29/11/2024
Cuando pinté a la señora Olga, noté algo que el tiempo jamás logró cambiar: su sonrisa. Esa misma sonrisa, intacta y fresca, parecía desafiar los años. Había algo en la curva de sus labios que hablaba de juventud eterna, de una fuerza que ni el paso de los días pudo desgastar.
Siempre fue una mujer fuerte. Caminaba con determinación, contando cada paso mientras se dirigía a los campos de su hogar. En su andar, llevaba consigo no solo la carga del trabajo, sino también el amor por su tierra y por quienes la rodeaban.
Muchos la recordamos alrededor de la cocina, compartiendo generosamente las bondades de sus manos mágicas. Sus platillos no solo alimentaban el cuerpo, sino también el alma. Era imposible no admirarla, y quizás también un poco inevitable sentir envidia por quienes tuvieron el privilegio de llamarla su madre, incluso aquellos que llegaron de lejos para estudiar con Palito Miranda.
Porque Olga no solo fue madre de sangre, sino madre de corazón. Su cariño y atención transformaron a todos los que tuvieron la suerte de cruzar su camino.