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Hecho en AQP Made in AQP Página de Claudia Ballón Rodríguez, admin de "Arequipa Incomparable" y "Arequipeños en el mundo".

"Iglesia de Santa Marta..."2° puesto.Obra realizada durante la jornada en vivo en el III Concurso Nacional de Acuarela "...
03/09/2026

"Iglesia de Santa Marta..."
2° puesto.
Obra realizada durante la jornada en vivo en el III Concurso Nacional de Acuarela "Jorge Vinatea Reinoso", edición 2026, llevado a cabo en el marco del aniversario #486 de la ciudad de Arequipa el 29 ago 2026.
Acuarela de Miguel Ángel Meza Alejo.
Arequipa incomparable
Arequipeños en el mundo
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Claudia Ballon Rodríguez

Arequipa: ancestral paraíso de piedra y fuego Arequipa es, ante todo, un paradigma de contradicción sublime.Ciudad príst...
31/08/2026

Arequipa: ancestral paraíso de piedra y fuego

Arequipa es, ante todo, un paradigma de contradicción sublime.

Ciudad prístina tallada en sillar blanco, se yergue imponente entre tres volcanes que la vigilan como centinelas de un pacto ancestral: el Chachani, el Pichu Pichu... y el Señor Misti, presencia inquebrantable que corona el horizonte con una belleza casi inaudita.

La historia de la Ciudad Blanca no es línea recta, ni dócil sumisión: es titánica, colosal, forjada entre temblores que la sacudieron con fuerza, sin lograr jamás quebrar su carácter bravío e indómito.
Ése es su rasgo más intrínseco: una tierra resiliente que se levanta incólume tras cada embate, dejando una huella indeleble en la mente y en el corazón de quien la transita.

Recorrer su centro histórico es una epifanía vívida: el Monasterio de Santa Catalina despliega un laberinto enigmático y portentoso de calles teñidas de luz; mientras iglesias y balcones coloniales narran, con acento vernáculo e idiosincrático, un pasado egregio que se resiste tenazmente al olvido.

Es, en suma, un patrimonio emblemático, tan rico en matices que se muestra polifacético en cada esquina, múltiple y vivo en cada relato que sus piedras custodian.

Al traspasar sus límites urbanos, se abre una confluencia de paisajes casi oníricos.

El Cañón del Colca, insondable y fastuoso, regala el vislumbre fulgurante del cóndor trazando círculos sempiternos sobre el abismo.

El Valle de los Volcanes se vuelve etéreo y deslumbrante al amanecer, un espectáculo inconmensurable que roza lo inefable.

Nada aquí es efímero: cada paisaje imprime una marca perenne en la memoria del viajero.

Y está su gente: sapiente sin alardes, elocuente sin pretenderlo, ecuánime en el trato y solidaria por natural inclinación.

El arequipeño lleva en sí una dicotomía hermosa —recio y cálido a la vez—, rasgo consubstancial a su tierra que lo hace auténtico y magnético.

Su mesa merece elogios rimbombantes: la gastronomía local, fecunda y contundente, se sirve con un picante arrebatador y una generosidad embriagadora que conquista sin pedir permiso.

Arequipa alberga, además, un espíritu vanguardista y revolucionario que convive en armonía sinérgica con lo tradicional, en una simbiosis casi providencial entre la herencia del pasado y el aliento del futuro.

Su carácter es rotundo, arrollador, hechizante.

Su belleza, radiante y cautivadora.

Su historia, legendaria y verosímil a partes iguales.
Da fe meridiana, diáfana y nítida de un zeitgeist propio: lúcido, genuino e impoluto.

En esta coyuntura de turismo consciente, Arequipa sigue siendo lo que siempre fue —y lo que, con ineluctable certeza, perdurará—: insigne, descollante, exultante y, en esencia, absolutamente paradisíaca.

Reseña de Claudia Ballon Rodríguez (31 ago 2026).
Fotografías del 18 ago 2026 de:
#1: Pablito AQP, panorámica.
#2: Maria Cynthia Aleman Alatrista desde Cayma.
#3: Gina Lucila Mejia Paredes desde Cerro Colorado.
#4: Jorge Butrón López desde José Luis Bustamante y Rivero.
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El Barrio IV Centenario: un paseo por la Arequipa que quiso mirar hacia el futuro sin soltar  su pasado.¿Por qué se llam...
31/08/2026

El Barrio IV Centenario: un paseo por la Arequipa que quiso mirar hacia el futuro sin soltar su pasado.

¿Por qué se llama así?
Porque nació en la década de 1940 con un motivo muy puntual: celebrar los 400 años de la fundación española de la ciudad.
Fue idea del entonces alcalde Julio E. Portugal, junto con el ingeniero Alberto de Rivero, quienes soñaban con una Arequipa distinta a la que conocían hasta entonces.

Hasta ese momento, la ciudad seguía atada al trazado colonial, ese damero rígido de calles rectas y patios cerrados.
Ellos propusieron algo nuevo: un anillo de viviendas que creciera de forma radial, abriendo la ciudad hacia otros horizontes.

El barrio se inauguró un 21 abr 1945 -fíjense, coincidiendo con el cumpleaños del presidente de turno, Manuel Prado- y en su diseño participaron arquitectos y urbanistas de renombre, como José Álvarez Calderón y Emilio Harth Terré.

Ahora, miren a su alrededor: fíjense en las fachadas, en los jardines, en el uso del sillar.
Esto es lo que se conoce como estilo neovirreinal o neocolonial arequipeño.

Y aquí viene lo interesante: no es una simple copia de lo europeo.
Es una reinterpretación local, hecha con materiales y manos locales —el sillar blanco de nuestros volcanes— y pensado, además, para resistir los movimientos sísmicos tan propios de nuestra región.
Lo que rompe con la tradición colonial son los jardines al frente de las casas.

En el centro histórico, las viviendas coloniales se cerraban hacia adentro, hacia sus patios.
Aquí, en cambio, las casonas y chalets se abren hacia la calle con estos jardines delanteros, dándole al barrio un aire mucho más liviano, casi como el de una ciudad-jardín.

Si seguimos caminando, van a encontrar dos hitos que marcan esta zona: el Estadio Mariano Melgar —que, originalmente, se llamó Estadio IV Centenario— y la Parroquia Nuestra Señora del Pilar, obra de otro genio Enrique Seoane Ross.

Para entender bien este barrio, hay que pensarlo como parte de un momento clave: Arequipa, que siempre se consideró "la ciudad representativa de la República", buscaba en esos años proyectar una imagen moderna, burguesa, pero sin desconectarse de su identidad y su paisaje.

Fue, en cierto modo, un renacer urbano: después de los terremotos que golpearon a la ciudad en el siglo anterior, este tipo de proyectos ayudó a embellecerla y a devolverle el orgullo a sus vecinos.

Reseña y fotografías de Guillermo Hercilla Valcárcel (31 ago 2026).
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Claudia Ballon Rodríguez

En el extremo norte de la Plaza España, justo frente al edificio donde hoy se imparte justicia en Arequipa, se levanta u...
30/08/2026

En el extremo norte de la Plaza España, justo frente al edificio donde hoy se imparte justicia en Arequipa, se levanta un templo que ha visto pasar más de 4 siglos de historia sin perder su lugar ni su nombre: la iglesia de Santa Marta.

Antes de que existieran togas ni el palacio de justicia, antes incluso de que la plaza se llamara España, este rincón de la ciudad ya tenía dueña espiritual: Santa Marta, la santa que hoy sigue custodiando —con la misma paciencia de piedra con que custodia sus 2 torres gemelas— el antiguo umbral por donde Arequipa se abría hacia la sierra y hacia Puno.

Origen: una parroquia para los yanaconas...

La historia del templo no comienza como una historia de opulencia, sino de evangelización.

El 18 jub 1565, el cabildo de la ciudad acordó donar a la Iglesia Mayor la hermita de Santa Marta, con el fin de que sirviera de parroquia para administrar los sacramentos a los indios yanaconas y a los pobladores de la etnia yarabaya que habitaban sus alrededores.

Por esa razón se le conoció durante mucho tiempo como la "Parroquia de Indios".

Un mayordomo especialmente dedicado, don Diego Gutiérrez, impulsó el avance de la edificación, que se levantó formalmente en 1566 en honor a la santa que le da nombre.

La devoción popular hacia ella, sin embargo, se afianza, sobre todo, a partir de 1582, año que suele citarse como el del verdadero nacimiento del culto local.

Construcción y reconstrucción: del siglo XVII al Art Nouveau...

El edificio que hoy contemplamos no es, claro, el mismo que vieron los primeros feligreses del XVI.

La fábrica actual del templo se terminó de construir, aproximadamente, el 18 ene 1678, y su portada lateral —una de las más antiguas que conserva la ciudad— data justamente de ese año.

En 1810, se realizaron mejoras adicionales, pero el gesto más singular llegaría bastante después: en 1946 se construyó la fachada principal que hoy lo distingue, una obra maestra del Art Nouveau de dos cuerpos, coronada por columnas salomónicas extemporáneas y por la imagen central de Santa Marta, patrona de la ciudad.

Fueron los padres Carmelitas Descalzos quienes, al hacerse cargo de la parroquia, la restauraron y embellecieron, añadiendo nuevos ambientes para comodidad de los fieles.

Pocos templos del centro histórico pueden presumir, como este, de poseer dos torres —la de la izquierda dedicada a la epístola, la de la derecha al evangelio.

Solo la Catedral Basílica comparte ese privilegio arquitectónico en la ciudad.

Al interior, una sola nave de bóveda de cañón y arcos fajones conduce la mirada hacia un cielo pintado: un trampantojo de bóveda que reproduce, en pintura mural de espíritu Art Nouveau, la ilusión de una arquitectura que no existe pero que el ojo cree ver.

El Cristo de un rey y la santa que protegía de los temblores...

En su altar mayor descansa la joya devocional del templo: una imagen del Cristo de la Caridad —también venerado como Cristo Crucificado— que la tradición atribuye a un obsequio del propio rey Carlos V de España, entregado con fines evangelizadores a la naciente Arequipa.
Junto a él, la imagen de Santa Marta fue considerada durante generaciones la primera patrona de la ciudad, invocada como protectora contra los terremotos que tantas veces sacudieron y rehicieron sus templos, incluido el suyo propio.

Una plaza que cambió de nombre sin que la iglesia se moviera...

El espacio que hoy llamamos Plaza España tiene una historia casi tan móvil como sedentaria es la iglesia que la preside.
En la Colonia se la conocía como la plazuela de Santa Marta y, durante buena parte de la vida republicana, fue la plaza Puno, pues de allí partía la antigua ruta hacia el altiplano.
Su cercanía con la iglesia marcaba, además, el límite oriental de la ciudad, el punto exacto donde Arequipa dejaba paso a la zona agrícola.
Solo en 1921, con motivo del centenario de la independencia, la comunidad española donó la fuente de Neptuno y la municipalidad rebautizó el lugar como Plaza España.

Décadas más tarde, en 1988, se inauguró en su costado oriental la sede de la Corte Superior de Justicia de Arequipa que, desde entonces, convive con el templo colonial en una vecindad singular: de un lado la ley de los hombres, del otro la ley más antigua de la fe.

Así, entre expedientes judiciales y campanadas, la iglesia de Santa Marta sigue de pie donde siempre estuvo: en el umbral de la ciudad, guardando memoria de indios evangelizados, de reyes que enviaron cristos de ultramar, y de una plaza que cambió 3 veces de nombre sin que ella tuviera jamás que cambiar de sitio.

Acuarela de Kevin Anthony Palacios Arrese.
Obra realizada durante la jornada en vivo en el III Concurso Nacional de Acuarela "Jorge Vinatea Reinoso", edición 2026, llevado a cabo en el marco del aniversario #486 de la ciudad de Arequipa el 29 ago 2026.
Reseña de Claudia Ballon Rodríguez (30 ago 2026).
Recopilación de fuentes diversas.
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El sillar que soñó con París...Una reseña de la Belle Époque arequipeña...Hubo un tiempo, entre el crepúsculo del siglo ...
30/08/2026

El sillar que soñó con París...
Una reseña de la Belle Époque arequipeña...

Hubo un tiempo, entre el crepúsculo del siglo XIX y el amanecer del XX, en que Arequipa se miró al espejo y, por primera vez en 3 siglos, dudó de su propio rostro.

La ciudad que el barroco mestizo había esculpido en sillar —grave, telúrica, hecha de volcán y de fe— comenzó a soñar con balcones de hierro forjado, con mansardas y con el rumor lejano de los bulevares europeos.

Fue su propia belle époque, una hermosa época prestada que llegó desde París sin pedir visa ni traducción, y que la ciudad recibió como quien recibe a un huésped ilustre: con las mejores fachadas puestas.

No fue un sueño gratuito: fue el sueño que se compra con lana de alpaca y se transporta en los rieles del ferrocarril del sur.

El oro blanco y el silbato del progreso...
Todo comenzó, como casi siempre en la historia de los pueblos, con el dinero encontrando un camino nuevo.

La fibra de los auquénidos —esa lana fina que los rebaños altiplánicos ofrecían al mundo— se convirtió en el hilo invisible que unió los corrales del altiplano con los telares de Bradford y Roubaix.

Arequipa, ciudad de paso obligado entre la sierra y el puerto de Mollendo, se transformó en el gran mercado de acopio de esa riqueza textil.

En este escenario se alza, como testigo de piedra, la Casona Gibson: un local comercial fundado en 1873 por el británico Henry W. Gibson en la calle La Merced, desde donde se articulaba nada menos que la comercialización de lanas de auquénidos y ovinos —y también de madera— hacia Mollendo, Cabanillas, Cuzco y hasta La Paz.

El edificio, golpeado primero por el terremoto de 1784 y reconstruido tras el sismo de 1868, coincidió justamente con la llegada del ferrocarril al Perú, lo que permitió incorporar técnicas constructivas hasta entonces desconocidas en la ciudad.

En sus muros de sillar se lee, sin que nadie lo haya escrito, la historia entera del capital extranjero echando raíces en el valle del Chili.

El "vestido nuevo" de una ciudad barroca...
Pero el dinero, por sí solo, no cambia el alma de una ciudad.
Lo que la cambia es el deseo de sus élites de parecer otra cosa.
Y la burguesía comercial arequipeña de inicios del XX, enriquecida por el comercio lanero y bancario, ya no quería vestir el sobrio barroco mestizo de sus abuelos.

Quería, en cambio, el lenguaje académico de París y de Milán: columnas clásicas, esculturas de fachada, arcos decorativos, balaustradas de hierro traído en barco.

Así, casona tras casona, la planta baja se abrió en amplios vanos y escaparates para recibir al comercio y a las nuevas oficinas, mientras el segundo nivel se reservaba, como un palco de teatro, para la residencia señorial o el club privado donde los caballeros discutían de negocios y de Europa.

Fue una operación quirúrgica sobre el cuerpo colonial de la ciudad: no se destruyó el sillar, se le vistió de frac elegante.

La piedra que aprendió idiomas nuevos...
Lo más fascinante de esta transformación —y quizáz lo más entrañablemente arequipeño— es que ni siquiera en su afán de modernidad la ciudad renunció del todo a su materia prima.

El sillar, esa piedra volcánica que desde tiempos preincaicos tuvo casi un uso mágico en la región, no desapareció bajo las nuevas formas: se dejó labrar con técnicas inéditas, se tarrajeó con yeso y cemento, se disfrazó de mármol sin dejar de ser volcán.

Años después, esa misma vocación de síntesis inspiraría a arquitectos como Gonzalo Ríos Vizcarra a estudiar cómo intelectuales como Martín Noel y Ángel Guido miraron hacia Arequipa buscando lo que llamaron una fusión hispano-indígena, una estética propiamente americana que el propio argentino Estanislao Pirovano llegaría a reinterpretar en fachadas construidas en Buenos Aires.

Epílogo: una ciudad que sigue mirándose al espejo...

Hoy, quien camina por el centro histórico y levanta la vista más allá de los balcones coloniales reconocidos por todos, puede toparse todavía con esas fachadas de vanguardia europea que alguna vez proclamaron la sofisticación cosmopolita de una Arequipa que exportaba lana y ambición a partes iguales.

Son las páginas menos leídas de nuestra propia novela urbana: el capítulo en que la Ciudad Blanca, sin dejar de ser ella misma, se atrevió a soñar en francés, a vivir —aunque fuera por unas décadas doradas— su propia "belle époque" de sillar y de nostalgia europea...

Fuente y fotografías de Guillermo Hercilla Valcárcel (30 ago 2026).
Reseña de Claudia Ballon Rodríguez (30 ago 2026).
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Antimpampa:  Donde la historia se alza en peldaños eternos Mucho antes de que el sillar arequipeño soñara con erigir tem...
29/08/2026

Antimpampa: Donde la historia se alza en peldaños eternos

Mucho antes de que el sillar arequipeño soñara con erigir templos y fachadas, mucho antes de que la piedra blanca se convirtiera en alma de nuestra ciudad, en las alturas serenas de Pampacolca, provincia de Castilla, la tierra ya se había organizado en escalas sagradas, mirando hacia el cielo andino.

Ese lugar es Antimpampa: un gran centro ceremonial nacido en el Formativo Tardío, entre el 800 y el 200 a.C., testigo mudo de raíces que hunden su profundidad en más de dos milenios de existencia.

Lo confirma con total rigor el estudio publicado en abril de 2026 por la revista internacional "Ñawpa Pacha", firmado por Justin Jennings, W***y Yépez Álvarez y Stefanie L. Bautista, bajo el respaldo del Ministerio de Cultura del Perú.

Sus hallazgos revelan un trazado imponente: 13 plataformas escalonadas, ordenadas en conjuntos de patios y montículos.
Una verdadera ciudad de peldaños, construida para acercar lo humano a lo sagrado.

Pero mucho antes de que la academia internacional pusiera su mirada aquí, fue el amor de su propia gente quien mantuvo viva esta memoria.

Don Jesus Cabrera, investigador autodidacta, hijo de esta tierra pampacolquina, ha dedicado su vida a rescatar lo que el tiempo intentaba ocultar, sin más título que su lealtad al suelo que lo vio nacer.

En 2012, publicó "La Cultura Antimpampa": arqueología milenaria de Pampacolca en el sur andino del Perú —obra de 328 páginas, con fotografías y rigor, editada en Washington D.C.—, al que siguieron trabajos fundamentales como "Diseño Gráfico Arcaico" y otros estudios sobre nuestro legado antiguo.

Su labor mereció reconocimiento del Congreso de la República: un homenaje a quien se formó a sí mismo para defender el patrimonio de todos.

Y, lo más hermoso: hoy, la ciencia formal lo cita; los grandes investigadores apoyan sus descubrimientos, demostrando que la sabiduría también nace del corazón y del empeño.

Don Jesus no caminó solo en esta guardia. Ya en 1934, don José Emilio Rodríguez Gamero había escrito "Anotaciones Monográficas de Pampacolca y Provincia de Castilla", primer libro que recoge con detalle nuestra geografía, vida e historia; figura ilustre que nos recuerda cómo Castilla ha sido siempre tierra de pensadores y guardianes —desde el inmortal Juan Pablo Vizcardo y Guzmán—, capaces de alzar la voz y la pluma contra el olvido.

Tres generaciones de pluma pampacolquina, un mismo propósito: que Antimpampa no sea solo un nombre en un mapa, sino orgullo vivo de nuestra región.

Las sombras que debemos vencer: lo que está en juego.
Antimpampa sigue siendo un tesoro vulnerable, y su valor nos exige a todos vigilancia y compromiso:

- El huaqueo y el saqueo: La comunidad misma se alzó en defensa creando en 2018 el Patronato Lajas Pintadas de Pampacolca, para frenar la extracción clandestina que roba nuestra identidad y la entrega al mercado sin alma.

- Falta de protección legal: Aún no cuenta con la declaratoria oficial de Patrimonio Cultural de la Nación. Sin este amparo, queda expuesta, tal como sucedió lamentablemente en Pucapuca, en la misma provincia de Castilla.

- El clima y el daño acumulado: Los pozos dejados por el saqueo abren paso a lluvias y humedad, destruyendo las estructuras internas; el Ministerio de Cultura advirtió en 2026 sobre el riesgo de miles de sitios andinos ante fenómenos climáticos extremos.

- El peligro del silencio: Que el conocimiento de Jesús Cabrera y José Emilio Rodríguez Gamero quede solo en lo local, y no se convierta en orgullo y conciencia de toda Arequipa y del Perú.

Antimpampa no es solo piedra y tierra.
Es nuestra historia más profunda, escrita en las alturas de Castilla.
Cuidarla es honrar a quienes vinieron antes.
Defenderla es ser dignos herederos de esta tierra.

Fotografías de Jesús E. Cabrera.
Reseña de Claudia Ballon Rodríguez (29 ago 2026).
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Tacna:  la ciudad que nunca se fue... Desde Arequipa, tierra de hermandad y coraje, alzamos la voz con el alma entera pa...
28/08/2026

Tacna: la ciudad que nunca se fue...

Desde Arequipa, tierra de hermandad y coraje, alzamos la voz con el alma entera para saludar a la Ciudad Heroica.

Juntas, nuestras tierras escribieron páginas de lealtad y bravura durante la Guerra del Pacífico; compartieron el mismo fuego en el pecho, la misma dignidad a prueba de ocupaciones y la certeza inquebrantable de que el Perú no es solo suelo, sino esencia que nadie puede arrebatar.

A ti, Tacna, hermana mayor en esta lucha eterna, te dedicamos este recuerdo con la admiración de quien reconoce en ti su propia sangre.

Dicen que las ciudades tienen memoria; algunas la guardan en sus plazas, otras en sus iglesias, en las piedras de sus calles o en los nombres que el tiempo va desgastando.

Pero hay ciudades cuya memoria vive en la sangre de su gente.

Tacna es una de ellas.

Durante casi 50 años, desde aquellos días amargos que siguieron a la Guerra del Pacífico, la ciudad permaneció bajo ocupación chilena.

Cambiaron los letreros, se clausuraron escuelas, se persiguieron símbolos y comenzó un intenso proceso de chilenización.

Se intentó transformar la manera de hablar, de enseñar, de recordar.

Pero hubo algo que nadie pudo ocupar.
El corazón.

En las casas tacneñas, mientras afuera soplaban tiempos difíciles, las madres hablaban en voz baja con sus hijos.
Les enseñaban la historia del Perú, dibujaban mapas, pronunciaban los nombres de los héroes y cuidaban como un tesoro los colores de la bandera.

Las maestras hicieron lo mismo.
Cuando algunas escuelas peruanas fueron cerradas, la enseñanza encontró otros caminos.

En habitaciones discretas, en hogares particulares, entre cuadernos escondidos y lecciones que parecían pequeñas, pero eran enormes, una generación aprendió que, pertenecer a una patria, también significaba conservar su memoria.

Y mientras las mujeres protegían la peruanidad dentro de los hogares, periodistas y educadores intentaban mantener encendida la palabra.

La prensa resistió cuanto pudo.
Las escuelas particulares se convirtieron en refugios del conocimiento.

Allí donde se pretendía imponer el olvido, alguien seguía enseñando.
Allí donde se quería silenciar una voz, otra encontraba la manera de hablar.

Hasta la fe se convirtió en una forma de resistencia.
Muchos sacerdotes se negaron a someter su palabra a las exigencias de la ocupación.
Algunos fueron expulsados.
Pero antes de partir dejaron algo que no podía llevarse ninguna frontera: el ejemplo de que la dignidad también puede ser una forma de oración.

Y, entonces, llegó aquel día que quedó grabado para siempre en la memoria de Tacna.

Era 1901.

La Sociedad de Auxilios Mutuos El Porvenir organizó una procesión que, en apariencia, era sencilla: una bandera peruana recorrería las calles de una ciudad ocupada.

Pero aquella bandera no era solamente una bandera.
Era una declaración.

Los tacneños salieron a las calles en silencio.
No llevaban armas.
No necesitaban gritar.
La bandera avanzaba entre ellos y, con cada paso, parecía decir lo que nadie había conseguido borrar:

¡Tacna seguía siendo peruana!

Fue una marcha silenciosa, pero acaso pocas veces un silencio había hablado tan fuerte.

Pasaron los años.
La resistencia civil continuó mientras la diplomacia buscaba una salida.
El plebiscito previsto por el Tratado de Ancón nunca llegó a resolver la disputa como se había acordado.
El tiempo se convirtió en una espera interminable.

Pero el Perú no dejó de reclamar.
La presión internacional y la mediación de Estados Unidos ayudaron finalmente a abrir el camino hacia una solución.

Después de largas negociaciones, el 3 jun 1929 se firmó el Tratado de Lima.

Y entonces comenzó la cuenta regresiva.

¡Tacna volvería!

Tal vez quienes habían resistido durante décadas ya no eran los mismos jóvenes de aquellos primeros años.
Algunos habían envejecido.
Otros habían mu**to sin alcanzar a ver el día esperado.
Pero habían dejado la semilla.

Y el 28 ago 1929, finalmente, las calles de Tacna volvieron a llenarse de banderas peruanas.
Imaginemos por un instante aquella mañana:

Una madre mirando a su hijo.
Un anciano recordando a quienes ya no estaban.
Una maestra pensando en las lecciones que alguna vez tuvo que enseñar en secreto.
Un sacerdote comprendiendo que la espera había terminado.
Y una ciudad entera respirando profundamente, como quien después de muchos años vuelve a abrir las ventanas de su propia casa.

¡Tacna regresaba al Perú!

Aunque, en realidad..., nunca se había ido.

Porque una frontera puede separar territorios.
Un ejército puede ocupar calles.
Un gobierno puede intentar cambiar nombres, escuelas y costumbres.
Pero hay una frontera que ninguna ocupación puede cruzar: aquella que protege la identidad cuando una comunidad decide no olvidarla.

Por eso, cada 28 de agosto, Tacna no celebra simplemente el regreso de un territorio.
Celebra la victoria de la memoria.
Celebra a sus mujeres, a sus maestros, a sus periodistas, a sus sacerdotes, a sus ciudadanos anónimos y a todos aquellos que, durante décadas, conservaron encendida una pequeña llama.
Una llama que pasó de madre a hijo, de maestro a alumno, de generación en generación.
Hasta convertirse nuevamente en bandera.

Y ahora, el próximo capítulo...
La historia ya está mirando hacia otra fecha.
El 28 ago 2029, Tacna celebrará el Centenario de su Reincorporación al Perú.

Cien años.

Un siglo desde aquella jornada en que la Ciudad Heroica selló su retorno definitivo a la patria, después de casi medio siglo de ocupación y resistencia.

Será mucho más que una fecha en el calendario.
Será un momento para que todo el Perú vuelva la mirada hacia Tacna y comprenda que aquel acontecimiento no pertenece únicamente a los tacneños.

Forma parte de la memoria nacional y de una de las páginas más conmovedoras de nuestra historia republicana.

Quizás para entonces todavía vivan algunos descendientes de quienes esperaron aquel día.
Quizás caminen por las mismas calles donde sus abuelos vieron regresar la bandera.
Quizás las nuevas generaciones escuchen nuevamente aquellas historias familiares que durante décadas se transmitieron de boca en boca.

Y sería hermoso que el Perú estuviera a la altura de esa memoria.
Que el Centenario no llegue solamente con ceremonias y discursos, sino con obras públicas, proyectos de desarrollo, restauración del patrimonio, espacios culturales y grandes iniciativas nacionales que honren verdaderamente la trascendencia de la fecha.

Ojalá el Gobierno del Perú y las instituciones correspondientes estén pensando, desde ahora, en cómo celebrar y, sobre todo, cómo dejarle algo perdurable a Tacna.
Porque una conmemoración de 100 años merece más que fuegos artificiales.
Merece futuro.

Que cada obra inaugurada en 2029 pueda decirles a las nuevas generaciones: esto se hizo para recordar a quienes nunca olvidaron.

Que cada escuela, cada plaza, cada monumento y cada espacio recuperado sea una manera de agradecer a aquellas mujeres que enseñaron en secreto, a aquellos maestros que resistieron, a aquellos periodistas que mantuvieron viva la palabra, a aquellos sacerdotes que defendieron su dignidad y a aquella multitud silenciosa que un día caminó detrás de una bandera.

Cien años después, la mejor manera de celebrar la Reincorporación sea, tal vez, preguntarnos qué queremos entregar nosotros a la Tacna del próximo siglo.

Porque el 28 ago 1929 Tacna volvió al Perú.
Y el 28 ago 2029, el Perú entero debería volver a Tacna.

No solamente para celebrar.

Para abrazarla.
Para agradecerle su resistencia.
Para honrar su memoria.
Y para prometerle un futuro digno de su historia.

Porque Tacna no volvió al Perú aquel 28 de agosto de 1929.
Tacna demostró que jamás había dejado de estar en él.
Y ahora, cuando se acerque el primer centenario, será el Perú quien tenga que demostrar que jamás la ha olvidado...

Fotografía de autor desconocido.
Reseña y diseño de Claudia Ballon Rodríguez (28 ago 2026).
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El barroco andino y la arquitectura del sillar: cuando el volcán escribe con estilo propio...Toda arquitectura nace de u...
28/08/2026

El barroco andino y la arquitectura del sillar: cuando el volcán escribe con estilo propio...

Toda arquitectura nace de una necesidad antes que de un gusto.

En Arequipa, esa necesidad tuvo nombre de volcán.

La ausencia de buena greda para adobes y de madera para techumbres obligó a los constructores a recurrir al sillar (ignimbrita ), la piedra volcánica que terminó siendo la protagonista absoluta de la arquitectura de la ciudad.

El sillar no es solo material: es carácter.

Contra lo que suele repetirse, no nació únicamente de erupciones del Señor Misti: las canteras de Añashuayco (cuna de la piedra que levantó la ciudad, con la Quebrada de Culebrillas como su corazón) son, sobre todo, producto de erupciones del Chachani, y por eso la mayoría de estas canteras se agrupa más cerca de sus faldas que de las del Misti.

La investigación geológica más precisa, la del Observatorio Vulcanológico del INGEMMET, afina aún más el dato: la quebrada se formó hace 1.65 millones de años por la erupción violenta de un volcán anterior incluso a la formación del Misti y del propio Chachani, de modo que la piedra blanca de Arequipa no es hija de un solo volcán visible hoy en el horizonte, sino de un sistema volcánico más antiguo del que el Chachani es, en todo caso, heredero directo.

Su porosidad la hace ligera, fácil de tallar y a la vez sólida, capaz de absorber la energía de los sismos frecuentes que sacuden la región: una arquitectura que, literalmente, aprendió a moverse con la tierra en vez de resistirla en vano.

Esa misma porosidad, tan favorable para la talla superficial, dificultaba el tallado profundo, lo que explica por qué las portadas-retablo arequipeñas tienden a un relieve plano y no a la escultura exenta; un dato técnico que, lejos de ser una limitación, se convirtió en firma estilística.

Sobre esa piedra se escribió un fenómeno mayor: el barroco andino, también llamado arquitectura mestiza.

Se desarrolló en el virreinato del Perú entre 1680 y 1780, con epicentros en Arequipa, el altiplano del Titicaca y Potosí, reinterpretando el barroco europeo con una audacia ornamental propia.

Y aquí está el corazón del asunto: no fue una copia tardía de Europa, sino una conversación entre dos mundos tallada en piedra.

El arquitecto Emilio Harth Terré lo entendió como un plateresco español transformado por la mano local, y consideraba que la mano de obra arequipeña dio al estilo su particularidad al incorporar ornamentos inspirados en la flora y fauna del lugar, adoptando la ciudad ese "neoplateresco" como tradición propia.

El historiador de arte Antonio San Cristóbal, más tarde, encontró la metáfora exacta: llamó a este fenómeno "arquitectura textil", por la forma en que los canteros tejieron la piedra como quien teje un textil andino o una delicada filigrana de plata.

La prueba más elocuente está en las fachadas.

La portada de la Compañía de Jesús (construida entre 1590 y 1699, enteramente en sillar blanco) exhibe, junto a los motivos cristianos, una iconografía profundamente andina, incluida la sirena.

Es, en piedra, el mismo gesto que Garcilaso de la Vega hizo con la pluma: el águila bicéfala del poder colonial entrelazada con la flor de kantu, emblema inca, Europa y América en una simbiosis que la arquitectura arequipeña volvió permanente.

Y hay un detalle que conecta esto con las provincias, no solo con la capital mistiana: en la capilla de San Sebastián del Colca, del siglo XVI, los muros son de sillarejos al estilo collagua, hechos por mano de obra local con la base más ancha que la parte superior, mientras que la portada usa piedras de formas irregulares aprovechadas al máximo, técnica de raíz inca.

Es decir, el mestizaje arquitectónico no ocurrió solo en la ciudad capital: también en Caylloma, en las capillas de pueblo, con sus propias soluciones técnicas.

El estilo tuvo, como toda cosa arequipeña, su propio calendario sísmico:
De 1540 a 1582, tentativas aldeanas.
De 1582 a 1784, el esplendor pleno del barroco.
Y, a partir de 1784, tras el gran terremoto, el giro hacia el rococó y el neoclásico.
El barroco mestizo entra en declive precisamente después de ese sismo de 1784 porque la piedra, otra vez, dictó el ritmo de la historia...

Reseña y diseño de Claudia Ballon Rodríguez (28 ago 2026)
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