01/04/2026
Paz mental, el tesoro valioso de La naturaleza.
Todos hemos visto la majestuosidad de un grupo de árboles que extienden su docel con soberana regencia, inperturbables a las condiciones que se les presenten, como incendios, heladas, sequías, tormentas o incluso la implacable ambición humana; ellos, los árboles crecen, crecen sin temores, cicatrizando las heridas, alimentando a sus huéspedes y paracitos, y dando sombra y descanso a quien los busca, incluso a quien los hiere. No le importa si desde afuera los perciben torcidos, deformes, desgajados o hermosos... Florean y dan sus frutos sin importar a donde llegará la hermosura de su dedicación...
Las ballenas en el vasto océano, son los animales más grandes del planeta, gloriosas y pacientes, surcan mares cantando y enseñan a sus hijos a jugar, y aunque el hombre casi las diezma el siglo pasado, no se atemorizan ante una embarcación, demuestran ser más inteligentes de sus cazadores.
Esa grandeza que nos exhibe la creación, viene de algo que en los animales se les llama inconsciencia de su realidad, su único estrés es ver el sol ocultarse, ya sea porque caiga la noche o por que tengan que morir (cosas que muchas veces llega y lo ignoran), y como ignoran la intransendencia de la muerte, no se amargan.
Los humanos, sacrificamos el disfrute de la vida, al entregar nuestra paz mental por cosas que no nos pertenecen, porque todo cuando luchemos por acumular aquí se quedará al morir o tendremos la desdicha de ver como se desvanece antes que nosotros.
"Un día, un hombre se esmero en dos cosas, en hacer crecer a su único hijo, le dio de todo, todo lo que él en su juventud no tuvo, vivió por él y para él, mientras juntaba dinero para comprarse un auto. Dos grandes sueños, el auto que deseaba en su juventud y el hijo anhelado al cual darle el tipo de vida que el no pudo vivir.
Las ironías de las cosas. ¡su hijo murió conduciendo su auto! Aquel hombre se amargó y su mente lo condenó, había perdido todo por cuanto había luchado y esmerado su vida. Pasados los años en el lecho de muerte que le regaló la vejez, se dió cuenta que no vivió nada que él no quisiera y propiciará, y la tranquilidad le vino cuando se dió cuenta que su hijo sí vivió la vida de juventud qué el no pudo y que llegó hasta donde hubiera llegado él si esa vida de juventud hubiese tenido; el resto de su vida fue un regalo, por no haber tenido la juventud que si tuvo su hijo..."
Nada nos pertenece, ni siquiera la vida, porque no podemos poseerla ni preservarla, por eso disfrutemos cada respiración, cada momento, cada persona con la que coincidamos, y solo preocupandonos por ver el Sol ocultarse.
Los árboles crecen inperturbables porque viven la vida que les fue dada, siempre mirando de cara a su creador.