27/03/2026
Necesitamos más artistas que políticos.
No es una consigna decorativa, es una urgencia. En un territorio donde la palabra pública se desgasta, el arte permanece como el último espacio de verdad. No administra discursos, los confronta. No promete, revela. No negocia con la memoria, la sostiene.
El artista no pide permiso para existir. Trabaja con lo que hay, la herida, la calle, el silencio. Nombra lo que otros evaden. Hace visible lo que se quiere ocultar. Por eso incomoda. Por eso importa.
Cuando el poder se vuelve rutina, el arte introduce ruptura. Cuando la cultura se reduce a evento, el arte la devuelve a experiencia. Cuando la comunidad se fragmenta, el arte vuelve a tejer.
Este no es un llamado simbólico, es una postura. Apostar por el arte es apostar por pensamiento crítico, por sensibilidad activa, por dignidad colectiva. Es rechazar la simulación y exigir profundidad.
Que quede claro, no se trata de reemplazar la política, sino de exigirle altura. Y mientras eso ocurre, el arte seguirá ocupando su lugar, el de la resistencia lúcida, el de la memoria viva, el del futuro posible.
Necesitamos más artistas. Ahora.