24/05/2026
Ella siempre decía que estaba cansada.
Cansada del trabajo, de los problemas, de la vida… y yo siempre intentaba entenderla.
Le mandaba mensajes largos explicándole cuánto la amaba, cuánto me importaba, cuánto quería arreglar las cosas entre nosotros… pero sus respuestas cada vez eran más cortas.
“Gracias.”
“Está bien.”
“Luego hablamos.”
Y aunque me dolía, yo seguía insistiendo.
Porque cuando amas a alguien de verdad, haces hasta lo imposible para no perderlo.
Una noche le escribí un mensaje enorme.
Le dije que no quería rendirme, que todavía veía un futuro con ella, que todavía soñaba con despertarme a su lado aunque las cosas estuvieran mal.
Le mandé ese mensaje a las 2:14 de la mañana.
Lo vio a las 2:16.
Pero nunca respondió.
Y esa fue la noche donde entendí algo que me rompió el alma…
A veces el silencio también es una respuesta.
Pasaron semanas.
Intenté distraerme, salir, enfocarme en mí… pero había recuerdos de ella en todas partes.
En las canciones.
En las calles.
En los lugares donde juramos nunca soltarnos.
Hasta que un día recibí un mensaje suyo.
“Perdón por todo.”
Solo eso.
Después de semanas de silencio… solo cuatro palabras.
Y aunque mucha gente piensa que uno espera ese mensaje para ser feliz, la verdad es otra.
Porque cuando alguien te rompe lentamente, llega un punto donde ya no sabes si extrañarla… o extrañar la persona que eras antes de conocerla.
Ese día no le respondí.
No por orgullo.
No por venganza.
Sino porque entendí que hay heridas que vuelven a abrirse cuando contestas.
Y a veces, para salvarte… tienes que dejar ir incluso a quien más amas.