acompañarlo a recorrer el pueblo. Al principio dudé, pero mi corazón me pedía escapar un poco de la rutina. Caminamos, reímos, y sin darme cuenta, terminamos frente a un pequeño hotel escondido entre las calles. Él me miró en silencio, esperando una respuesta que yo misma no sabía si dar.

Entramos. No sé si fue el deseo de sentirme deseada, o la forma en que me hizo sentir escuchada y especial. Lo cierto es que allí, durante unas horas, me olvidé de todo lo que me ataba. Hubo miradas intensas, caricias que quemaban, besos que me hicieron perder la noción del tiempo.

Cuando salimos de aquel lugar, me sentí distinta. Parte de mí estaba arrepentida, otra parte… más viva que nunca. Al regresar con mi familia, nadie notó mi ausencia, pero dentro de mí ya nada era igual. Cuando la puerta del hotel se cerró detrás de nosotros, sentí que mi respiración se aceleraba como nunca. Era como si por fin me diera permiso de dejar salir todo lo que había callado tanto tiempo. Mi cuñado me tomó de la mano con una firmeza que me estremeció, y antes de que pudiera decir algo, sus labios ya estaban sobre los míos.

Ese beso no fue como los que solía recibir en casa. Fue intenso, casi desesperado, como si ambos supiéramos que estábamos cruzando una frontera prohibida. Me sostuvo contra él con fuerza, y yo, en lugar de apartarlo, me rendí a ese calor que me envolvía.

Sus manos recorrieron mi cuerpo con una pasión que me hacía temblar. Cada caricia era un recordatorio de lo viva que podía sentirme, de lo olvidada que estaba esa parte de mí. Mis suspiros se mezclaban con los suyos mientras me llevaba hacia la cama, sin apartar sus labios de mi cuello.

Todo fue intenso, acelerado, como si el tiempo se nos escapara de entre los dedos. Me miraba a los ojos con un deseo que me quemaba por dentro, y yo solo podía aferrarme a él, entregándome a esa locura. Sentía cómo cada movimiento nos unía más, cómo mi corazón latía desbocado, cómo me perdía en un torbellino de placer y de miedo.

Cuando finalmente quedamos rendidos, abrazados, escuchando nuestras respiraciones agitadas, supe que nada volvería a ser igual. No era solo un secreto… era una herida dulce que se quedaría conmigo para siempre.

Cuando regresé al hotel donde nos hospedábamos todos, mi esposo estaba sentado en la terraza, riendo con los niños. Me saludó con una sonrisa tranquila, como si nada hubiera pasado. Y yo, con el corazón todavía acelerado, lo abracé fuerte, intentando ocultar mi agitación.

Por fuera parecía la misma, pero por dentro era otra mujer. Mi piel aún guardaba el calor de esas horas con mi cuñado, y mis labios, aunque ahora besaban a mi esposo, aún ardían por los besos que no debí aceptar. Sentía una mezcla de culpa y de nostalgia en cada gesto, como si viviera dos realidades al mismo tiempo.

Durante el resto del viaje me costaba mirarlo a los ojos. Cada vez que mi cuñado se cruzaba conmigo en el desayuno o en las caminatas familiares, nuestras miradas se encontraban unos segundos de más, cargadas de recuerdos que nadie más podía imaginar. Y eso me hacía sentir viva, pero también terriblemente culpable.

Por las noches, cuando me recostaba junto a mi esposo, cerraba los ojos fingiendo dormir. Él me rodeaba con su brazo como siempre, confiado, sin sospechar nada. Y yo, mientras tanto, revivía en silencio la intensidad de aquel momento prohibido, tratando de convencerme de que había sido un error, aunque mi cuerpo todavía lo deseara.

Ese secreto se volvió parte de mí. Un fuego escondido que me quemaba por dentro, aunque yo sonriera como si nada hubiera pasado.

Yo no nací para estoNo me da pena decirlo: no me gusta este pueblucho. Odio el polvo, el calor, la gente chismosa, las c...
13/08/2025

Yo no nací para esto

No me da pena decirlo: no me gusta este pueblucho. Odio el polvo, el calor, la gente chismosa, las casas mal hechas y la vida miserable que todos aquí aceptan como si fuera normal. A veces me miro en el espejo y me pregunto cómo es posible que yo, con esta cara, este cuerpo y estas ganas de vivir bien, esté atrapada en este agujero olvidado por Dios.

Desde niña supe que esto no era para mí. Veía a mi mamá lavar ajeno, llegar con las manos reventadas y aún así darme de comer. Y aunque la amo con todo mi corazón, juro por lo más sagrado que yo no voy a terminar igual. No nací para vivir con lo justo. No nací para quedarme esperando a un hombre pobre que venga a ofrecerme una vida de carencias y promesas vacías. Ya hay muchas mujeres así aquí. Yo no.

Yo me merezco más.

Merezco levantarme en sábanas limpias, oler a perfume caro, caminar con tacones por pisos brillantes. Quiero una vida donde no tenga que preocuparme por cuánto cuesta el gas o si alcanza para la comida. Y si para conseguir eso tengo que hacerme la sumisa, la cariñosa, la que dice “sí, mi amor” mientras él me llena de regalos… lo haré sin pensarlo.

No me interesa el amor de cuentos. Yo no estoy buscando cuentos, estoy buscando un boleto de salida. El que quiera una mujer agradecida, leal, que lo consienta, que le cocine y lo haga sentirse el rey del mundo, que venga. Yo lo espero. Pero que venga con dinero, con poder, con la llave que abra la jaula donde vivo encerrada.

Muchos aquí me critican. Dicen que soy interesada. ¿Y? ¿A quién le interesa ser pobre por “decencia”? ¿De qué sirve tener dignidad si tus hijos tienen hambre? Yo aprendí a ver el mundo como es: crudo, egoísta, y lleno de oportunidades para quien se atreve a tomarlas.

Yo estoy lista.

No soy mala mujer. Soy una mujer cansada. Cansada de ver cómo se le apaga la vida a las que se resignan. Yo no me voy a resignar. Y si el precio por vivir bien es entregarme a un hombre con dinero y hacerle sentir que es el dueño de todo… entonces que venga. Porque yo estoy dispuesta a hacer lo que sea para tener la vida que merezco.

La gente aquí no entiende nada. Me miran como si fuera una loca por hablar de cosas grandes, de lujos, de viajes, de vivir sin preocupaciones. Dicen que uno debe “agradecer lo que tiene”. Pero, ¿agradecer qué? ¿La pobreza? ¿La tristeza de ver pasar la vida sin esperanza? No, gracias.

Yo no quiero sobrevivir, yo quiero vivir bien.

Hace unas semanas empecé a hacer algo que nadie sabe. Me creé un perfil en una aplicación donde los hombres con dinero buscan “compañía femenina”. No les miento. Me puse fotos bonitas, nada vulgar, solo sugerente. Maquillaje suave, vestido entallado, sonrisa coqueta. Y ahí están: hombres que buscan lo que yo ofrezco.

Uno ya me escribió. Se llama Ernesto. Vive en la ciudad, maneja un negocio, tiene más de cincuenta años. Me dijo que le gustó mi forma de hablar, que nota que no soy como las demás. Le respondí con dulzura, le conté que vivo en un pueblo muy pobre, que sueño con otra vida, y que sería buena con el hombre que me diera la oportunidad de salir de aquí.

Y le encantó.

Me pidió una videollamada. Me vestí como nunca. Me puse el labial rojo que guardaba para una ocasión especial, me solté el cabello, y lo saludé con una voz suave, como si ya lo conociera de antes. Le hablé de mi mamá enferma, de mis sueños, de mi deseo de estudiar, de tener una vida decente. No le mentí del todo… solo adorné un poco la historia.

Él me dijo que está cansado de mujeres interesadas que solo lo ven como un cajero. Que lo que quiere es una mujer que lo cuide, lo valore, y le dé paz. Y yo le dije que eso soy yo.

No saben cómo se me aceleró el corazón cuando me dijo:
—¿Y si vienes a la ciudad una semana conmigo? Quiero conocerte. Te pago el transporte y te quedas en mi departamento.

Casi lloro. Pero mantuve la calma. Le dije que lo pensaría. Y claro que lo voy a pensar… pero ya sé la respuesta. Voy a ir.

Si él cumple su parte, yo cumpliré la mía. Seré todo lo que él necesite. Le haré sentir que tiene a su lado a una mujer agradecida, fiel, amorosa. Porque yo no voy a dejar que la vida se me escape por miedo o por vergüenza. Este es mi boleto.

Ya tengo una maleta lista debajo de la cama.
Ya no me importa lo que digan.
Mi historia apenas está comenzando.

Donde nadie debería vernos”Por una mujer que ama las emociones fuertes!No sé en qué momento me volví así. Tal vez fue aq...
04/08/2025

Donde nadie debería vernos”
Por una mujer que ama las emociones fuertes!

No sé en qué momento me volví así. Tal vez fue aquella vez en el elevador, o en el baño de un restaurante elegante, mientras al otro lado de la puerta la gente hablaba de cosas sin importancia. Solo sé que desde entonces, esa chispa no se apagó. Me gusta la sensación. Esa mezcla entre lo prohibido y lo irresistible. Como si el mundo entero pudiera atraparnos, pero solo si se atreven a mirar.

Todo comenzó con él. No era un hombre extraordinario a simple vista, pero tenía esa forma de mirarme que me derretía por dentro. Ese día, habíamos ido juntos a un museo. Él hablaba de arte, de historia… yo apenas lo escuchaba. Mi mente estaba en otra parte. En lo cerca que estábamos. En lo que podría pasar si nos dejábamos llevar, aunque fuera solo un poco.

Fue en uno de los salones menos transitados, frente a una escultura blanca, silenciosa, casi olvidada. Él se puso detrás de mí. Sentí su aliento en mi cuello y el roce leve de su mano rozándome la espalda, por encima de la blusa. Nadie más estaba cerca… o eso queríamos creer.

Mi respiración se aceleró. Cerré los ojos un instante, fingiendo admirar la obra. Su mano bajó un poco, apenas tocándome, como si estuviéramos jugando a ver quién se atrevía más. Yo no me moví. No dije nada. Solo dejé que ocurriera.

Me volteó con cuidado, sin palabras, y nos besamos. Lento, profundo. Como si el mundo se hubiese detenido ahí mismo. Su cuerpo contra el mío, mi espalda contra la pared del pasillo, con la certeza de que en cualquier momento alguien podría doblar la esquina.

Y eso era lo que más me atraía.

La posibilidad de ser descubierta. El sabor de lo clandestino. Mi piel erizándose con cada movimiento de sus manos, mis dedos aferrándose a su camisa, el silencio del museo siendo cómplice de nuestro secreto.

No fue largo. Ni necesitaba serlo. Cuando nos separamos, aún podía sentirlo en mi piel. Caminamos de nuevo entre la gente, como si nada hubiera pasado. Pero dentro de mí, todo había cambiado.

Yo ya no era la misma.

A veces pienso que somos expertos en elegir lugares incorrectos. Como si tuviéramos un radar para detectar rincones donde no deberíamos estar haciendo lo que hacemos.

Esa tarde fui a visitarlo a su oficina. Supuestamente, solo para entregarle unos documentos. Llevaba una falda que apenas rozaba mis rodillas y una blusa sencilla, pero sabía lo que provocaba en él. Lo vi en sus ojos apenas abrí la puerta. Esa mirada que me recorre de pies a cabeza, como si me desvistiera en silencio.

—La sala de juntas está libre —me dijo en voz baja, como si ya hubiéramos hablado de eso antes.

No dudé.

La habitación estaba fría, silenciosa, con esa luz blanca que cae desde el techo como si todo ahí debiera ser formal, serio… intocable. Me apoyé contra la gran mesa de madera y esperé. Él cerró la puerta con seguro, aunque sabíamos que alguien podía necesitarla en cualquier momento.

Se acercó lento. Sin palabras. Me tomó de la cintura y me alzó para sentarme sobre la mesa. Sus labios encontraron mi cuello y yo cerré los ojos, disfrutando el contraste entre su calor y el aire frío de la sala.

Su mano subió por mi muslo con lentitud, como si probara cada centímetro antes de seguir. Yo solo podía morderme los labios y respirar hondo, tratando de no gemir. Sus dedos se enredaban con los botones de mi blusa, mientras el reloj de la pared marcaba los segundos que se sentían eternos.

—Nos pueden escuchar… —le susurré entre jadeos suaves.

—Eso lo hace mejor —contestó, apenas rozando mi oído.

Lo miré, con esa mezcla de desafío y entrega que él ya conocía bien. Y entonces me dejé llevar.

La emoción era distinta allí. No era solo deseo. Era adrenalina. La tensión de saber que al otro lado de la puerta había personas, teléfonos sonando, pasos, voces… y aun así, nosotros ahí, rompiendo las reglas.

Terminamos rápido, pero intensamente. Sin desordenar demasiado. Solo lo justo para sentir que habíamos cruzado una línea. Me acomodé el cabello frente a la pantalla apagada de la sala. Me vi en el reflejo: las mejillas sonrojadas, la sonrisa cómplice.

Cuando salimos, nadie sospechó nada. Al menos eso creo.

Y aunque no lo dijimos en voz alta… ambos sabíamos que habría una próxima vez.

Entre el amor y el deseo”Cuando salí de Colombia tenía apenas veinticuatro años. Había terminado una carrera técnica, tr...
03/08/2025

Entre el amor y el deseo”

Cuando salí de Colombia tenía apenas veinticuatro años. Había terminado una carrera técnica, trabajaba en un salón de belleza y soñaba con algo más… algo diferente. Llegar a Estados Unidos fue difícil al principio, pero ahí fue donde conocí a Fernando. Un mexicano amable, trabajador, simpático, y con esos ojos que hablaban más que sus palabras. Todo fue rápido. En menos de un año ya estábamos casados.

Él me trataba como a una reina. Me enseñó a confiar, me apoyó en todo, y me hizo sentir protegida. Yo lo amaba, lo amo… o eso creía hasta que nos mudamos a México.

Fue su idea. Quería estar más cerca de su familia, y aunque me costó dejar lo que habíamos construido en Texas, lo seguí. Por amor. Llegamos a su pueblo, un lugar tranquilo, con calles empedradas, calor húmedo y gente muy cálida. Y fue ahí donde conocí a Él… a Leonel, su hermano mayor.

Desde el primer día que lo vi, algo me tembló por dentro. Leonel es más serio que Fernando, pero tiene una mirada intensa, unos brazos fuertes curtidos por el trabajo del campo y una sonrisa apenas escondida bajo su barba. Su forma de mirarme es lo que más me desarma… no sé si lo hace a propósito, pero siento que me desvestía sin tocarme.

Los primeros días pensé que era sólo imaginación mía, pero él también empezó a buscarme con pequeñas cosas: un comentario, un gesto, una visita sin razón mientras Fernando no estaba. Nunca me ha dicho nada directo, pero cuando nuestras manos se rozan, cuando me mira de reojo mientras me seco el sudor del cuello, cuando se queda callado mirándome… lo sé. Él también siente algo.

Y yo… yo estoy luchando conmigo misma. Porque aunque amo a mi esposo, también soy mujer. Y cada vez que lo veo, siento que mi cuerpo me traiciona. Me paso las noches preguntándome si es sólo atracción, si es simple tentación, o si es esa parte de mí que se siente sola y fuera de lugar en un país que no es el mío.

Nunca le he fallado a Fernando, y me duele sólo imaginarlo. Pero a veces me descubro soñando con los labios de Leonel, con sus manos en mi cintura, con su voz ronca diciéndome que me desea. Me siento sucia por pensarlo, pero también viva… como no me había sentido en años.

No sé qué va a pasar. No sé si voy a ser capaz de resistirme. Pero cada día que pasa, la línea entre lo correcto y lo prohibido se vuelve más delgada… y el deseo más fuerte.

No sé en qué momento dejé de resistirme… tal vez fue una tarde de esas calurosas, cuando Fernando se había ido a la ciudad por trabajo. Me quedé sola en casa, sudando, sintiéndome fuera de lugar. Estaba limpiando el patio cuando Leonel apareció en la reja, con una bolsa de mangos y esa sonrisa tímida que me derrite.

—¿Puedo pasar? —me dijo, mirándome con esa calma peligrosa que tiene él.

Asentí sin decir nada. Me temblaban las manos. Él entró como si ya conociera cada rincón de mi cuerpo. Me ofreció un mango pelado, con chile y limón. Yo lo mordí… y él me miró los labios como si fuera a comérselos.

—Tienes algo aquí —me dijo, acercándose. Me limpió la comisura con el pulgar, y no lo quitó. Se quedó ahí, tocándome la cara con una ternura que me rompió por dentro.

—Leonel… —murmuré, casi rogando que se alejara… o que no lo hiciera.

Y entonces lo hizo. Me besó. Firme, profundo, con esa necesidad guardada que ambos traíamos arrastrando desde semanas atrás. Sentí que el mundo se me deshacía en los pies. Fue como si todo lo que había reprimido saliera de golpe.

Me llevó dentro de la casa. No hablamos. No hizo falta. Su cuerpo encontró el mío con una facilidad aterradora, como si hubiéramos sido hechos el uno para el otro. Me quitó la ropa despacio, mirándome como si fuera un tesoro escondido. Me besó cada parte con hambre, con deseo, con una entrega que no había sentido jamás.

Yo lo tomé también, con culpa, pero sin detenerme. Lo besé como si fuera la última vez que iba a sentirme deseada así. Me aferré a él, lo sentí dentro de mí, llenándome por completo mientras afuera el calor seguía ardiendo… pero no tanto como mi piel.

Cuando todo terminó, quedamos en silencio. Solo se escuchaba mi respiración entrecortada y el tic-tac del reloj de la cocina.

—No debía pasar —susurré, con los ojos aún cerrados.

—No —me respondió él—. Pero pasó.

No me atreví a mirarlo. Me sentía sucia… culpable… pero también viva. Como si algo dormido en mí se hubiera despertado.

Esa fue la primera vez. No la última.

Ahora me debato entre dos fuegos. El amor de Fernando, que me ha dado todo. Y la pasión de Leonel, que me hace sentir que aún soy joven, deseada, viva.

Sé que no puedo seguir así… pero tampoco sé cómo parar.

Mi puesto y mis besos”Dicen que cuando una mujer se queda sin opciones, se vuelve más peligrosa que el hambre. Y yo… yo ...
02/08/2025

Mi puesto y mis besos”

Dicen que cuando una mujer se queda sin opciones, se vuelve más peligrosa que el hambre. Y yo… yo ya tenía años con hambre. No de comida, sino de paz, de descanso, de no estar contando los pesos todas las noches como si fueran granos de arroz para ver si alcanzaba para la leche de mi hija.

Me llamo Teresa. Tengo 38 años y desde los 25 puse un pequeño puesto de comida al lado de la carretera, justo frente a un hotel de paso. Nada lujoso, pura comida casera: tortas, sopes, tacos de guisado. Mi especialidad eran los de chicharrón en salsa verde, de esos que huelen a casa y te llenan hasta el alma. Trabajaba desde las seis de la mañana hasta que caía la noche, con las manos hinchadas por el calor de la estufa y los pies adoloridos de tanto andar.

Lo hice todo por mi hija, Sofi. La tuve a los veinte, sola, sin papá a la vista y con una familia que me cerró la puerta. Me volví madre y padre. La metí a la escuela, le compré sus cuadernos, sus uniformes, hasta su primer celular con lo poquito que me dejaban las propinas. Pero últimamente… las cosas se pusieron feas. La gente ya no comía en la calle como antes, los precios subieron y las ganancias se fueron al suelo. Llegó un punto en que no tenía ni para pagar el gas.

Una noche me quedé sentada en mi banquito, mirando el letrero del hotel enfrente. Lo veía diario, pero esa vez lo miré distinto. Vi cómo llegaban hombres solos, bajaban con mirada cansada, algunos tristes, otros con la necesidad escrita en la cara. Y entonces lo pensé. Fue como si una idea vieja que siempre había rondado se sentara conmigo y me hablara al oído.

Esa misma semana, cambié el menú. No lo escribí en la pizarra, claro que no. Eso era solo para los de confianza, los que sabían leer entre líneas. Empecé a vestirme distinto: blusa con escote, labios bien pintados y sonrisa discreta. A veces no decía nada, solo mantenía la mirada un segundo más de lo necesario. Y si él entendía, me decía: ”¿Tienes algo especial?” Yo asentía y le decía que cruzara al hotel, que en cinco minutos estaría ahí.

Mi puesto seguía siendo la fachada. Lo atendía como siempre, pero ya no me desesperaba si no se vendían todos los tacos. Porque ahora, cuando un cliente salía del hotel después de estar conmigo, salía más que satisfecho. Y yo, por fin, empezaba a respirar. Podía pagar la renta, comprarle a Sofi una mochila nueva, hasta darle unos gustitos de vez en cuando.

No me da vergüenza. Mi cuerpo es mío y si con él puedo sobrevivir y darle a mi hija lo que necesita, lo hago sin culpa. Nadie me obliga, nadie me explota. Yo pongo las reglas, yo decido con quién y cuándo. Algunos regresan solo por mis besos, dicen que no han probado otros como esos. Y yo sonrío, porque sé que no mienten.

Sigo aquí, con mi puesto de comida frente al hotel. La gente pasa y me ve como una más. Pero yo sé que detrás de mis ojos hay una mujer que ya no se deja morir, que encontró su camino entre la salsa y los secretos.

La Honrilla del Río”Contado por mí, la que se atrevió…No sé si alguna vez han sentido ese fuego que te nace en el pecho,...
02/08/2025

La Honrilla del Río”
Contado por mí, la que se atrevió…

No sé si alguna vez han sentido ese fuego que te nace en el pecho, que no se apaga con nada, ni con la culpa, ni con los rezos, ni con el recuerdo de tus hijos durmiendo en su cama. Así me pasó a mí. Y no me arrepiento.

Mi nombre no importa. Lo que importa es que me enamoré… del esposo de mi comadre. Sí, mi mejor amiga. De esas que te prestan el alma, que te abrazan cuando lloras y te hacen café cuando estás cruda del alma. A ella la traicioné. Pero es que el amor no siempre llega donde debería.

Todo empezó una tarde de calor, cuando fuimos todos al río: los niños jugando, los maridos tomando una cheve, y nosotras riendo como siempre. Fue en ese momento que lo sentí: su mirada se me metió por dentro como el sol entre las ramas. Me sentí deseada, viva. Y me dejé llevar.

La primera vez que me besó fue ahí mismo, en la honrilla del río, entre los matorrales que lo esconden todo menos el pecado. Fue suave, fue urgente, fue delicioso. Y desde esa tarde, cada vez que podíamos escaparnos, ahí nos encontrábamos: yo salía con cualquier pretexto, y él igual. A veces con la ropa mojada, otras sudando del calor y la pasión. Y siempre con esa mirada que me decía: “Tú eres mía, aunque el mundo diga que no”.

No sé cómo no nos cacharon antes. La tierra húmeda, las hojas pegadas en la espalda, el corazón latiendo como caballo desbocado. No era solo intimidad… era algo más. Me sentía viva. Me sentía mujer.

Y llegó el día en que no pude más. Ni él tampoco. Una noche, mientras mi marido roncaba al lado y mis hijos dormían en su cuarto, empacamos unas mudas de ropa y nos fuimos. Él dejó a mi comadre, y yo a mi familia.

¿Cobardía? ¿Traición? ¿Locura? Quizás. Pero también fue amor. Porque a pesar de todo, él me hace reír, me toca como nadie, y me hace sentir que no estoy mu**ta por dentro.

A veces lloro por mis hijos. A veces sueño con el rostro de mi comadre llorando, y me duele. Pero cuando despierto, él está a mi lado, me abraza por la cintura y me susurra al oído que todo va a estar bien.

Y yo le creo. Porque si me voy a condenar, que sea por un amor de esos que te arrastran como la corriente del río. Y que los matorrales sean testigos, otra vez.

Al principio todo fue como una fantasía. Nos fuimos sin rumbo, con lo puesto y unas monedas que él traía escondidas. Dormimos esa primera noche en un cuarto barato, de esos con paredes húmedas y sábanas que olían a viejo, pero yo me sentía como si estuviera en un palacio, porque él me hacía el amor con una hambre que no había conocido nunca. No había relojes, no había gritos, no había deberes… sólo el y yo, su voz en mi oído, su boca buscándome con deseo.

Nos reíamos como adolescentes. Comprábamos pan y café en la tienda del pueblo, y luego caminábamos por la vereda como si fuéramos libres de todo. Pero claro… la realidad no tarda en alcanzarte.

A los pocos días, empezaron a llegar los mensajes. Mi esposo, desesperado, mi comadre… uno tras otro. Ella me rogaba que regresara, que pensara en los niños. Me decía que no entendía, que si me faltaba algo, por qué no se lo había dicho. Yo no le contesté. No podía. ¿Qué le iba a decir? ¿Que su esposo me conocía mejor que yo misma? ¿Que su esposo me hacía tocar el cielo entre las piedras del río?

Los remordimientos me llegaban de noche. Cuando él dormía, yo me levantaba en silencio y me asomaba a la ventana del cuartito donde vivíamos. Pensaba en mis hijos, en sus caritas, en la forma en que me decían “mamá” como si fuera lo más seguro del mundo. Y lloraba en silencio. Pero por la mañana, cuando él me abrazaba y me decía que algún día todo estaría bien, yo me aferraba a eso como quien se agarra a una tabla en medio del naufragio.

Volvimos al río una vez. Yo quería, necesitaba estar ahí otra vez. Me quité la ropa y me metí al agua. Él me miraba como si fuera la única mujer del mundo. Me hizo de todo entre los matorrales, con el sol filtrándose entre las ramas. Fue como volver a ese primer pecado… pero con más dolor, y más amor también.

No somos santos. Lo sabemos. Pero tampoco somos cobardes. Elegimos este camino, sabiendo que cuesta caro. Tal vez un día él me deje, o yo me arrepienta. Tal vez mis hijos no me perdonen nunca. Pero si algo tengo claro, es que no me voy a morir sin haber sentido esto. Este amor salvaje, escondido, sucio y limpio al mismo tiempo. Este amor que me hace pecadora… pero viva.

No todo lo que arde permanece. A veces el fuego consume… y no queda nada.

Pasaron los meses. Vivimos juntos en un cuartito rentado al borde de un pueblo donde nadie nos conocía. Él consiguió trabajo como albañil, y yo lavaba ropa ajena. No era la vida de ensueño, pero nos bastaba con mirarnos y tocarnos por las noches para convencernos de que lo nuestro tenía sentido.

Pero el amor no siempre es suficiente.
Poco a poco, empezaron las grietas. No en la pared de la casa… en nosotros. Él extrañaba a sus hijos, y yo los míos. Había noches en que lo encontraba llorando, en silencio, con una foto arrugada en las manos. Otras veces, yo despertaba empapada en culpa, soñando con las voces de mis hijos llamándome.

Y luego vino el día en que nos descubrieron.

Era domingo. Habíamos vuelto al río, como cada cierto tiempo, como si esa agua nos limpiara del pecado. Él me tenía sobre una piedra caliente, besándome como si el mundo fuera a acabarse, cuando escuchamos los pasos. Gritos. Insultos. Y luego lo vi a él… a mi esposo. Con los ojos llenos de furia y de dolor. Y detrás, mi comadre.

No dije nada. No lloré. Solo me cubrí el cuerpo y bajé la mirada.

No hubo golpes. No hubo drama. Solo un silencio tan pesado que todavía lo escucho en mi pecho. Mi esposo me miró una última vez y se fue. Ella también. El compadre quiso correr tras ellos, pero le dije que no. Le tomé la mano con firmeza. Y ahí entendimos que lo que habíamos hecho ya no tenía vuelta atrás.

Volvimos al cuarto. Solo nos abrazamos, como dos náufragos que por fin entienden que no habrá rescate.

Un mes después, él se fue. Dijo que quería recuperar a sus hijos, aunque ella ya no lo quería. Me besó la frente y me dijo que me amaba, pero que no podía más.

Yo no lo detuve.

Hoy vivo sola, en otro pueblo. Trabajo en una fondita, y nadie sabe mi historia. Mis hijos no me hablan. A veces les mando cartas, pero no contestan. A veces camino hasta el río más cercano y me siento entre los matorrales, con la esperanza de volver a sentir ese primer beso, esa primera caricia. Pero ya no llega.

Solo queda el recuerdo. El ardor. La certeza de que amé con locura, aunque doliera.
Y aunque lo perdí todo, al menos sé que no me fui de esta vida sin haber ardido.

Desde la primera vez que lo vi, supe que algo en mí había cambiado.No sé si fue por su manera de moverse entre los autos...
02/08/2025

Desde la primera vez que lo vi, supe que algo en mí había cambiado.

No sé si fue por su manera de moverse entre los autos, con esos brazos marcados por el trabajo duro, o por esa mirada seria que apenas y se desviaba de su labor. Se llama Samuel. Tiene, si acaso, unos veintisiete años. Y yo… bueno, yo ya pasé los cuarenta.

Cada mañana paso por enfrente del taller donde trabaja. No es que tenga algo qué hacer por ahí, pero invento excusas: que voy a la tienda, que voy a dejar algo al correo, que simplemente me dio por caminar. Pero en realidad, todo lo que quiero es verlo a él.

Me arreglo más de lo necesario. Me pongo vestidos ceñidos, algo de labial rojo, tacones aunque sé que voy a andar varias cuadras. Me aseguro de que cada curva se note, de que el viento me juegue a favor con el cabello. Y siempre, justo al pasar frente al taller, finjo que busco algo en mi bolso, o que se me desató el zapato. Cualquier tontería para quedarme unos segundos más ahí.

Pero él nunca voltea.

A veces me dan ganas de gritarle: ”¡Hey, mírame! ¿No ves que me desvivo por una mirada tuya?” Pero no lo hago. Solo sigo caminando, con esa mezcla de orgullo herido y deseo atorado.

Una vez me atreví a entrar al taller. Le dije que mi carro hacía un ruido raro, aunque el coche estaba perfectamente bien. Me atendió serio, profesional, educado… pero ni una sonrisa, ni un coqueteo, nada. Revisó el motor, me explicó cosas que ni entendí, y me cobró barato. Y yo, que iba lista para que al menos me pidiera el número, salí de ahí sintiéndome invisible.

No entiendo qué me pasa. ¿Será que me obsesioné con él solo porque no me hace caso? ¿O será que en el fondo me niego a aceptar que los años ya pasaron, y que ya no provoco las miradas que antes me llovían sin pedirlas?

Pero ahí estoy, todas las semanas, caminando por la misma banqueta, dejando perfume en el aire, cruzando los dedos por una mínima señal… una mirada, una sonrisa, un simple “buenos días”.

Y aunque no llegue, yo sigo. Porque hay algo en él, en su silencio, en su juventud, que me hace sentir viva otra vez.

Hay días en que me convenzo de que lo he superado. Me levanto decidida a no pasar por el taller, a no buscarlo con la mirada, a ocupar mi cabeza en cualquier otra cosa. Pero basta con que escuche el sonido de un motor viejo encendiéndose, o que me llegue el olor a aceite quemado desde la esquina, para que mi cuerpo actúe solo. Sin pensarlo, ya estoy en la puerta, peinándome frente al espejo como una adolescente nerviosa.

Hoy pasé por ahí otra vez.

Llevaba un vestido negro, simple, pero ajustado. El escote medido, como para que se notara pero no pareciera obvio. Mis tacones hacían ese sonidito firme contra la acera, y yo caminaba derecha, segura, fingiendo que no me importaba si me miraba o no.

Y claro, ahí estaba él. De espaldas, con el torso apenas cubierto por una camiseta blanca manchada de grasa. Agachado sobre el motor de una camioneta. Las gotas de sudor le corrían por el cuello, y esa vena de su brazo se marcaba mientras sujetaba una llave inglesa con fuerza.

Yo pasé más lento de lo normal. Fingí que hablaba por teléfono, que reía, que estaba muy ocupada y muy feliz. Todo eso, solo para que él me viera y pensara, “Esa mujer tiene algo…” Pero no. Ni un vistazo. Ni una distracción. Nada.

Me mordí el labio, frustrada. Por dentro, me hervía algo entre rabia, deseo y tristeza. Me sentía ridícula. ¿Qué mujer adulta se deja afectar así por un hombre que ni siquiera sabe su nombre?

Volví a casa con los pies adoloridos, el maquillaje un poco corrido por el calor… y el corazón igual de vacío que ayer.

He intentado distraerme, mirar a otros hombres, incluso salir con uno que me invitó a cenar hace poco. Pero ninguno me despierta eso que me despierta Samuel. Esa mezcla de curiosidad, atracción y humillación. Porque sí, me siento humillada por mí misma. Como si me hubiera convertido en una sombra que ronda un taller, esperando migajas de atención.

A veces sueño con él. En mis sueños, me llama por mi nombre. Me sonríe. Me dice que siempre se fijó en mí, pero que no se atrevía porque pensaba que yo era demasiado mujer para él. Me besa con las manos sucias, y yo no me quejo.

Pero cuando despierto, no hay nadie. Solo el sonido lejano de un motor… y mi propia respiración, agitada, ansiosa, como si todavía esperara que un día, por fin, me mire.

Y me vea.

Me di vueltas en la cama, con el ventilador soplando tibio y la sábana enredada entre mis piernas. Cerraba los ojos y lo veía ahí, con su camiseta sucia, los dedos manchados de grasa, y esa mirada seria que nunca se posa en mí. Y entonces, sin quererlo, sin poder evitarlo, empecé a imaginar…

Estoy en el taller, pero ya no soy una simple mujer que pasa por ahí. Esta vez entro sin pretextos, sin mentiras. Lo miro a los ojos y le digo con voz firme:
—Quiero que me mires.

Él deja lo que tiene en las manos. Sus ojos por fin se encuentran con los míos. Se limpia el sudor con el dorso del brazo y da un paso hacia mí. Me sostiene la mirada como si de pronto me viera de verdad, por primera vez.

—Siempre te he visto —me dice—, pero pensaba que tú solo jugabas conmigo.

Y entonces me toma de la cintura. Sus manos son grandes, fuertes, algo ásperas… pero cuando tocan mi piel siento que se derriten en mí. Me empuja suavemente contra la pared del fondo del taller, donde nadie nos ve. Hay olor a gasolina, a fierro caliente… pero nada de eso importa.

Me besa. Y no es un beso dulce, no. Es un beso lleno de ganas contenidas, de todo lo que no dijimos, de los días que pasé caminando frente a él fingiendo que no me moría por esto. Su cuerpo se pega al mío, me sostiene con una fuerza que me desarma, me hace sentir pequeña, deseada, perdida.

—No sabes cuántas veces te soñé así —le susurro.
—Yo sí lo sé —me responde al oído—, porque yo también.

Me sube el vestido, sin apuro pero con hambre. Mis piernas tiemblan, mi respiración se entrecorta. Lo quiero, lo deseo, y en ese instante, en esa fantasía, él me pertenece. Soy suya y él es mío, por fin, sin miradas indiferentes, sin silencios hirientes.

Y justo cuando iba a entregarme a él por completo, la imagen se rompe.

Abro los ojos.

Estoy sola. Mi cama vacía. Mis piernas aún temblando, pero por la frustración de saber que todo eso solo está en mi cabeza.

Sus manos nunca me han tocado. Sus labios no conocen los míos. Él sigue allá afuera, arreglando autos, sin saber que aquí, en esta habitación, lo he amado en silencio, con cada paso que doy frente a su taller.

Y yo… yo me quedo con mi deseo, mordiéndome por dentro, esperando, como cada día, que algo cambie.

Aunque sé que probablemente nunca lo hará.

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