14/03/2026
Las Brujas de Mónico Martínez
Mónico Martínez era el alma de Saltillo entre 1919 y 1921. Agente de hoteles, impecable en su uniforme azul y siempre rodeado de amuletos: una calavera de hueso con ojos rojos, el número 13 en la corbata y tréboles de cuatro hojas. Pero tras su apariencia afable, escondía un terror paralizante: miedo a la hechicería.
La paranoia del maleficio:
Mónico juraba que las brujas lo acechaban. Contaba cómo halló su propio retrato en una casa de mala muerte, lleno de alfileres y con un colibrí disecado colgando del pecho. Aseguraba ver lechuzas vigilando su patio y sombras montadas en escobas sobre sus tapias.
El rapto imposible:
En marzo de 1921, el miedo se hizo carne. Tras noches sin dormir, gritando que "ellas venían por él", su familia pidió custodia policial.
La escena: Dos policías y un primo vigilaron la única puerta de su habitación durante toda la noche.
El misterio: Al amanecer, la cama estaba vacía. Nadie entró, nadie salió por la puerta, y las ventanas estaban cerradas.
El hallazgo:
Horas después, el cuerpo de Mónico apareció flotando en la alberca de Altamira. No había signos de violencia, veneno ni ahogamiento. Su hermana fue hallada en el patio, en estado de shock, sujetando un solo zapato de Mónico. Ella juró que lo vio "elevarse" y trató de detenerlo, quedándose solo con el calzado en la mano.
Hasta hoy, Saltillo recuerda a Mónico no por su oficio, sino por ser el hombre que, ante los ojos de la autoridad y su familia, fue reclamado por las brujas.