10/10/2024
Me encontraba aquella noche ingresando a un concurrido local de buena comida y mejor ambiente cerca de la plaza de Reque, cuando me llamaron desde el fondo —¡Jonazg! a los tiempos—. era un amigo del barrio a quien la última vez que lo vi fue de pequeño jugando pelota cerca al 10050, por la comisaría, con la muchachada de antaño y ahora tuve que alzar la vista para reconocerlo. Me contó de su viaje por Ecuador, de su trabajo como cocinero, de sus aventuras por Bolivia como chofer y su último trayecto por Chile como entrenador de futbol. Me sorprendía todas las experiencias y los mil oficios que pudo acumular en apenas diez años. — Ahora me encuentras aquí Jonazg, ahogando las penas— me dijo entre las lágrimas y el sudor de su borrachera. Esperaba con ansias contactarme para que cantara en la inauguración de su primer restaurante en nuestro pueblo, la tierra que lo vio nacer. Tenía mucha ilusión y regresó con el dinero ahorrado para cumplir su sueño. Alquiló un local grande, lo adornó de colores celestes, blancos y azules como el mar, compró mesas, sillas y todos los enseres para la cocina y a pocos días de anunciar la inauguración de su local recibió una llamada pidiéndole mil soles para que pudiera iniciar su negocio. —¡Esos malditos!—. No eran de la municipalidad, ni de la sunat, eran unos delincuentes que ofrecían su "protección" para que nada le pase y pueda trabajar tranquilo. Me contó que se le vino el mundo abajo. Le contó a su familia y le dijeron que lo denunciara que no se dejara amedrentar. —Ya conozco esos casos y ese mundo Jonazg, terminaré con una bala y mi gente muy mal, no tuve opción, cerré no más— Brindó conmigo, tomó todo el licor de un solo intento y luego me dijo que estaba vendiendo lo que podía y que sólo era un contratiempo, nada lo detuvo antes ni lo detendrá ahora. Iba a continuar sus viajes y que esperaba verme de nuevo alguna vez, quizá para el siguiente intento cuando su sueño pueda hacerse realidad. Así será amigo. Me despedí y me dirigí a la mesa con el grupo que debía reunirme. Ya siendo la una de la mañana salí solo con dirección a mi casa. Tuve miedo. En mi pueblo donde nunca había sentido algo así, donde lo más cercano fue el saber que a esa hora paseaban los ronderos, látigo en mano, tuve miedo. Respeto, pensé, antes había respeto porque la autoridad era fuerte y confiable y aunque la justicia era precaria se ejercía y las personas le tenían fe. Continué mi camino con cuidado y al llegar y luego cerrar la puerta pensé, esos malditos, ahora si hace falta un grupo Colina. Que tonterías se vienen a mi cabeza, nada es tan simple y la vida cada día vale menos. Protégenos Señor, Amén.
Jonazg Martin.