22/10/2025
SENTIMIENTOS EN EL VIENTO
La luz de la tarde caía sobre un solar baldío en uno de los barrios más olvidados de la capital, un lugar donde el polvo y la desesperanza se mezclaban con el olor a solvente. Allí estaba Ángel, de diecinueve años, con el rostro hundido, la mirada perdida y el cuerpo tatuado como un mapa de las malas decisiones. Sus días eran una espiral sin fondo: rumbos, atracos pequeños para mantener el vicio, la sensación constante de que nadie lo vería si desapareciera. Era parte de los "chavos de la calle", los que la sociedad de un país prefiere ignorar.
Ángel no era malo, solo estaba roto. Su madre vendía tortillas en el mercado y lloraba en silencio; su padre se había ido a buscar el "sueño americano" y nunca regresó. Su escape era el alcohol, la mariguana fugaz que silenciaba el dolor de la pobreza y la falta de futuro.
En ese mismo solar, bajo un árbol de mango que aún daba sombra, se sentaba a diario Don Manuel. Un hombre que había sido ebanista, que había construido cunas y ataúdes con el mismo cuidado. Ahora, solo construía recuerdos. El cáncer de pulmón había avanzado sin piedad. No había dinero para la quimioterapia constante, solo para paliativos que le daban unos pocos meses de tregua. Don Manuel tosía, un sonido seco y brutal, pero sus ojos guardaban una calma que a Ángel le daba escalofríos.
Un día, Ángel se acercó a robarle la radio vieja.
"¿Qué hacés, mijo?", preguntó Don Manuel con voz rasposa, sin un ápice de miedo.
Ángel, con la adrenalina del vicio corriendo, le gritó: "¡Dame esa mi**da, viejo, o te lo juro por mi madre que te la quito a la fuerza!"
Don Manuel extendió la mano con la radio. "Tomala. ¿Te va a dar para el día, verdad? ¿Y mañana? Mañana vas a volver a tener ese vacío, ¿o no?"
El joven se detuvo. Nadie le había hablado así, sin juicio, sin asco. Se sentó, derrotado, y soltó un chorro de insultos contra su suerte, contra el país, contra Dios.
"Yo nací en esta miseria, viejo," escupió Ángel. "No tengo futuro. ¿Vos qué sabés? Vos ya viviste, ya se te va a acabar la agonía. Yo apenas empiezo a ahogarme."
Don Manuel tosió, se limpió la boca con un pañuelo. "Tenés razón. Mi agonía se acaba. La tuya la estás construyendo vos mismo. Yo pasé mi vida temiendo a la muerte, temiendo a lo que no hice. Y mirá, mijo, la muerte viene y no pide permiso. Y el dolor más grande no es el que siento en el pecho, es darme cuenta que el tiempo que me queda no lo puedo usar para arreglar lo que rompí."
Le mostró sus manos manchadas. "Yo no desperdicié mi juventud en vicios, pero la desperdicié en no decir 'te quiero' a mi mujer hasta que fue demasiado tarde. La desperdicié en no ayudar a mi hermano por orgullo. El tiempo, Ángel, es la única cosa que no te pueden robar, a menos que vos se lo entregués al olvido."
Ángel regresó al día siguiente. No por la radio, sino por la extraña paz de aquel anciano moribundo. Don Manuel no lo sermonizó, le contaba historias de la "vieja Capital", de un tiempo de menos prisa y más respeto, de sueños sencillos. Y Ángel, por primera vez, habló. Contó de su soledad, de la rabia que lo quemaba, de cómo el vicio era la única cobija que lo hacía sentir invisible para la tristeza.
"Mi hijo..." Don Manuel lo miró fijamente. "Vos creés que la droga te hace invisible, pero lo que hace es borrarte. Te borra de los ojos de los que te quieren. Mi último deseo sería que me dieran una semana más de vida para enmendar algo. Vos tenés una vida completa. ¿Y la estás canjeando por una hora de humo?"
Una semana después, el sillón de Don Manuel estaba vacío. Ángel lo supo antes de que alguien se lo dijera. Corrió a su humilde casita. La viuda, una mujer pequeña y triste, le entregó una tabla de madera que Don Manuel había tallado a medias. Era un pájaro, casi terminado, con una nota escrita con pulso tembloroso:
"Ángel, el tiempo que no se vive por miedo o por vicio, es el único que se pierde para siempre. Vola, muchacho."
Ángel se desplomó sobre la tierra, aferrando el pájaro de madera a su pecho. Lloró por el viejo que se había ido, por la vida que él mismo estaba matando, y por el dolor que sabía le estaba causando a su madre. Fue el llanto más amargo, el que limpia el alma y abre la herida para empezar a sanar.
El camino fue lento. Duro. Hubo recaídas, la abstinencia lo azotó como un castigo bíblico. Pero cada vez que sentía el llamado de la droga, miraba el pájaro de madera, incompleto, y recordaba la voz ronca de Don Manuel: "Vola, muchacho."
Ángel, finalmente, comenzó a buscar ayuda en un pequeño centro comunitario. Dejó la calle. Unos meses después, se le veía ayudando a su madre en el mercado, con las manos ásperas de trabajo honesto, pero limpias. El tatuaje de su brazo ya no era un grito de guerra, sino el recordatorio de un pasado superado.
Un día, se sentó en el solar baldío, bajo el árbol de mango, donde la luz de la tarde seguía cayendo. Sacó el pájaro de madera, ya gastado. No estaba curado de las heridas de su vida, pero estaba en paz. Sabía que Don Manuel le había dado lo único que le quedaba: el valor de usar su tiempo. Y en la sociedad que lo había despreciado, Ángel, el muchacho tatuado, ahora era un testamento silencioso de que hasta en la más profunda oscuridad, un simple acto de bondad puede ser el último clavo de un ataúd... y la primera semilla de una vida.......... NASS