19/01/2026
El tango es plural, puede ser de salón, de show o de exhibición. Pero cuando las palabras y los hechos se desalinean, la transmisión se debilita.
Esta reflexión busca abrir preguntas más que dar respuestas.
“Cuando el tango prometido como arte popular termina siendo marketing, y deja de ser el que se baila en la milonga.”
El tango se presenta, con razón, como un arte popular, nacido en los barrios de Buenos Aires. Su matriz sigue siendo la milonga: la música bailable, la ronda compartida, la improvisación escuchando la música, que hace dialogar dos cuerpos en un espacio social vivo.
Ese tango de pista, (de la milonga) discreto pero profundo, constituye la herencia primera de nuestra danza.
Sin embargo, en la práctica contemporánea ya no alcanza con oponer “tango de pista” y “Tango Show”.
Existe un tercer registro, demasiado olvidado en el debate: el tango de las demostraciones de maestros, esas exhibiciones que abundan en YouTube y que, sobre todo en Europa, se convirtieron en el modelo principal para los bailarines que recién empiezan.
Ese tango no es ni el de la milonga ni el del «Tango Show». Es un híbrido: una sucesión de secuencias no tan espectaculares, pero que no se pueden hacer con fluidez en la pista de la milonga, estas secuencias están pensadas para impresionar al público y, sobre todo, para atraerlo a las clases de los maestros.
Como me decía Hugo Mastrolorenzo: «… Ese tango no es un arte, es un catálogo de secuencias para que los que miran vienen a las clases…».
Todo eso sería perfectamente legítimo, si el discurso que acompaña a esas demostraciones asumiera claramente su función promocional. El problema ético aparece cuando ciertos docentes se reivindican del tango social, de la autenticidad popular, mientras que en sus clases transmiten en realidad el repertorio de las exhibiciones: figuras impactantes, pero imposibles o muy difícil de usar en una milonga. Se anuncia tango de pista, pero se entrega otra cosa.
No se trata de juzgar opciones artísticas o pedagógicas: "Tango Show", “tango de pista- de salón”, "tango de exhibición", todos tienen su lugar. Pero la coherencia entre el discurso y la práctica es esencial. Cuando uno se apropia de un legado, tiene que encarnarlo, no solo usarlo como bandera de marketing. De lo contrario, se cae en una forma “suave” de usurpación: aprovechar el prestigio del tango popular para vender un producto distinto.
Las consecuencias son claras:
• alumnos convencidos de aprender el “verdadero tango”, que descubren en la milonga que sus secuencias no encajan allí.
• una cultura que se desnaturaliza, transformada en una vidriera atractiva pero alejada de su esencia social.
El tango no tiene nada que temerle a la pluralidad.
Puede ser “de Pista, de Salon” ( lo de la Milonga) , "de scénario" o tango para “exhibición”.
Pero tiene mucho que perder si las palabras y los hechos no se alinean. En un arte que se transmitió siempre por la coherencia entre la vivencia y la palabra, el alineamiento no es un detalle: es una marca de respeto. Respeto hacia los alumnos, respeto hacia la cultura, respeto hacia el propio tango.
Entonces, ¿qué queremos transmitir a las nuevas generaciones de bailarines que hoy descubren el tango?
¿Un arte de salón vivo, enraizado en la milonga?
¿Una estética espectacular del «Tango Show»?
¿Un catálogo de secuencias pensado para seducir miradas más que para nutrir la experiencia?
¿O tenemos la responsabilidad de aclarar, de asumir nuestras elecciones y de permitir que cada uno entre al tango con plena conciencia de lo que va a recibir ?
Richard Garrido