29/06/2026
Durante décadas, los ferroviarios llevaron explosivos en los trenes para evitar accidentes.
Los llamaban “torpedos”.
No estaban diseñados para destruir la vía ni para hacer descarrilar una locomotora. Eran pequeñas cargas de advertencia que se sujetaban sobre el riel mediante unas tiras metálicas.
Cuando las ruedas del tren pasaban por encima, estallaban con un ruido seco y ensordecedor.
La explosión transmitía un mensaje inmediato al maquinista: había un peligro más adelante.
Podía tratarse de un tren averiado, una vía obstruida, trabajos de mantenimiento, una señal difícil de ver por la niebla o una situación de emergencia que todavía no había sido comunicada.
En una época sin radios fiables, teléfonos móviles ni sistemas electrónicos capaces de localizar cada tren, aquel estallido podía impedir una colisión.
Cuando una formación quedaba detenida en la vía, un miembro de la tripulación caminaba cierta distancia hacia atrás y colocaba los torpedos sobre los rieles. Si otro tren se aproximaba, sus ruedas los hacían explotar antes de llegar al obstáculo.
El maquinista debía reducir inmediatamente la velocidad y continuar con suficiente precaución para poder detenerse al encontrar cualquier peligro.
Las reglas variaban según el país y la compañía. En algunos lugares se utilizaban dos dispositivos separados; en otros, tres detonaciones consecutivas comunicaban una advertencia específica.
Eran sencillos, pero eficaces.
El estruendo debía superar el ruido de las locomotoras de v***r, el golpeteo de las ruedas y el viento que rodeaba la cabina.
Sin embargo, transportar pequeñas cargas explosivas también implicaba riesgos. Debían almacenarse con cuidado, revisarse periódicamente y sustituirse cuando envejecían.
Con la llegada de las comunicaciones por radio, la señalización automática y los sistemas modernos de control ferroviario, numerosos ferrocarriles dejaron de utilizarlos. En algunas redes, no obstante, los detonadores todavía forman parte de los procedimientos de emergencia.
Hoy pueden parecer un método rudimentario.
Pero durante gran parte de la historia ferroviaria, una pequeña explosión bajo las ruedas podía ser la única advertencia entre un tren que avanzaba a toda velocidad y otro detenido en la oscuridad.
No todos los explosivos de las vías fueron creados para destruir.
Algunos estaban allí para salvar vidas.