Relatos del viajero vintage

Relatos del viajero vintage SOY EL VIAJERO VINTAGE Y NADA DESEO MÁS QUE ME LEAS. SOY ESCRITOR PUBLICADO Y COLABORADOR COLUMNISTA EL DIVERSOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Uno pone y Dios dispone, y así fue, yo puse mis manos sobre las sentaderas de aquella chica y Dios dispuso “para mi bien...
29/07/2026

Uno pone y Dios dispone, y así fue, yo puse mis manos sobre las sentaderas de aquella chica y Dios dispuso “para mi bien”, que fuera a dar a la cárcel.
Yo nací de buenos padres y recibí por tanto la instrucción de dirigirme en la sociedad sin saciedad, sin ambiciones de maldad como muchos. ¿Fanático? ¡Jamás! Siempre he sido cauto para ser religioso moderado, creer, servir, adorar e irme a dormir en paz.
La palabra servicio fue un chip que me injertaron apenas llegué al mundo. Mamá me enseñó a compartir mis alimentos con Manuelita, la niña del ejido que nunca llevaba para su recreo; también con Lauro, el niño nuevo al que La T**a, un niño mucho mayor que nosotros le quitaba su café y sus taquitos.
En la secundaria y apegado a grupos juveniles me inyectaron el “Si lo haces a los demás, se lo haces a Jesús”. Ver a Cristo crucificado me dolía mucho y me hacía odiar a sus captores. Anhelaba cargar su madero, darle a beber una buena limonada hasta allá arriba en la cruz. Y daba servicio a mis vecinos; organizaba actividades para apoyar a Cachalo, el ciego al que le faltaba todo en su casa, y claro, ir a visitar a la vieja Arabela y leerle algo positivo.
A mis treinta, apegado al cristianismo moderado vi morir a mis padres sin sentir tanto dolor. No por insensible, sino porque las promesas de eternidad con las que había crecido me dieron ese solaz necesario… pero uno pone y ese de arriba dispuso que después de mi desayuno ligero de papaya y uvas moradas, saliera de casa, como siempre, lleno de fe.
Era un martes nublado con un chipi chipi tan grato que miré al cielo y recuerdo haber dicho “Gracias, Jesús, por tanto”.
Inquieto miraba mi reloj pues iba tarde a lo que sería una sesión de adoración a la que no solamente iría a cantar Amatista Jordana, mi favorita intérprete cristiana de adoración, también venía de Houston, Texas, Abraham Caravaza, el predicador más espiritual que conocía.
Había llegado temprano a la base, pero ya pasaba un bus y otro sin detenerse debido a llenos totales. Tanto yo como los demás estábamos desesperados bajo un inclemente sol de 40°.
Cuando por fin se detuvo uno, ayudé a una anciana a subir los tres escalones que para su edad eran trepar Chichén Itzá; le di el paso a un vendedor de fresas ante la molestia de un par de chicas que desesperadas ya deseaban subir. Llegado mi turno me hice a un lado y dejé pasar a la primera jovencita que sonriendo me dio las gracias. Cuando subió la segunda, un mal paso en el tercer escalón la hizo resbalar, ir hacia atrás y venírseme encima en una caída mortal. Distraído y en un segundo atisbo al reloj hice tan mala maniobra que terminé sujetándola de cintura y pompis. Todavía de que había caído en el pavimento encima de mí, muy indignada comenzó a gritar que la había tocado indecentemente. Sus alaridos atrajeron a los curiosos y desprendiéndose de esa turba como si fuera una criba, una docena de mujeres comenzó a patearme, arrancarme la ropa y arrastrarme hacia un poste de cables de luz. Los golpes y el griterio me parecieron eternos. Cuando abrí los ojos mi cabeza colgaba como una papaya madura. Mi saliva me sabía a sangre y la fuerza que otrora poseía se había esfumado dejándome atado frente a una multitud dispuesta a destrozarme.
Un grupo de policías se abrió paso entre el gentío, me desataron y aunque intentaron darme seguridad, podía sentir los golpes a mano abierta, escupitajos y maledicencias.
Sin abogados de oficio y a expensas de una chica insensible, terminé encerrado en Piedras negras donde al llegar, ya todos sabían que no sólo había toqueteado a una chica en un bus, también la mentira de que le había mostrado los higos e invitado a probarlos.
Un juicio largo y sin esperanza me mantuvo encerrado en un asqueroso lugar en el que no sólo me convertí en ra**ra de todos, también en un acérrimo enemigo de quién me había abandonado a mi suerte.
Y carpetazo, fui uno de esos casos olvidados en los que nadie se acuerda de ti y nadie le apuesta a poner en riesgo una carrera de abogado por defender a un abusador.
A los veinte años de estar encerrado y como había pasado en otras ocasiones, se nos invitó a asistir a una sesión de culto. Hacía años que la palabra Jesús no pasaba por mis labios y mucho menos mis rodillas tocar la tierra para brindarle una oración.
La sesión inició a las cuatro de la tarde con un coro de jóvenes que no voy a negar, me hicieron memorar a mí mismo y a esa edad alabando al indeseable.
Terminada esa pequeña alabanza salió al púlpito una hermosa mujer vestida de blanco. Irradiaba una luz tan hermosa que invitaba al arrepentimiento. Su testimonio y sus maneras de predicar me rompieron, fue un deshielo que nunca imaginé pasaría.
Cuando se terminó el culto quise hablar con ella, darle las gracias y contarle mi vida. Accedió bondadosa y solicitó alejar los custodios alegando que Cristo la protegía.
-Fui cristiano.
-Nunca has dejado de serlo. Esa luz en sus pupilas lo gritan. Cristo le ha tocado hoy.
-Y sí que lo ha hecho. Prométame que no será la última vez que venga.
-Hay un convenio con el penal de una visita por semana. Gracias por contarme su vida y créame que Jesús llevará sus cargas, romperá esos grilletes que lo apresan y saldrá de aquí como Lázaro.
-¡Hosanna, grande Jesús!
-Jesús ha vuelto a su vida, hermano.
Es curioso, pero esa misma noche le pedí a Dios perdón por todo cuánto había blasfemado. Le agradecí derramando mi alma por el envío de esa mujer que cuál profetisa y ungida me había sacado de un negro pozo de abandono.
Luego de medio año de preguntar por aquellas sesiones lo único que recibía por respuesta era que a la pastora le habían surgido imprevistos.
Encaminado y con los ríos de agua viva llenándome, soporté y sorprendí a todos cuando propuse una reunión cristiana. Yo tenía el conocimiento y podría hacerlo. No se me negó y tuve diez sesiones con más de cincuenta internos alzando los brazos.
A ocho meses del encuentro con Cristo me dejaron libre. Busqué el templo Sinaí pues anhelaba ver a la pastora.
-Ya no es pastora, hermano, pero pásale, bienvenido.
Luego de una semana de asistir, el nuevo pastor me dijo:
-La hermana Briseida entregó el apostolado. Supimos que se encontró por accidente a un hombre al que ella había condenado al encierro por más de veinte años y no pudo con el pasado. Tuvo un proceso pero ella optó por buscar el modo de liberar a ese hombre. Se corrompió y cayó en lo más bajo para lograr sacarlo. Cuando lo supo libre se fue a su pueblo en Michoacán. No hemos vuelto a saber de ella.
Jesús alivia los pies cansados y ese viaje a Pátzcuaro valió un alivio de él. Encontré a la hermana Briseida en el mercado vendiendo aguas frescas. No me reconoció de momento.
-Véndame una de horchata.
-Sí, señor.
-Caray, está tan fresca que es como un río de agua viva.
Y volteó a mírame con atención. Abrió la boca, se tapó con ambas manos y corrió calle arriba. Le di alcance con todo y que mi cuerpo ya no estaba para correrías.
-¡Perdóneme, perdóneme, perdóneme!
-Por eso he venido hasta acá, hermana Briseida, no a perdonarle porque sólo el Altísimo perdona, pero sí a darle un abrazo y agradecerle mi liberación.
-Es lo menos que…
-¿A costa de qué?
-Le dije que Jesús rompería esos grilletes y…
-Mire dentro de usted, hermana. Mire adelante. Yo no le reprocho los veinte años que estuve preso, solo le agradezco que como a Lázaro permitió mi liberación.
Cuando cumplí cincuenta años fui con mi esposa a Morelia de vacaciones. En un cartel se anunciaba una lluvia de milagros en el estadio Iturbide. Entre los predicadores estaba ella y otros más. Fui y alcé los brazos, canté con el alma y sentí y vi milagros. Al final la busqué y ese abrazo eterno que me dio es algo que llevaré por siempre en el alma. Muchas veces me he preguntado ¿Qué tan fuertes somos para decir: “Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen?
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
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Yo nací de buenos padres y recibí por tanto la sana instruccion de cómo conducirse en la vida, por eso, cuando a papá le...
25/07/2026

Yo nací de buenos padres y recibí por tanto la sana instruccion de cómo conducirse en la vida, por eso, cuando a papá le estalló el intestino, a mí me detonó el alma y a mis hermanos el orgullo… ¿hombre de Dios?, sí que lo era, y lo sigue siendo cuando en medio de la noche se me mete en mis sueños haciéndome despertar sonriendo o con un lágrimal mojado; o en mi día a día cuando me susurra algo bueno en la toma de distintas decisiones. Tal vez estoy equivocada con respecto a lo que siento por mis hermanos, pero se me hace un incendio aquí dentrito en el pecho de rememorar la osadía de verlos convertidos en negros zopilotes merodeándolo todo. Cosa curiosa, los zopilotes merodean la carne podrida, pero ellos, ellos sobre las propiedades que papá había elevado con sacrificios para el bien de sus hijos.

Un día todos crecimos. Una de mis hermanas emigró muy cerca a la Sierra de Zapalinamé, otro rumbo al Cerro de la Silla y otra con los gringos. Viví bajo las ramas del amor que mis padres me daban. Los disfruté en todos los sentidos. Caray, ni cómo olvidar el canto de himnos religiosos y noches de lunes nomás nosotros. Vivimos horas felices y también de desafíos, como en todas las familias, pero lo vivimos. Contar sobre el dolor que ellos sentían por la ausencia de sus hijos me pondría mal. Los extrañaban tanto y lo que más me afectaba era que sus llamadas, cuando milagrosamente ocurrían, eran breves como un suspiro. Mis hermanos ausentes siempre le dieron sobras de sus tiempos y justo no era.

Un día Dios marcó que era hora de demostrar nuestra luz interior y qué tan fuerte era. Papá enfermó y mamá también. El primer desafío fue el que los ausentes quisieran venir, ya no continuamente, pero sí de cuando en cuando a verlos. Por meses los atendí con entereza pero inesperadamente enfermé y me costaba trabajo hacerlo al cien, pero no di un solo paso atrás. Por fortuna mamá tenía un yerno que siempre estuvo presente. Ya la hacía reír, le contaba cosas y hacía de sus días lo más pasadero posible… entonces llegaron mis hermanos, los fuereños, los que se creían mucho porque les iba bastante bien, los que venían una vez al año y los que enviaban despensas sustituyendo su presencia. Autoritarios cerraron las puertas que daban a los patios de nuestros juegos de niños, a la alacena , contrataron a una persona extraña y nos echaron de casa. No había nadie que conociera mejor la problemática de mamá y de papá en sus enfermedades, pero eso no les importó. Mi hermana, que hacía muchos años vivía en Estados Unidos, me miraba con un doloroso coraje y entre un inglés y español, me dijo que ellos se harían cargo. Mi hermano, ese que había vivido por años en Monterrey, mandó cambiar las chapas de las puertas y así, ese hombre que un día había servido a dios en una iglesia cristiana, de pronto había develado su esencia de lobo rapaz.

Aterrorizada terminé huyendo a Texas. Desde allá vislumbré el ocaso de todo. Papá murió sólo y sin la compañía de ninguno de nosotros. Mamá murió después por complicaciones de diabetes… siempre lloraré el no haber estado ni en sus sepelio. Mis hermanos se habían vuelto tan implacables que mientras el cuerpo de papá se preparaba para ser velado, ellos ya conversaban con un licenciado sobre el destino de la casa… ¿Que qué me dolió más?, bueno, muchas cosas, una de ellas el saber que al día siguiente de la muerte de mamá, hubieran echado a la basura sus cosas personales. Eso lo sigo llorando hasta el día de hoy, por dios, y es que cualquier cosa de ella ahora me sería por buen recuerdo, no sé, sus peinetas, sus sandalias, sus blusas, sus libros de la Iglesia o cualesquiera de sus fotos que colgaban en la pared… y me veo junto a mis hermanos cuando niños viviendo una vida feliz, porque juro que fuimos felices al lado de unos padres que nos dieron todo. Y todavía casada, mi padre le dio de más a mi hermana, pero ella le pagó mal.

Hoy la casa de sus sueños está ahí, en La Reynera, cada vez más y más olvidada. Las golondrinas han hecho sus nidos en sus recovecos y las hormigas se desplazan en verano de un lugar a otro. El portal, otrora escenario de mis viejos en el que se sentaban a conversar de Dios y de la eternidad de la familia, es ahora un extraño cuadro surrealista.

Papá emprendió el vuelo hacia la eternidad, pero ha quedado como una linda medallita colgada a mi cuello y en ellos, en mis hermanos, porque de eso puedo estar segura, una sólida ancla de pesar que no los dejará andar hasta el final de sus días. En sus mentes navega la idea de una familia eterna, pero de eso no estoy tan segura, bueno, de que veré a mis padres y que ellos me abrazarán entusiasmados sí, pero de que mis hermanos tengan esa misma oportunidad, no lo creo, y no porque quiera ser egoísta, sino porque el honrar a un padre y a una madre, como mucho lo predicaron, no es el envío de latería y algunos dólares, es conversación en el lecho, vivir momentos y despedirlos honorablemente.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
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Gracias lectores de Nueva Rosita Coahuila por adquirir mi nuevo chamaco, "Extrañando casa"... Lauris, de mis más apasion...
23/07/2026

Gracias lectores de Nueva Rosita Coahuila por adquirir mi nuevo chamaco, "Extrañando casa"... Lauris, de mis más apasionadas lectoras.


viajero

A empujones metí la llave oxidada en la cerradura, empujé la puerta con el hombro y entré en casa de las machorras. Salv...
23/07/2026

A empujones metí la llave oxidada en la cerradura, empujé la puerta con el hombro y entré en casa de las machorras. Salva de Dios y a sabiendas que aquel rincón había sido un caldero del pecado, no había otra cosa en mi cabeza que destruirlo todo. Tía Mamba y tía Caye habían sido para mí y desde que me había entregado a Cristo, un par de mujeres que vivían de sodomizarse y entregarse a los pecados mas asquerosos.
-Duele, pero es un dolor engañoso.
-Pero son mis tías, pastor.
-¿Sabías que ese “Pero” saliendo de tu boca es una duda contundente a la voluntad de Jesús?
-Es que siempre han vivido ahí, pastor.
-Hermana Trudis. Es sencillo. Dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Si esa propiedad es suya y sabe que el rebaño que pastoreo no tiene cobijo, está en sus manos protegerlos.
Cuando mamá se envenenó por amor, en Villa Agujita, mis tías se encargaron de cuidarme. Tía Mamba era la hermana de mamá y había conocido a Caye un día de feria en Cloete. El flechazo había sido tan certero que según lo contaban ellas, a las dos horas de haberse visto en las tazas locas ya habían decidido compartir su vida. Nunca vi rara esa relación. Se amaban profundamente y no cabía duda que el amor se materializaba en ellas. Eran el servicio andando y nadie en el barrio les tenía sentimiento adverso, al contrario, cuando llegaron a la vejez les tocaban la puerta para ver si no necesitaban algo.
A mis treinta y cinco años Jesús tocó a mi puerta y yo, necesitada de su magma bendita me entregué a él. Mis tías estaban contentas porque nunca habían logrado que yo saliera de casa. Se me había ido buena parte de mi vida estando con ellas, viendo televisión, leyendo libros y aprendiendo manualidades.
-Anda, Gertrudis, ve y has amigos. No lo sabes, capaz que hasta el hombre de tu vida está ahí.
-¡Ay, tía Caye, claro que no!
-Algo has de encontrar, mija. Empápate de Jesús y si te va bien, también a nosotras nos iluminará.
Y Jesús me tocó. De ser una ermitaña pasé a ser una mujer de vestidos largos, buena para memorizar escrituras, darle duro al pandero y que por ser de las mejores voces en la adoración, terminara al frente del coro Emaús.
-No pueden entrar- les dijo el pastor a mis tías en la celebración de “Los siete candelabros”.
-Son mis tías, pastor. Bueno, mis madres. Ya le conté que me criaron desde bebé.
-Y esta es la casa de Dios, Gertrudis. No porque seas un excelente miembro de nuestra congregación puedes violentar la pureza de este recinto.
-¿Pero qué han hecho ellas, pastor?
-Fornicado, han fornicado por años, hermana Trudis.
-¿Qué?
Esa tarde canté sin voz, escuché el mensaje de salvación sin querer ser salva y dudé si Jesús en realidad me había tocado. Me había podido ver a mis tías irse con los ojos llorosos mientras yo, de pie y al lado del pastor no había hecho más que asentir a lo que él decía.
Ya en casa ellas me hicieron entender que no pasaba nada, que fuera feliz porque ellas juntas ya lo eran. Sus palabras me dieron consuelo.
El Domingo de Resurrección el pastor dio aviso de que seríamos desalojados del predio en el que por más de diez años se había elevado clandestinamente el templo.
Mi adhesión a Jesús nunca fue a medias tintas. Vivir en pureza fue una meta tan rígida que solía leer la Biblia hasta cuando estaba en el baño. Mis duchas eran de prisa para no tocarme de más y despertar el cuerpo a deseos impuros. Comencé a ver los demás con asco porque de verdad eran eso, vómitos del Diablo. Desde el momento que no tenían a Cristo en sus vidas, los convertía en almas perdidas.
-Tías, Jesús me ha dicho que no debo seguir viviendo en el pecado.
-¿Cómo, hija? ¿Qué has hecho?
-Yo nada, pero ustedes viven en pecado, tía Mamba y corro peligro al estar aquí con ustedes.
-¿Estás tratando de decir que te irás de casa?
-No, tía Caye, ustedes se van.
Y sin esperarlo ellas puse frente a sus ojos una carta de desalojo.
¿Qué es esto, Trudis?
-Soy mayor de edad y siempre supimos que alcanzada esa edad esta casa era mía.
-Pero nadie te la está quitando, hija.
-Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El César dice que por ley es mi casa y Dios por su lado, quiere que lo adoremos aquí… así que tienen dos meses para salir. Apenas quede vacío trabajaremos en meter todo el mobiliario del templo aquí.
Inconmovible vi a mis tías abrazarse y llorar desconsoladamente. Mi Jesús me había hecho tan fuerte que al ver a dos pecadoras llorando, no me era nada.
Lo que más me encantó fue que las aguas de El Mar Rojo se abrieran gracias a mis oraciones de fe. Mis tías no pusieron resistencia y a la semana estaban camino al asilo que el pastor había logrado conseguir para ellas.
-Si Cristo Jesús la viera a los ojos, hermana Gertrudis, sería transfigurada en algo sagrado. Y me atrevo a decir que para eso no le falta mucho.
-Gracias, Pastor. Jesús me ha dado tanto que poner a su disposición lo material, es lo menos. Usted me ha permitido estar en su casa por más de dos meses y eso es mucho.
-Si usted será mi diaconisa mínimo debo ofrecerle mi casa.
-¿Cómo? ¿Su diaconisa?
-¿Duda de su pureza?
-No, ser célibe es un honor.
-Serás mi quinta diaconisa, pero no por ello menos importante- y me tocó la cara con suavidad- y recuerde que en lo material hay comodidad. Ya ve, hace unos días todos estábamos arrodillados en el suelo suplicándole a Jesús nos ampara, y miré, hermana, Jesús la iluminó y ahora tenemos lugar para el templo.
-¡Gritemos, Jesús puede, Jesús es poderoso, pastor!
-¡Amén, amén y amén!
Al día siguiente entré en casa. Qué diferente se veía todo. Dos meses en casa del pastor me había abierto los ojos a la luz y ver las fotos de mis tías por doquier me daba asco.
En dos horas vacíe la sala, el baño y lo que había sido mi habitación. La casa era grande y de cuando en cuando me detenía a visualizar dónde pondríamos el púlpito, dónde construiríamos la pila bautismal, el aula de los niños y la de los jóvenes. En eso estaba cuando sentí unos brazos fuertes apretujándome la cintura. Al volver mi rostro descubrí al pastor.
-¡Pastor, me asusta!
-Qué le asusta, hermana, si en una semana seré su Señor… pero si le incomoda, perdón, me disculpo.
-No, pastor, cómo va a creer.
-Hermana, Gertrudis, pasé de rápido para traerle este documento en el que usted está de acuerdo en que aquí sea casa de adoración. Estas prisas me traen loco.
-Oh, sí, pastor, claro que sí- y le extendí mi firma.
-¿Necesita ayuda, hermana? Le puedo mandar a los muchachos.
-Cuando tenga todo listo le aviso para que me ayuden a subirlo todo.
-Oiga, hermana, ese cabello suelto y su piel sudada la hace ver como aquellas israelitas que cargaban sus cántaros caminando desde lejos. Se ve hermosa.
Lo vi entonces desabrochando su camisa. Atónita y nerviosa lo vi desnudarse sin entender qué significaba aquello. Jamás había visto a un hombre desnudo y él lo sabía. Acercándose me besó suave y sus dedos duchos a desabotonarme el vestido. Ver mis pechos nuevos y bien alzados lo encendieron tanto que sus manos comenzaron a viajar por todo mi cuerpo. La soledad de aquellas paredes lo permitían todo.
-Pastor, pero esta será la Casa de Dios.
-Lo será, aún no la consagramos.
Y entre jadeos y apretujones sentí a la bestia entre mis piernas. Era una mezcla de gratitud de estar con el elegido de Jesús y al mismo tiempo deshonrada por hacer aquello sin la ceremonia correspondiente. Él gozaba, pero yo no, y en eso de que la lengua del diablo intentaba entrar en mí, alcancé a leer en el documento una línea que decía:
“… por ello cede los derechos de la propiedad al ciudadano Mateo Abimael, Cervantes Garcés”
Aquello no tenía nada qué ver con lo que él me había dicho. Y en un momento de terror y saberme vulnerable ante un peligroso estafador, me enderecé, me subí los calzones, me ajusté los cordones del vestido, rompí en pedazos el documento y le pedí que se fuera, que necesitaba orar.
No volví a orar. Tampoco volver a templo alguno. Esa tarde noche me eché a llorar en el suelo como jamás lo había hecho. Entré al cuarto de mis tías que era el que me faltaba vaciar y ahí terminé por destruirme. Fotos y más fotos junto a ellas. Imágenes en fiestas, viajes a Guadalajara, Torreón, Tlaxcala. Paseos al río, cumpleaños. Mis primeros pasos, mi andar en bicicleta, patineta. Mis saltos a la cuerda, mis caídas en el bebeleche y claro, todos mis reconocimientos de aprovechamiento. Jamás había visto a mis tías como monstruos asquerosos hasta que me presentaron a Jesús. Entonces me sequé las lágrimas y trepé la bicicleta en la que pedaleaba tres kilómetros cada día para llegar al templo. Habían pasado dos meses que no veía a mis tías y el asilo quedaba del otro lado de la ciudad.
Tía Mamba estaba ahí, en una silla de ruedas, en una esquina y en una postura de plátano maduro, encorvado y casi podrido. Su mirada estaba cavada en el suelo y entre sus manos una medallita de tía Caya.
-La señora Arcadia murió hace una semana- me dijeron las encargadas- desde entonces hemos batallado con la señora Mambalia. No come, no convive. No quiero ser pesimista pero morirá pronto. Eso es muy común aquí.
Caminé en su dirección y al ver mis pies alzó perezosamente su cabeza. Sus ojos estaban hundidos y sus labios escoriados. Caí de rodillas maldiciéndome por estúpida, por creer que Jesús detestaba a ese par de mujercitas que lo único que habían hecho era cuidar de mí, amarme, darme absolutamente todo. Me recordé dándole mi virginidad al mismísimo demonio vestido de pastor, y con todo y que no había logrado su propósito, me sentía una puerca… ¿Pero ella? Yo le había quitado al amor de su vida. Tía Caya no había soportado la desilusión y un paro cardíaco se la había llevado… ¡Tía, tía, tía Caya! ¡Ay, nooooooo, tía Caya, perdóneme! Y así fueron mis clamores por mucho tiempo ante la mirada triste y silenciosa de tía Mamba, esa tía que jamás volvió a hablar y que se me murió al mes en su cama, de ladito y con una foto arrugada entre sus manos.
La encontré endurecida al amanecer. La ventana estaba abierta y las cortinas flotaban rozando su cuerpo inmóvil. En el marco de la ventana estaba una de las gallinas coloradas comiéndose un grillo y cosa curiosa, me di cuenta que en una de las esquinas del cuarto había un nido de golondrinas.
Le abrí las manos y tomé la foto. En ella aparecíamos las tres trepadas en una carreta cargada de calabazas. Tía Mamba siempre hablaba de ese día de cosecha como algo bonito, y seguro lo fue.
“Quitemos pétalos a los girasoles, juguemos al Me quiere no me quiere” decía tía Mamba… pero yo me echaba a llorar cuando caía en que alguna de ellas no me quería… y ellas habían llorado mucho cuando les grité:
“¡Cómo las voy a querer siendo lo asquerosas que son? ¿No entienden que están en pecado? ¡Ser machorras las llevará al in****no, tías! Arrepiéntanse antes que llegue el día final!... Y llegó el día final, pero para mí.
El día del entierro de tía Mamba, diluvió. Una mujer me tomó del hombro y me dijo: ¿Qué hace usted aquí? Todos los vecinos visitamos a doña Mamba y Caya en el asilo y nunca te vimos ahí. Hija malagradecida.
Y salí corriendo del lugar arrastrándome entre las tumbas, vomitando mi miseria, asqueándome de mi misma. Juré odiar a Jesús para siempre, vivir sola hasta podrirme… y no me he podrido. Tengo años deshojando, no girasoles, sino la maldita Biblia. Tengo años empacando aquí en Súper Gutiérrez recibiendo centavos, centavitos y miradas desdeñosas de gente que me ve como una miserable… Jesús me debe una disculpa por haberme puesto en manos de ese miserable… ¿Qué soy? ¿En qué terminé?
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
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-Oiga, má, como que a Tori le está yendo bien con eso de las carpetitas de estambre ¿no cree?-Sí, Mija. Qué bien por ell...
23/07/2026

-Oiga, má, como que a Tori le está yendo bien con eso de las carpetitas de estambre ¿no cree?
-Sí, Mija. Qué bien por ella, la verdad es que me daba mucha lástima verla tan solitaria.
-Pero si hasta piñatas se puso a hacer. Nada más ayer vendió cinco por lo de las fiestas de San José y hoy vinieron de Agujita por otras tres.
-Siempre tuvo talento, pero desde que perdió a su hija no quiso más nada con la vida. Qué bien por Cuca, que la animó a irse a los cursos de manualidades en la parroquia, y mira, cómo ha florecido.
-Deje usted, hasta que nos dimos cuenta que Tori tenía dientes, jamás sonreía.
-No sea así de burlona, Mija. Que no le gane la envidia, que a mis sesenta años la detecto como a las basuritas en el frijol.
-¡Ay, mamá, no se puede hablar bien con usted porque a luego los sermones. Además, mis piñatas son más grandes.
-No se me ofenda mija, yo nomás le advierto. Y sí, sus piñatas son más grandes, pero no se parecen a los personajes. Mire, asómese por la ventana ¿Ya vio el Bugs Bunny?
-Sí, lo estaba viendo hoy por la mañana.
-Pues no es el mismo. Es el tercero que pone. Tiene buena mano. No demerito su talento mija, pero podría mejorar en mucho, y para bien de usted.
-Ay, mamá, váyase a vivir con ella, mejor. Se la pasa diciéndome que todo lo que hago está mal, ah, pero todo lo que hace la mentada Tori es una maravilla, ¡Soy su hija, má, su hija!
-Y ella mi hermana.
-Que hasta donde supe ni la quería a usted.
-No, mija. Yo fui la del error, ya ni pregunte mejor. Pero bueno, el caso aquí es que usted mejore y rente un local en la Calle Comercio, y verá cómo le va bien. Sirve que saca todas las piñatas que tiene arrecholadas en la bodeguita.
-¡No!, esta es mi casa y aquí me quedo.
Dos semanas antes de la llegada de Semana Santa, vi un par de niños llegando a casa de Tori, bueno, a casa de tía Tori. Entonces se me ocurrió lo que debí haber hecho hace mucho. Aprovechando que mamá se había ido a Monclova por un mes, fui a casa de tía y le dije que me urgía abandonara la propiedad porque la rentaría.
-Pero, hija, mi casa del barrio 2 está por caerse. Mi hermana me prestó esta casa que era de tu abuela, de mamá.
-Sí, tía, pero todo esto que estaba a nombre de mamá, ya está a nombre mío. Requiero por tanto me desaloje hoy mismo.
-Hija, por favor, tengo pedidos y…
-Ese no es mi problema… y no se me ponga tristona que si le causó líos a mamá en el pasado con esto paga. Si mamá no se atrevió a echarla, yo sí.
Todo el día pasó la mujer acarreando sus cosas y ya para la tarde estaba vacía. Por la noche acondicioné y por la mañana ya hasta había rotulado como “Piñatas el Redentor”. No era católica, ni cristiana, pero es bien sabido que los títulos así siempre conmueven.
Coloqué mis mejores piñatas al frente y me dediqué a elaborar dos enormes Panteras rosas y un huevo de pascua. Los vecinos pasaban y me saludaban. Sentía que había empezado bien porque pasaban a ver mis piñatas y aunque no compraban, sabía que por el puro chisme, sabrían que ya estaba lista para la venta.
Llegada la Semana Santa, bendito Dios, vendí absolutamente todo. Mis manos estaban llenas de ampollas y mi espalda destrozada. Era increíble cómo una esquina que había estado sin provecho, de pronto tía Tori la había vuelto popular. Nadie sabe para quién trabaja, bien dice el dicho, pero el que se apendeja Dios los deja y a que la perdiera tía Tori o yo, mejor ella.
Contados los dineros de esos días de Pascua en los que no sólo había vendido piñatas, también huevos decorados y canastas con gallinas, pensé en invertir en arreglos para graduaciones y claro, de Navidad.
Sintiendo que merecía un descanso me fui a Saltillo con unos amigos de prepa y claro, tenía billetes muchos y me ocupé en divertirme. A eso de las tres de la mañana y estando acostada con un desconocido que me había resultado suculento, atendí una llamada de mamá.
-¿Dónde estás, Rosalba? ¡Donde estás, carajo!
-¡Qué le pasa, mamá, tranquilícese!
-¡¡Tu tía Tori está mu**ta!! Me acaban de llamar para decirme. Vives enfrente y se enteraron todos ¿menos tú?... Dicen que la encontraron mu**ta en su vieja casa del barrio 2 y no entiendo qué hacía allá… y te llamo porque me dijeron que los bomberos apagaron el fuego que consumió nuestra casa y la casa de mi hermana. No entiendo nada, ¿Dónde estás?
Fría no le respondí por más de un minuto. Escuchaba a lo lejos sus reclamos entre lloros y exclamaciones de coraje.
-Estoy en Saltillo, mamá- le dije al tiempo que mi desconocido se levantaba al darse cuenta que algo no andaba bien, vestirse e irse en medio de la madrugada.
Cuquío, el cuida chivas había encontrado a tía Tori devorada por las ratas en su vieja casa. Consternados los vecinos, y sabiendo que había sido yo quien la había echado de su antigua casa, se habían enardecido y quemado la mía y mi nuevo negocio.
-¡¡Maldita, tía Tori, maldita por siempre!!- gritaba en el departamento mirando las torres de catedral.
Por puro temor al populacho no acudimos al sepelio, pero conocidos nos dijeron que había estado lleno.
-¿Por qué llora má? Nos quedamos sin casa, pero al menos esa vieja murió tragada por las ratas, mire nomás lo que nos causó, aquí de arrimadas en casa de su amiga.
-Tu tía no nos causó nada, hija, tu lo causaste todo. Tu envidia, tus celos de verla florecer. Te dije que yo estaba feliz de verla feliz y no te importó.
-¿Te pondrás de su lado después de que no te hablaba? Le préstamos esa casa por mientras y…
-¿Le préstamos? Esa casita era de ella, mamá siempre me lo dijo y lo dejó escriturado, yo se lo iba a decir.
-¿Y yo qué?
-¿Ya estabas pensando en que te heredara? Estoy mal, hija. Me duele mucho la muerte de tu tía y…
-¡Hipócrita, má! ¡Ni la ayudabas cuando estaba sola!
-¡No me levantes la voz, hija, por favor!
-Se la levanto porque a mí no me va a traer con paseadas como a ella, o me deja la casa ya firmado y todo o me voy.
-Respeta mi dolor, por favor.
-Me voy, entonces.
- Que le vaya bien, hija. De paso le digo que su tía, esa mujer que tanto maldice, es su mamá.
-¿Qué?
-Quedó embarazada a los catorce y mamá me hizo criarte como mía. En casa de sus suegros aprendió sobre piñatas y demás, pero era rebelde y cuando se arrepintió de todo mamá ya no la recibió ni quiso devolverte aunque ella te peleara… así que si te vas, y me dejas con más dolor, pues váyase. La otra semana regreso al pueblo a enfrentar el tiradero que dejaste.
Y me quedé fuera de la vida de mamá por puro orgullo. Perdí todo nada más por no aceptar que otra persona tenía más talento que yo, que el sol sale para todos y que la familia es primero. Ahora cada que veo una piñata lamento profundamente la muerte de tía en la pobreza por mi culpa, la de mamá hace poco y sin estar yo en su velorio y claro, la mía propia en mi miseria existencial.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
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