11/08/2026
El susurro de la madrugada
Eran casi las tres de la mañana cuando el viento comenzó a azotar los vidrios de la ventana con una fuerza inusual, como si alguien intentara desesperadamente llamar la atención desde afuera. La casa, un viejo piso en las afueras de la ciudad donde la humedad siempre olía a madera podrida, quedó sumergida en un silencio denso justo después de que la corriente eléctrica colapsara por completo.
Un chasquido metálico resonó en el pasillo principal.
Al principio pareció el crujido habitual de los cimientos asentándose con el frío nocturno. Pero luego vino el sonido de pasos descalzos: lentos, húmedos, arrastrándose sobre el suelo de loseta. El eco avanzaba desde la cocina hacia la habitación principal, deteniéndose unos segundos frente a cada puerta cerrada, como si lo que caminara por el pasillo estuviera buscando a alguien en específico.
Un frío helado inundó la recámara. El aire se volvió pesado, difícil de respirar. Bajo la rendija inferior de la puerta, la sombra de dos pies grotescamente alargados cortó la tenue luz de la luna que entraba por la ventana.
De pronto, la manija de la puerta comenzó a bajarse lentamente. Sin prisa. El metal chirrió bajo una presión invisible.
Desde el otro lado del marco, una voz rasposa, débil pero pegada a la madera como si tuviera los labios pegados a la rendija, murmuró un nombre que no pertenecía a ningún habitante de la casa. Un susurro cargado de una malicia antigua que prometía no irse nunca.
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