08/12/2025
LA NAVIDAD DE SACHA 1
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Fue una de esas noches de Nogales, plenas de romances felinos en los tejados, amoríos que suelen tornarse tan violentos y ruidosos, que nos hace renegar por que no dejan dormir; pero no hay mucho que hacer al respecto, pues son expresiones de la naturaleza, y no es aconsejable ir a contrapelo de tan augusta dama.
Fue una de esas noches como digo, cuando la luna llena de mi nogalitos querido, atestiguó ruborosamente, la ternura del romance entre una gata persa, blanca, de pelaje esponjoso, cola afelpada y ojos azules, con un gato siamés de figura musculosa y alargada.
El resultado de dicho noviazgo, fue una camada de tres gatitos, que fueron dados a luz un par de meses después: dos machos y una hembra; de los machos uno era totalmente blanco como la madre, el otro con todos los rasgos de un siamés, mientras que la hembrita tenía el pelo blanco afelpado de la madre y los ojos azules, mientras que, del padre, conservaba un tenue color marrón en las patitas delanteras y parte del hociquito.
Me van a perdonar que, en el resto de la historia, me refiera mayormente a esta gatita, pues hasta donde yo sé, fue a la única que le sucedieron cosas que merecen la pena de ser contadas.
Durante sus primeras semanas de existencia, los pequeños fueron criados con toda la consideración y cariño de que es capaz una gata, los alimentaba de sus tetas y los acicalaba continuamente, pasando la mayor parte de su tiempo con ellos. Pero, pasadas estas semanas, la misma gata, aconsejada quién sabe por quién, los destetó y empezó a enseñarles a alimentarse con el producto de su caza.
Los dueños del hogar de estos felinos, al ver esto, les compraron alimento especial para cachorros, recomendado por un Veterinario a quién se consultó para tal efecto.
A los tres meses exactos de nacidos, los pequeños se pusieron en una lista de adopción que fue publicada por diferentes medios.
Aunque hay que decirlo: eventualmente todos fueron adoptados, la primera que salió fue la chica peluda, pues se miraba muy graciosa: totalmente blanca y con su tinte marrón en las patas y el morro, amén de su gracia natural, pues era la más aguerrida y juguetona de sus hermanos.
Y una tarde de inicios de diciembre, fue llevada a su nuevo hogar, donde se decidió que fuera llamada Sacha, es natural que primero se mostró un poco cohibida ante un ambiente desconocido, dejó escapar unos infantiles maullidos que expresaban cierta angustia, al escucharlos, acudió presuroso el gato adulto que hasta entonces, había sido el único de aquella casa.
Se trataba de un enorme gato gris, de unos siete kilos de peso y unos diez años de edad, de carácter dulce, filosófico y reposado. Al mirar a la pequeña que lloraba desconsolada en un sillón de la sala, trepó de un salto, cuando lo vio Sacha, se quedó en silencio y a la expectativa.
Gris, que así se llamaba el macho, la olisqueó, luego frotó su morro contra el cuerpecito de ella; fue entonces que a ella la traicionó su infantil espíritu juguetón y le asestó un par de zarpazos en medio de las orejas al gris, para luego saltar sobre su cabeza y simular morderle las orejas. El atacado, la atrapó con sus dos patas delanteras, la bajó de su cabeza y sujetándola contra el sillón, procedió ronroneando, a lamerla concienzudamente, hasta que la chica se calmó y se durmió.
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CONTINUARA MAÑANA